lunes, 20 de diciembre de 2010

La puerta del diablo



-Sois la puerta de diablo. Sois la que persuadió a aquel a quien el diablo no osó atacar. ¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva? La sentencia de Dios sobre vuestro sexo vive aún en esta época; la culpa, necesariamente, vive también.

Tertuliano (160-220) Teológo y apologeta cristiano, convertido en 197.

Hay que ver el odio que estos buenos hombres le tienen a la mujer desde los mismos primeros tiempos del cristianismo. Este se olvidó, por supuesto, de la Virgen y se olvidó de su madre y del modo en que fue engendrado. Como fue sacerdote y estuvo casado y tuvo hijos, no sólo se olvidó también de su mujer, sino que a la hora de engendrar a sus hijos lo haría borracho, a oscuras y tapándose la nariz, porque de otro modo no se explica.


Las películas son la calamidad más grande que ha caído sobre el mundo desde Adán, más calamitosas que el diluvio universal, que la guerra de Europa, que la guerra mundial y que la bomba atómica.

Padre Ángel Ayala Alarco (1867-1960), jesuita y fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas.

Muy listo no parece que era el hombre, pero no puede decirse que no fuera expeditivo. (Dedicado a mi amigo Paco Muñoz, que fue nada menos que sargento en la película Carmen.)


-El porvenir de la religión no depende del gobierno, el porvenir del gobierno depende de la religión.

Jaime Balmes (1810-1848), sacerdote y filósofo

Este, como se ve, no vivió mucho, pero no se dirá que no lo tenía claro. Y el caso es que, aunque parezca que no, el aserto sigue siendo válido en buena medida. En caso contrario, ¿por qué un gobierno que se dice de izquierdas no acaba, por ejemplo, con la financiación de la Iglesia, que, a pesar de ello, no deja de atacarlo?


-El intelectual incrédulo, antes de incorporarse a una España cristiana, tiene que adorar lo que quemó y quemar lo que adoró.

Revista Ecclesia, 1940

No debe extrañar: habían reconquistado su cortijo y en su cortijo ellos ponían las normas para vivir en él. Sólo un poco antes, el cardenal Pla y Deniel había prohibido a los salmatinos vender, leer o tener el libro Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, porque, según decía el obispo, era un intento de destruir los mismos fundamentos de la Iglesia. Que nadie crea que a estas alturas han abandonado estos argumentos, ahora, simplemente, los guardan bajo la piel de cordero a la espera de la ocasión de volver a ejercitarlos con toda contundencia.


-Varios Ayatolás del sector más duro han acusado a los dirigentes reformistas de provocar los disturbios y han amenzado con acusarlos de Mohareb, enemigos de Dios, un crimen que la jurisprudencia iraní castiga con la pena de muerte.

Noticia del diario El País

La religión adopta diferentes máscaras, pero tras ellas siempre se encuentra el mismo rostro, el de la amenaza, el de la culpa, el de la condena, etc., en una palabra, el de la explotación de unos seres humanos por otros, muy pocos, mediante la irracionalidad y el temor. ¿Cómo pueden saber estos ayatolás quiénes son enemigos de Dios? ¿Se lo ha dicho Dios a ellos? No es una casualidad que quienes deciden quienes son enemigos de Dios estén siempre en la cumbre del poder.


Después de todo esto, va el ínclito Gianni Vattimo y pontífica:

Hoy no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión.

¿En qué mundo viven estos filósofos?


La religión es un insulto para la dignidad humana. Con o sin religión, la gente buena hara el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión.

Steven Weinberg. (1933) Premio Nobel de Física, 1979

Menos mal que todavía nos queda la ciencia

domingo, 12 de diciembre de 2010

Debo callar


Cuando ofenden mi inteligencia negando la validez del condón para evitar el contagio del sida, en contra del estamendo científico y del estamento médico, debo callar.

Cuando ofenden mi razón sacando a pasear un trozo de madera tallado para invocar la lluvia en tiempos de sequía, debo callar.

Cuando ofenden mi dignidad oponiéndose a la asignatura para la Ciudadanía, en tanto defienden con uñas y dientes la catequesis disfrazada de religión incluso en los colegios públicos, debo callar.

Cuando me ofenden como ser humano repitiendo una y otra vez que la homosexualidad es una enfermedad, debo callar.

Cuando me ofenden como persona al permitir sin denunciarlos durante años y años la pederastia por parte de sus clérigos, debo callar

Cuando me ofenden como divorciado al renegar del divorcio, mientras no dudan en disolver matrimonios con un buen montón de años de convivencia y algún que otro hijo, debo callar.

Cuando ofenden mis convicciones democráticas al coaccionar con la excomunión a los parlamentarios durante la tramitación de las leyes, como, por ejemplo, la del aborto, debo callar.

Cuando me ofenden como ciudadano al llenar las calles durante una semana con sus vírgenes y sus crucificados, impidiendo el desenvolvimiento normal de la actividad diaria, debo callar.

Cuando ofenden mi entendimiento al pedir perdón por la Inquisición, pero haciendo hincapié al mismo tiempo en que la tortura era la norma de la época, debo callar.

Cuando ofenden mi sensibilidad al ver los palacios en los que habitan, la elegancia con la que visten y el aspecto saludable que muestran y lo comparo con los personajes que aparecen en el Evangelio, con el Fundador a la cabeza, debo callar.

Cuando ofenden mi capacidad de raciocinio al ver que no ponen en práctica la autofinanciación que acordaron con el gobierno en 1979, sino que treinta años después, siguen trincando del Estado el dinero de todos, incluido, claro está, el mío, debo callar.

Cuando me ofenden en lo más íntimo impidiéndome incluso morir como yo mejor prefiera, debo callar.

Cuando, cuando... etc. etc. etc., debo callar. Debo callar, porque si no callo y disiento y lo manifiesto públicamente seré tachado de practicar la cristianofobia y el laicismo beligerante, de hacer befa y mofa de la Iglesia con barata facilidad, de ser un intolerante que pretendo imponer mi censura, de merecer, en fin, las llamas de la hoguera.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El triunfo del catolicismo




La Iglesia católica se jacta de su continuidad indisoluble en el tiempo, desde el momento en que Cristo la fundara mediante la conocida fórmula "tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" hasta la actualidad.

Este aserto, sin embargo, es literalmente falso, uno más de los grandes embustes sobre los que el catolicismo se asienta. Para comprobarlo, basta, de nuevo, con mirar atrás y repasar la historia de un modo neutral, sin pretensión de apología ni venalidades.

Dando por cierto el pasaje evangélico, cosa harto discutible que, en cualquier caso, no voy a analizar ahora, desde los orígenes de esta nueva religión, allá por el siglo primero de nuestra Era, fueron numerosísimos los grupos que se reclamaron cristianos. En el siglo IV, cuando Constantino reconoce al cristianismo como la religión del imperio, cabe señalar, entre otros, a marcionitas, paulicianos, donatistas, pelagianos, pricilianistas, arrianos, novacianos, valentinianos y católicos. Teniendo todos un tronco común, cada uno de estos grupos tenían su propias creencias particulares. Así había quienes pensaban que Cristo era Dios y otros que no lo eran, quienes pensaban que Cristo tenía dos naturalezas y otros que sólo una, quienes creían en la Trinidad y quienes no, etc. Cada grupo, además, había confeccionado su propio evangelio y más de uno consideraba que la historia de Cristo no era una historia real, sino alegórica, esto es, mítica, como lo eran los llamados misterios paganos.

Todo este variopinto mundo de creencias, que, en cierto modo, encarnaba la variedad de orientaciones religiosas que, como todo el mundo sabe, existían también en el paganismo y que, al permitir que cada quien creyera en el dios que le pareciera más atractivo, evitaba los conflictos de carácter religioso, sería barrido por completo a partir del momento en que la denominada facción católica logró hacerse en Roma, capital del imperio, con las riendas no sólo del poder religioso, sino tambíén del político, mediante la sencilla fórmula de ganar para su bando a los emperadores.

En efecto, si en el 313 Constantino reconoció oficialmente al cristianismo sin distinciones, setenta años más tarde, Teodosio I, llamado el Grande, de origen, cómo no, español, convertido al catolicismo en 380, proclamaría a éste religión única y exclusiva del imperio, en detrimento tanto del paganismo como del resto de las tendencias cristianas, tendencias que, en general, pueden ser englobadas bajo la nomenclatura de gnoticismo. Azuzado por los católicos, Teodosio no se anduvo por las ramas y durante su mandato emitió más de cien edictos contra el resto de los grupos cristianos, además de declarar ilegal toda creencia que no se ajustara al patrón católico, que ya por aquel entonces era el del credo de Nicea, aprobado bajo los auspicios de Constantino en el año 325. En uno de estos edictos, Teodosio, dirigiéndose a todos aquellos grupos de cristianos, que ya empezaban a conocerse como herejes, dice textualmente: Os lo advertimos: Que ninguno de vosotros se atreva a partir de este momento a reunirse en congregaciones. Para impedirlo, ordenamos que seais desposeidos de todas las casas en las cuales acostumbráis a reuniros y que las mismas sean entregadas inmeditamente a la Iglesia católica. Como se ve, no sólo prohibición, sino robo descarado de los bienes ajenos para su entrega a la Iglesia, que por este camino encontró una de las vías para su enriquecimiento. En el año 381, Teodosio acabaría proclamando que la herejía, es decir, la no conformidad con la doctrina católica era un crimen contra el Estado. Se ordenó la destrucción mediante el fuego de los escritos producidos por todos los grupos cristianos no católicos. Se prohibieron taxativamente los debates filosóficos, de modo que, según señalaba otro edicto, no habría ninguna oportunidad para que un hombre se dirija al público y discuta de religión o la comente o delibere.

El cristianismo católico era (y es) literalista, o lo que es igual, consideraba (y considera) aboslutamente real la historia de Cristo, incluidos, claro, su nacimiento virginal y su resurrección, y era (y es) también dogmático, se considera poseedor de la verdad, de la única verdad, por ello los católicos esgrimieron más que nada la intolerancia, no podían consentir que nadie creyera en doctrinas distintas a las suyas y, mucho menos que las defendieran. No hay más que leer a los llamados Santos Padres para hallar a cada paso condenas inmisericordes contra los que de ellos disienten. San Agustín, por ejemplo, es uno de sus más vigorosos representates. El santísimo obispo de Hipona no tiene empacho en sostener que el ejército resultaba indispensable para acabar con los herejes, eso sí, por su propio bien.

No, no es verdad. Como se ve en esta breve pincelada, el catolicismo nació de un conglomerado de creencias cristianas y si se impuso al resto de los grupos no fue por el poder de la persuasión o porque estuviese tocado por el dedo de Dios, sino gracias, exclusivamente, al poder de las armas, gracias al exterminio sangriento y completo de sus adversarios. Hoy, tanto tiempo después, no han cambiado nada. Se visten con piel de cordero y adoptan el papel de víctimas de no se sabe qué persecución, pero no dejan de insistir en su actitud excluyente y amenazadora. Vivimos la cristianofobia del laicismo beligerante y la barata facilidad con la que la Iglesia es sometida a befa y a mofa, acaba de declarar don Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, en una de las tantas manifestaciones que los jerarcas católicos nos regalan en los últimos tiempos. ¿Que pretende don Jesús con lo de barata facilidad, que nos corten el cuello o nos manden a la hoguera a los que no estamos de acuerdo con ellos? Ya que no se arrepiente ni piden perdón por todo el mal que han hecho desde sus orígenes, ¿no harían mejor callándose y dedicándose a sus rezos? ¿No saben que cada día nos interesa más la historia y, ahora que ya no tienen el poder de controlar nuestras lecturas, cada día la conocemos mejor?


domingo, 5 de diciembre de 2010

De como aprendí a amar la autoritas cristiana




Durante algún tiempo, fui monaguillo en la parroquia de San Pedro, tres o cuatro años. Por aquel entonces, la parroquia estaba regida por don Julián Caballero Peñas, cuyo nombre, según me cuenta mi amigo Paco Muñoz, figuró durante bastante tiempo en la lista de fusilados durante la guera de 1936 inscrita en sendas lápidas colocadas en el trascoro de la catedral. Don Julián era un cura grandón. En su cara, de robustos mofletes encendidos y labios como la grana, destacaban sus gafas de miope, redondas, tipo culo de vaso, tras cuyos cristales brillaban un par de ojillos siempre vigilantes. Tenía una hermosísima panza, cultivada, sin duda, durante largos años de buena mesa, que le daba un aspecto bonachón, de no ser porque sus gestos eran siempre bruscos y hasta, en muchas ocasiones, no poco desabridos. Su aspecto era imponente en cualquier época del año, pero especialmente en invierno, con su abrigo talar y su sombrero de teja. Cuando aparecía por las calles del barrio, con la cabeza siempre erguida y su mayestática zancada, los chiquillos corrían a besarle la mano y los adultos, hombres y mujeres, se apresuraban a cederle el paso, no fuera que se le ocurriese alzar la mano derecha y condenarlos para siempre al fuego del infierno. Don Julián, no obstante, más que por su aspecto, fue famoso por las interminables pausas con que, durante la misa dominical, iniciaba sus sermones. Queridos hermanos..., decía, y se tiraba más de un minuto en silencio. En el día... Y casi otro minuto. ...de hoy... Y otro pedazo de pausa. El evangelio nos dice... Y ya la pausa era más breve, hasta que se embalaba y continuaba quince o veinte minutos hablando a superior velocidad y con una entonación, una cadencia y un estilo que acababa resultando, de ley es reconocerlo, mucho más que aceptable.

En aquellos tiempos, la gente, sin duda con buen criterio, acostumbraba a morir en su casa. Cuando la situación era ya irreversible y la agonía se aproximaba, algún familiar corría a la parroquia a avisar al párroco para que le llevase los últimos auxilios de la religión: el viático y también la extremaunción. Al contrario que hoy, que no sabemos donde andan los curas, pues las iglesias están siempre cerradas, el párroco se disponía de inmediato a socorrer al enfermo. Para los que lo hayan olvidado o por su juventud lo desconozcan, el víatico era la comunión, y la extremaunción la unción con óleos benditos en distintas partes del cuerpo del moribundo. El viático tenía una importante solemnidad y carácter público, al enfermo se le llevaba en procesión. Yo no sé de donde salían, pero cada vez que en la parroquia se recibía el aviso de que había un moribundo, en un momento había en la sacristía seis, ocho o más hombres, dispuestos a cargar con faroles monumentales para acompañar al sacerdote. Se trataba no de mindundis cualesquiera, sino de hombres acomodados, hombres del más alto nivel económico de la parroquia. El sacerdote se revestía con los correspondientes ornamentos, cogía el copón del sagrario con las hostias consagradas y la procesión se ponía en marcha. Yo, con mi sotana roja de monaguillo y mi roquete, iba delante, tocando la campanilla con aquel toque tan característico: tin-ti-lin-tin, tin-ti-lin-tin...

Aquel día avisaron al párroco casi al amenecer. Era invierno y había estado lloviendo durante toda la noche. Ya había amainado, pero todavía había grandes charcos en el pavimento. Teníamos que ir a la calle Carreteras, lo recuerdo muy bien. Aquella procesión era cosa seria, se trataba del Hijo de Dios que salía a la calle para confortar al que iba a emprender el gran viaje y la gente que con ella se encontraba debía mostrar su respeto arrodillándose y los hombres, además, descubriéndose, si llevaban sombrero o boina. La suerte del que no lo hacía así, era, como poco, la visita a la comisaría, la comprobación de sus antecedentes y después... ¿quién sabía? ¿Una paliza? ¿La cárcel? Todo dependía de cuál había sido su situación durante la guerra civil. Aquel día salimos de la iglesia poco después de las ocho de la mañana. Entramos por la calle del Poyo y salimos a la plaza de la Almagra. Frente a la farmacia de Villegas, en el puesto de jeringos, había ya varios parroquianos comprando jeringos para el desayuno. Al lado del puesto, había un gran charco y ante él un hombre de unos sesenta o sesenta y cinco años. En el puesto, todos se arrodillaron, incluidos el jeringero, con su abultada chepa y su enorme nariz, pero el hombre ante el charco se limitó a quitarse la boina y a inclinar respetuosamente la cabeza. Cuando don Julián llegó a su altura, se detuvo, se giró y se quedó frente al hombre. ¡Arrodíllese!, gritó con su vozarrón de tenor, ¡Arrodíllese ante el Hijo de Dios! El hombre vaciló un instante, luego retorció la boina con las manos y, por fin, trabajosamente, pues no debía de andar muy bien de las articulaciones, se fue inclinando con enorme lentitud hasta que sus rodillas se sumergieron en el agua del charco, mientras un par de lágrimas escapaban de sus ojos y rodaban temblorosamente por su mejillas.