sábado, 30 de octubre de 2010

De como aprendí a amar la justicia




Don Francisco no era sacerdote, era laico, pero daba clase en el colegio de los Salesianos, en los gratuitos. Alguno habrá aún que lo recuerde. Era un tipo formidable: más bien alto, de cara aflautada, pelo al cepillo, nariz abundante y gafas redondas. Y más rubio que moreno.

¿He dicho que era un tipo formidable? Lo era. Tal vez fuese falangista. O guardia civil frustrado. O aspirante a verdugo. Los curas que lo contrataron lo sabrían, nosotros no. Desde luego, no podían ignorar sus métodos. O sea que, en buena medida eran jueces, parte y cómplices del elemento, sobre todo cómplices.

El caso es que el tipo no tenía pinta de sádico, ni de asesino. Parecía más bien un chico de buena familia y de comunión diaria. No alzaba mucho la voz, ni era de los que echaban mano de la regla a las primeras de cambio para imponer el orden. Él tenía un sistema más personal y, si no más efectivo, desde luego sí que más divertido... para él y, tristemente, también para nosotros.

Entonces el sábado era un día lectivo más, aunque con clase sólo por las mañanas. ¡Y aquel era el gran día! Durante toda la semana, don Francisco había ido anotando en su libretita negra al que hablaba en clase, al que se reía, al que no traía la tarea hecha, etc. etc. etc., y el sábado era el día, como él aseguraba, de impartir justicia. El eminente profesor tenía un amplio y variado repertorio de penas. Yo, ahora, en aras de la brevedad, voy a describir solamente dos: el toreo y una variedad del abejorro, más escueta y también más contundente.

El toreo era siempre el primero de los castigos de la mañana. Don Francisco, pañuelo en la mano izquierda y regla de reglamento en la derecha, se dedicaba a torear a los primeros de la lista de su libreta en el espacio existente entre la tarima y las bancas. Uno a uno, los iba toreando, de modo que el toro, uno de nosotros, debíamos embestir doblados, como los toros de verdad y, al pasar siguiendo el pañuelo, que el diestro movía con gracia, igual que una muleta, don Francisco nos soltaba un reglazo en el culo, entre los olés y los aplausos obligatarios del resto de la clase. Diez, doce, catorce pases daba el torero, hasta que remataba la faena cuadrando al toro y entrando a matar, acción que llevaba a cabo con un último reglazo en las espaldas.

La variedad del abejorro era el último de los castigos. Sentado en su mesa, el maestro, si se le puede llamar así, llamaba a dos de los alumnos anotados en su libreta y les pedía que se situaran frente a frente en el mismo espacio en el que había estado toreando. A continuación, en el silencio espectante de la clase, reclamaba: ¡Muñoz, dale una bofetada a Zamorano! Muñoz alzaba su mano y descargaba en la mejilla de Zamorano una bofetada tan suave que, en realidad, no era más que una caricia. ¡Más fuerte, maricón!, gritaba don Francisco. Ahora tú, Zamorano. La bofetada de Zamorano era un poquitín, sólo un poquitín más fuerte que la de su oponente. ¡Más fuerte, maricón!, repetía don Francisco. Al tercer embite, don Francisco ya no tenía que arengar a los oponentes: las bofetadas eran cada vez más fuertes y más sonoras, al tiempo que las mejillas de los colegiales enrojecían y se inflamaban.

Más de uno terminó este seudo combate echando sangre por la nariz o por el oído, pero a ver quién era el guapo que se quejaba, si estábamos allí por caridad y nos estaban educando para ser hombres de provecho, cristianos de ley y patriotas de cuerpo entero.

martes, 26 de octubre de 2010

Fragmentos



1.- No es verdad que la Iglesia no admita el divorcio. Eso es para el común de sus fieles. Si usted tiene dinero y no le importa gastárselo no le será nada complicado conseguir la nulidad de su matrimonio, así lleve casado doscientos cincuenta años y tenga catorce docenas de chiquillos.

2.- Ni los griegos ni los romanos conocieron las guerras de religión. Ninguno de los pueblos politeistas las conocieron. Estas guerras dieron comienzo con el monoteismo, momento a partir del cual grupos de fanáticos pretendieron monopolizar la verdad no sólo acerca de Dios, sino támbién acerca de esa otra vida que dicen que existe después de esta y de la que nadie sabe absolutamente nada. No existen más que tres religiones monoteístas: Judaísmo, Cristianismo e Islam y las tres han derramados ríos de sangre para imponer su creencia.

3.- Ellos tienen derecho a proclamar su doctrina y a avasallarnos con sus manifestaciones, como, por ejemplo, la Semana Santa. Pero ay de aquellos que se atrevan a proclamarse ateos: inmediatamente serán tachados de anticlericales, de enemigos de la moral, de la patria, de todo lo que se les ocurre.

4.- ¿Por qué un Dios macho? ¿Por qué a la hora de engendrar este Dios engendró un hijo y no una hija? Según dicen, el Espíritu Santo es una paloma, ¿pero paloma, paloma, o palomo? Creánme, he hecho estas preguntas a bastantes clérigos, varones de Acción Católica y damas de San Vicente de Paúl y hasta el día de hoy ninguno me ha dado una respuesta satisfactoria.

5.- Nos hablan mucho de la otra vida. Pero ellos se agarran a esta como verdaderas garrapatas.

domingo, 24 de octubre de 2010

Los misterios de Jesús




¿Alguien sabría decir quién es esta Virgen tan orondita con el Niño en el regazo? ¿Será la Virgen del Rocío, la de la Almudena, la de Monserrat? ¿Será alguna Virgen de algún templo de Sudamérica o será la de algún templo romano de los primeros tiempos del cristianismo?

Todo viene de Egipto. Esta imagen tan castiza no se corresponde con ninguna Virgen cristiana. Se trata de Semele, y el niño, con aureola incluida, no es otro que Dioniso, el que nació de una muerta y murió y resucitó y fue dios y hombre al mismo tiempo.

Todo viene de Egipto, sí. Todo viene de Isis y de Osiris, la primera virgen madre y el primer hombre que muere por la salvación del género humano y resucita porque además de hombre es también dios. Allí nació el mito que luego, con el discurrir de los siglos, se fue extendiendo lentamente por todo el Mediterráneo, recreándose en cada pueblo a la medida de su cultura. Osiris, Mitra, Dioniso, Adonis, Baco, Jesús, etc. vienen a tener todos la misma historia, porque todos forman parte del mismo mito y son todos, en definitiva, el mismo ser.

Así lo cuentan Timothy Freke y Peter Gaudy en Los misterios de Jesús, un libro, serio, profundo y ameno, que funda sus deduciones, principalmente, en los numerosos manucristos encontrados hace algún tiempo en Nag Hamadi, entre los que figura un buen número de evangelios que complementan, contradicen y aclaran en buena medida a los tenidos por canónicos, evangelios que gracias a la previsión de algunos devotos de aquel tiempo lograron salvarse de la destrucción masiva y sistemática llevada cabo por la Iglesia católica.

Los mitos siempre fueron mitos y los devotos de Dioniso, por ejemplo, sabían muy bien que la historia de su hombre-dios no era más que pura alegoría. Según ponen de relieve Freke y Gaudy, también Jesús es un personaje mítico, sin existencia real, una adaptación judía del mito de Osiris llevada a cabo, casi con toda seguridad, por judíos de Alejandría. Ponen de relieve, igualmente, cómo en el principio hubo dos tipos de cristianos, los alegóricos, por así llamarlos, y los literalistas, los que sabían que el mito no era más que un mitó y los que creyeron literalmente en la historia. Los primeros fueron los gnósticos, repartidos en numerosas sectas, cada una con su propio evangelio o historia de Jesús; los segundos acabarían siendo los católicos, cuyo empeño en convertir en real lo imaginario y su fanatismo continuamos sufriendo en nuestros días, más de dos mil años después del invento.

La enorme aportación de pruebas de que hacen gala los autores, así como su rigor científico, otorgan firmeza y veracidad al contenido del libro


Los misterios de Jesús. Timothy Freke y Peter Gaudy. Editoria Grijalbo. Barcelona, 1999.

Puede encontrarse en librerías de viejo y en las Bibliotecas Públicas. Yo lo he sacado de la Biblioteca Provincial de Córdoba

martes, 19 de octubre de 2010

¡Oh, el libre albedrío!




Leibniz, el filósofo de las mónadas, no tuvo empacho en afirmar que este era el mejor de los mundos posibles, pues Dios, su creador, sólo podía crear lo mejor.

No tuvo más remedio que ser el teísmo el que hiciera desvariar al, por otra parte, gran científico y matemático alemán, pues sólo a un filósofo teísta, encerrado en el calabozo de la fe, se le puede ocurrir una imbecilidad de este calibre.

Ahora, los hombres del Dios personal, infinitamente sabio y bondadoso, afinan más. Independientemente del diseño inteligente, que pretenden hacer pasar por ciencia, vuelven una vez más a la carga con el libre albedrío. Oh, nos dicen, el libre albedrío, he ahí la señal del toque divino en el ser humano, la prueba definitiva de que el hombre es creación directa de Dios. Y abundan en dos puntos:

a) Dios pudo habernos creado sin esta cualidad, pero entonces las obras del ser humano carecerían de mérito

b) Sin la existencia del libre albedrío, el mundo sería un lugar insoportablemente aburrido.

Yo he tratado de sintetizarlo al máximo, pero el galimatías de razonamientos, en realidad, no hay por donde cogerlo.

En primer lugar, cabe señalar que cuando estos sesudos varones hablan del libre albedrío siempre lo definen como la capacidad del hombre para elegir entre el bien y el mal. Ahora bien, amigo, dejando aparte consideraciones neurólogicas que lo pondrían en gran aprieto y dándolo por válido, lo primero que hay que preguntar es qué clase de libertad es esa que si el ser humano escoge el mal (y el mal puede ser para estos pensadores acostarse con una señora o con un caballero) le esperan los más terribles castigos. Sería algo así como si, a la hora de la merienda, le dijéramos a un niño de siete u ocho años o incluso mayor: en esta mesa tienes un pastel de chocolate y los cuadernos de la tarea del colegio, escoge lo que quieras, pero, entérate, como se te ocurra coger el pastel en lugar de los cuadernos te voy a cuajar el lomo a garrotazos

Pero es que además el libre albedrío permite al ser humano hacer conscientemente otras elecciones distintas de esta. Así, se puede elegir entre dos bienes, por ejemplo, estudiar francés o estudiar chino, y se puede elegir también entre dos males, explotar a un inmigrante o buscar la quiebra de mi empresa. Es decir que lo mismo que vivimos en este mundo, podríamos vivir en otro en el que no existiese más que el bien o en el que no existiese más que el mal y ni uno ni otro tendrían por qué ser ni más aburrido ni más divertido que el actual.

Lo más gracioso del caso es que, aunque parezca que no se dan cuenta cuando exponen sus ideas, para los teístas estos mundos existen. En efecto, los teístas católicos, que son los que mejor conozco, defienden con uñas y dientes la existencia del cielo y del infierno, el primero para premiar a los buenos y el segundo para castigar a los malos. Estos mundos, ni qué decir tiene, son también creación exclusiva de Dios. Sin embargo, ni en el cielo ni en el infierno existirá esa bendita capacidad de elegir, pues ni en el primero se podrá hacer el mal ni en el segundo el bien. Y, hombre, siempre pensando en católico, el infierno podrá ser como se quiera, ¿pero de verdad un teísta católico piensa que el cielo es aburrido? ¡Pues apañados estamos! O, lo que viene a ser lo mismo, el libre albedrío no es más que otra exageración de los teístas, ya que, sí, se trata de la capacidad de elegir, pero de una capacidad ridícula y extraordinariamente limitada.

domingo, 10 de octubre de 2010

San Poncio Pilato





¿Cómo se alcanza la santidad? De niño me sentí muchas veces obsesionado con esta pregunta. ¿Qué se necesita para llegar a ser santo? Hay que ser bueno hasta la heroicidad, me contestaba mi tío el cura. Hay que entregarse enteramente a la voluntad de Dios, me decía mi amigo Eduardo, que cursaba filosofía en el seminario y me preparaba para seguir sus pasos (llegó a cantar misa, pero, más adelante colgó la sotana y se casó con una exmonja). Hay que amar a los demás mucho más que a uno mismo, esa es la clave, me decían los santos padres de los Salesianos que cuidaron de mi primera educación.

¡Qué equivocados estaban todos! ¡O cómo me mintieron! No llega a santo quien lo busca, sino aquel que a la Iglesia le interesa. El tiempo, la lectura y la reflexión me permitieron descubrir el error. Dando por hecho (de momento) que la historia sea cierta, hoy todo el orbe católico admite que Cristo fue crucificado por orden de Poncio Pilato, a instancias de los judíos. Pero esto no siempre fue así. Pilato fue, es cierto, gobernador romano de judea, un tipo de maneras brutales profundamente odiado por los judíos. Es por ello que los primeros cristianos que luego serían llamados católicos (frente a la importante variedad de gnósticos) no dudaron en condenarlo como responsable de la muerte del Salvador.

Sin embargo, todo cambió a partir del momento en que los romanos se apoderaron de Judea, destruyeron el templo de Jerusalén y provocaron la diáspora judia. Entonces, con el fin de granjearse el favor de los conquistadores, para estos cristianos ya no fue Pilato, sino los judíos los únicos culpables de aquella muerte. Más todavía, en su afán por absolver a Pilato de toda culpa, reescribieron por completo la historia. Tertuliano (160-240), autor entre otros textos de Contra los judíos, llegó a afirmar que si Pilato se había lavado las manos era porque en lo más hondo de su corazón era cristiano. Según este famosísimo apologista, la primera noticia del cristianismo que llegó a Roma fue ¡un informe de Pilato! que señalaba que Cristo era en verdad divino.

Basado en esta invención se escribió el igualmente falso Hechos de Pilato, fundamento a su vez de otra invención, el Evangelio de Nicodemo. En este último texto se llega a afirmar que cuando el informe de Pilato llegó a Roma, el emperador Tiberio lo hizo traer cargado de cadenas y que tras acusarlo de no haber defendido a aquel Inocente de la chusma judía, lo hizo decapitar, siendo su alma recibida por un ángel. La esposa de Pilato, Procla, experimentó un gozó tan grande ante este hecho que cayó fulminada en el mismo momento y fue enterrada junto a él. La bola creció de tal modo que la cristiandad católica veneraría como santo al gobernador de Judea, siendo elevado a los altares por la Iglesia copta, que celebra su fiesta el 25 de junio.


sábado, 9 de octubre de 2010

A vueltas con el mal



Cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, me decía siempre mi madre ante algunas de mis travesuras infantiles. A esto yo añado hoy que cuando un teista se pone a pensar siempre encuentra un argumento para resolver -eso es lo que creen- los problemas relacionados con su creencia. Ahora andan de nuevo a vueltas con el mal.


Un teista es un señor que no sólo cree en la existencia de un Dios creador, sino que además,lo califica, entre otras muchas cosas, de omnipotente y de infinitamente bueno, y la existencia del mal, evidente incluso para el más tonto, constituye un severo hándicap para estas dos cualidades, pues, si Dios creó el mundo, creó también el mal y, en ese caso, o no es omnipotente o no es infinitamente bueno.


Tradicionalmente, la coexistencia del mal con la bondad de Dios se defendía aduciendo que el mal en sí mismo no existe, sino que no es más que ausencia de bien. Como esta afirmación no puede ser más imbécil y ha sido desmentida inumerables veces, los teistas vuelven a la carga con argumentos nuevos que consideran de total y absoluta solidez. Uno de los teistas más conspicuos en la actualidad es Alvin Plantinga (An Arbor, Michigan, 1932), norteamericano, naturalmente.


Aunque lo expresa con su correspondiente sofisticación, el pensamiento de este caballero acerca de este tema puede resumirse así:


1.- Hay un mal necesario, que no necesita justificación, puesto que aparece para conseguir un bien. Así por ejemplo, una operación a corazón abierto o la amputación de una pierna para salvar al individuo de una gangrena cierta.


Un razonamiento perfecto, si no fuera porque estos filósofos no se detienen en apreciar que antes de la amputación de la pierna está la gangrena y que ésta no se trata de un bien, sino de un mal como una catedral, cuya aparición, precisamente, es la que tienen que explicar.


2.- Además de lo anterior hay lo que parece ser un mal gratuito. Aquí se encuadrarían todos los desastres naturales o la existencia de grandes tiranos como Hitler o Stalin que llevaron a cabo masacres extraordinarias sin razón alguna. Este mal es bastante más difícil de justificar y es el que lleva a un buen número de personas a negar la bondad de Dios, si es que no también su existencia. ¿Dónde estaba Dios durante el Holocausto?, se preguntaba retóricamente el papa Ratzinger en su visita a Alemania, como si él no lo supiera.


Plantigan resuelve el problema con dos respuestas verdaderamente pasmosas:


a) Cuando decimos que un mal es gratuito, ¿cómo lo sabemos? No conocemos los designios de Dios, de modo que no podemos penetrar en su moralidad.


b) La ausencia de mal nos llenaría, sin duda, de felicidad, pero Dios no nos ha traído a este mundo para ser felices, sino para que lo conozcamos.


Ambas respuestas tienen tomate y tienen más tomate aún viniendo de todo un señor filósofo y de un filósofo con un montón de libros publicados y que goza de enorme prestigio. En primer lugar, si no podemos conocer los designios de Dios, qué hacen los teistas, incluido el señor Plantinga, desgranando una a una todas Sus cualidades. ¿Acaso podemos conocer todo de Él salvo sus designios? Pero es que además existe una flagrante contradicción entre una y otra respuesta, pues si no podemos conocer los designios de Dios, ¿cómo sabe el señor Plantigan para que nos ha traído a este mundo?


Aparte razonamientos, la segunda respuesta a mí personalmente me llena de indignación. O sea, el Ser más poderoso que puede existir me crea y me echa a este mundo sin pedir mi opiníón y, seguidamente, sale corriendo y se esconde en el fondo del oceano o en el fondo del universo y me impone la obligación de conocerlo. Para comprender mejor toda la absurdidad de este argumento, pongámoslo en términos humanos. ¿Qué pensaríamos del invididuo que engendra un hijo y nada más nacer lo lleva a un hospicio y a continuación se pierde, no sin dejar antes una carta para el niño en la que le exige que lo busque y lo conozca? ¿Demencial, no? ¿A alguien se lo ocurriría pensar que este hombre es bueno? Bien, pues según los teistas nosotros sí que tenemos que pensar que Dios lo es.


Por más vueltas que le den estos señores, el problema del mal sigue siendo insoluble. Un Dios infinitamente bueno no puede permitir ni una partícula de mal, por pequeña que sea. Y no se trata sólo de los grandes males generales, como las catástrofes naturales, o de los personales, como que te corten una pierna, males que, oye, a lo mejor son un bien en el fondo y todavía no nos hemos dado cuenta. Es algo mucho más simple y no hay que buscar tan lejos: nuestra propia ignorancia de los designios de Dios es ya en sí misma un mal tan importante y, al mismo tiempo, tan absurdo que debería hacer caer de su caballo hasta al teista más recalcitrante.

lunes, 4 de octubre de 2010

De como aprendí a amar el decoro



Mi prima Rafi se casó un domingo del mes de julio de 1958. Se casó en la parroquia de San Pedro, a las once de la mañana, si no recuerdo mal. Acababa de cumplir diecinueve años y era francamente guapa. A mí, al menos, un chavalín entonces que asistía a una boda por primera vez, me lo parecía, con su traje tan blanco y su sonrisa tan pura.
En aquel tiempo, yo tenía una familia amplia, como solían ser las familias entonces. Entre abuelos, tíos, primos, cuñados, sobrinos, nietos, etc., bien pudimos reunirnos aquel día alrededor de setenta familiares, a los que se añadían los amigos y conocidos invitados por los novios y los padrinos. En total, unas cien personas.
Hacía calor aquel día, mucho. ¿Qué otra cosa se podía esperar en el mes de julio en Córdoba? Pero aún así, todos nos reunimos en la iglesia de punta en blanco, los hombres de traje y de corbata, incluidos los niños, con la única diferencia de que éstos vestíamos pantalón corto; las mujeres más jóvenes con aquellos vestidos de amplias faldas que pujaban las enaguas almidonadas, y las maduras con trajes de dos piezas con la falda entallada y hasta la espinilla. En el grupo destacaban siete muchachitas, primas mías y primas entre sí, de edades comprendidas entre los quince y los diecisiete años, un verdadero ramillete en el esplendor de su lozanía y luminosidad.
A las once menos tres o cuatro minutos hicieron su entrada los novios, del brazo de la madrina y del padrino, respectivamente, y a los acordes de la marcha de Mendelssohn que tocaba al armonio el sacristán Rafalito. A las once en punto salió el párroco, don Julián Caballeros Peñas, grande, colorado, con las gafas de culo de vaso, con su bien lograda tripa que la casulla no conseguía disimular. Lo precedían un par de monaguillos vestidos con las clásicas sótana y esclavina rojas.
La misa se decía entonces de espaldas y en latín -como Dios mandaba-, de modo que durante un rato -el introito, el confiteor, etc- todo fue bien. Luego, después del evangelio, el cura se volvió y se acercó al gran sillón barroco de terciopelo rojo desde el que acostumbraba a dar la plática o el sermón -entonces aún no se llamaba homilía. Llegó a sentarse incluso. Y hasta carraspeó un par de veces como solía hacer antes de empezar a hablar. Seguidamente lanzó una penetrante mirada sobre la concurrencia, una mirada larga, avizorante, de autentica ave de presa.
Esta es la casa del Señor -exclamó con su poderosa voz de tenor- y esta que celebramos hoy es una ceremonia sagrada. ¡Sagrada! -insistió aflautando la voz un poco más. Aquí no se puede venir sino con el debido decoro, el decoro que exige estar ante la presencia de Dios. Aquellas muchachas -casi bramó extendiendo el brazo majestuosamente- ¡a la calle!, ¡inmediatamente!, ¡a la calle!
Aquellas muchachas eran cinco del ramillete de mis sietes primas a las que -mire usted que indecorosas- se les había ocurrido acudir a la boda en manga corta, sin tener la precaución, al menos, de entrar con el socorrido manguito que se ponían la mayoría de las mujeres y que se quitaban a toda prisa en cuanto que salían de la iglesia. Se levantaron con la cabeza gacha y las lágrimas asomando a sus ojos y abandonaron el templo igual que delincuentes, entre el más absoluto silencio y la consternación general. Nadie osó levantarse para acompañarlas, nadie chistó, nadie fue capaz siquiera de alzar la cabeza y arrojarle al cura, al menos, la mirada que se merecía.

viernes, 1 de octubre de 2010

Miserias del teismo




Los teistas son seres humanos abonados al teísmo. El teismo es la doctrina filosófica que sostiene la existencia de un Dios personal al que otorgan toda una serie de cualidades que, resumiendo, podrían concretarse en la Excelencia suma, o Excelencia infinita.

En España, desde los mal llamados Reyes Católicos (¿pues cuál de ellos no lo ha sido?) hasta hace bien poco, el teísmo ha sido la doctrina filosófica oficial. Se trata, por otra parte, de la filosofía que defiende la Iglesia Católica.

La filosofía teista es meramente conceptual, sus argumentos, como no puede ser de otro modo dado el objeto de sus indagaciones, carecen de prueba evidente. Propio del filósofo, por otra parte, es el pensamiento sofisticado y más propio aún la expresión cuanto más sofisticada mejor de este pensamiento. Y en esto los teistas han sido y siguen siendo maestros. Las frases oscuras, las sintaxis compleja, el puntillimo hasta en el más insignificante de los detalles, estas han sido y son sus armas principales.

Ahora bien, nada de esto quita para que los teistas tengan todo el derecho del mundo a defender la doctrina que profesan, a considerar como pruebas las que a ellos les parezcan convenientes y, cómo no, a proclamarlas por cuantos medios legales estimen oportuno. Es este un derecho que pueden ejercer no en virtud de ninguna preeminencia, ni intelectual ni de ningún otro tipo, sino como resultado de formar parte de una sociedad laica y, por lo tanto, libre, la sociedad que aún a su pesar, estamos consiguiendo poco a poco.

Los teistas, sin embargo, arratran consigo dos miserias principales de las que a estas alturas de los siglos deberían avergonzarse y por las que tendrían que pedir perdón al resto de los mortales que no compartimos sus postulados.

La primera de ellas es ese afán inmoderado de imponer a todos sus creencias. En España, mucho más que otros lugares, hemos sufrido este afán hasta hace bien poco. Han sido casi quinientos años de imposición feroz, monolítica, de la que no había modo de defenderse, pues cualquiera que osara insinuar siquiera su disidencia, acababa pagándolo en ostracismo, en cárcel, en tortura o en hoguera, por este orden. Ahora, los teistas hablan mucho de libertad y, para mayor escarnio, afirman defenderla. Ahora que perdieron el monopolio de la verdad. Bien harían en mirar atrás un instante y en guardar, como mínimo, un minuto de silencio por los muertos caídos bajo su dictadura.

La segunda de las miserias de los teistas es aún más seria. Consiste, pues de esta no se han despojado aún, en su oposición al avance del conocimiento humano. Si por los teistas fuera, la tierra aún sería plana, el sol giraría alrededor de ella, nunca se hubiera construido un pantano, las vacunas no existirían, etc, etc, etc., pues casi puede decirse que no existe descubrimiento científico que no los haya tenido a ellos enfrente dispuestos a aplastarlo. Hoy mismo sienten terror ante el desarrollo de la genética, por poner un simple ejemplo, y, en buena medida, continúan sin aceptar la teoría, hoy ya evidencia, de la evolución.