domingo, 25 de diciembre de 2011

veinticinco de diciembre


Veinticinco de diciembre. Navidad. Un niño ha nacido en una cueva que, a veces, ha servido de establo. Su madre era virgen antes de concebir a su hijo, siguió siendo virgen tras la concepción y no dejó de ser virgen después del parto. Pastores que guardaban sus rebaños en las proximidades de la cueva, corrieron a adorar al niño, alertados por un ángel. Unos magos de oriente, reyes según algunos, acudieron a adorarle también, precedidos por una estrella que los guiaba. Este niño crecerá atendido amorosamente por su madre. Será un joven fuerte, valoroso y puro. Cuando adquiera la condición de adulto, saldrá a los caminos y predicará una moral novedosa, fundamentalmente austera que atraerá a los débiles y enfurecerá a los poderosos. Hará milagros, muchos, sanará enfermos de variadas dolencias, resucitará muertos. Por todo ello, será perseguido, sufrirá martirio, lo matarán y será enterrado. Sin embargo, tres días más tarde, resucitará. Después de su resurrección, ascenderá a los cielos, en donde se sentará a la diestra del Padre, en compañía del Espíritu, formando la que era, es y será la Trinidad. Sus discípulos y seguidores practicarán un rito que será llamado eucaristía, durante el cual comerán su cuerpo y beberán su sangre bajo las formas del pan y del vino, un rito salvífico que, realizado con fe y limpieza de corazón, les abrirá, tras la muerte, las puertas del cielo.

La mayor parte de los que hayan leído hasta aquí pensarán que, aunque muy resumida, esta es la historia del Niño Jesús, cuyo nacimiento celebran los cristianos hoy. Pero no, esta historia no tiene nada que ver con Jesús, quien sería llamado Cristo, hijo de Dios y Dios al mismo tiempo y cuya figura dio origen al cristianismo. Esta es tal cual la historia de Mitra, un Dios también, de origen persa, anterior a Zaratustra y, por ello, bastantes siglos anterior a Cristo, algo así como diez, e igualmente hijo de Dios y Dios al mismo tiempo, un Dios solar, ampliamente adorado en el imperio romano y cuyo culto pervivió hasta el siglo IV de nuestra Era, hasta que fue aplastado por el cristianismo.

No es el únido Dios que nace, sufre persecución y martirio, muere y resucita. A título de ejemplo, pueden citarse al egipcio Osiris, a los hindúes Shiva y Krishna, al sirio Tammuz, al etrusco Atune, a los griegos Adonis y Dionisos, al romano Baco y a una larga serie que se extiende por la práctica totalidad de los pueblos indo-mediterráneos. Aunque el cristianismo no guarda con las historias concretas de estos dioses las asombrosas semejanzas que guarda con la de Mitra, es evidente, que sus fundamentos básicos vienen a ser los mismos: nacimiento, persecución, martirio, muerte y resurrección.

Deduzca el lector las consecuencias que se derivan de estas semejanzas. Aquí sólo diré que, debido a estas semejanzas, los cristianos fueron acusados repetidamente de simples y aun estúpidos copiones por notables escritores y pensadores del mundo romano, quienes no veían en la pretendida nueva religión sino una copia de las muy abundantes religiones existentes por aquel entonces, pasada, eso sí, por el tamiz judío. ¿Que cómo se defendían los cristianos? He aquí como, lo hacía uno de los más reputados teólogos cristianos de la época, San Justino (100-165), el cual, en su Apología y refiriéndose, concretamente, a la eucaristia afirma:

Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, en la que a nadie le es lícito participar, salvo al que cree (...) porque se nos ha enseñado que es la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado (...). Por cierto, que también esto, por remedo, enseñaron los perversos demonios que se hiciera en los misterios de Mitra, pues vosotros sabéis o podéis saber que ellos toman también pan y una copa de vino en los sacrificios de aquellos que están iniciados y pronuncian ciertas palabras sobre ellos.

Como se ve, una justificación de incontestable peso, pues pone de relieve la extraordinaria astucia del demonio, capaz de hacer aparecer la eucaristia cristiana en un culto pagano cientos de años antes no ya de que existiera el cristianismo, sino de que siquiera pudiese ser imaginado.

P.D. Las negritas son mías.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Un curita flamenco



¿El silencio es la paz? Si no lo es está muy cerca de ella. En este rincón lejano de la Península, con una conexión estrafalaria a internet, con sólo el teléfono móvil, que apenas sé manejar, me siento a ratos en la gloria y a ratos en el más completo olvido. Me encuentro bien, aunque a veces hecho de menos mi blog, al que sólo puedo entrar de vez en cuando, y el contacto con los amigos del facebook.

Pero no es de mí de quien quiero hablar. O sí. Según se mire. Hoy, mi mujer y yo hemos comido en casa de unos amigos, Antonio y María los llamaremos, porque no he pedido su autorización para dar aquí sus nombres reales. Mientras comemos, vemos el telediario -tontodiario habría que llamarlo- de Canal Sur y, hacia el final, salta la noticia: el cura párroco de un pueblo de Jaén, cuyo nombre se nos escapa con la conversación que mantenemos mientras la tele habla, se ha negado a bautizar a una niñita porque el padrino es homosexual y además está casado, con otro homosexual, naturalmente, por la vía civil, ya que la Iglesia repudia tanto este tipo de matrimonios como la práctica de la homosexualidad.

Inmediatamente, nuestra conversación, que en ese momento se centraba en el gran número de extranjeros, principalmente de habla inglesa, que se encuentran afincados aquí, cambia de rumbo y se traslada a la noticia. Todos estamos de acuerdo en que el citado párroco debe de ser un cura bragao, de aquellos de sotana arremangá y cipote en ristre que se dedicaban con ardor a desenmascarar rojos camuflados durante nuestra posguerra y a zaherir con saña a sus mujeres. Pero a María le parece bien su postura. Si a la Iglesia le resulta abominable la homosexualidad y no admite en su comunión a los homosexuales, sostiene María, se entiende que no admita como padrino de nadie a un homosexual, pues el padrino -tal es la doctrina de la iglesia- es alguien que debe guiar al ahijado por la recta senda de los mandatos eclesiásticos.

Antonio, en cambio, cree que la postura del cura es errónea y, más aún, cerril. Piensa que la Iglesia debería modernizarse y aceptar a todos los que de buena fe se acerquen a ella, independientemente de su condición sexual o civil. De otro modo, afirma Antonio, corremos el riesgo de que la Iglesia quede reducida a un puñado más o menos grande de reaccionarios, lo que puede resultar muy peligroso para el conjunto de la sociedad. Ya sabemos, dice Antonio, cual es la actitud de las ratas cuando se sienten acorraladas y el que no lo sepa, que intente matar a alguna encerrándose con ella en una habitación vacía.

Mi mujer cree que se trata de un asunto del que deberíamos pasar. Allá la Iglesia que haga en este terreno lo que le parezca. Aunque de un tamaño considerable, es su opinión, la Iglesia no deja de ser un club con una reglas determinadas que sus socios deben cumplir, de modo que el que no las cumpla no tiene por qué molestarse si no es admitido en ella. Esta es una noticia que ni siquiera debería aparecer en los medios de comunicación y que, desde luego, creo que nosotros, que nos hemos apartado de la Iglesia, no tenemos ni siquiera derecho a juzgarla en este aspecto. Que haga con sus seguidores lo que le parezca y que admita en su organización a quien le de la gana.

Mi opinión difiere de la de los tres. En primer lugar, a mí no me asusta que los seguidores reales de la Iglesia sean cada vez menos y, al mismo tiempo, cada vez más radicales. Me parece que ese es el sino de la mayor parte de las organizaciones humanas, sea cual sea el fin para el que se cree y una vez que este fin se ha cumplido o se ha desvirtuado. Pocas organizaciones y mucho más si soportan una carga ideológica están dispuesta a disolverse por las buenas. Por otrar parte, el cura de ese pueblo y, en general, la Iglesia en su conjunto, pueden mostrarse tan flamencos como les parezca y aceptar o rechazar a quien quieran, pero yo creo que su actitud sólo sería válida si, al mismo tiempo que flamenquean, rehusaran seguir recibiendo el dinero que vía impuestos reciben de toda la sociedad. En la situación actual, ese cura, como, en nuestro caso y en general, la Iglesia española, se comporta, permítaseme la expresión, exactamente igual que un chulo de putas, que no sólo obliga a su protegida a cumplir determinadas reglas, sino que además la maltrata y se queda con su dinero. Y es precisamente esta aportación económica que la Iglesia recibe de todos los españoles, creyentes y no creyentes, la que nos da todo el derecho a opinar también sobre sus propias normas y la que da derecho a ese homosexual a pedir cuanto menos explicaciones al cura acerca de por qué no es apto para ser padrino en un bautizo, pero sí para rascarse obligatoriamente el bolsillo y contribuir con sus impuestos a pagar, entre otras cosas, el salario del sacerdote. Si la Iglesia fuera realmente un club privado, yo encantado de haberla conocida y allá que se lo cueza como mejor le parezca. Pero no lo es, todos sabemos que no lo es, todos creyentes y no creyentes, tenemos que soportar no sólo el expolio de nuestras carteras para un fin exclusivamente privado, sino el afán siempre opresivo de imponer sus normas particulares al conjunto de toda la sociedad. Todo ello, con independencia, de que a mí, personalmente, me parece increíble que todavía haya homosexuales no ya creyentes, que en eso allá cada cual con su conciencia, sino con ganas de seguir formando parte, aunque sea tangencialmente, de una organización que lleva dos mil años persiguiéndolos con furia variada.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Un concordato de oro





Los multiples y diversos cristianismos que han existido y existen al día de hoy en el mundo han aportado a la humanidad algunos principios de indudable valor. El amor al prójimo, incluidos los enemigos, el perdón, la compasión, son algunos de ellos, los principales. Se trata de valores novedosos en su día que, aunque apenas se hayan puesto en práctica, han contribuido a acrecentar y perfeccionar el acervo moral de los seres humanos. El cristianismo católico ha añadido específicamente un valor más: el afán de supervivencia, el único que, hasta la fecha, ha cristalizado y se ejerce a pleno rendimiento.

Cuando se echa la vista atrás en la historia con mirada imparcial, se descubre pronto que, más allá de sus prédicas, de sus declaraciones, el objetivo fundamental de la Iglesia Católica no ha sido otro que el de sobrevivir. Y ello desde antes de Constantino. Hasta hoy mismo. En aras de este objetivo la jerarquía eclesiástica, que, como vengo sosteniendo en estas entradas, constituye la Iglesia real, no ha dudado en mentir, en traicionar, en aliarse con tiranos y asesinos de todo pelaje, en robar, en matar.

San Agustín señaló que la belleza de la rosa no sería posible sin la existencia del estiércol, un principio, casi un dogma que de manera mucho más que metafórica llevan grabado en la mente todos los que en la Iglesia ejercen algún tipo de poder. Y la mayoría de los que no lo ejercen también. No sólo no importa, sino que es necesario estercolar la vida con toda clase de deyecciones, si el fin consiste en obtener una buena cosecha, naturalmente eterna. Expresado groseramente, esto es lo que el santo obispo de Hipona vino a decir, concretando en una sola frase el pensamiento ya por entonces tradicional en la Iglesia, un pensamiento, no hay que decirlo, por completo contrario a la buena nueva que se trataba de difundir.

Podrían aducirse infinidad de ejemplos como prueba de este afán de supervivencia. Citaré sólo uno de los tiempos modernos: el pacto -concordato le llaman, eufemísticamente- establecido en 1929 entre Pío XI y Mussolini, ejemplar por la situación del mundo y, más aún, de la propia Iglesia, en un grave aprieto económico y, más aún político.

Desde que en 1870 la Iglesia perdiera los llamados Estados Pontificios, los papas, despojados al fin del poder terrenal directo, vivían junto con la curia en el Palacio Vaticano, casi como refugiados políticos. Esta situación perduró nada menos que cincuenta y nueve años, hasta que Pío XI no encontró reparo alguno en firmar un tratado con un hombre que ya llevaba seis años gobernando de manera omnímoda en Italia. La actual opulencia de la Iglesia Católica tiene su raíz en la generosidad de Mussolini, quien, por su parte, buscaba la complicidad plena de los católicos para llevar a cabo sus planes. La Iglesia consiguió que el Vaticano fuera reconocido como estado soberano, un estado ridículo en tamaño, apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, pero, al fin y al cabo, estado, con inmunidad diplomática incluida. Consiguió la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas del país. Consiguió que el único matrimonio válido en Italia fuera el canónico. Consiguió la exención impositiva de sus bienes inmuebles, así como la de los derechos aduaneros para sus ciudadanos, clérigos en su práctica totalidad, naturalmente, por los bienes que importaran del extranjero. Consiguió, por fin, que Mussolini le hiciera donación de 750 millones de liras en metálico, así como otros mil en bonos consolidados del Estado, una cantidad que hoy podría cifrarse en unos cinco mil millones de euros.

Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Para no ser su reino de este mundo, hay que fijarse en lo que la Iglesia pleitea para encenagarse en él.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Por qué la Iglesia





Amigos a los que aprecio y me aprecian me preguntan con afecto por qué escribo y siempre críticamente acerca del cristianismo y de la Iglesia Católica, siendo así que, según ellos, y yo también lo creo, todas las religiones vienen a ser más o menos lo mismo. Algunos de estos amigos son creyentes, creyentes pacíficos, aunque, sin duda, poco practicantes, y en su pregunta va implícito un velado reproche. Alguno, que me conoce pero no me estima, no vacila en acusarme de resentimiento.


Aunque hoy los templos católicos se encuentran prácticamente vacíos, la Iglesia conserva en España una influencia que no afecta sólo a sus fieles, sino al conjunto de la sociedad. Se trata de una influencia histórica que al día de hoy no responde a su implantanción real -escaso número de practicantes en relación con el número total de habitantes-, pero que apenas ha perdido efectividad y que, por ello, resulta especialmente lacerante.


Después de dos milenios de implantación, la Iglesia Católica no se ha limitado a transmitir sus dogmas, sus creencias, sino que nos los ha impuesto a todos con mano de hierro, a sangre y fuego. Y no sólo sus dogmas, ha impuesto su moral, sus costumbres, ha modelado nuestras conciencias imbuyéndonos el sentimiento de culpa que tan caro le resulta y tan práctico para ejercer su dominación.


En estos dos milenios, la Iglesia no se ha limitado a proclamar el supuesto mensaje del que ella llama su fundador, sino que ha modelado nuestras mentes, hasta el punto de que al día de hoy y en este país los ateos lo son, en su imensa mayoría, respecto al Dios católico. La práctica totalidad de los españoles hemos sido bautizados nada más venir a este mundo, sin contar, por tanto, con nuestra opinión. Del mismo modo, hemos sido obligados a aprender el catecismo, con severos castigos para los que no conseguían memorizar sus preceptos, a hacer la primera comunión, a casarnos en uno de sus templos y ante uno de sus sacerdotes. Por obligarnos, incluso a morir y a ser enterrados según sus normas nos ha venido obligando hasta hace dos días.


Llevamos nombres cristianos, las calles de nuestras ciudades aparecen rotuladas con el nombre de vírgenes, de santos, de beatos. Empresas mercantiles, hospitales, colegios, instituciones del más variado pelaje llevan este tipo de nombres. Las fiestas, en fin, que celebramos creyentes y no creyentes, son fiestas católicas en su práctica totalidad, lo mismo que los festejos patronales de nuestros pueblos o las romerías.


En España, la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación es más que notable, tanto directamente, a través de la Conferencia Episcopal, como indirectamente, mediante sectas como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo o los célebres Quicos.


En la actualidad, la Iglesia Católica recibe anualmente del Estado Español la fabulosa cantidad de diez mil millones de euros. Se trata, no hace falta decirlo, de un dinero procedente de los impuestos que satisfacen por igual tanto los creyentes como los no creyentes y al que, a pesar de la crisis galopante, la Iglesia no renuncia ni en un euro. Se da la asombrosa paradoja de que el Estado, es decir, todos los españoles abonamos el sueldo de unos profesores que son contratados y despedidos por la propia Iglesia, siguiendo criterios que ella establece en exclusiva.


Y esto no es todo. Cada vez que le parece oportuno, la Iglesia Católica entra en política, y no limitándose a expresar su opinión sobre asuntos más o menos de su incumbencia, cosa a la que tiene pleno derecho, como cualquier otro ente, sino mostrando su apoyo explícito a determinadas formaciones. Mañana, veinte de noviembre, se celebran en España elecciones al Congreso y al Senado. Pues bien, desde hace más de dos meses, obispos y sacerdotes vienen no sólo pidiendo, exigiendo el voto a sus seguidores. No lo exigen para partidos que proclaman la igualdad, el apoyo a los débiles, a los necesitados, hacia los que se inclinaba el que la Iglesia llama su fundador, como se cuenta en los evangelios, sino para un concreto partido de derechas, cuya política no se define precisamente como muy igualitaria.


Para no ser su reino de este mundo, como aseguraba el pretendido fundador, es evidente que la Iglesia muestra una actitud cuanto menos desconcertante. De manera que, con todo este bagaje, díganme, amigos, si hay o no razones para someter a la Iglesia Católica a las mismas críticas a las que sometemos a cualquier otra institución social o política de las que operan a nuestro alrededor. ¿O es que, por ventura, la Iglesia cuenta con algún tipo de salvoconducto que le permite actuar como le place en la más completa impunidad?


miércoles, 19 de octubre de 2011

El Santo Rosario (III y último)





El veinticinco de julio, día de la onomástica del cura y víspera de la mi madre, nos íbamos toda la familia al campo, al santuario de Linares, veinte o veinticinco personas entre chicos y grandes. Mi tío el platero (el rico), contrataba un camión y allá que íbamos, el cura en la cabina, junto al conductor, y los demás en la caja, con las vituallas.


Aquel veinticinco de julio, el de mil novecientos cincuenta y ocho, resultó un día memorable en los anales de la familia. A las nueve de la mañana ya estábamos en el santuario asistiendo a la misa que decía mi tío. Luego, tras un abundante desayuno a base de sardinas asadas y tortas de Liberato Iglesias, los más jóvenes subimos al cerro de San Fernando. ¡Ah!, la pina pendiente nos quitó el resuello, pero qué hermoso era el vasto panorama que se contemplaba desde la cumbre, y qué bellas estaban mis primas, sudorosas, arreboladas.


En la bajada, una de ellas tropezó y bajó rodando hasta que unos matojos la detuvieron. No se rompió ningún hueso, pero la pobre mía acabó con los brazos, las piernas y la cara llenos de arañazos y de moraduras. Abajo, no nos hicieron ni caso. Los mayores le habían dado bien al garrafón del vino y contaban chistes verdes, mientras el cura, ligeramente apartado, leía su breviario a la sombra de un olivo. Lo de los chistes lo supimos porque nada más vernos disimularon las risas y siguieron hablando con medias palabras, como si fuéramos tontos y no conociéramos su métodos.


Entonces decidimos ir a bañarnos a una charca que había algo más abajo siguiendo el curso del arroyo. Ahora se apuntaron dos de mis tíos y tres de mis tías. La charca, verdadera piscina natural, era un sitio fantástico, escondido entre adelfas en flor y otros arbustos de ribera. ¡Con qué ganas cojimos el agua! Tanta que uno de mis primos se tiró desde una roca y casi se deja la cabeza en el fondo.


Cerca de las cuatro serían cuando decidimos regresar. Ya estaría a punto el arroz y nosotros teníamos un hambre... Pero no estaba, el arroz, no estaba. Mi tío el barbero se había pasado con lo de la garrafa, se había estrellado en la orilla del arroyo y se había abierto una brecha en la frente. Nada grave, decían, y así debía de ser, porque, aunque tenía un lado de la cara hinchado y la camisa desgarrada y manchada de sangre, roncaba estruendosamente tirado en una manta.


El cocinero, además, se había enfollinado porque su mujer, la hermana de mi madre, había venido con nosotros a la charca. El tipo, extremadamente celoso, decía que su mujer andaba enseñando las piernas y que no guisaba. ¡Jopá, la que se lio! Mi tía sollozaba jurando que no se había bañado, lo que era cierto. "¡Pero qué piernas ni qué niño muerto!", murmuraba mi madre, conteniéndose para no decirle cuatro cosas a su cuñado. Los demás se burlaban del cocinero, unos harteramente, haciendo como si trataran de calmarlo, y otros azuzándolo para que siguiera la fiesta. Sentado en una silla plegable, bajo la sombra de su olivo, el cura sonreía.


La tarde avanzaba y el cocinero no cedía en su enojo, tampoco dejaba cocinar a nadie y el humor de la gente, hambrienta, mohína, se fue agriando rápidamente. Las bromas dieron paso a las maldiciones y más de uno mostró su disposición a partirle la cara al cocinero. Las siete lo menos serían cuando el buen hombre se decidió por fin a cocinar. Pero habíamos quedado con el camión a las ocho y media, de manera que no resulta difícil imaginar cómo salió el arroz y cómo lo comimos.


No hay por qué relatar la vuelta a casa. Más que de un día de campo parecía que regresábamos de un funeral. ¡Y si ya hubiera terminado todo! Pero qué va: todavía nos quedaba rezar el rosario. El señor cura nos lo recordó nada más cruzar la cancela. Y lo rezamos, ya lo creo, en el mismo rincón del patio de todos los días, como corderillos agrupados por el perro del pastor. Aunque más que rezar, aquella noche mascullábamos, de modo que las avemarías sonaban como disparos de escopeta. Pero nadie chistó y nadie dejó de responder hasta la última jaculatoria.


Fotografía: Córdoba. Casa en la que se perpetraban los rosarios veraniegos, mi casa

viernes, 14 de octubre de 2011

Fábrica de fanáticos


Cualquiera puede ser un fanático. Lo sabe bien quien se asoma a un campo de fútbol o a una de las tertulias, no sólo futboleras, que se multiplican actualmente en la TDT.

El animal pensante es el único de la naturaleza que mata a sus semejantes y se ofrece a morir no para defender un territorio o la pitanza, sino en virtud de una idea, de un sentimiento, de una creencia. La historia está llena de ejemplos.

Pero donde el fanatismo muestra su rostro más sombrío es en la religión. Dueño de la Verdad absoluta, eterna, el creyente de cualquiera de las religiones que existen en el mundo no admite dudas. "¿Dudas?", me replicó casi en un bramido el coadjutor de San Pedro el día en que se me ocurrió plantearle las que a mí me surgían. "Lo que tienes que hacer es rezar, ya verás cómo se te disipan todas las dudas." Como si el rezo fuera algo así como un talismán o una mordaza con los que se pudiera silenciar el grito de la razón. La duda, que es uno de los motores de nuestra inteligencia, constituye para el creyente una tentación del Maligno que es necesario aplastar y olvidar.

Tampoco admite el razonamiento. Hasta el más fanático de los hinchas de un equipo de fútbol puede, si se le muestra el oportuno video, cambiar de opinión y aceptar que aquel gol no debió de subir al marcardor, porque existió, en efecto, una falta previa al tiro de su ídolo favorito. Pero el creyente no modificará su criterio jamás. Tiene un comodín a su favor: la Verdad a la que se remite y a la que se acoge no pertenece a este mundo y, por tanto, aunque indemostrable, no puede ser ni siquiera rozada con los argumentos de nuestra razón terrena. Credo quia absurdum, afirmaba Tertuliano en el colmo de la irracionalidad. Creo porque es absurdo. Más aún, creo aunque sea absurdo, aunque me expongas de mil maneras distintas lo absurdo de mi creencia.

Hace pocas semanas, unos científicos han comprobado, al parecer, que unos neutrinos pueden viajar a mayor velocidad que la luz. Si esto es así, la teoría de la relatividad que estableciera Einstein y que se tiene por correcta se tambalea y puede que no sea cierta. Los científicos discuten, aportan pruebas, experimentos, alcanzan conclusiones que, a pesar de su fuerza aparente, no tienen porque ser definitivas. Por otra parte, si la teoría de la relatividad cae, no pasa nada, otra más potente aún vendrá a sustituirla. La Verdad del creyente, en cambio, no admite réplica, ni discusión. Es eterna. Se dio una vez y se dio para siempre. En ella no cabe ni la más remota posibilidad de enmienda. Es la Verdad y la Verdad, con mayúscula, sobra advertirlo, está por encima y más allá de la razón, en una dimensión inefable que la razón no puede alcanzar. En esta indemostrabilidad hunde sus raíces el fanatismo religioso.

El problema surge cuando se observa que cada religión, cada secta, adopta una verdad distinta, que es la Verdad para sus creyentes. Esta es una de las más arduas contradicciones en las que el creyente incurre. Si lo que tú estimas como la Verdad, para el de enfrente no es siquiera una verdad corriente, y viceversa, resulta que esa Verdad supina, inexpresable e inasible no es una, como su propia definición exigiría, sino múltiple, y todo el tinglado se viene abajo. Pero, aunque la contradicción es manifiesta, el creyente prefiere continuar en su ignorancia, esto es, en su fe. Más aún, en defensa de su verdad, que, como bien se ve, ya no es la Verdad, estará dispuesto a liquidar a todo el que no comparte su creencia, al que se atreve a poner en duda su verdad, al que cree en otra verdad distinta de la suya. Muchas veces lo hizo a lo largo de la historia y muchos son los que perecieron entre las llamas de sus hogueras o al filo de sus espadas y de sus hachas. Muchos son los que siguen cayendo hoy, ahora bajo la explosiones de las bombas.

El sueño de la razón produce monstruos, dejó pintado Goya. ¿Y en qué lecho, aparte del de la religión, sufre la razón un sueño más profundo? Fábrica de fanáticos, la religión no constituye nexo de unión con nada, sino motivo de división y de división profunda entre los grupos humanos. Aún así, hay intelectuales que siguen defendiéndola y no por motivos propiamente espúreos, sino en función de la necesidad de consuelo que sufre el ser humano o por el temor a que su desaparición provoque en el mundo todo tipo de descarríos y de desmanes. Georges Bernanos, escritor francés y católico, afirmaba que allí donde desaparece un sacerdote hacen su aparición cincuenta videntes. Es posible. Pero los videntes no tratan de imponer a nadie sus convicciones morales ni convertir los pecados en delitos y, que se sepa, nunca han quemado a nadie en una hoguera. Más bien eran ellos los que perecían en las que, con sus propias manos y entre gritos de triunfo, encendían los creyentes.

Fotografía: Córdoba. Plaza de la Corredera, en la que más de un hereje fue quemado vivo por la Inquisición.

domingo, 9 de octubre de 2011

Treinta y dos



En España, durante los ya antiguos años de mi infancia y de mi juventud, la Iglesia católica nos ofrecía una versión monólitica del cristianismo, mediante la narración de una historia líneal de la cual ella era la única y exclusiva protagonista. En esta maravillosa historia nunca se produjeron desgajamientos ni ramas que se separaran del tronco principal, sólo, de tarde en tarde, aparecía algún disidente que, junto con sus seguidores, era enviado de inmediato al reino de las tinieblas. Esta versión, que yo recibí casi como un dogma, es rigurosamente falsa.

No voy a andar con elucubraciones. Me voy a limitar a transcribir casi literalmente los datos que aporta José María Gironella en su libro El Escándalo de Tierra Santa. Aunque crítico, Gironella fue un ferviente católico y obtuvo sus datos durante una estancia de varios meses en Palestina-Israel, por lo que que difícilmente puede ser tachado de exagerado o de tendencioso.

En 1973, vivían en Israel casi tres millones de judíos, un millón de musulmanes y algo menos de 100.000 cristianos, una exigua minoría. A pesar de su escaso número, los cristianos no constituían ni mucho menos una unidad regida por la Iglesia de Roma, sino que se repartían nada menos que entre treinta y dos confesiones. Así, había veinticuatro mil católicos romanos, muchos de ellos árabes conversos, cuyo jefe era el Patriarca Latino de Jerusalén. Otros veinticuatro mil eran católicos griegos que, aunque obedientes en parte a Roma, seguían el rito bizantino y estaban comandados por un Patriarca de la Iglesia Católica Griega. Cuarenta mil eran griegos ortodoxos, con matriz en la separación de las iglesias oriental y romana en el siglo XI. Había también cristianos ortodoxos dependientes del Patriarcado Ruso de Moscú, así como cristianos armenios, coptos, sirios y etiopes, sumando en conjunto unos cuatro mil miembros. Los ocho mil restantes cristianos hasta los cien mil se repartían entre veintidos grupos protestantes, con predominio de la confesiones anglicana, presbiteriana, luterana y baptista.

La convivencia entre todos estos grupos distaba mucho de ser pacífica. Como el propio Gironella precisa más adelante, eran continúas las constantes disputas entre los distintos grupos no por cuestiones teológicas, sino por las mucho más cercanas y pedestres de la posesión de un trocito de tal o cual templo o terreno, disputas con disparos y puñaladas entre unos y otros, incluidos los católicos, que tenían que ser reprimidas por las autoridades civiles del Estado israelí, es decir, por las autoridades judías.

Hasta aquí, Gironella. En la actualidad, la situación no ha cambiado más que en el ligero aumento del número de los miembros de las distintas confesiones, todas ellas, recordémoslo, cristianas y reclamándonse cada una como la auténtica iglesia de Jesucristo. Sólo el templo del Santo Sepulcro se lo reparten hoy entre seis grupos: católicos, armenios, griegos ortodoxos, sirios, coptos y etiopes. Las dispustas no han cesado, todo lo contrario. El diez de noviembre de 2008, por ejemplo, la prensa mundial publicaba una magna pelea a puñetazos en el interior del templo entre ortodoxos griegos y armenios, pelea que concluyó con la intervención de la policía israelí.

Fuente: El escándalo de Tierra Santa. José María Gironella. Edit. Plaza y Janés, 1977.

Fotografía: Claustro del antiguo convento de San Francisco, Córdoba.

domingo, 2 de octubre de 2011

¡Sustancia!



1.- ¿Se vive como se come o se come como se vive? Expertos en nutrición aducen pruebas con las que pretenden demostrar que somos lo que comemos. Sin embargo y frente al despliegue de los nutricionistas, basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que, en realidad, comemos según lo que somos. El goloso, por ejemplo, buscará la dulcería con ahinco; el glotón no saciará nunca su hambre; el rico comerá por completo distinto del pobre y el plato del pobre, a su vez, no se asemejará en nada a la fría escudilla del mendigo.

2.- En los años cuarenta del siglo pasado, mientras el hambre desgarraba los estómagos y los fusiles continuaban acribillando a la gente contra las tapias de los cementerios, como si aún no hubiera acabado la guerra, un hombre caminaba con un hatillo al hombro por la calles de Málaga. De tanto en tanto, se detenía, se llevaba la mano a la boca, a manera de bocina, y gritaba: ¡Sustancia! Era y no era un vendedor, pues lo suyo no era propiamente vender, sino alquilar. Alquilaba por minutos un hueso de jamón o un trozo de tocino para que las amas de casa alegraran el puchero. Tuve conocimiento de esta anécdota muchos años más tarde.

3.- El de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fundadora, Rafaela Porras y Ayllón, fue elevada a los altares por Pablo VI en 1977, era el convento más rico de Córdoba. No sé si lo sigue siendo. Tenían un colegio femenino de pago -tal vez ahora ahora sea un centro concertado- en el que cursaban sus estudios las hijas de las familias más acomodadas de la ciudad y de la provincia, muchas de ellas como internas. Inclinadas, cómo no, a la caridad, esa virtud tan católica, las monjas mantenían una sección independiente, con entrada distinta, como hacían los salesianos, para niñas sin recursos. Mi hermana formaba parte de este grupo. Mi madre, analfabeta, estaba obsesionada con nuestra formación y no paró hasta que no vio a su niña en el que creía el mejor colegio de Córdoba, lo mismo y por la misma razón que, dos años antes, había conseguido que yo ingresara en los Salesianos.

4.- Muchas veces entré yo en aquel convento-colegio y recorrí hasta los rincones más lejanos de la clausura. Acompañaba a mi padre a realizar trabajos de carpinteria: recomponer unos pupitres, tapizar un reclinatorio, arreglar una de aquellas persianas de duelas de madera que tanto costaba subir... Durante un tiempo circularon por Córdoba unas capillitas, de aquellas que iban de casa en casa, formadas por un arco apuntado con una estampa de la Madre Rafaela, ya Beata, y un cajoncito para las limosnas. Empezó haciéndolas mi padre y terminé haciéndolas yo. Cosas de la informalidad paterna, que yo no podía sufrir.

5.- Debió de ser en mil novecientos sesenta y uno o sesenta y dos. Para entonces, el hambre empezaba a ser ya un triste recuerdo en el país, gracias, entre otras cosas, a que dos millones de españoles habían emigrado a Europa, principalmente a Alemania. Era invierno, febrero, no lo olvidaré, un día lluvioso, casi negro, tristísimo. Mi padre y yo llegamos al colegio para arreglar una persiana en la cocina en la que se preparaba la comida para las niñas pobres. Atravesamos un par de corredores, bajamos una escalera que llevaba a una especie de semisótano en el que estaba la cocina, con ventanas a un patio interior, abrimos la puerta y allí estaba: En el fogón crepitaba una olla de cocido y sobre ella colgaban un trozo de tocino y un hueso de jamón que la hermana María, la cocinera, introducía y sacaba del puchero repetida y brevemente mediante un par de cordeles pasados por sendas garruchas que colgaban del techo.

6.- Aquel día me quedé de piedra, pues nunca había visto nada igual, pero, mucho tiempo después, cuando me contaron la anécdota del alquilador malagueño, recordé esta de la hermana María en la cocina de las niñas pobres y no pude menos que gritar yo también: ¡Sustancia! ¡Sustancia!, desconcertando por completo a mi interlocutor.

Fotografía: Antigua iglesia de San Juan de los Caballeros, con el alminar sarraceno, hoy capilla del convento de las Esclavas en Córdoba

sábado, 24 de septiembre de 2011

La Casa de los Catecúmenos


Una de las primeras medidas de Pío IV (1559-1565) tras acceder al trono papal fue la de crear los ghetos en los que debían vivir los judíos, quienes, además, debían distinguirse de los cristianos mediante una señal amarilla que los hombres llevarían en el sombrero y las mujeres en el pecho. El gheto de Roma se encontraba a orillas del Tíber, en una zona insalubre y propensa a las inundaciones.


No lejos de allí, en las cercanías del Coliseo se levantaba la Casa de los Catecúmenos, lugar tenebroso fundado por Pablo III en 1543, destinado a impartir la doctrina cristiana a los judíos que lo desearan. Una norma establecía que cuando un judío manifestaba su deseo de convertirse, debía llevar consigo también a su mujer, si estaba casado, y a sus hijos e incluso a sus nietos, en el caso de que los tuviera. Como bien se sabe por la historia de España, una vez bautizado, el judío ya no tenía posibilidad de vuelta atrás, sólo tenía ante sí dos caminos: cumplir a rajatabla los preceptos de la Iglesia o la hoguera, en la que acabaron pereciendo muchos de ellos acusados de judaizar, es decir, de seguir practicando su religión. La Casa de los Catecúmenos llenaba de terror a los judíos romanos, pues no eran pocos, especialmente niños, los que eran llevados a ella por la policia papal y nunca más regresaban al gheto ni sus familiares volvían a saber de ellos.


En 1815, doscientos setenta y dos años después de su fundación, siendo pontífice Pío VII, regía la Casa el sacerdote Filippo Colonna. Una tarde de finales de octubre, el padre Colonna recibió aviso de que en la portería se encontraba Jeremiah Anticoli, un joven judío que deseaba hacerse cristiano. El procedimiento usual en estos casos consistía en un breve interrogatorio, tras el cual el solicitante era admitido en la Casa. Ahora bien, Jeremiah estaba casado y, además, tenía un hijo de siete meses, su mujer se llamaba Pazienza y su hijo Lázaro, de manera que, si él pretendía hacerse cristiano, le recordó el padre Colonna, su mujer y su hijo debían acompañarlo. Jeremiah firmó el documento que el sacerdote le presentaba y, aquella misma noche, la policía papal entró en el Gheto y, tras apoderarse de Pazienza y de Lázaro, los trasladaron a la Casa de los Catecúmenos, no sin vencer el tumulto que organizaron los judíos, despertados bruscamente de su sueño.

Nada más entrar en la Casa, a Pazienza le arrebataron al niño y la encerraron en una habitación, donde durante treinta y tres días recibió continuas visitas de catequistas -curas, monjas, y hasta el propio padre Colonna-, quienes, tras la correspondiente prédica, le exigían, unas veces con súplicas y otras con amenazas, que abrazara la verdadera fe. Pazienza, sin embargo, se negaba a renegar del judaísmo, la joven madre sólo pedía una cosa: que le permitieran regresar al guetho junto con su bebé. Al final, comprobando su invencible obstinación, Pazienza fue devuelta al gheto. Unos días más tarde, el 11 de enero de 1816, Jeremiah, su marido, abandonaba también la casa, arrepentido de su decisión al comprobar que su mujer se había negado a convertirse. El que no volvió con sus padres fue el hijo de ambos. El pequeño Lázaro había sido bautizado un par de días depués de su llegada sin consentimiento paterno ni materno y, una vez recibidas las aguas sagradas, el nuevo cristiano pasaba a ser propiedad exclusiva de la Iglesia.




Foto.- Patio cordobés de la calle don Rodrigo




Fuente: El Papa contra los judíos. David I. Kertzer. Edit. Plaza y Janés, 2002.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Dos bofetadas


Año 1296. Roma. Primavera. Las aguas del Tíber se tiñen de púrpura a la caída de la tarde. Dos años ha que falleció Nicolás IV y los cardenales de la Santa Madre Iglesia, agrupados en dos facciones enfrentadas, la de los Colona y la de los Orsini, han sido incapaces de nombrar un sucesor. Noche tras noche, Benedetto Gaetani, uno de los cardenales que componen el cónclave, clama al Espíritu Santo inflamado de fervor para que el elegido sea él. Pero el Espíritu Santo, enzarzado quizás con el Hijo en la eterna discusión acerca de quién de los dos tiene mayor preeminencia ante el Padre, no escucha las súplicas de Gaetani y tres meses más tarde, cuando los cardenales alcanzan al fin un acuerdo, no será a él a quien elijan, sino a un pobre ermitaño de más de ochenta años, conocido como Pedro di Murrone.


Qué oscuros, qué caprichosos vericuetos recorre a menudo el Espíritu Santo y cuán incomprensibles resultan para nosotros, los tristes mortales. Pedro di Murrone sería coronado en Aquila (la ciudad del reciente terremoto) y recibiría el nombre de Celestino V, pero su pontificado, ¡ay!, fue tan breve como un soplo de brisa. Atosigado por el peso de la tiara tanto como por las intrigas de la curia, añorando cada día más su retiro en las montañas de los Abruzos, dimitió de su cargo a los cinco meses de su nombramiento. Y entonces, ¡oh prodigio de celeridad!, los cardenales eligieron de inmediato y sin un sólo titubeo a Benedetto Gaetani. (Cabe preguntarse si para el melón de acabar señalando a Gaetani, el Espíritu Santo necesitaba el cerón de Celestino, pero esta es una pregunta que no nos compete a nosotros, sino a los sesudos varones que se pasan el día y aun la noche escucriñando a través de las Escrituras los designios de la Tercera Persona de la Trinidad.)


Benedetto fue coronado con el nombre de Bonifacio VIII. Convencido de que la tan anhelada tiara papal lo situaba a la vera de Dios y por encima del resto de los hombres, mostró de inmediato su faz de déspota implacable. Su primera medida fue la de detener a Celestino y ponerlo a buen recaudo, no fuera que al Espíritu Santo se le ocurriera dar marcha atrás e insuflara en el ermitaño el deseo de recuperar el trono. Pero la prisión no bastaba, el viejo, aunque viejo, no moría y Bonifacio se vio obligado a asesinarlo, al parecer, atravesándole la sien con un clavo por mano de su sobrino. Por ahí anda aún la calavera del breve papa mostrando el agujero por el que se le escapó la vida. Al mismo tiempo, depuso a varios cardenales, entre ellos a los dos Colonna, que reclamaban un concilio para probar la legitimidad de la abdicación de Celestino y, libre de acechanzas internas, se dispuso a ejercer su autoridad sobre los países de Europa, que la Santa Sede consideraba sus feudos, no sólo espirituales, desde hacía largo tiempo.


Atención especial necesitaba Francia, que, desde la ascensión al trono de Felipe IV, llamado el Hermoso, se mostraba cada día más díscola. El Hermoso era tan católico como el papa, pero en punto a despotismo no desmerecía de Bonifacio, de modo que no tardó mucho en producirse el enfrentamiento. Fue un conflicto de poder, de competencias, pero con un determinante trasfondo económico, como suele ocurrir en la mayoría de casos más o menos semejantes. La Iglesia poseía cerca del treinta por ciento de las tierras cultivables de Francia y Felipe no estaba dispuesto a que las cuantiosas rentas que semejante propiedad producía volaran hacia Roma sin pasar por sus manos. El papa, por su parte, no podía tolerar que los clérigos franceses pagaran impuesto alguno al Estado.


El choque fue brutal, teniendo en cuenta las circunstancias de la época. Durante un tiempo, Felipe IV optó por la presión diplomática. Pero Bonifacio se mostraba inflexible. Felipe, a través de su ministro Guillermo Nogaret, dio un paso más y procedió a tasar las fincas eclesiásticas. Bonifacio respondió con dos bulas. En la primera de ellas, Clericis laicos, prohibía, bajo pena de excomunión, tanto pagar impuestos por los bienes eclesiásticos como recibirlos. El papa llegaba a afirmar que "los seglares han sido siempre hostiles al clero y han tratado siempre de sobrepasar sus límites." La segunda de las bulas, mucho más dura, ha pasado a la historia como el ejemplo más claro de hasta donde está dispuesto a llegar un papa si nadie lo detiene. Su nombre es Unam Sanctam y en ella, entre otras cosas, Bonifacio proclama: "Hay una Iglesia Católica, fuera de ella no hay salvación ni perdón. Hubo solamente un arca y Noé fue su capitán." Y algo más adelante: Hay dos espadas, una espiritual y otra secular; la espada secular debe usarse para la Iglesia, la espiritual por la Iglesia. Una está en manos de los sacerdotes, la otra en manos de los reyes y guerreros, pero debe usarse según las órdenes de los sacerdotes."


Esta segunda bula inflamó de tal modo las narices de Felipe que decidió poner punto final al asunto de una vez. Corría el año 1303 y el papa estaba en Anagni, a unos cincuenta kilómetros de Roma, disfrutando sus vacaciones estivales. Allí envió Felipe IV al canciller Nogaret, quien, aliado con Sciarra Colonna, sobrino de los cardenales depuestos, tardó menos de veinte minutos en apoderarse del palacio. Los asaltantes encontraron a Bonifacio sentado en el trono, revestido con sus ornamentos sagrados, en actitud todavía desafiante. Las dos bofetadas que Nogaret le dio cuando llegó a su altura acabaron con las demandas del pontífice, el cual, aunque recobró la libertad y el puesto, murió un mes más tarde, el 11 de septiembre de 1303, incapaz de sobreponerse a la humillación sufrida.




PD.- Dedicado a José Luis Rodríguez Zapatero, nuestro presidente del gobierno, tan servil con el pontífice actual.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Siete mil



¿No constituye la exageración una de las ramas de la mentira? Magnificar un dato extrayéndolo de su contexto y dándole un carácter exhorbitante y único sabiendo plenamente lo que se hace, ¿no es una forma, quizás la más cobarde, de adulterar la verdad?

Siete mil. Durante las últimas jornadas de la juventud católica celebradas en Madrid ha corrido por entre la masa de asistentes una especie de folleto -mejor sería llamarlo panfleto-, al parecer editado por el arzobispado madrileño, en el que se dice que durante la penúltima república española -la última está por llegar-, se produjo la mayor persecución religiosa de la historia contra la Iglesia. Y da un dato, escalofriante: siete mil sacerdotes asesinados por los perseguidores.

Dicho así, suena espantoso, el efecto, sin duda, que los autores del folleto pretendían producir sobre los miles de jóvenes extranjeros que desconocen la historia de España referida a aquellos trágicos años. Pero, dicho así no es que suene, es que constituye una burda manipulación de la verdad o, lo que viene a ser lo mismo, una solemne mentira.

No voy a discutir la veracidad de las cifras. La Iglesia, sin duda, tuvo oportunidad de contar fielmente a sus muertos, cosa que, todavía hoy, los historiadores no han podido hacer con los muertos producidos por la represión franquista, porque un gran número de ellos no fueron registrados o bien se anotó su fallecimiento como muerte natural.

Ahora bien, dejando la cifra aparte, lo que el autor o los autores del citado folleto dan de lado en primer lugar es el contexto en que tales asesinatos de eclesiásticos tuvieron lugar o, mejor, la historia que había detrás hasta el momento en que se produjeron. Ni en este folleto ni nunca se ha preguntado la Iglesia cuál pudo ser la causa de la aparición y desarrollo de un odio tan profundo contra ella como el que debió producirse para llegar a semejante matanza. A la Iglesia no le agradan los contextos salvo cuando le resultan favorables. Bien recordamos a Juan Pablo II pidiendo perdón por los desmanes de la Inquisición, pero recordando, al mismo tiempo, a modo de excusa, que la tortura, a la que tan aficionados fueron los frailes inquisidores, era práctica habitual en la época también por parte de los poderes civiles. La Iglesia ha hablado muchas veces de la infiltración en las débiles mentes obreras de ideologías perturbadoras y dañinas, como el marxismo o el anarquismo, pero ni en este folleto ni nunca ha hecho la menor referencia a su apego como institución a las clases económicamente poderosas en detrimento de las débiles, de manera especial en España a lo largo del siglo XIX y primer tercio del XX, ni a su condena de todo cuanto oliera a asociacionismo obrero que no estuviera patrocinado por ella, ni a su apoyo al golpe militar del dieciocho de julio bastante antes de que se produjera, por poner sólo algunos ejemplos.

Tampoco menciona el folleto a los curas asesinados por los franquistas, bien por permanecer al lado de la república, como fue el caso de los sacerdotes vascos cercanos al Partido Nacionalista Vasco, bien por defender de algún modo a los republicanos ante las matanzas que los franquistas desplegaban a su paso, como ocurrió con más de un párroco de, por ejemplo, la provincia de Badajoz. Según la Iglesia, estos últimos curas actuaban poseídos por el marxismo y estaba más que bien que los liquidaran. Todavía hoy, ni unos ni otros cuentan como asesinados para la Iglesia.

Mucho menos habla el mencionado folleto de los numerosos curas que pistolón en mano se aprestaban a participar en la represión franquista. Famoso fue el reverendo Juan Galán Bermejo, párroco de Zafra, quien, sin despojarse de su sotana, llevó a cabo personalmente más de 700 asesinatos, fusilamientos siguen llamándolos algunos. Todavía no hemos tenido tiempo de legislar cómo y de qué manera será exterminado el marxismo en España -declaraba este individuo a un periodista de la agencia francesa Havas, hoy France-Presse-. Por esta razón todos los procedimientos de exterminio de esas ratas son buenos, y Dios en su inmenso poder y sabiduría los aplaude.

Pero lo que lo que más llama la atención en este folleto es el concepto de persecución que todavía hoy, tanto tiempo después, sigue manejando la Iglesia. Para recibir el nombre de tal, una persecución como esta de la que la Iglesia dice ser víctima, no se produce de la noche a la mañana, requiere, en primer lugar, de un poder con el propósito de llevarla a cabo y, a continuación, organización, medios, escenificación y publicidad, es decir, órdenes, edictos, normas, etc. Todos los historiadores no venales, que son la mayoría, están más que de acuerdo en que nada de esto se produjo. Las cifras de muertos pueden variar de unos a otros, pero todos coinciden en que lo que se produjo fue un estallido popular contra todos aquellos, no sólo curas, que las clases trabajadoras sentían como sus explotadores, un estallido, por otra parte, todo lo condenable que se quiera, pero que sólo vino a durar alrededor de unos tres meses, el tiempo que el gobierno de la República tardó en poner orden en el territorio que dominaba.

La Iglesia, mejor que nadie, conoce a la perfección la totalidad de estos extremos, por qué lo calla, por qué sigue y sigue manipulando la verdad, por qué sigue mintiendo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

El santo rosario (II)




1.- Agosto. Mi tío, el cura, venía desde Linares a pasar quince días a nuestra casa, sus vacaciones. Llegaba acompañado de mi tía, su cuidadora, la hermana de mi madre, el marido de ésta, mis dos primas y la sobrina del cura, aquella sobrina que, a pesar de mis pesquisas y como ya conté, no logré averiguar de qué familar sería hija, puesto que el cura no tenía hermanos.


2.- ¡Ah, qué días aquellos! Mis primas eran pimpollos preciosos. La sobrina del cura, una rubia exquisita y también algo remilgada, como hija de alguien muy relacionado con las cosas etéreas, inefables. Eran, como luego supe por Proust, muchachas en flor, a cuya sombra yo me sentía turbado, maravillado y exaltado, todo al mismo tiempo. Hacía calor, mucho, pero como nadie nos daba a todas horas el coñazo con la temperatura no lo notábamos. Las mañanas eran para el turismo. Mis tíos, mis primas y la rubia iban a ver las cosas de la ciudad, nosotros, mi hermana y yo, a veces, los acompañábamos, a veces, nos quedábamos en casa. El cura, de paseo con sus colegas, o fuera quién a saber. Mi padre, trabajando. Y mi madre... Mi madre, como una criada hacendosa, después de levantarse la primera para preparar los desayunos de todos, recogiéndolo todo, fregando los platos -a mano-, lavando, si había que lavar -igualmente, a mano- y preparando la comida del mediodía y, en parte, la de la noche.


3.- La tarde era para el acicalamiento de las muchachas, para la preparación de los vestidos del día siguiente, para las confidencias de las hermanas, para la larga siesta del cura, para la merienda y para alguna que otra partida de parchís. Diez personas en una casa son muchas personas. Por esas cosas raras del azar, pues no teníamos un duro, ocupábamos la planta baja de una casa amplia, pero, aún así, había que echar los colchones al suelo y dormir como podíamos. Sólo el cura disponía de una habitación cerrada.


4.- Al anochecer se presentaban otros tíos míos, hermano y cuñada de mi madre y de mi tía, con sus tres hijos. Era el momento en que se montaba la tertulia en el patio, a la vera de las aspidistras, de los helechos y de la esparraguera. ¡Qué tertulia! ¡Eterna! Nada de comida, nada de bebida. Si acaso, alguna noche, un botellín de cerveza, que alguno de los hombres traía de la taberna de enfrente, sólo para los adultos. Bien pasadas las once, mis tíos y mis primos levantaban el campo y se marchaban hasta el día siguiente. La marcha de mis tíos daba paso a la cena, cena larga, que para eso el señor cura y los que con él venían estaban de vacaciones, cena que, la mayoría de las noches, se prolongaba hasta más allá de las doce y media.


4.- Y entonces, sólo entonces, cuando ya nos disponíamos a desplegar los colchones, el señor cura nos recordaba que aún teníamos que rezar el rosario. Fresco gracias a su buena siesta, poco le importaba que nos cayéramos de sueño, que mi madre llevara sin parar desde las seis de la mañana, que mi padre, que no estaba de vacaciones, tuviera que levantarse a las siete para ir a trabajar. Del rosario no se libraba nadie. Sentados alrededor del cura, algunos en el suelo, allí estábamos, recitando las avemarías como beodos, como verdaderos zombis. ¡Y la cachaza de la que hacía gala el buen sacerdote! Si poco después yo establecí el record del menor tiempo en el rezo de un rosario, él estableció en aquellos veranos el de mayor duración. Hacía pausas enormes y cuando veía que chicos y grandes empezábamos a dar cabezazos, alzaba la voz, ¡DIOS TE SALVE, MARÍA!, y la endurecía, de modo que despertábamos desconcertados, contestando velozmente: Santa María, Madre Dios, completamente a destiempo, como si nos hubiera picado un tábano en el oído. Más de una hora duraba el rezo. Y nadie protestaba, nadie chistaba. Hombres y mujeres de casi cincuenta años, que no tenían ni un gramo de fe, que se pasaban el día rajando del cura, cuando no estaba presente, allí estaban, mascullando más que rezando, pero incapaces de levantarse y de decir escuetamente: ¡se acabó! Yo no lo advertía entonces, pero aquellos rosarios constituían y constituyen la mejor prueba del omnímodo poder de la Iglesia en el tiempo de pesar y de tinieblas que nos tocó vivir.

viernes, 19 de agosto de 2011

El ayer y el presente




Dios me ha colocado sobre pueblos y reinos para extirpar y para aniquilar, pero también para edificar y plantar. A mí es a quien van dirigidas estas palabras: Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo. Me encuentro entre Dios y los hombres, más pequeño que Dios, pero más grande que el hombre.

De este modo inició su alocución Lothar Conti, conde de Segni, el 22 de febrero de 1198, pocos instantes después de su ascensión al trono papal con el nombre de Inocencio III. Este gran papa, a decir de sus hagiógrafos, convocó dos cruzadas contra los musulmanes de Oriente, que tenían en su poder los llamados Santos Lugares, cruzadas que resultaron un fracaso. Convocó otra contra los musulmanes de España, que culminó triunfalmente con la célebre batalla de las Navas de Tolosa. Y, en fin, convocó una terrible contra los cátaros, llamados en ocasiones albigenses, cristianos, aunque herejes, según la ortodoxia romana, que concluyó con la destrucción de la Provenza y Occitania francesas y con la masacre de más de quinientas mil personas, la mayoría de ellas quemadas masivamente en la hoguera.

Un pequeño ejemplo del talante de este enorme pontífice se pone de manifiesto en la carta que el 29 de mayo de 1207 le envió al conde de Toulouse, Raimundo VI, que confraternizaba con los cátaros. He aquí el texto completo:

Al noble conde de Toulouse.

¡Qué orgullo se ha apoderado de tu corazón, leproso! Sin interrupción te encuentras con tus vecinos, desprecias las leyes de Dios y te alías con los enemigos de la verdadera fe. Tiembla, ateo, pues vas a ser castigado. ¿Cómo eres capaz de proteger a los herejes, tirano cruel y bárbaro? ¿Cómo puedes pretender que la fe de los herejes es mejor que la de los católicos? Aún has cometido otros crímenes contra Dios; no quieres la paz, haces la guerra en domingo y expolias los conventos. Para vergüenza de la cristiandad, otorgas cargos públicos a judíos. Nuestros legados te han excomulgado. Refrendamos su decisión. Pero como nuestra misión es perdonar a los pecadores, te ordenamos hacer penitencia para merecer nuestra indulgente absolución. Como no podemos dejar impunes tus ofensas a la Iglesia y a Dios, te hacemos saber que vamos a ordenar confiscar tus bienes y a insurreccionar contra ti a los príncipes, pues eres un enemigo de Jesucrito. Pero la ira del Señor no se detendrá ahí. ¡El Señor te aniquilará!

Han pasado 804 años y algo más de dos meses y medio y todavía el sucesor de Inocencio III, Benedicto XVI, insiste en condenar a los que, según afirma, creyéndose dioses desearían decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto... quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias.

Vale, las palabras son más dulces y no se dirigen a un sujeto concreto, pero el fondo, evidentemente, sigue siendo el mismo: Aquí el único que decide soy yo, que para eso estoy en comunicación directa con Dios.

El fondo puede ser el mismo, conceden mayestáticamente los voceros papales que vemos y oímos en algunas TDT's, pero no se puede estar mirando atrás todo el tiempo, hay que estar en el presente, la Iglesia ha cambiado, ya no hay amenazas directas, ni se proclama la ira de nadie, ni se anuncian aniquilaciones. Más aún, la Iglesia quiere convivir con todas las formas de pensamiento.

Hay, amigos, cuánta falsedad destila el ambiente. Es cierto que ahora incluso los propios católicos gozan de una libertad que ni soñar podían en tiempos de Inocencio III, pero esa libertad ni a ellos ni a nadie nos ha caído del cielo, tampoco fue concendida graciosamente por la Iglesia. Ha sido necesario arrancársela y ha costado mucha sangre, mucha muerte, mucho sufrimiento. Hasta un monarca tan católico como Carlos I de España y V de Alemania tuvo que ordenar la toma de Roma y la detención del pontífice, hastiado de la prepotencia de Clemente VII.

Quien quiera dejarse engañar que se engañe. Pero focolares, lefevrianos, kicos, legionarios de Cristo y otros especímenes por el estilo, a los que tanta protección presta este papa, constituyen la prueba del verdadero rostro que se esconde tras el embozo de seda con el que desde hace algún tiempo se nos presenta la Iglesia.


Nota.- Las negritas son mías

miércoles, 17 de agosto de 2011

Normas de urbanidad





En el año 1957 ingresé en el seminario, como ya he dicho por aquí, dispuesto, pobre de mí, a ser sacerdote. Entre los libros de texto que nos dieron había uno publicado poco antes por un padre de la Compañía de Jesús, así figura en la portada, sin que aparezca nombre alguno, con el título de Normas de Urbanidad, y la coletilla: Para uso privado de religiosos jóvenes y seminaristas. Esta mañana, reordenando papeles en casa, en dado con él.


El librito, de sesenta y tres páginas en octavo, reúne 372 puntos divididos en tres apartados: En el comedor, trato y modo de ser. Casi todos los puntos resultan memorables. Yo me he entretenido en marcar algunos que creo merece la pena señalar. Conviene recordar antes de nada que, casi veinte años después de concluida la guerra civil, en España seguía habiendo hambre, mucha hambre, y mugre y miseria. Al dictar las normas de conducta que debían de guiarnos, el librito da cuenta puntual de esta situación. Véase:


Punto 206.- Soportar con disimulo las pulgas, etc. que, a veces, se cogen en sitios públicos. No dedicarse a cazarlas delante de los demás.


Punto 274.- Si estando en una casa me veo una chinche, etc., disimular, y si no es posible, excusar a la señora diciendo que vengo de la calle, que quizás en el tranvía, etc.


En este ambiente de chinches y de pulgas, sorprenden algunos puntos referidos a nuestro comportamiento en el comedor, principalmente en casa ajena, que nos permiten imaginar los círculos que frecuentaría el autor.


Punto 47.- Al terminar un plato, no retirarlo, sino esperar que lo quite el sirviente, dejando sobre él el cubierto usado. El sirviente quita el plato por la derecha y lo pone por la izquierda.


Punto 64.- Las distintas clases de vinos se sirven en copas adecuadas (Cognac, Jerez, Champagne, vino de mesa, etc.... El orden de lo vinos suele ser el siguiente: Durante la comida, vino de mesa, blanco o tinto. Antes de los postres, Champgne, Jerez, Málaga, Oporto, etc. Con el café, Cognac y otros licores.


Punto 98.- Es muy frecuente que al poner el sirviente el plato de postre, haya sobre él un lavafrutas. En este caso debo retirarlo y ponerlo delante.


Referidos también al comedor, hay algunos puntos sublimes, como los siguientes:


Punto 93.- Los dientes no se limpian con los dedos. Para eso está el palillo. Los dedos no se meten en la boca para nada.


Punto 115.- No limpiarse los dedos con el mantel. ¡Para eso está la servilleta!


Punto 123.- Las expresiones "¿Vd gusta?" y "Que aproveche" no se usan entre gente distinguida. Pero la prudencia dirá si, a pesar de eso, debo decirlas por considerarse de buena educación en el ambiente que me rodea.


Dentro de ester mismo apartado hay un subapartado dedicado al aseo. He aquí algunos de sus puntos.


Punto 162.- La frecuencia con que deben cambiarse los calcetines y lavarse los pies depende de las personas. Quizás sea necesario hacerlo diariamente, o cada dos días.


Punto 163.- Ducharse al menos una vez por semana. Y mejor todos los días, sobre todo en verano. Quien no se ducha a menudo -aunque él no se huela- olerá para los demás, y este olor no es precisamente agradable. ¡Cuántos penitentes huyen del confesionario por culpa de los malos olores!


Punto 165.- Tener cuidado de no llevar rotos visibles en los calcetines


Punto 170.- Antes de ir al dentista lavarse muy bien los dientes


Punto 189.- El pañuelo siempre muy limpio. Si es necesario se llevan dos. ¡Que pañuelos se ven a veces!


En cuanto al Trato y Modo de ser, he aquí algunos de sus puntos.


Punto 263.- Si nos alojamos en un hotel, hay que saber, entre otras cosas que: Si no dan norma en contrario, al abandonar el hotel se da propina a la camarera, al sirviente del comedor y al botones, si se ha utilizado mucho. Una propina razonable puede ser alrededor de dos duros, y mayor si se ha permanecido mucho tiempo.


Punto 294.- Es muy util conocer las graduaciones militares y marinas. ¡Uno preguntó si un brigada era más que un coronel!


Punto 309.- Al dar la mano a una señora, no apretar demasiado.


El libro es para transcribirlo entero y hasta para ponerlo en una exposicíón. Pero con esta muestra creo que es suficiente. Sólo añadiré que en los dos años que estuve en el seminario no me pusieron jamás pollo para comer, pero me enseñaron a trincharlo ¡pintándolo en una pizarra!

viernes, 12 de agosto de 2011

Quo vadis, Ratzinger






¿Adónde vas, Ratzinger?. En los primeros días del pasado mes de junio visitaste Croacia, país de larga tradición católica, como tú bien te encargaste de precisar en tu visita.



Hasta 1992, Croacia era una de las repúblicas que formaban el Estado de Yugoslavia; desde este año es un país independiente.



En 1941, con la entrada del ejército alemán, Croacia se convirtió en un estado satélite de los nazis, con el ferviente católico Ante Pavic como jefe del mismo. Gran admirador de Hitler y seguidor de su ideología, Pavic había fundado la Ustasha, organización militar destinada en principio a luchar contra el ejército yugoslavo, que durante algún tiempo defendió su territorio de la invasión nazi con uñas y dientes.



En este año de 1941 era arzobispo de Zagreb Alojzije Stepinac, controvertido personaje que no dudó en colaborar con las nuevas autoridades, como aseguran actualmente la mayoría de los historiadores y los numerosos testimonios, principalmente gráficos, que existen. Por lo pronto, el arzobispo Stepinac se convirtió en Vicario General de la Ustasha, entre cuyos miembros, los ustashi, había numerosos sacerdotes y frailes, mayoritariamente franciscanos, que, con la indudable anuencia de Stepinac, cambiaron los hábitos por los fusiles.



Una vez dominado el país por los alemanes, la tarea que Ante Pavic adjudicó a los ustashi fue la de perseguir y capturar a los muy numerosos judíos, gitanos y serbios, estos últimos cristianos ortodoxos, que por entonces vivían en Croacia. Se crearon varios campos de concentración, el más tristemente famoso de los cuales fue el de Jasenovac, a cuyo frente estuvo el fraile franciscano Miroslav Filipovic Majstrovic, que pasó a la historia con el sobrenombre de el Hermano Satán. Con los judíos y con los gitanos no tuvieron piedad. Con los serbios tampoco, pero a estos le dieron a elegir: o conversión al catolicismo o muerte bajo crueles torturas. Entre doscientas mil y trescientas mil personas fueron asesinadas por estos fanáticos católicos durante el dominio de los nazis.



Terminada la guerra, el arzobispo Stepinac fue juzgado por el nuevo Estado del mariscal Tito y condenado por sus evidentes actividades criminales a dieciséis años de cárcel, de los cuales cumplió sólo cinco, al final de los cuales se le dio la a escoger entre su salida del país o su reclusión en su parroquia natal. El arzobispo escogió retirarse a su parroquia. A pesar de este retiro, Pío XII lo nombró cardenal en 1958, con gran escándalo del mundo. Murió en 1960 y en 1998 Juan Pablo II, cómo no, lo elevó a los altares con la categoría de beato. Ante Pavic tuvo más suerte. Consiguió huir a la Argentina con la ayuda del Vaticano y cuando fue descubierto en este país huyó de nuevo, en esta ocasión a la España de Franco, en donde vivió tan ricamente hasta su muerte en 1958.



Tú, Ratzinger eres un fino intelectual y, como tal, no podías ignorar esta historia. Sin embargo, nada de esto mencionaste durante tu visita. Ni un gesto de compasión hacia las víctimas tuviste. En tus discursos, te dedicates a repetir la cantilena que vienes repitiendo desde tu coronación: defensa de la familia, naturalmente católica, que quieres hacer extensiva a todo el mundo; condena de la persecución del "éxito fácil de estilos vida que privilegian el aparentar y la tentación de las cosas materiales", que ya hay que tener cara para decir estas cosas viendo como de impecablemente vistes y calzas y dónde y cómo vives. No se te olvidó alabar "la contribución de los valores espirituales y morales que han plasmado durante siglos la vida cotidiana y la identidad personal y nacional" de los croatas. Y, en el colmo de los colmos, te atreviste a realizar una visita a la tumba del cardenal Stepinac y a rezar arrodillado ante ella. ¿Qué rezaste, Ratzinger? ¿Qué pensaste ante el mausoleo de semejante elemento?



Ahora te propones visitar España con la coartada de presidir las Jornadas Mundiales de la Juventud, un acontecimiento de cuya falsedad da cuenta ya el propio título, pues, en realidad, no se trata de la juventud en abstracto, es decir, de toda la juventud del mundo, sino, exclusivamente de la juventud católica, circunstancia que sibilinamente ocultáis, fácil es imaginar por qué. En efecto, aunque lo desearan, en las tales jornadas no podrían participar los jóvenes ateos, ni los que hacen vida prematrimonial, ni los que usan preservativos, ni los divorciados, ni los homosexuales, ni las lesbianas, etc. etc. Tú mismo te has hinchado de condenarlos una y otra vez en tus discursos. A los que no has condenado nunca y todavía estamos esperando que los pongas en manos de la justicia es a los clérigos pederastas. Seguro que en Madrid habrá más de uno cerquita, bien cerquita de los jóvenes.



Adónde vas, Ratzinger. Cuando vengas a Madrid, déjate de pamplinas, aprovecha la ocasión, coge del brazo a su eminencia el cardenal Rouco Varela, acercate al Valle de los Caídos y reza también ante la tumba del Caudillo. Estaba en la misma honda que Ante Pavic y que Alojzije Stepinac, en vuestra honda. Quién sabe, a lo mejor hasta eres capaz de subirlo a los altares. Es lo menos que el pueblo español espera de un papa como tú. Todo lo demás acerca del divorcio, del laicismo, del relativismo, del olvido de Dios, del individualismo y hasta de las raíces cristianas de Europa lo tenemos ya más que sabido.

sábado, 6 de agosto de 2011

¿Capital de qué?





Perdido durante treinta y cuatro días en un diminuto paraíso cuyas ventanas miran exclusivamente a un mar apenas frecuentado por humanos, un lugar cuya situación me callo por puro y descarnado egoísmo, aunque sí puedo decir que se encuentra en la propia Andalucía. Perdido por completo, saboreo la vida como un desalmado, sin radio, sin televisión, sin periódicos, sin internet, con la sensación creciente de que el tiempo se detuvo y ya no habrá nada que pueda alterar la paz que se instaló en mi corazón.


Pero no se detiene, el tiempo, y el regreso acaba imponiéndose como una losa de plomo. Querámoslo o no, la vida es eso: partir y regresar, no hay escapatoria. En el mundo nada cambió en este largo mes: Afganistán sigue con sus muertos; en Libia la OTAN no puede con Gadafi; La ONU sigue sin consensuar una condena firme contra el tirano de Siria. La crisis no pierde su apogeo. Aquí se adelantaron las elecciones y el papa está al caer, digo al llegar, por lo demás, el panorama conserva la misma silueta gris y amenazadora.


Bueno, sí, hay algo que cambió: Córdoba, la ciudad candidata, no será Capital Cultural de Europa en el 2016, casi recién acabo de enterarme. Una noticia ¿triste?, puede, pero esperable. Me fui con el casi convencimiento de que no se conseguiría. Yo creo que no éramos pocos los que lo esperábamos y sé que si no hablamos antes fue para no incordiar, para que no se nos tomara por cenizos que no amábamos nuestra ciudad y no queríamos lo mejor para ella. Pero nuestras dudas no carecían de fundamento.


Una ciudad no puede vivir de espaldas al pasado y mucho menos puede vivir de espaldas al futuro. Córdoba vive ignominiosamente de espaldas a los dos. Qué sabemos los cordobeses, en general, de la Córdoba romana, qué sabemos de la Córdoba islámica, a cuántos personajes ilustres de esta última época podríamos siquiera nombrar. En los últimos tiempos se cuentan por decenas los conventos, las casas solariegas, los palacios que han sido derruidos en aras de ese extraño progreso del ladrillo, sin que nadie proteste ante semejante atropello. Muy recientemente, ese pasayo que rige los destinos de la diócesis y que responde al nombre de Demetrio se ha empeñado en sustituir el título de mezquita por el de catedral. Más aún, ha dispuesto una explicación denigrante para la visita nocturna del monumento que ha contado incluso con la colaboración expresa del Ayutamiento, un Ayuntamiento de izquierdas. Más todavía, ha registrado la Mezquita, nuestro principal monumento, a nombre del obispado en el Registro de la Propiedad, de modo que lo que antes era de todos ahora es sólo de ellos. Y prácticamente nadie ha levantado la voz para protestar. Aquí nos llenamos la boca hablando de nuestras cosas, pero pocos, muy pocos son los que las defienden. Con la colaboración del mismo Ayuntamiento se ha destruido buena parte de nuestra sierra, llenándola de casas, casitas y casetonas, a las que ahora, para más recochineo, tenemos que llevar los servicios entre todos. En los últimos cuarenta años se ha destruido el en otro tiempo espeso tejido industrial de Córdoba, en medio de la mayor indiferencia, tanto de los ciudadanos como de las autoridades. LOCSA, el otrora emporio de la Electro Mecánica que daba trabajo a media ciudad, se está cerrando ahora sin que, en su justa reclamación, los trabajadores consigan el apoyo de apenas nadie. Cajasur, que pudo haber sido el gran motor de la economía cordobesa, ha sido llevada a la quiebra de la manera más ignominiosa ante el silencio de todos. Por ahí anda disfrutando de su espléndida pensión de doscientos mil euros al año su eminencia el prelado Castillejo, que preparó el camino de la quiebra con su obsesión por el ladrillo, y nadie clama por sus fechorías. Media docena de canónigos, encabezados por un Cruz Conde, perteneciente a esa que dicen gran familia cordobesa, han consumado la quiebra, prefiriendo entregarle la Entidad al Banco de España antes que a otra Caja andaluza y no sólo continuamos asistiendo a sus ceremonias en la catedral, sino que algunos de ellos han ascendido incluso en el escalafón eclesiástico.


Esta es una ciudad levítica y agraria, es decir, de curas y de terratenientes, lo viene siendo desde hace bastantes siglos y no deja de serlo, a pesar de la pátina de modernidad que parece envolverla en los últimos tiempos. Aquí hay dinero, mucho dinero, basta cruzar el antiguo Viaducto y echar un paseo por las faldas de la sierra o dedicarse un rato a contar el número de coches de lujo y de todoterrenos de alta gama que nos salen al paso, pero no hay cordobés que invierta un euro en su tierra. Los que los tienen prefieren invertirlo en las empresas del norte. No lo digo yo, lo dice el nunca bien ponderado Cuenca Toribio, de quien nadie sospechará veleidades revolucionarias. De este modo, volvemos sin pudor la espalda al futuro, una vuelta de espaldas que se pone de manifiesto meridianamente en el Palacio del Sur, ejemplo clarísimo de la impotencia con que esta ciudad se enfrenta al porvenir. En economía, lo único que le va quedando a Córdoba es el turismo, un turismo que, por otra parte, apenas cuidamos, ahí están, por ejemplo, las bellas iglesias cerradas a cal y canto durante todo el día, y cuyos principales frutos acaparan los hoteles, la inmensa mayoría pertenecientes a cadenas foráneas que se llevan los beneficios lejos de la ciudad. Sin duda, de la capitalidad cultural, el más beneficiado hubiera sido el turismo. Mas cuando el Ayuntamiento solicitó a los hosteleros apoyo económico para la elaboración del proyecto ninguno estuvo dispuesto a soltar ni un euro.


¿Y la cultura? ¡Ay, amigo, esta si que es buena! ¿Dónde está la cultura? A finales de los años sesenta y principios de los setenta había en Córdoba un abundante número de clubes, la mayoría juveniles, que se multiplicaban en actividades culturales. Desaparecieron. En los años ochenta existió una potente Asociación de Artistas Plásticos. Despareció. Más o menos por el mismo tiempo, teníamos diversos cineclubes en los que se practicaba el cine forum. El más importante fue el del Círculo de la Amistad. Se acabaron. Todo ello fue sustituido en épocas posteriores por magno espectáculos tipo La Noche Blanca del Flamenco, que tienen de cultura lo que yo de piloto de aviación. Por lo que se refiere concretamente a la candidatura de la capitalidad cultural, confieso que no conozco al detalle el proyecto que la ciudad presentó al jurado, pero de por donde debió andar éste en materia puramente de cultura podemos hacernos una idea cuando comprobamos que uno de los creadores que más han sonado en el cotarro ha sido el eminente compositor del excelso Aserejé y de otras piezas no menos exquisitas.


Estos son los mimbres. ¿Alguien creyó de verdad que con ellos Córdoba podía convertirse en Capital Cultural de Europa?


P.D. Ruego a mis lectores habituales perdonen el ligero desvío de la temática que abordo en mi blog, pero me duele mi ciudad, me duele, y si no lo cuento, aunque se en este humilde foro, reviento.





jueves, 23 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VII y última)


La infalibilidad


Cuando se observa en conjunto la trayectoria de Giovanni María Mastai Ferretti desde que fuera elegido papa se descubre una obsesión permanente: la infalibilidad. El Syllabus, con sus estruendosas condenas, no contentó más que a los católicos integristas, los ultramontanos, como se conocían entonces a los seguidores a pie juntillas del papa.


Cada vez más acorralado, Pío IX creyó que había llegado el momento de declarar públicamente su infalibilidad. Un hombre infalible, debía pensar en su onírico olimpo, es un hombre que, en comunicación directa con Dios, no puede equivocarse nunca, toda vez que es Dios mismo el que dicta sus decisiones. ¿Quién podría discutirle su poder a un hombre infalible? ¿Quién se atrevería a enfrentarse a él?


Ahora bien, para que la infilibidad surtiera efecto era necesario convertirla en un dogma. Este dogma, sin embargo, por atañer directamente a la persona del papa, no podía ser declarado más que con la conformidad de la Iglesia toda y esto sólo podía conseguirse con un concilio.


Vista la luz, el papa no perdió ni un segundo y el 29 de junio de 1868, cuando a los Estados Pontificios no le quedaban más que dos años de vida, Pío IX convocó el Concilio Vaticano I, cuya inauguración tuvo lugar el 8 de diciembre de 1869.


Oficialmente, el concilio se convocó para hacer frente al racionalismo y al galicanismo, corriente ésta que pretendía la separación del Estado francés de la Iglesia, pero en la práctica el único tema que se trató fue el de la infalibilidad papal, él único que interesaba al papa. La magna asamblea eclesiástica no llegó a clausurarse, pues tras celebrar cuatro sesiones, hubo de suspenderse el 20 de octubre de 1870, debido a la unificación de Italia y a la consiguiente desaparición de los Estados Pontificios.


El Vaticano I fue, sin duda, una de las asambleas deliberativas más cochinas de la Iglesia y mira que la Iglesia ha celebrado asambleas cochinas. En teoría, cuando declara un dogma, la Iglesia no inventa nada, se limita a corroborar solemnemente artículos de fe que, según sus teólogos, se encuentran más o menos explícitamente, en las Escrituras, es decir, que tales artículos han existido siempre, de modo que el nuevo dogma lo único que hace es proclamar la obligatoriedad de creer en ellos.


Ahora bien, ni forzándolos a conciencia, se encuentra en los Evangelios nada que apoye la infalibilidad del papa. El dogma además, por lo ya dicho, afectaría no sólo a Pío IX, sino a la totalidad de su antecesores y también a la totalidad de sus sucesores. En el pasado, sin embargo, habían reinado más de un papa que clarísimamente se habían equivocado en asuntos de fe. Así por ejemplo, Honorio I (625-638) fue condenado por hereje, es decir, por sostener doctrinas contrarías a la ortodoxia católica, por el segundo Concilio de Nicea (787) y por el Cuarto de Constantinopla (869-870). Otro ejemplo fue Formoso (891-896) cuyo cadáver fue sacado de la tumba por su sucesor, Esteban VI (896-897) y sometido a un infamante juicio post mortem.


La infalibilidad, además, iba a constituir un atributo de los papas, pero también una atadura. En efecto, la infalibilidad se refiere tanto a las disposiciones relativas a la fe como a las usos morales, de manera que si un papa prohíbe taxativamente, el uso del condón, por ejemplo, ningún otro papa puede levantar esta prohibición, cosa que viene ocurriendo con la ordenación sacerdotal de las mujeres, con el divorcio, con la homosexualidad, etc. De hecho, la infalibilidad papal ha sobrevolado a la Iglesia desde hace mucho tiempo, pero también ha habido papas que han renegado de ella, precisamente por su condicioón de atadura. Juan XXII (1316-1334) afirmaba tajantemente que la infalibilidad era obra del demonio.


Por todas estas razones, gran parte del mundo católico, incluidos numerosos obispos y cardenales, estaban en contra de la declaración de este dogma. Personajes como Georges Dordoy, arzobispo de París; Luigi Puecher, Predicador de la Corte Papal; Joseph Othmar, cardenal de Viena; François-Xavier de Merode, Limonesro mayor del papa; Charles Philippe Plac, arzobispo de Marsella, etc. etc., todos ellos asistentes al concilio, estaban, entre otros muchos, en contra de la infalibilidad. Contra este grupo y a fin de quebrantar su posición, el papa y sus seguidores no tuvieron el más mínimo inconveniente en arrojar todo tipo de coacciones, amenazas, falsos testimonios y calumnias.


August Bernhard Hasler, teólogo católico, apostólico y romano, en su libro Cómo llegó el papa a ser infalible, realiza un exhaustivo relato de lo que aquel concilio fue. Lo menos que dice de él es que se trató de una asamblea en la que los participantes, especialmente los opuestos a la pretensión del papa, carecieron absolutamente de libertad. El 3 de julio de 1870, fuera de sí porque las deliberaciones no avanzaban lo suficientemente aprisa en el sentido que él deseaba, Pío IX llegó a afirmar: Quien se oponga a la Iglesia (es decir, a él) pagará su merecido.


El cisma estuvo a punto de producirse, pero, como ocurre hoy en el mundo de la política, la posición de la mayoría de los disidentes dependía directamente del Vaticano, de modo que entre la coacciones y amenazas se les hizo ver claramente que perderían sus puestos y sus ingresos y todos ellos acabaron claudicando. De este modo, Pío IX pudo declarar al fin el dogma de la infalibilidad el 18 de julio de 1870, quince días después de su advertencia, mediante la Constitución Pastor Aeternus.


La entrada en Roma de las tropas de Víctor Manuel II puso fin a un concilio que, tras la proclamación de su dogma había dejado de interesar a Pío IX. No obstante, la persecución de los opositores, aunque hubieran rectificado, no acabó con él. El obispo de Montpellier, François Lecoutier, por ejemplo, fue obligado a dimitir. Ignaz von Dolinger, teólogo alemán, fue excomulgado el 17 de abril de 1871. Muchos otros obispos fueron removidos de sus sedes y trasladados a otra de inferior categoría o directamente degradados. Muchos otros no se atrevieron a publicar sus diarios escritos durante las sesiones del concilio, debido al contenido crítico de los mismo.


En la actualidad, todos los católicos creen con total firmeza que el hombre que los gobierna desde el Vaticano, no puede equivocarse cuando, hablando ex cátedra o, lo que es lo mismo, cuando legisla, proclama artículos de fe. Muchos menos conocen, y por tanto no creen, que igualmente acierta cuando proclama normas de conducta.


Fuentes principales:


Cómo llegó el papa a ser infalible.- August Bernhard Hasler


Diccionario de los papas.- Juan Dacio


Diccionario de los papas y de los concilios.- Maximiliano Barrio y otros


Historia de los papas.- Rafael Ballester


El papado y el mundo moderno.- Jarl Otmar von Aretin


Historia general de la Inquisición.- Leonardo Gallois


Los archivos secretos del Vaticano.- Luisa Ambrosini


Historia de los papas.- Juan María Laboa


La Santa Alianza.- Eirc Frattini


Los espías del papa.- Eric Fratini.


Garibaldi.- Jasper Ridley


Historia de Italia.- Crhistopher Dugan.


Fotografía


Patio de Córdoba, con guapa cordobesa, a la que pedí autorización para sacarla aquí.




P.D. Después de esta entrada, cuya longitud, algo mayor de lo habitual, espero sepan perdonar mis lectores, hasta agosto, por lo menos. Felices vacaciones, a quien pueda disfrutarlas.

lunes, 20 de junio de 2011

Pío IX, de hombre a semidiós (VI)


Quanta Cura

A pesar del misticismo crédulo y bobalicón que lo caracterizaba, Pío IX era un hombre indomable. Las amenazas que se cernían cada vez más certeramente sobre los Estados Pontificios, así como el menoscabo de su autoridad lo sacaban de quicio. En 1864, diez años después de su proclamación, el dogma de la Inmaculada no había dado fruto alguno en punto a afianzar el poder del Vaticano. Entonces, Pío IX decidió dar un nuevo golpe sobre la mesa y publicó la encíclica Quanta Cura.

Las encíclicas son cartas apostólicas que los papas dirigen a los patriarcas, arzobispos y obispos para marcarles directrices en materias concretas de su actividad. Se escriben en latín, porque este es el idioma de la Iglesia, que todos los dignatarios y sólo ellos entienden, y llevan el título de las dos primeras palabras del texto.

Con cuanto cuidado, comienza ésta en castellano, con cuanto cuidado y vigilancia, los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, cumpliendo con el oficio que les fue dado del mismo Cristo Nuestro Señor en la persona del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y con el cargo que les puso de apacentar los corderos y las ovejas, no han cesado jamás de nutrir diligentemente a toda la grey del Señor con las palabras de la fe, y de imbuirla en la doctrina saludable, y de apartarla de los pastos venenosos... Y continúa con este ampuloso lenguaje, propio no sólo de la época, sino de este tipo de documentos, incluso de época actual, un lenguaje en el que anticipa los reproches y amenazas que vendrán a continuación.

Y, en efecto, tras la presentación, Pío IX se lanza furiosamente a denigrar los valores emanados de la Revolución Francesa, valores que, sintetizados en la fórmula Libertad, Igualdad, Fraternidad, no cesaban de extenderse por toda Europa y aun fuera de ella. El papa lanza andanada tras andanada contra el naturalismo, doctrina filosófica que desarrolla los citados valores, y contra los filósofos que la sostienen, incluyendo con gran malevolencia en dicha doctrina todo tipo de ideas y de actitudes que se alejaran siquiera mínimamente de la ortodoxia católica que el pontífice representaba. Invocando una y otra vez la supremacia del poder eclesiástico sobre el civil, como lo venían haciendo los papas desde la Edad Media y como, en realidad, no han dejado de hacerlo todavía, aunque ahora de un modo bastante más sibilino, Pío IX no duda en exponer entrecomillados, como si se trataran de dichos textuales y para mejor fulminarlos, determinadas conclusiones de los que considera los peores enemigos no sólo de la Iglesia, sino de toda la humanidad.

Esta tremenda encíclica, propia de quien está completamente ausente de la realidad, se hizo famosa, sobre todo, por contener el memorable Syllabus, o colección puntual de los errores que, por si no había quedado claro en el texto precedente, el papa condena. Tal colección o listado, que de tal modo puede traducirse el palabrejo Syllabus, consta de nada menos que de ochenta errores, repartidos en diez capítulos. Pío IX condena, entre otros, el Panteísmo, el Naturalismo, el Racionalismo, tanto absoluto como moderado. Condena el Indiferentismo, doctrina que cree que cualquier religión además de la católica, resulta aceptable. Condena, claro está, el Socialismo, el Comunismo, a los que tacha de verdaderas pestilencias, y las Sociedades secretas, tan en boga en la época, las Sociedades bíblicas y las Sociedades clérico-liberales, pues había bastantes sacerdotes y más de un obispo que estaban a favor del liberalismo tanto económico como político. Condena todo intento de menoscabar los derechos de la Iglesia, tanto espirituales como temporales, incluidos la inmunidad de los religiosos y el fuero eclesiástico en causas civiles en las que estos se vieran envueltos. Condena la libertad de conciencia, la libertad de prensa y la libertad de expresión y, en fin, y textualmente, condena que el Romano Pontífice pueda y deba reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

Pío IX lo condena todo, no deja títere con cabeza, quiere a todo el mundo a sus pies, católicos y no católicos, reyes, príncipes, ciudadanos normales y corrientes, todos, arrodillados ante él adorando a su Dios a través de su persona. No tiene compasión con nadie que le discuta su supremacía. Aparte de la suya propia, que debe ser inviolable, no admite en el ser humano ni un ápice de libertad. Como más tarde Lenín a preguntas de un socialista español, a Pío IX podría ajudicársele con todo derecho la respuesta del mandatario comunista: "¿Libertad para qué?" Con esta encíclica Giovanni María Mastai-Ferretti, el hombre que se hizo sacerdote debido a que lo rechazaron en la Guardia Noble del papa a causa de la epilepsia, está a punto de alcanzar la cumbre de la autocracia y de la egolatría.

Continuará

Fotografía: Patio cordobés de la calle Alvar Rodríguez