domingo, 8 de agosto de 2010

El calibre de la soberbia



Recostado en la arena frente al mar con el último estertor de la tarde, cuando el sol, revestido de púrpura, comienza a desaparecer tras la línea del horizonte y la playa se queda vacía, se aprecia, casi mejor que en cualquier otro momento del día, la tremenda, la indescriptible insignificancia del ser humano ante la grandiosidad de un universo en el que acaso, para mayor desaire, no tengamos ni siquiera compañía.

Pero esta hora dulce como ninguna y para nuestro enojo se abre paso también en el pensamiento una idea que, en realidad, no deja de ser consecuencia de la anterior. Se trata de la soberbia de la que hacen gala muchos de esos seres humanos cuando se pasan la vida convencidos de que un hipotético ser todopoderoso, que ellos tienen por real y al que denominan Dios, creador de este universo, se preocupa de ellos de tal modo que no sólo les ha concedido el don de la existencia, sino que incluso lleva minuciosamente la contabilidad de todos y cada uno de sus actos y hasta del más tímido de sus pensamientos. La soberbia de un considerable número de estos seres humanos es de tal calibre que llega al extremo de arrogarse para sí la representación exclusiva de Dios. Por estos lares, tal representación la han venido ejerciendo los miembros consagrados de la Iglesia Católica. ¡Y de qué modo, de qué modo!

Dios te ve, nos apostrofaban de pequeños estos representantes, de manos inmaculadas y largas batas negras. Dios está en todas partes, de modo que por mucho que lo intentes no conseguirás escabullirte, insistían regodeándose en cada una de sus palabras, de sus sílabas. Dios conoce el interior de tu corazón, así es que no te esfuerces, porque por más que disimules nunca conseguirás engañarlo.

Durante mucho tiempo, semejantes sentencias no nos dejaban tranquilos ni un instante. Tal vigilancia, tal control resultaban no poco desapacibles. Teníamos la sensación de encontrarnos bajo la tutela de un fantasma vidrioso que en cualquier momento extendería su mano y nos despedazaría. Luego, las aguas se fueron aplacando y la razón puso en marcha un proceso que no ha terminado todavía. Todo empezó por lo más evidente: si Dios estaba en todas partes y en todo lugar, como reiterativamente se nos afirmaba, ¿estaba también en la mierda?, ¿estaba en los detritus de los estercoleros? La garrapata que encontrábamos en la oreja del perro que el abuelo nos regaló por nuestro cumpleaños, ¿estaba también penetrada por Dios y, por consiguiente, gobernada por Él? Y la rata que salía de las alcantarillas y en ocasiones se metía en nuestras casas organizando un terremoto de temor y de asco, ¿era igualmente Díos el corría sobre sus lomos, el que chillaba en sus chillidos? Y todavía, un poco más adelante, a medida que sistematizábamos nuestros descubrimientos: ¿estaría Dios también en nuestra razón? Y si era así, ¿quién controlaba entonces nuestros razonamientos?, ¿quién planteaba las preguntas y quién ofrecía las respuestas? ¿Qué eramos, marionetas gobernadas por un titiritero siniestro? ¿Dios dudando de sí mismo, negándose a sí mismo, puesto que tanto la duda, primero, como la negación, no mucho después, eran las que nuestra razón hacia surgir en nuestra mente?

¿A tales incongruencias, a tales absurdos que otra cosa llevaban más que la soberbia de aquellos caballeros? Llevaban y llevan, puesto que no han abandonado ni un ápice sus posiciones. Al contrario, ahí siguen: veáse, por ejemplo, el caso del ilustre cardenal don Antonio Cañizares proponiendo el adelanto de la edad de la primera comunión, para que los niños puedan cumplir más prontamente los designios de Dios. ¿Cuánto no se necesita estar pagado de sí mismo para creerse no sólo el objeto de la atención de Dios, sino, además, su intérprete? ¿En qué lugar, cuándo, de qué modo le ha descubierto Dios al señor Cañizares cuáles son sus designios?

Y no se conforman con ser sus intérpretes. Son también sus jueces: cuando ellos perdonan o condenan, Dios acepta tranquilamente el veredicto. ¿De dónde les viene este poder? Según dicen, el evangelio dice que Cristo dijo... Es decir, es un poder que viene de terceros y a estas alturas todavía no se sabe con absoluta certeza no ya que Cristo fuera el Hijo de Dios, sino ni siquiera que existiera y, mucho menos, que, de existir, dijera alguna vez todo lo que dicen que dijo.

Pues ni con ser jueces tienen bastante. En el más puro alarde de soberbia que jamás se haya conocido se atreven incluso a manejar a Dios a su capricho. Según, afirman en sus dogmas, basta con que un sacerdote diga la conocida fórmula cabalística para que Cristo, es decir, Dios, se materialice de inmediato en un trozo de pan sin levadura. No importa el momento ni el lugar. No importa que el cura esté como una cabra o se haya puesto de Montilla hasta los mismos ojos: Dios ha caído por fin rendido en manos del hombre (del hombre, no de la mujer, porque ésta, mire usted por donde, no ha sido capaz de alcanzar aún semejante prodigio). Y todo esto gracias a que, según dicen, el evangelio dice que Cristo, del que ya se ha visto que ni siquiera se sabe aún si existió de verdad, dijo: "haced esto en memoria mía".

Nunca en la historia de la humanidad, el hombre (siempre el hombre, no la mujer) se había atrevido a tanto. Con Dios han jugado las religiones de todos los modos posibles, pero hacer que, aunque nadie lo vea, se haga presente y más aún comestible cuando un sacerdote lo invoca, eso... eso ¿dónde, cómo, cuándo, en qué circunstancia?

Se envuelven en la capa de la humildad, unen las manos en el regazo, doblan la cabecita y hasta afeminan la voz pretendiendo pasar por mansos corderos, pero llevan dos mil años subidos al carro de esta soberbia sin medida. Si son capaces de doblegar a Dios, ¿a quién puede extrañar que pretendan uncir bajo su dominio a la humanidad entera? En estos dos mil años no han dejado de intentarlo ni un solo día. Y aunque parezca que estan en decadencia, no cejan, no cejan.