miércoles, 5 de enero de 2011

Constantino el Grande



¡Y tan grande!

A Lactancio y a Eusebio de Cesarea , dos de los propagandistas cristianos con menos escrúpulos de la historia, se les caía la baba enumerando sus incontables méritos. Se entiende. Ahí va una cita:

En la misma época se cumplió el vigésimo aniversario de su reinado. Con tal ocasión, en las restantes provincias se celebraron reuniones públicas festivas; y para los siervos de Dios, el emperador organizó banquetes en los que participó él mismo tras haber hecho las paces, por así decirlo, para hacer a Dios una ofrenda digna de él; ni uno solo de los obispos se echó en falta en la mesa del emperador.

Esta cita, cuyas negritas son mías, pertenece a la pretendida biografía escrita por Eusebio, que fue obispo de Cesarea y que, como es lógico, no faltó al banquete.

Treinta y tantos años antes, Diocleciano había establecido una tetrarquía para gobernar el imperio, con dos augustos como emperadores y dos césares que llegarían a augustos tras la renuncia o la muerte de los dos primeros. Constantino acabó con aquel sistema y se erigió en dueño absoluto del imperio. Desde su puesto, se puso decididamente de parte del cristianismo y a partir del 313, año de su victoria sobre Majencio en la famosa batalla del Puente Milvio, dictó edicto tras edicto favoreciendo a la todavía nueva religión. Entre lo más sobresalientes de estos edictos cabe citar los siguientes:

-Prohibición de la haruspicia o adivinación por medio de las vísceras de las aves, de la magia y de los sacrificios privados, lo que constituía un ataque frontal a los sacerdotes paganos, que tenían en estos menesteres unas de sus principales funciones.

-Otorgamiento a los obispos de poder judicial en causas civiles, es decir, no sólo en causas religiosas, sino en todos los asuntos de la vida ciudadana. Así, un obispo podía fallar en una denuncia por robo y su fallo era inapelable, correspondiendo al poder secular la ejecución del mismo. Este poder no lo tuvieron jamás los sacerdotes paganos.

-Otorgamiento a la Iglesia del poder de manumitir o liberar a los esclavos, que hasta entonces había correspondido exclusivamente al Estado.

-Otorgamiento a la Iglesia del derecho a recibir herencias, jugosísimo negocio que hubo de ser retirado cuarenta y tantos años más tarde debido a la enorme capacidad de acaparación del clero.

-Exanción de las cargas y tributos impuestas con anterioridad a los cristianos y devolución de los bienes incautados, con el detalle de que si el titular había fallecido y no quedaban herederos, los bienes pasaban a la Iglesia.

A las vista de estos cinco decretos, a los que hay que añadir bastantes otros, además del marco general de hostigamiento al paganismo, no es de extrañar el gran amor que los cristianos profesaron y profesan a Constantino I. De hecho, la Iglesia ortodoxa, es decir, la oriental, lo elevó a los altares y como santo lo venera

¿Pero quién era, en realidad, este buen caballero? Independientemente de su favores, ¿gozó para tan alta estima de valores humanos o morales más o menos relacionados con la prédica cristiana? Véamoslo. Hijo de Constancio Cloro, uno de los dos césares en los tiempos en que Diocleciano y Maximiano eran augustos, su madre, la famosa santa Elena, fue lo que hoy se definiría técnicamente como una prostituta, concubina de su padre. Este hecho no resta valor a Constantino. Otra cosa es que él practicara también el concubinato, en este caso con Minervina, de la que tendría a su hijo Crispo. Empezó usurpando el poder con la aclamación del ejército de Britania. Tras abandonar a Minervina, se casó oficialmente con Fausta, hija de Maximiano, uno de los dos augustos. Con esta dama tuvo tres hijos y dos hijas. Se alzó contra su suegro, al que derrotó y al que hizo ahorcar en Massilia, la actual Marsella. En su camino hacia el poder absoluto, se enfrentó a Licinio, augusto de Oriente, hijo de Maximiano y también su cuñado, esposo de su hermana Constancia. Lo derrotó y ordenó su estrangulamiento. Hizo estrangular también a Basiano, hermano de Licinio (por si le disputaba el poder) y esposo de su otra hermana, Anastasia. En su caritativa carrera, el emperador, mandó asesinar a su hijo Crispo. Es posible que este hijo, fruto, como se ha visto de su unión con Minervina, que había sido nombrado césar, anduviese metido en alguna conspiración contra su padre, aunque también se le acusaba de relaciones carnales con su madrastra, Fausta, la mujer de Constantino, acusación, sin duda, falsa. Por si la moscas, San Constantino hizo ahogar a Fausta en un baño y, como buen cristiano, entregó todas las propiedades que la difunta poseía en el barrio lateranense de Roma al papa (¿a quién mejor?). Como buen militar y gran vitalista, tuvo, además, numerosos amoríos. Todo ello, sin mencionar su desmedida ambición de poder, que lo llevó de guerra en guerra, sacrificando la vida de miles y miles de seres humanos cuya única ambición era vivir en paz.

Todo, como se ve, impregnado hasta la médula de la más pura filosofía cristiana, que, como bien se sabe, predica el amor al prójimo y el perdón de las ofensas, ¿no es verdad? ¿Será por ello que los padres de la Iglesia, los historiadores eclesiásticos silencian esta extensa zona de la biografía de Constantino? Claro que no. Callan porque, en realidad, con toda su grandeza, Constantino fue, más que nada, un despota asesino y la Iglesia, en lugar de denunciarlo como tal, no tuvo escrúpulos en buscar su cobijo para continuar creciendo y desarrollándose. Estamos ante la técnica del silencio, una técnica que la Iglesia viene empleando a maravilla desde los más remotos tiempos y que consiste en relatar no la totalidad de los hechos, sino sólo aquellos que le convienen, no hay más que echar la vista atrás sin prejuicios para comprobarlo. Se trata, no cabe duda, de la forma de mentir más perversa que existe, pues no se expresa la mentira en lo que se dice, sino en lo que se calla, cosa mucho más difícil de descubrir por el oyente. Un comportamiento que pone de relieve una vez más que, pese a lo que tan vigorosamente pregona, la Iglesia, como tanto hijo de vecino normal y corriente, no persigue la búsqueda de la verdad, sino única y exclusivamente la defensa de sus intereses.

5 comentarios:

Josefo el Apóstata dijo...

Joder con San Constantino, jejej. Este es uno de esos que desmiente el dicho ese de: "le sienta peor que a un santo unas pistolas".

Por lo que veo, la capacidad que tiene la Iglesia de pactar con el tirano y bendecirlo le viene de lejos...

Molón Suave dijo...

Así es, Josefo. Uno de los últimos tiranos con lo que se alió fue Franco, del que los que peinamos canas guardamos tremendos recuerdos. Pero las alianzas vienen de antiguo. En realidad, por más que invocan al Espíritu Santo, la Iglesia no sería nada sin la imprescindible colaboración del poder temporal. Ya veremos casos incluso más sabrosos que este.

Paco Muñoz dijo...

Como siempre "chapeau" Molón. Una técnica descriptiva, amena y muy didáctica que te hace disfrutar de la lectura por lo comprensivo de su lenguaje.

Valiente elemento como todos ellos. Leyendo me preguntaba ¿A lo largo de la historia está gente no pudo hacer otra cosa que asesinar a seres humanos, para robarlos, ultrajarlos y despojarlos de sus bienes? ¿Como es posible que tengan la desfachatez de hacer santos toda esta caterva de asesinos?

Ahora están a marchas forzadas con "el polaco", mientras le dan largas cambiadas a Romero y a los jesuitas de centro américa. Son distintas las velocidades para santificar. ¿"el polaco" que bendijo a Pinochet, qué diferencia tiene con los obispos que hacían lo mismo con Constantino? No ha cambiado nada en absoluto.

Eso sin tener en cuenta las mamarrachadas que se tira Don Deme, con el tema de la homoxesualidad, o el otro individuo que dice que las mujeres casadas por la iglesia no sufren maltrato. Cuando son un cero a la izquierda desde siempre.

Esa es la información que recibe la población, y la pena es que mucha gente lo acepta sin dudar. Y no es por fe es por aborregamiento manifiesto.

Enhorabuena y gracias por tu exposición que me hace querer más a Constantino... verlo pudrirse en su propio infierno.

Alfonso dijo...

Si al apostol Pablo se le atribuye ser el "inventor" del cristianismo, creando una religión basada en la mitificación del hecho prodigioso de la resurrección de un hombre-dios, a Constantino se le adjudica el haber dado carta de naturaleza estatal a esa religión.

De perseguidos, se convirtieron en virulentos perseguidores, no sólo del paganismo, cuyos templos destruyeron y a cuyos sacerdotes y fieles persiguieron y aniquilaron a miles, sino también del resto de facciones cristianas que no tuvieron la "suerte" de ser reconocidas como "oficiales".

El cristianismo no se extendió por la "bondad" de su doctrina, sino que se impuso por la fuerza de las armas en un imperio al que le interesó mantener a raya las conciencias a través de ese binomio eficaz que representa la persuasión de la fuerza bruta y el atenazamiento de las conciencias a través del miedo religioso. El glaudius hispánicus y el pecado mortal fueron los dos grandes argumentos que ayudaron a un imperio someter a los dictados del poder terrenal y celestial a toda su población. Y por extensión ya sabemos por la historia de sus resultados.

Crearon un dios de diseño, del mismo modo que lo eran los dioses anteriores, y lo siguen siendo todos los inventados dioses que han surgido (y surjen) aquí y allá por causa de ese epifenómeno que se deriva de la tendencia humana a estar en contacto con lo transcendente: La revelación.

Y como apunto en el blog "Ducha de Sermones", el que no tiene una "revelación" es porque no quiere. XDD ...

http://duchadesermones.blogspot.com/

Molón Suave dijo...

Paco Muñoz:
Así es, Paco, una cuadrilla de asesinos y de ladrones desde los primeros momentos, con la excusa, siempre bendita de la salvación. Los hacen santos no porque sean buena gente (alguno puede que lo sea, sino porque les beneficia. Lo del polaco parece que está frenado por causa de la pederastia, de los legionarios de Cristo y de algunos problemillas financieros, pero ahí tienes la velocidad a la que hicieron santo al marqués de Peralta. Por supuesto, a Monseñor Romero a Ellacuría y a los demás de la teología de la liberación, muertos claramente en acto de servicio, no los harán santos jamás, no les conviene.

Alfonso:
Leyendo a San Pablo, habrás observado que él no cuenta nada de la vida de Cristo, sólo de su muerte y de su resurrección. De su muerte, en cuanto al hecho de morir, el cómo fue tampoco lo describe. Esto es raro, principalmente si se tiene en cuenta que las epístolas de Pablo constituyen los primeros textos que se escribieron acerca del cristianismo, anteriores incluso a los Hechos de los Apóstoles. Comprobando también que varias de las epístolas de San Pablo son falsas, no es difícil llegar a la conclusión de que hasta San Pablo fue manipulado por los que vinieron detrás, para adaptarlo a su conveniencia.
Y, por supuesto, el cristianismo no hubiera pasado de ser una religión más, de las muchas que pululaban por el imperio romano, sino se hubiera pegado al poder y no hubiera empleado para extenderse el uso de la fuerza.
POr otra parte, Dios no ha hablado jamás con ningún hombre. Hay hombres que afirman que Dios habló con ellos, pero hasta el día de hoy ninguno ha conseguido demostrarlo fehacientemente, de modo que en quien cree la gente, cuando cree, no es en Dios, sino en el hombre que dice hablar en su nombre y transmitir lo que le fue confiado