Don Francisco no era sacerdote, era laico, pero daba clase en el colegio de los Salesianos, en los gratuitos. Alguno habrá aún que lo recuerde. Era un tipo formidable: más bien alto, de cara aflautada, pelo al cepillo, nariz abundante y gafas redondas. Y más rubio que moreno.
¿He dicho que era un tipo formidable? Lo era. Tal vez fuese falangista. O guardia civil frustrado. O aspirante a verdugo. Los curas que lo contrataron lo sabrían, nosotros no. Desde luego, no podían ignorar sus métodos. O sea que, en buena medida eran jueces, parte y cómplices del elemento, sobre todo cómplices.
El caso es que el tipo no tenía pinta de sádico, ni de asesino. Parecía más bien un chico de buena familia y de comunión diaria. No alzaba mucho la voz, ni era de los que echaban mano de la regla a las primeras de cambio para imponer el orden. Él tenía un sistema más personal y, si no más efectivo, desde luego sí que más divertido... para él y, tristemente, también para nosotros.
Entonces el sábado era un día lectivo más, aunque con clase sólo por las mañanas. ¡Y aquel era el gran día! Durante toda la semana, don Francisco había ido anotando en su libretita negra al que hablaba en clase, al que se reía, al que no traía la tarea hecha, etc. etc. etc., y el sábado era el día, como él aseguraba, de impartir justicia. El eminente profesor tenía un amplio y variado repertorio de penas. Yo, ahora, en aras de la brevedad, voy a describir solamente dos: el toreo y una variedad del abejorro, más escueta y también más contundente.
El toreo era siempre el primero de los castigos de la mañana. Don Francisco, pañuelo en la mano izquierda y regla de reglamento en la derecha, se dedicaba a torear a los primeros de la lista de su libreta en el espacio existente entre la tarima y las bancas. Uno a uno, los iba toreando, de modo que el toro, uno de nosotros, debíamos embestir doblados, como los toros de verdad y, al pasar siguiendo el pañuelo, que el diestro movía con gracia, igual que una muleta, don Francisco nos soltaba un reglazo en el culo, entre los olés y los aplausos obligatarios del resto de la clase. Diez, doce, catorce pases daba el torero, hasta que remataba la faena cuadrando al toro y entrando a matar, acción que llevaba a cabo con un último reglazo en las espaldas.
La variedad del abejorro era el último de los castigos. Sentado en su mesa, el maestro, si se le puede llamar así, llamaba a dos de los alumnos anotados en su libreta y les pedía que se situaran frente a frente en el mismo espacio en el que había estado toreando. A continuación, en el silencio espectante de la clase, reclamaba: ¡Muñoz, dale una bofetada a Zamorano! Muñoz alzaba su mano y descargaba en la mejilla de Zamorano una bofetada tan suave que, en realidad, no era más que una caricia. ¡Más fuerte, maricón!, gritaba don Francisco. Ahora tú, Zamorano. La bofetada de Zamorano era un poquitín, sólo un poquitín más fuerte que la de su oponente. ¡Más fuerte, maricón!, repetía don Francisco. Al tercer embite, don Francisco ya no tenía que arengar a los oponentes: las bofetadas eran cada vez más fuertes y más sonoras, al tiempo que las mejillas de los colegiales enrojecían y se inflamaban.
Más de uno terminó este seudo combate echando sangre por la nariz o por el oído, pero a ver quién era el guapo que se quejaba, si estábamos allí por caridad y nos estaban educando para ser hombres de provecho, cristianos de ley y patriotas de cuerpo entero.


