jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Erradicar la pobreza?




Reciententemente, le han concedido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a Manos Unidas. Resulta, cuando menos, sorprendente. Aunque, quizás, no tanto, si se tiene en cuenta que con anterioridad ya habían recibido este mismo premio Cáritas (1999) y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (2005). Todas estas organizaciones tiene el severo hándicap de no ser independientes, sino que forman parte de la Iglesia Católica y dependen, en último término, de un Estado autocrático, el Vaticano, que trata de conseguir que sus criterios morales se impongan como leyes en los países a los que tiene acceso.


Manos Unidas, en concreto, fue fundada en 1960 por un grupo de Mujeres de Acción Católica. Su personalidad es jurídica, canónica y civil. Pertenece al Consejo Pontificio Cor Unum fundado por Pablo VI en 1971. Forma parte de la Alianza de Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Solidaridad, cuyas catorce organizaciones se sitúan en Europa y en Norteamérica, dependiendo cada una de la Conferencia Episcopal de su país.


Entre los principales fines hacia los que se orienta Manos Unidas, figuran la lucha contra el hambre, la miseria, la enfermedad y la falta de instrucción, la erradicación de las causas que los producen y la erradicación también de la crisis de valores humanos y cristianos.


Por último, Manos Unidas encuentra su fundamento en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia.

Habrá quien piense que siempre será mejor algo que nada y que cuando una persona tiene hambre, si alguien le da un trozo de pan, al menos, ese día ha recibido una ayuda. Es posible. No obstante, no se puede olvidar la actitud de la Iglesia Católica en asuntos tan importantes como, por ejemplo, la prohibición del preservativo en países infestados de SIDA, como un buen número de los africanos, precisamente, los más atrasados, o su constante llamamiento a la procreación, en un mundo que tiene en la superpoblación uno de sus más agudos problemas, problema que, igualmente, recae, sobre los países más pobres.


Pero es que además, a la Iglesia no le interesa acabar con la pobreza, por eso nunca hará nada para erradicarla. Para justificar esta afirmación basta con echar una rápida ojeada sobre el mundo. En los países subderrasollados, prácticamente toda África y casi toda Sudamérica, además de bastantes de Asia, hasta el 98% de las personas se declaran creyentes en Dios, en tanto este porcentaje, según una encuesta de 2004, se queda en el 15% en Suecia o en el 20% en Dinamarca, países que encabezan a los que cuentan con más ateos, que son los más ricos del globo. La evolución de la pobreza a la riqueza comparada con la creencia en Dios se ve en numerosas encuestas realizadas durante la cuarta década del siglo XX. En una practicada en la misma Suecia en 1947, recién terminada la Guerra Mundial, el 83% de los suecos creía en Dios. A principios de los años noventa, cuando Suecia se había convertido en uno de los países más desarrollados de la tierra, ese porcentaje había caído nada menos que al 38%.


En una palabra: a mayor bienestar económico menos fe en Dios, eso es lo que se desprende de cuantos estudios se llevan a cabo, de manera que ¿cómo narices le va a interesar a la Iglesia Católica acabar con la pobreza? A la Iglesia le interesan personajes como la madre Teresa de Calcuta (1910-1997), embarcado exclusivamente en el consuelo de los dolientes, pero les causa alergia gente como Vicente Ferrer (1920-2009), capaces de intervenir en la economía para conseguir que un gran número de parias vivan del producto de su trabajo después de convertir un desierto indú en un vergel. Teresa de Calcuta fue beatificada por Juan Pablo II en 2003, seis años sólo después de su muerte. Vicente Ferrer tuvo que abandonar la Compañía de Jesús y la Iglesia para llevar a cabo su proyecto



P.D. Lo datos de las encuestas están tomados del libro: Introducción al ateismo, de Michael Martín (Ed.). Editorial Akal, 2010, en el que se ofrece un amplio estudio de este asunto.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fragmentos




1.- No ya la ciencia, cualquier labriego, cualquier albañil, cualquier recovero o recovera, etc, han hecho más por la humanidad que toda esa legión de clérigos tan sabios ellos, tan filósofos, tan cercanos a Dios y tan conocedores de su esencia, y entre los que habría que citar, en los primeros puestos, a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino.


2.- Escuchad con atención, analizad con cuidado sus proclamas. Tened en cuenta que los que se cubren con el manto de la moderación o del progreso sólo se diferencia de los tradicionales en la táctica. La estrategia es la misma para todos: someter al mundo al yugo de su Iglesia.


3.- La Iglesia ha reformado recientemente el Código de Derecho Canónigo (15-7-2010) para endurecer algunas faltas. ¡Bien! Ahora, junto a la pederastia, la Iglesia incluye la ordenación de mujeres entre los pecados más graves. ¡Zuperió!, dijo el castizo.


4.- Ya está bien. Esto habría que hacerlo valer en alguna parte, ¿no? La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) (junio 2010) señala que en materia religiosa y porcentualmente la población española se distribuye del modo siguiente:

75% se declaran católicos, pero de ellos sólo el 20% se declaran practicantes.

23% se declaran ateos o agnósticos.

2% se declaran miembros de otras religiones.

Esto significa que de una población de cuarenta y seis millones:

920.000 pertenecen a otras religiones.

6.900.000 son católicos practicantes, es decir, católicos de verdad.

10.580.000 son ateos o agnósticos. (3.680.000 más que católicos practicantes)

34.500.000 se dejan llevar, aunque con su actitud siguen engordando las arcas de la Iglesia Católica.


5.- Digo yo que por qué se queja tanto el Papa del aumento creciente del número de ateos y por qué continúa condenándolos tan furibundamente. ¿No debería mirar para adentro y hacer también una poquita de autocrítica? La mayoría de los ateos son fugados de su Iglesia, al menos, en Europa.

lunes, 13 de septiembre de 2010

En el nombre de Dios


Hay días en que a uno se le revuelve el corazón y el alma y, sobre todo, el estómago, días en que uno reniega del lugar en el que nació y más aún de la cultura en la que lo educaron.

Leyendo lo publicado recientemente sobre la pederestia de eclesiásticos en Bélgica, el asco me ha revuelto de verdad las tripas, me ha encendido de ira, siendo así que yo soy un tipo más bien calmo y meditativo.

Se calcula que entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado, unos 320 pederastas han podido abusar de hasta 800 niños y niñas de entre dos y doce años. Trece de estos niños llegaron al suicidio, al no poder superar el tormento sufrido. La mayoría de los colegios e internados católicos belgas cuentan con algún pederasta entre sus filas, debidamente encubierto.

Hay casos realmente espeluznantes, como el del bellaco que sodomizaba a un niño de ¡cuatro años! y luego le decía que su padre le haría lo mismo si se lo contaba. O el del obispo que abusaba de su sobrino y luego, cuando lo descubrieron, sobornó a la familia para que no lo denunciarán hasta que el delito prescribió (es decir, que saben de sobra que es un delito, no sólo un pecado, por eso lo encubren). ¡Y la familia aceptó el soborno!

Para comprender la magnitud del sufrimiento de las víctimas hay que tener en cuenta que Bélgica es un país sumamente católico y que, como es lógico, a los colegios e internados religiosos acuden los hijos de las familias más prácticantes. Independientemente de su situación intrínseca de dominio, esta circunstancia ha jugado de manera esencial en favor del pederasta y en contra de las víctimas. En efecto, de una parte, los padres no habrían creído jamás que un sacerdote católico pudiera abusar de sus hijos y, de otra, los hijos, criados en un ambiente tan malsano, no fueron capaces de revelarles la tortura a la que estaban sometidos. Muchas de las víctimas manifiestan ahora ante sicólogos y especilistas que este fue, precisamente, uno de sus mayores sufrimientos (sufrimientos y torturas, por cierto, que ríase usted de la pasión y crucifixión de Cristo).
En el colmo del horror, a los obispos belgas, reunidos en sacrosanto cónclave y convenientemente asistidos por el Espíritu Santo, tanta miseria no los mueve no ya a entregarse a la justicia o cuando menos a dimitir por haber encubierto a los pederastas, sino ni siquiera a pedir perdón. Y en la estratosfera de la hipocresía afirman que están dispuestos a crear un centro para ofrecer una atención personal a las víctimas... para restablecer la dignidad de las víctimas y ayudarlas a convivir con el sufrimiento. (¿Qué pretenden, seguir aprovechándose de ellas? ¡Qué ensoberbecido hay que estar y qué canalla hay que ser para llegar a esto!)
Y mientras tanto el papa, ese señor de la foto de tan beatífica cara (dura), llega a Inglaterra después de culpar a la prensa del escándalo, de culpar a los que denuncian y se atreven a tirar de la manta, de culparnos a todos que, en realidad, es lo único que él y toda su Iglesia saben hacer, pringarnos, enmierdarnos de culpa para que no podamos salir de ella y ellos continúen viviendo magníficamente a nuestra costa. Dos mil años llevan llenando el mundo de culpa y todavía no se dan por satisfechos.
Post Data: Las familias católicas deberían sacar la moraleja de este asunto: ojo con vuestros hijos si lo lleváis a un colegio religioso. Preveniros antes de lo que puede esperarle. Y (permitidme compensar mi indignación con una pizca de grosería) no le miréis sólo la cara para saber si ocultan algo, miradle también el culo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

De como aprendí a amar la confesión


¿Qué edad tendría? ¿Dieciésis, diecisiete años? La memoria, a veces, es incapaz de precisar determinados detalles. Pero no, seguro, los diecisiete no los había cumplido aún. ¡Resultó tan largo el calvario, tan tortuoso! No es empresa fácil romper las amarras cuando desde la más tierna edad te han atado férreamente al muelle. En medio de la tormenta, la brújula llevaba ya bastante tiempo señalando la dirección a seguir, pero aún la aguja no se había detenido del todo, todavía seguía oyendo misa los domingos y todavía me acercaba al confesionario a contarle al cura mis pecados. Pero cada vez distanciaba más una confesión de otra y, además, cuando lo hacía, cambiaba de iglesia y de cura.

Ocurrió un domingo a eso de las diez menos diez de la mañana, poco más o menos, en la iglesia de San Pablo. Recuerdo la hora porque yo había ido con el propósito de oír la misa de las diez y con el propósito de confesarme y de comulgar. Para el que no la conozca, la iglesia de San Pablo es de estilo gótico, grande y umbría, y los confesionarios, en las naves laterales, quedaban en una semioscuridad que a mí me parecía protectora. La regían y la rigen los Misioneros del Corazón de María.

Había varios de ellos confesando, cada uno en su confesionario. Al que yo me acerqué era un cura no muy mayor, de unos treinta y cinco años, tal vez, no mucho más. Las mujeres confesaban en los laterales del confesionario, a través de una ventanita cerrada con una celosía, de tal manera que su rostro apenas era visible para el cura (de los trucos para evitar esta separación ya hablaremos otro día). Pero los hombres confesábamos por delante, a pecho descubierto, cara a cara con el auditor y sin separación alguna. Me arrodillé ante él y murmuré el consabido:

-Ave María Purísima

-Sin pecado concebida -respondió el cura. Y me rodeó el cuello con su brazo y acercó su cara a la mía hasta situar su boca a menos de dos centímetros de mi oreja-. ¿Cuándo fue tu última confesión?

-Hace... -le dije el tiempo, dos meses o tres, no lo recuerdo.

¿Y de qué te acusas, hijo?

¿Yo? ¿De qué me iba a acusar yo? De lo de siempre.

-Me he masturbado, padre.

Ahora el cura tendría que preguntarme cuántas veces. Y eso fue lo que me preguntó.

-¿Cuántas veces, hijo?

A mí su abrazo me empezaba a resultar un tanto molesto. Su olor, además, un olor suavísimo, a esencias de pura santidad, supongo, se me había entrado hasta lo más hondo de la nariz causándome una sensación muy rara, como de vértigo. Pero se las dije:

-Muchas veces, padre, no recuerdo el número.

Ahora el cura tendría que decirme: ¿De qué otro pecado te acusas?. Pero lo que dijo fue:

¿Y cuándo te masturbas en qué piensas, hijo mío?, ¿cómo lo haces?

Me eché ligeramente hacia atrás, acerqué mi boca a su oído y se lo dije bajito, le dije:

-¡Yo me cago en tu puta madre!

Me levanté sin aspavientos y salí a paso rápido de la iglesia.

Fue definitivo. Nunca más he vuelto a acercarme a un confesionario. Y si he vuelto a entrar en una iglesia ha sido como turista o para asistir a algún acto de carácter social, como una boda o un entierro.

martes, 7 de septiembre de 2010

Las puertas del infierno




"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro le contestó: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo." Tomando entonces la palabra Jesús le respondió: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella."

Mateo, capítulo 16, versículos 15 a 18.

Estas últimas palabras del pasaje evangélico, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, han constituido una de las maldiciones más severas que han caído jamás sobre el mundo, especialmente sobre el mundo occidental que es donde se ha desarrollado con mayor amplitud la Iglesia Católica.

Resulta altamente sospechoso que tales palabras, las más tremendas de cuantas aparecen en los evangelios canónicos, sólo las cite Mateo, siendo así que la escena se repite en Marcos y en Lucas. Da que pensar, como creen bastantes eruditos, que se trata de una interpolación llevada a cabo por algún copista avispado. Pero, a efectos del resultado, esto, en realidad, no importa mucho.

Cualquiera diría que esta frase constituye una promesa o, si se quiere, una especie de conjuro que garantizaría la pervivencia de la Iglesia por los siglos de los siglos. Pues no, los jefes de la nueva institución la entedieron como una orden, interpretando que si una de las características de la Iglesia iba a ser su durabilidad, lo que Cristo había querido decir era que no podía consentirse que las puertas del infierno la asaltaran y la destruyeran. ¿Y quiénes formaban parte de las puertas del infierno? Muy sencillo: todos los que por acción u omisión mostraban su desacuerdo con las normas que imponía la nueva religión.

De este modo, los que más adelante se llamarían a sí mismos católicos, acabaron con los numerosos grupos -docetistas, adopcionistas, marcionistas, nicolaístas, etc- surgidos a poco de la desaparición del Nazareno, que se reclamaban igualmente cristianos y que interpretaban las enseñanzas de Cristo de modo diferente. Por acabar, los católicos acabaron hasta con el por ellos llamado paganismo. Este hecho culminó en el siglo IV, momento en que, convencido Constantino, el catolicismo triunfante fue proclamado religión única del Estado romano.

A partir de este momento, las puertas del infierno ya no conocieron tregua. El primer mártir producido por la nueva religión fue Prisciliano, ejecutado, como se sabe, en Tréveris en el 385. Desde entonces, la sangre manó a raudales durante siglos. Arrianos, pelagianos, donatistas, conocieron el rigor de los grandes detentadores de la verdad. Y a medida que crecía y crecía el poder de los papas, mayor caudal adquirían los ríos de sangre: las cruzadas, los cátaros, la inquisicion, los husitas, cuyo jefe, el checo Juan Hus (1370-1415), fue atraído al concilio de Constanza para que expusiera su doctrina y, antes de que llegara a abrir la boca, lo quemaron en la hoguera... ¡Tanta muerte, tanta desolación!

Y no han parado. Hoy ya no queman a nadie (no porque no quieran, sino porque no pueden), pero siguen apartando de su camino a todo el que se atreve a levantar la voz. Úna de las últimas víctimas ha sido el teólogo franciscano José Arregui, quien se ha visto obligado a colgar los hábitos por sus enfrentamientos doctrinales con la jerarquía y, más concretamente, con el obispo de Bilbao José Ignacio Munilla.

Las puertas del infierno, esa es la clave. Todo está permitido: traicionar, matar, extorsionar, conspirar, malversar, encubrir pederastas, declarar cruzadas, apoyar a tiranos, callar ante genocidios... Todo. Siempre que se haga en defensa de la Iglesia. Repasad la historia: hoy como ayer, para la jerarquía eclésiástica, con el papa a la cabeza, y para muchos católicos de a pie, el mayor bien de este mundo, si es que no el único, es la Iglesia católica. Todo lo demás, pertenece al reino de las tinieblas, a las puertas del infierno.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Esa jauría



El científico Stephen Hawking ha manifestado su convicción de que Dios no existe, e inmediatamente toda una jauría de meapilas, pensadores bonitos, entre los que cabe citar en primer término a los denominados teólogos, y clérigos con y sin tonsura, se han lanzado a degüello sobre el gran astrófisico inglés.
¡Vaya! Ahora resulta que de Dios no van a poder hablar más que sus partidarios. Ellos, por lo que se ve, pueden meterse en cuantos charcos les parezcan oportunos, como, por ejemplo, el matrimonio homosexual o el aborto, por citar dos asuntos de actualidad, pero los demás, los que procuramos caminar sin paraguas alguno que nos proteja, debemos meternos la lengua donde nos quepa.
Stephen Hawking, sin embargo:
-No ha dicho en ningún momento que piense crear una religión cuyos sacerdotes, además de ser sólo hombres, tengan la sartén por el mango y vivan, la mayoría fenomenalmente, a costa de los fieles (y, en algunos países, de los que no lo son; veáse España).
-No ha dicho que piense crear Inquisición alguna con el propósito de perseguir y llevar a la hoguera o a la lapidación a los que no estén de acuerdo con él.
-No ha dicho que necesite la espada o el fusil de poder civil alguno para imponerle a nadie su hipótesis.
Por otra parte, físicamente y aparte su prodigioso cerebro, Hawking es una piltrafa humana. Aquejado desde su juventud de esclerosis lateral amiotrófica se encuentra prácticamente paralizado desde hace mucho tiempo, no puede hablar, si no es mediante ordenador y un complicado juego de mandos, no puede expresarse, salvo con el pensamiento, y necesita delicados y continuos cuidados médicos. Es decir, es el sujeto tipo para depositar su esperanza en otra vida sin ataduras, sin enfermedades ni dependencias, sin dolor, una vida alada de placer y de dicha. Y no, obstante, no se conforma, sino que movido por sus estudios y por los descubrimientos científicos de los últimos años llega a la conclusión que llega y no se resigna a callársela. En estas condiciones, ¡algún valor habrá que otorgarle a su hipótesis! Al menos, el del los dos cojones (con perdón) para asumirla y exponerla.
El asunto real es que por aquí hay mucha gente viviendo a costa de Dios, mucha, pero mucha, mucha, mucha. Y mover los cimientos del kiosco es algo que los pone verdaderamente de los nervios.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Así en la guerra como en la paz




1.- En la guerra no sólo es lícito, sino encomiable dar muerte a los enemigos.


San Atanasio (295-373)

Patriarca de Alejandría y feroz combatiente contra los arrianos, causa por la que sufrió diferentes destierros. Padre de la Iglesia.


2.- Difícilmente se erradica lo que los espíritus que empiezan a instruirse han asimilado.


San Jerónimo (345-420)

Doctor de la Iglesia. Secretario del papa San Dámaso. Un hombre que lo tenía claro.


3.- Nadie puede ignorar que la Iglesia es una sociedad desigual en la que Dios ha destinado a unos a mandar y a otros a obedecer; estos últimos son los laicos, los otros los esclesiásticos.


Papa Gregorio XVI (1831-1846)

Por si alguno no lo tiene claro todavía. Este axioma, enunciado hace 164 años se mantiene en vigor en la actualidad, salvo que porque lean el evangelio y la epístola en la misa y poco más los laícos crean otra cosa.


4.- Sería mejor morir sin los últimos sacramentos que recibirlos de manos de un jesuita.


Sr. Marqués de Peralta

Fundador del Opus Dei

Una diáfana prueba (las hay a cientos) de la unión y la fraternidad que impera entre las distintas órdenes religiosas católicas.


5.- (La Iglesia precisa) de la autoridad civil con la ley y la fuerza. No bastará la obra de la Iglesia, que exhorta, es necesario que detrás del predicador, que señala los castigos eternos, se deje ver la espada del poder público, que amenaza con el castigo temporal.


Padre G. Crisógono

Grandeza, ruina y resurgimiento de España. San Sebastián, 1941. Pag. 207


No se puede decir más claro ni con menos palabras. En último término, la religión no la impone ni la palabra ni el ejemplo, la impone la espada del poder público. Habían ganado una guerra, habían conseguido que se eliminara lo que ellos llamaban la cizaña y aún no les parecía suficiente. Tenían que conseguir que cada españolito cumpliera sus normas aunque fuera a punta de pistola. Esta es la razón por la que ahora, por ejemplo, no se conforman con que, de acuerdo con sus creencias, el aborto sea sólo un pecado; tiene que ser también un delito y un delito que afecte a todo el mundo

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Creer. ¿Pero en qué? ¿Y a quién?



Otra tarde también, frente al mar que se mecía suavemente, como adormecido, con el sol tintando ya de carmín el horizonte y una brisa ligera acariciando la piel. Otra tarde también serena, apacible, de no haber sido por la pareja que habíamos conocido el día anterior en la urbanización y que aquel día se nos había pegado desde por la mañana y no habíamos conseguido que se nos despegaran.
La chiquita no callaba un instante. Sentada en la tumbona junto a su marido, no había parado en toda la tarde de hablar de la grandiosidad del mar, de la inmesidad del universo, del orden inmutable de los astros, de la complejidad irreductible, de Dios, en fin, una vez y otra, aseverando la imposibilidad de su inexistencia y la necesidad insoslayable de creer que, según ella, habita el corazón del ser humano.
Yo la escuchaba en silencio por educación. Pero tanta insistencia me estaba destrozando los nervios.
-Hasta no hace mucho -me revolví al fin, controlando la voz para que no se notara la intensidad de mi cabreo-, ahí cerca, en Sierra Mágina, esa preciosa comarca serrana de la provincia de Jaén, la gente creía en los juancaballos, diabólicos seres de apariencia terrible que vivían en las cumbres de las montañas y, a veces, cuando les apetecía, bajaban al llano a destruir los sembrados y a devorar las cosechas. Nadie en la comarca sabía describir cómo era físicamente un juancaballo, porque nadie lo había visto nunca. Pero ésto no era óbice para que la gente siguiera año tras año, siglo tras siglo, creyendo firmemente en ellos. ¿Tú creerías en un ser así? -le pregunté volviéndome hacia ella y sonriendo.
La chiquita encogió levemente sus desnudos hombros y abrió la boca para contestarme. Pero yo no permití que hablara.
-A Dios tampoco lo ha visto nadie jamás -proclamé mansamente sin dejar de sonreír- y no existe el más mínimo indicio de que Él se haya relacionado jamás con ser humano alguno. Hay algunos hombres que aseguran que Dios les ha hablado; algunos afirman que en sueños; otros que en plena vigilia, pero no ofrecen prueba alguna de semejante prodigio. Y ahora, si te parece, pasemos a los textos. Para abreviar, vamos a fijarnos únicamente en la religión cristiana, que es la que tenemos más próxima. En realidad, de todas puede decirse más o menos lo mismo. Para los cristianos, el sustrato de su religión es la Biblia. Afirman que es un libro escrito por hombres a los que Dios inspiraba. Sin embargo, al menos, en sus libros fundamentales, los primeros -Génesis, Éxodo, etc.- la Biblia consiste en la reunión de una serie de historias procedentes de dos tradiciones, la rabínica y la levítica, de ahí sus repeticiones, sus contradicciones y sus incongruencias. Es decir, que, en primer término, no es un texto coherente, de modo que, a menos que pensemos que Dios está loco o es un gilipollas, resulta difícil admitir que fuera inspirado por Él. Y, en segundo término, lo que existe de la Biblia no son los textos originales, sino copias de copias de copias, de manera que a ver quién sabe en qué consistía realmente lo pirmero que se escribió.
La chiquita había hecho dos o tres intentos de replicarme, pero yo no consentí que me interrumpiera.
-Ahora -proseguí impertérrito-, si pasamos a Cristo, la cosa no encuentra mejoría alguna. En primer lugar, de Cristo sólo hablan fehacientemente sus seguidores y lo hacen a través de los llamados Evangelios. De gente contraria o neutra, apenas si hay alguna vaga referencia que podría valer tanto para Él como para otros muchos. Los Evangelios, a su vez, se contradicen entre sí en más de una ocasión y muestran, como la Biblia, no pocas incongruencias. En cualquier caso, no conocemos de un modo directo qué es lo que Cristo hizo o dijo realmente, ya que el Hombre de Nazaret no dejó nada escrito. Es decir, que son los Evangelios el único testimonio en el que puede basarse nuestra creencia. Pero es que hay más. Los únicos Evangelios que la Iglesia Católica admite son los canónicos. Estos textos fueron reconocidos como tales en el siglo IV de nuestra Era, más de trescientos años después de la muerte de Cristo, y son, a su vez, copias de copias de copias, puesto que tampoco se conservan los originales.
Ahora sí, miré a la chiquita directamente a los ojos y endurecí mi gesto por primera vez.
-¿Y con todos estos antecedentes quieres tú que creamos? Muy bien, ¿pero en qué?, ¿y a quién?
La chiquita no me contestó. Se puso de pie, agarró su tumbona, agarró del brazo al marido y salieron pitando los dos rumbo a la urbanización.
Para nuestra suerte, no volvimos a encontrárnoslos. ¿Quizás porque ellos con habilidad nos esquivaban antes de que los viéramos nosotros? Luego supimos que ambos, la chiquita y su marido, pertenecían a los Kikos, esa sorprendente organización de la extrema derecha católica, y que ni en vacaciones descasaban de practicar su proselitismo.