Qué lio, ¿no? El hombre -no se nos olvide esto-, el hombre que hace poco, en África, condenaba furibundamente el condón, afirmando que su uso no sólo no servía para impedir el contagio del sida, sino que, muy al contrario, facilitaba su propagación, ese mismo hombre -un hombre, no se nos olvide, de ochenta y cuatro años, además- va y dice ahora en un libro de entrevistas que bueno, que tal vez, que acaso el uso del condón pueda estar justificado en determinados casos, como por ejemplo la prostitución, ¡para evitar, precisamente, el contagio del sida!
Cuando oigo la noticia me quedo de piedra. Pero bueno, me digo, ¿la prostitución no era un pecado? ¿Qué ocurre, que ahora podemos practicarla y además con condón? No lo entiendo. Un amigo mío me dice: calla hombre, nos lo han puesto a huevo, ahora nos casamos con una rabiza y ya podemos practicar el sexo sin temor al contagio ni a la descendencia.
Pero la cosa, ¡ay!, no era tan mollar. El papa puede decir lo que quiera, que a continuación sale el portavoz y matiza la declaración, salen los cardenales y lo niegan, sale el obispo Martínez Camino, ese jesuita cuyo aspecto denota, cuando menos, una excelente alimentación, bebida incluida, y afirma categóricamente que el uso del condón es inmoral sea cual sea la situación en que se utilice.
Una vez más me pregunto a qué viene ese odio tan contumaz y prolongado de la Iglesia hacia el sexo, qué es lo que le repugna para condenarlo tan tajantemente. Ya San Pablo decía que el matrimonio era sólo un mal menor, que lo chachi, chachi para Dios era el celibato, la virginidad, la castidad. Han pasado dos mil años y no ha cambiado nada. Juan Pablo II, decía hace dos días: ojito con mirar a la propia esposa con lascivia. Y también: el sexo sólo en el matrimonio y sólo para la procreación. Pero bueno, el sexo como todo lo demás, ¿no nos lo dio Dios? ¿Qué pasa, que nos puso la miel a un centímetro de la boca con el único propósito de partirnos la cara si se nos ocurría sacar la lengua y probarla? ¿Absurdo, verdad? Sobre todo, viniendo de un Dios bueno, como dicen que es.
En estas reflexiones andaba yo cuando hete aquí que El País publica una entrevista con un teólogo católico, David Berger, que viene a aclararnos parte, al menos, de mis preguntas. No hay nada como la libertad de expresión. Cualquier libertad le produce urticaria a la Iglesia, pero la de expresión, la de expresión le sabe a cuerno quemado. El periodista define a David Berger como teólogo alemán ultraconservador y el señor Berger se confiesa gay, homosexual, condición que hizo pública en el mes de julio pasado. Asegura que la homosexualidad está sumamente extendida entre los clérigos, incluidos teólogos conservadores (yo no sé cómo se puede ser teólogo conservador y mariquita, pero, vamos, esa es otra cuestión) y que se practica abundantemente, sólo que de forma anónima. Dice muchas más cosas, pero la más interesante es la afirmación de que la Iglesia hace una interpretación absolutamente biológica de la sexualidad.
Aquí están, me dije entonces, los aspectos fundamentales que lo aclaran casi todo. En primer lugar, la Iglesia vive en la pura hipocresía. Los clérigos condenan con una cara y con la otra se ponen tibios, eso sí, en silencio, callandito y sin que se entere nadie, aunque todo el mundo lo sepa. El mismo Berger ha sido expulsado de la academia vaticana en la que daba clase por hacer pública su homosexualidad y entonces y sólo entonces es cuando se ha puesto a echar pestes de la Iglesia. ¿Y antes? ¿Qué estuvo haciendo hasta ahora? La segunda cuestión es que la Iglesia se niega a saber lo que es la sexualidad, se quedó atascada en el sexo. El sexo es el medio del que nos valemos los mamíferos para reproducirnos. La sexualidad, por el contrario, es exclusivamente humana, un producto puramente cultural elaborado por los seres humanos que trasciende por completo el hecho de la reproducción. Para practicar el sexo, para practicar la reproducción basta con ser un tigre, un mono, un elefante. La sexualidad sólo la practicamos los seres humanos y está más lejos del animal cuanto más espirituales son los individuos que la practican. Hay todavía una tercera cuestión. La sexualidad es placer, sin duda, el placer de más altos vuelos que ha sido capaz de alcanzar el ser humano. Y, encadenada a una cruz, encadenada a un hombre martirizado, la Iglesia odia más que nada el placer, lo lleva en sus genes, por decirlo en términos actuales. Y es cierto, es cierto, Berger dice que la situación no tiene remedio, que la Iglesia no va a cambiar, y yo estoy enteramente de acuerdo con él. De hecho, al día de hoy, la inmensa mayoría de los católicos se han entregado por entero al placer y hacen oídos sordos, pero sordos, sordos a los dictados del papa, incluso muchos de los que todavía cumplen con el precepto de oír misa todos los domingos. Podría preguntarme por qué no se deciden a salir de su armario, pero es que la respuesta es obvia, ¿no?
