jueves, 6 de enero de 2011

De como aprendí a amar la prodigalidad cristiana



Las últimas estadísticas publicadas ponen de manifiesto que en España los niños empiezan a darle al alcohol a los trece años, con tendencia a la baja. Yo empecé un poco antes, a los doce, pero no por iniciativa propia ni por incitación de algún amigote descarriado.
Quizás porque a lo largo de mi vida me he visto obligado a cerrar algo abruptamente más de una puerta, mi memoria se resiente y ahora me falla más de la cuenta, sobre todo con los nombres. Por eso no recuerdo el del compañero que se inició en el alcohol el mísmo día y en el mismo lugar que yo. Sólo recuerdo su apellido, que voy a callar porque, tal vez, no le agrade la publicación de esta historieta y, aunque hace mucho tiempo que no he vuelto a verlo, no me caería bien que se molestara, si llegase a sus oídos.
No todo fue malo en aquel tiempo. Como ya dije por aquí alguna vez, yo estaba entonces en los Salesianos. Y era un buen estudiante. Mi compañero y amigo también. En lo Salesianos ser un buen estudiante estaba reconocido, todos los meses sacaban el cuadro de honor, en el que figuraban los alumnos más aplicados, alumnos que, al final del curso, además de con bandas y con medallas, eran premiados con gran variedad de artículos de consumo, entre los que no faltaban incluso los cortes de traje. Mi compañero y yo aparecíamos en aquel cuadro de honor todos los meses y casi siempre en los primeros puestos.
No fue otra la razón por la que, cuando llegó Semana Santa, nos escogieron a los dos para la ceremonia del lavatorio de pies, que la Iglesia realiza el Jueves Santos en comemoración del mismo lavado que, según el Evangelio, Cristo le realizó a sus apóstoles el día de su última cena. Junto a nosotros dos, escogieron a otros diez niños entre los internos y externos de pago. La ceremonia, que se celebró por la mañana, con la iglesia abarrotada de alumnos, resultó tan brillante como suelen serlo la mayoría de las ceremonias católicas, pues en punto a teatralidad no existe organización que iguale a la Iglesia, ni siquiera el ejército. Fue muy halagador ver al rector del colegio, un hombre grandón de prodigiosa cabeza, cuyo nombre tampoco recuerdo, arrodillado frente a nosotros, miserables gusanos, mojándonos los pies con el agua de una jofaina que le sostenía un ayudante y, a continuación, secárnoslos con una toalla inmaculada que parecía de terciopelo. Un momento así no se olvida jamás.
No obstante, lo mejor venía después de la ceremonia religiosa, pues a los doce apóstoles, con nuestros pies pulquérrimos y nuestras almitas exquisitamente reconfortadas, los benditos padres nos invitaban a una comida especial en una sala expresamente preparada para la ocasión enfrente de la iglesia. Yo, que siempre fui tímido y que no he dejado de serlo todavía, me recuerdo un tanto cohibido, pero también alegre, con el trajecito gris claro de pantalón corto, mi camisa blanca y mi corbata a rayas azules y blancas con el célebre nudo windsor, que entonces llevaba todo el mundo.
No recuerdo qué platos constituyeron la comida. Sólo recuerdo que fue espléndida. Y recuerdo también que a los señores padres no se les ocurrió nada mejor que, para acompañar las viandas, ponernos una botella de vino tinto para cada dos, una botella de setenta y cinco centílitros. Tampoco recuerdo de dónde era el vino. Lo que sí recuerdo es lo que nos gustó a mi compañero y a mí. Tantos y tantos años después, tengo aún su sabor impreso en la memoria como un sello de lacre. Y lo mejor era que cuanto más bebíamos mejor nos sentíamos y más y más nos gustaba, de modo que entre los dos nos bebimos nuestra botella y nos bebimos más de la mitad de la de los de al lado que, al parecer, eran más bien tontos y no querían. ¡Oh, qué felicidad! ¡Qué bien nos sentíamos mi amigo y yo! ¡Cómo nos reíamos! ¡Hasta dejamos de temer a los curas que comían con nosotros y nos parecían amigos de toda la vida! ¡Dios, aunque no nos dábamos cuenta, qué hermosa tajá estábamos agarrando!
Dicen que los borrachos pierden la memoria y la noción de la realidad. No es cierto, lo que pierden es la vergüenza y eso ocurre porque adquieren una enorme clarividencia acerca de sí mismos y de lo que los rodea. Tal cosa pudimos comprobarla mi amigo y yo tan pronto como, acabada la comida, nos encontramos en la calle y advertimos nuestro estado. ¡Madre mía! Allí se acabaron las risas y empezaron las lamentaciones. ¡Estábamos ahumados, lo mismo que los mayores a los que tantas veces veíamos salir de las tabernas dando camballadas! No nos sosteníamos derechos. Pero teníamos una cosa clarísima: en aquel estado no podíamos presentarnos en nuestras casas. De haberlo hecho, ni San Rafael bendito nos hubiera librado de la paliza. Mi amigo, que vivía por las Margaritas, quería tirarse al tren desde el Viaducto. Yo, mucho más cobarde, sólo deseaba que transcurriera el tiempo, por lo que le pedía que pasáramos la tarde en un jardín o escondidos en algún portal. Yo no sé las horas que anduvimos dando tumbos, nunca mejor dicho, por los callejones de San Lorenzo y San Agustín, hasta que nos vimos lo suficientemente despejados para presentarnos en nuestra casa. Los dos, felizmente, logramos nuestro objetivo sin que nos descubrieran y los dos por el mismo motivo: nuestros padres habían salido a visitar los sagrarios y en nuestras casas no había nadie. Por mi parte, no aborrecí el vino, pero gracias a aquella botella nunca más he vuelto a emborracharme. Es lo mejor que le debo a los salesianos

16 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

¡Qué trabajo más bonito! Qué exquisito tratamiento le das. Lo he leído un par de veces, leo muy rápido y obvio la gramática, luego para una comprensión mejor le doy un par de vueltas. Creo que es un defecto de leer de golpe las páginas. Claro cuando la lectura es algo científico, de lo que he leído bastante, por mis aficiones y además estaba en inglés -que no sabía-, leía lo que me interesaba sin gramática y eso que era bueno en lo técnico, es malo en las historias humanas, porque una coma, una palabra puede cambiar el sentido de las cosas y la comprensión. Y es muy interesante leer lo que se dice, pero no se ha
escrito.

Yo también he sufrido lo mío con la timidez. La gente ahora se ríe cuando lo digo, pero cuando se compensan los complejos se disimulan bastante, luego está la edad que te permite ciertas licencias.

Una cosa similar me pasó con mi hijo el mayor, se juntaron unos cuantos y uno de ellos llegó a tal nivel que acabo con la clásica inyección de vitaminas para la "melopea". Me llamaron a mí y tuve que ir a la Ciudad Sanitaria a por ellos hasta que apareció el padre del compañero -creo que el hombre murió-, y todo se arregló. Al final se quedó en risas, pero lo que tu cuentas hubiera sido una complicación, y menos mal.

Enhorabuena como siempre, unos recuerdos sinceros y humanos.

Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Yo también, por culpa de mi trabajo o gracias a él, he tenido que leer bastante rápido, a saltos y en diagonal. Pero suelo controlarme y hacerlo morosamente cuando se trata de literatura en general, sea del tipo que sea.
La timidez es horrorosa. En mi caso fue inducida por una madre extremadamente celosa con el bienestar moral de sus hijos, aunque con la mejor intención. Con decirte que yo no pude llevar nunca a mi casa a un amigo, creo que te digo bastante. Tampoco pude tener un tebeo, ni prestado. Bien mayorcito yo era lo que se dice un hurón. ¡Cuánto no he tenido que pelear para superar este complejo! Con el tiempo mejoré, bastante, pero curado del todo no estoy y ya no creo que llegue a estarlo.
Aquella fue mi primera y única borrachera. ¡Qué tiempos! Todavía me pregunto cómo se les ocurrió a los curas aquellos ponernos vino con lo tiernos que éramos aún. Si mi madre me hubiera descubierto en aquel estado, no te cuento, ni curas ni nada, qué hermosa paliza culera me habría caído encima, con zapatilla de goma, que eran las buenas. Luego, a partir de nosotros, los hijos tuvieron, en general, más suerte. Nosotros, quizás algo más cultos que nuestros padres, fuimos más comprensivos. Me alegro por ellos y también por nosotros, qué caramba.

Lisístrata dijo...

Pues en mi caso, los blogs a los q sigo los suelo acometer siempre con expectación y curiosidad por todo lo que aprendo de cuanto relatan. Pero a veces sucede q topo con algunos artículos, caso del q me ocupa, donde la expectación, la curiosidad y el asombro por lo q voy aprendiendo y no sabía se torna ternura y sonrisa.

P.D. Es raro q en aquellos nuestros tiempos no se fuera tímido, la sensación de inseguridad, por tanto el miedo al ridículo, se creaba en cualquier ambiente con el q topabas. Cada uno lo superábamos como podíamos, en mi caso aparentando ser extrovertida cuando por dentro decía: tierra trágame!

harazem dijo...

Uf, ya tuviste suerte de que la primera fuera de vino. La primera mía fue de aguardiente y además muy cerca de los Salesianos también, en casa de un tío mío irresponsable que nos daba licores desde muy pequeños cuando nos llegábamos los domingos a su casa tras los partidos de fútbol. Esa no se quita con unos paseos.

Pero yo no tuve la ferrea voluntad tuya, y después me las he cogido buenas, aunque ya hace tiempo que...

Molón Suave dijo...

Lisis: Muchas gracias, eres muy amable. Y es verdad, en aquellos tiempos era mucho más corriente que ahora ser tímidos. Yo acabé superándolo en buena parte gracias al teatro, en el que hice mis pinitos durante algún tiempo y en el que se refugian un montón de tímidos.

Manuel: Tengo en tendido que las borracheras de aguardiente son terribles. Creo que se pasa un frío de muerte o eso me ha dicho alguno que tal cogió. En mi caso, he bebido y sigo bebiendo vino y otros alcoholes, pero no, no he vuelto a emborracharme, hasta ahora. Se lo debo a aquella botella, es verdad, pero es que además durante mucho tiempo, hasta que salí de ella, tuve que soportar en casa a un moles casi de a diario y no te puedes imaginar lo pesadito que eso es. Me juré a mí mismo que yo no le daría a nadie el tostón que a mí me dieron. Y no tuve que poner mucha voluntad para cumplirlo. Es que a la tercera copa ya tenía y tengo al moles delante de mí en lo mejor de sus coñazos.

Paco Muñoz dijo...

He recibido un comentario de Alfonso, en el correo, y no ha salido publicado en la página del Blog. Felicidades Alfonso es muy interesante lo que dices.

Lo intento poner yo.


"Alfonso ha dejado un nuevo comentario en la entrada "De como aprendí a amar la prodigalidad cristiana":

Cuando hacía 1º de Filosofía me ganaba unas perrillas los domingos por la mañana acompañando al anciano parróco de Alba de Tormes a que hiciese sus misas por las diferentes pedanías del entorno. Tenía el anciano cura un dos caballos que funcionaba con todo menos con gasolina y se caía de puro viejo, que yo conducía, y con él visitábamos la media docena de colonias de labradores asentados en diferentes localidades a orillas del Tormes, donde el buen hombre oficiaba su misa.

El acuerdo era que, dado su precario estado de salud, yo acabara de consumir el pan y el vino consagrados pues no habían sagrarios habilitados para ello.

Cuando por las mañanas nos veíamos y subíamos al coche lo primero que me preguntaba era si me había confesado. Como yo empezaba a reirme por lo bajinis, soltaba dos o tres aparentes bufidos de desaprobación, me absolvía de mis pecados por cojones y me daba un manotazo en el hombro para que me pusiera en marcha.

Te puedes imaginar cómo volvía yo de semejante "juerga mística". Sin haber probado bocado, y si a comer se le puede llamar atracarse de docenas de hostias consagradas no consumidas por los feligreses, habiéndome metido entre pecho y espalda el práxticamente litro de vino que a razón de unos 150 ó 200 centilitros por pedanía era lo que llegaba a ingerir durante la mañana, convenientemente transustanciaciado en la "sangre de Cristo" (Don Miguel solo lo probaba, el resto me lo bebía yo) la cogorza del regreso era monumental. Es lo que le decía entre risas a Don Miguel: ¡Será la sangre de Cristo, pero no veas como coloca!... Y el buen hombre se hacía de cruces por mis irreverentes comentarios.

Por suerte duró poco, porque no podía ser que cada domingo, nada más llegar a la casa de estudiantes de Alba de Tormes tuviera que meterme en la cama borrachuzo perdío.

Saludos."

Paco Muñoz dijo...

Y jocoso, Alfonso, y jocoso. Me imagino la cara del cura.

Un abrazo

PD: Cuando se pasan de un tamaño los comentarios, el blog puede o no puede publicarlos, a mi me dice que son largos algunas veces, pero al final los publica.

Alfonso dijo...

Estaba covencido de que no había sido publicado. De hecho, en estos momento,me disponía a volver a repetirlo, pero veo que no hizo falta.

Saludos.

Molón Suave dijo...

Pzco: Gracias por el envío. Estás hecho un hacha, como se decía en mis tiempos, o mejor, en aquellos tiempos.

Alfonso: ¿Primero de filosofía? ¿No me digas que tù también ibas para cura? ¿O es que hiciste esa carrera? Te imagino conduciendo a la vuelta en el cochecito que describes. Es una de las anécdotas más subrrealistas que me han contado. O sea, tenías que ir en gracia de Dios para poder consumir la sangre y el cuerpo de Cristo, claro... Inmenso. Hay que ver lo que son capaces de montar. Y lo mejor es que, además de ponerte tibio de hostias y de vino, cobrabas, cobrabas de verdad, no figuradamente, pesetas, vamos. Pobre Cristo, ¿no?, cuánta estulticia en su nombre.

Alfonso dijo...

Me has hecho reír con ganas, Molón. Sobre todo, por lo de cobrar por comulgar a lo bestia aquellos domingos mañaneros de mi juventud universitaria salmantina en los primeros años setenta.

Os explico algunas cosas para poneros en "antecedentes".

Por mi natural inquieto, y habiendo acabado el bachillerato superior, quise estudiar Filosofía y Teología por entender entonces que podrían ser materias que me proporcionarían un mayor bagaje de conocimientos a la hora de intentar despejar las clásicas preguntas que forman parte de la búsqueda del pensamiento humano: ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?.

No lo hacía por vocación religiosa, pues más bien al contrario mantenía un pensamiento y sentimiento escéptico hacia toda profesión de fe organizada, incluido el catolicismo. Pero, me "regalaban" una beca, y la misma era para estudiar estas materias "por libre" en la Universidad Pontificia de Salamanca, y como yo soy así me lié la manta a la cabeza, pedí una excedencia en Banesto que era dónde trabajaba de administrativo y a disgusto de mi padre me encajé en Alba de Tormes, a 20 kilómetros de la capital salmantina, en una casa cedida por el Ayuntamiento donde nos cobijábamos una media docena de estudiantes de distinto pelaje. Cada día, bien en auto-stop, en autobús cuando había algún dinerillo, o aprovechando los múltiples vehículos de servicios matutinos que iban y venían (panaderos, carniceros, etc.) recorríamos esos kilómetros gracias al favor de los parroquianos que estaban habituados a contemplar nuestras siluetas a pie de carretera tanto como el toro de "Osborne".

Alfonso dijo...

(sigue) Como no podía ser de otra manera en aquella época y para controlar el “comportamiento” de aquella media docena de jóvenes en medio de un pueblo tan tradicional como Alba, el Ayuntamiento confiaba en los buenos oficios del cura párroco de la localidad, que hacía las veces de “tutor”. Don Miguel, que así se llamaba el octogenario sacerdote, era un hombre bonachón, gran conversador, con los tics y manías de su ya avanzada edad, pero en ningún modo intolerante y autoritario. Chapado a la antigua en cuanto a sus convicciones y formación religiosa, pero qué cabe esperar de un cura que fue ordenado antes de la proclamación de la República. Por cierto, este hombre me contó de primera mano, ya que él estaba presente, el encontronazo que tuvo Don Miguel de Unamuno con el faccioso general Millán Astray, durante la celebración del día de la Hispanidad, el 12 de octubre de 1.936, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde el entonces rector de dicha Universidad dijo entre otras muchas cosas aquella frase de “Venceréis pero no convenceréis”.

Como yo era el único que tenía carnet de conducir, y además de eso me llevaba muy bien con el anciano cura pues le encantaba discutir conmigo durante horas sobre lo divino y lo humano, dando largos paseos o sentados a la lumbre de la chimenea de casa, me propuso lo de que le acompañara con el coche pues se sentía muy viejo y los reflejos le fallaban ya más que una escopeta de feria, como él decía. El trato fue que yo conduciría para llevarlo a las distintas pedanías, le ayudaría en las misas, consumiría las hostias y el vino sobrante que él no podía ingerir por causa de sus problemas de estómago y que no podía conservarse al no haber sagrarios en aquellos pueblecitos de colonos labradores y a cambio recibía alguna compensación traducida en algunas pesetas y especies, como patatas, huevos, azúcar, algún pollo, etc. Un día le dije que si entre las especies, aparte de los torreznos y las patatas, podría pasarme a alguna feligresa joven y de buen ver, y se ponía como una moto. Aunque era más enfado disimulado que de verdad. En el fondo, a este buen cura, le encantaba mi osadía e irreverentes comentarios. Algunas veces, me decía que no entendía como era que estaba estudiando Filosofía y Teología cuando yo tenía menos vocación por los asuntos religiosos que su perro, un labrador ya viejo que pasaba de todo.

Alfonso dijo...

(sigue) Como bien dices Molón, se daban esas situaciones surrealistas como consecuencia de las contradicciones propias del papel de cada cual y que, dada la época y las circunstancias, formaban parte de la vida cotidiana. Podría ser parte de un guión de una película costumbrista de época, la situación que se daba en el interior del desvencijado dos caballos, a las seis de la mañana de un domingo cualquiera.

- Buenos días Alfonso.
- Buenos días, Don Miguel… ¿lleva un calcetín anudado al cuello?...
- ¡Ay, si, leñe!, que se me ha olvidado quitármelo… es que con el relente que hace por las noches me anudo un calcetín de lana alrededor del cuello para no enfriarme… (risitas por mi parte…)
- ¿Qué pasa? ¿Te hace gracia?
- ¿No tiene usted una bufanda, Don Miguel?...
- Si, la tengo, pero hace mucho bulto y me molesta para dormir, así que prefiero anudarme un calcetín… (más risitas por mi parte)
- Bueno, venga, déjate de cachondeito y dime, ¿te confesó ayer Don Florentino? (Don Florentino era el coadjutor de la parroquia)
- Don Florentino es un pesao, me hace más preguntas que la policía. Este hombre ve pecados por todas partes.
- Don Florentino es un buen sacerdote y pone celo en su cometido. ¿Te has confesado, o no?.
- Pues… no.
- ¿Y eso por qué?... ¿No sabes que sin estar en gracia de Dios no puedes comulgar?
- Es que yo no sé que pecados decirle… A ver, qué le digo, que me la casco?, que me gustan las chicas?... pues es lo más normal del mundo.
- Vale, de acuerdo, eres muy joven y ya sabemos que la carne tira y esas cosas… pero el sacramento de la confesión nos libera del pecado después de una seria reflexión y arrepentimiento…
- Pero… arrepentimiento de qué, Don Miguel, ¿de haber mirado a alguna chica con deseo?... pues qué quiere que le diga, yo no me arrepiento de eso, si no miramos con deseo a las mujeres, adiós procreación, la especie se extinguiría… (risitas por mi parte)
- Tu lo que eres es un marrano (dice Don Miguel mientras intenta darme una colleja)
- Bueno, venga, arrepiéntete, que salimos tarde… (Y mientras yo me agarro con las dos manos al volante del dos caballos y agacho hipócritamente la cabeza en señal de “arrepentimiento” Don Miguel, haciendo en el aire la señal de la cruz, entonaba lo de “ego te absolvo pecatis tuis, in nomine Pater, et Filio, et Spiritu Sanctis”…. Amén)

Y más “limpio” que una patena emprendíamos la marcha con la carraca aquella que más de una vez nos dejó tirados por caminos imposibles.

Y, como digo, a la vuelta, después de tanta “sangre de Cristo”, yo regresaba al pueblo más que chispeado, haciendo eses por aquellos caminos de cabras como quien recorre el Paris-Dakar.

Fueron unos años, hasta que acabé los estudios,en los que se dieron diferentes anécdotas que guardo en la memoria con cariño. Y hubo de todo, como en botica.

Saludos.

Paco Muñoz dijo...

Alfonso

Una historia preciosa, digna de ocupar una entrada en un blog, con todos los honores en lugar de un comentario. Me he estado imaginando el dúo eclesial y me he reído lo mío.

Enhorabuena.

Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Yo también me he reído, Alfonso, mucho. Y es verdad, como dice Paco, esa historia es para que la pongas en tu bloc y para mucho mucho más. El tema, con un poco de adobo, da perfectamente para una película. Aunque esto lo cuentas en una película y cualquiera la que vea dice: ¡Menuda exageración! La realidad, casi siempre, supera a la imaginación. Yo os imagino a los dos,al cura anciano de pueblo y al joven gamberrete y un tanto desvergonzado y no doy crédito. Hay que reconocer que el cura era un tío estupendo. Con los que yo topé, empezando por mi tío, no eran tan cercanos ni tan comprensivos. La mayoría, incluido mi tio, tiraban más a Rouco, a Camino y así, o al menos eso me parecía a mí entonces. Yo, desde luego, no tuve nunca esa confianza con ninguno. Gracias por leerme y muchas más gracias por una vivencia tan graciosa a la vez que sustancial.

Alfonso dijo...

En la seccion de "Recuerdos" de mi blog ya cuento algunas que otras anécdotas de diferentes épocas de mi vida, y es verdad que tengo en "cartera" la redacción de otras "memorias" parecidas.

Esto que cuento, quizás en cualquier momento, hubiese formado parte de alguna de estas narraciones, pero bueno, no está demás como comentario a la entrada.

Tengo mi blog muy abandonado, lo sé, máxime cuando el poco tiempo del que dispongo lo dedico a meter baza anticlerical en "Ducha de Sermones", junto a Isaak, Anita y otros amigos, pero bueno, trataré de ir publicando alguna cosa más.

Saludos, amigos.

Rafael Jiménez dijo...

Divina melopea! (¿o "melopea divina"?).