martes, 25 de mayo de 2010

Dónde está el pecado




Hoy debería hablar de Cajasur. Debería contar cómo una cuadrilla de mafiosos con alzacuello han llevado a la quiebra a una caja de ahorros no hace demasiado tiempo más que solvente.

Debería hablar de Cajasur. Pero voy a hablar de Fátima. Desde hace mucho, mucho tiempo me pregunto por qué la Virgen María no se le aparece nunca a un mahometano, a un negro masai, a un sintoista japonés o a un budista tibetano. Por qué no se le aparece siquiera a un cristiano calvinista, a un anglicano o a un mormón. La Iglesia Católica debe tener una notable influencia con la Virgen, porque sólo se le aparece a algunos de sus miembros.

Pero tampoco voy a hablar propiamente de las apariciones. Lo que más me interesa estos últimos días es la reciente visita del Papa a Portugal. Para empezar, cuando el Papa visita un país, ¿en calidad de qué lo hace, como jefe de un Estado extranjero o como jefe de la Iglesia católica? Es que si es como jefe de Estado no parece fuera de lugar que el Estado anfitrión corra con los gastos de la visita, pero, en ese caso, ¿qué pintan en la función los actos multitudinarios con misas incluidas? Y si es como jefe de la Iglesia, ¿en razón de qué se paga con el dinero de todos los contribuyentes de un país, sean o no católicos?

En cualquier caso, el Papa ha estado en Portugal y ha estado en Fátima. Desde que el nunca suficientemente ponderado Juan Pablo II lo revelara, todo el mundo sabía que el tercer misterio de Fátima consistía en el atentado que sufrió el pontífice en 1982. Pues no, ahora resulta que Juan Pablo II estaba equivocado: Benedicto XVI ha declarado solemnemente que a lo que el terrible misterio hacía referencia era en realidad a la pederestia eclesiástica, cuya publicación en estos días, después de tantos años de encubrimiento, ha puesto a caer de un burro a la Iglesia católica. En un inusitado arranque de vehemencia, Benedicto XVI ha añadido que el pecado está dentro de la iglesia y que, en atención a la santísima Virgen de Fátima y a sus revelaciones, él está dispuesto a arremangarse y a acabar con él en el curso de los próximos siete minutos.

Contundentes declaraciones, no cabe duda. Declaraciones que ponen en evidencia una vez más la capacidad de adaptación de la Iglesia y su extraordinario oportunismo: ha sido necesario que las víctimas se atrevan a salir del pozo de angustia y de temor al que las arrojaron sus verdugos, ha sido necesario que la pederastia clerical ocupe las portadas de los medios de comunicación para que el otrora primer encubridor se convierta ahora en el paladín de la erradicación de tan asqueroso delito.

Benedicto XVI, sin embargo, se equivoca. No es cierto que el pecado esté dentro de la Iglesia. No, Santidad: el pecado es la propia Iglesia. Ese cáncer implacable que desde hace dos mil años ataca sin cesar la creatividad del espíritu de humano, tratando de imponer en su lugar la culpa, el dolor, la amargura, la expiación; ese cáncer que trata a toda costa de ahogar el placer, la alegría de vivir, la inocencia y que para conseguir sus propósitos lo mismo inventa historias que nadie puede comprobar de fragantes más allá, que manda a la hoguera a todo el que se atreve a contradecirla, lo mismo proclama cruzadas que persigue hasta la expulsión de su país a etnias enteras que no están dispuestas a seguir sus creencias.

miércoles, 19 de mayo de 2010

De cómo aprendí a amar al prójimo


Yo también tuve un tío cura. No era tío, tío: era primo de mi madre. ¡Tenía tanto carisma, con su sombrero de teja y su manteo! Todo el mundo le besaba la mano. Así es que yo también quise ser como él.

Mi madre, encantada. No es que fuera muy devota, ¡pero tener un hijo sacerdote! Movió cielo y tierra para conseguirme una beca, porque para ser cura había que pagar y en mi casa no había dinero, lo que había era hambre. Un preboste de la parroquia, que tenía negocios en cosas del aceite, estuvo, al fin dispuesto a soltar mensualmente la tela y así un día de finales de septiembre yo entré en el seminario.

Tuve la suerte de inaugurar el del Santa María de los Ángeles, localizado en un paraje soberbio de la sierra de Hornachuelos, donde el Duque de Rivas sitúa la acción de su drama Don Álvaro o la fuerza del sino.

¡Ah, qué año feliz de mi vida fue aquél! Éramos 106 compañeros y estábamos gobernados por tres sacerdotes seculares, don Salvador, don Antonio y don Juan. Los dos primeros abandonaron, el segundo creo que después de ser párroco de Santa Marina. El tercero llegó a canónigo y formó parte del consejo de administración que ayudó a hundir Cajasur. Aquella sierra estaba llena de venados y don Antonio era un gran cazador. Todos los días teníamos carne de ciervo en la mesa, hasta en el cocido y a mí, que nunca fui un gran comedor, cada día me gustaba más. Pero no era sólo la comida, era el increíble paisaje, la lejanía del mundanal ruido con su extraordinaria miseria, los baños en el río cuando llegó el buen tiempo... Aunque sin puerta, sólo cerrado con una cortina, teníamos hasta nuestro dormitorio individual.

Al año siguiente, nos pasaron a San Pelagio, en la capital, frente a la Mezquita y al Palacio del Obispo, pues en Santa María de los Ángeles sólo se hacía el primer curso de la carrera. San Pelagio era un sitio oscuro, lúgubre, tenebroso. Lo dirigían los jesuitas y estas eran entonces palabras mayores. Alguien recordará todavía a muchos de los padres de entonces. Yo sólo recuerdo al padre Vivar, tan derecho, tan encopetado, tan categórico.

En San Pelagio aprendí a amar al prójimo. La comida era mala y escasa. Y además muy mal cocinada. Y a los señores jesuitas no se les ocurrió otra cosa que permitir que nos trajeran comida de casa, o que se la enviaran a los de fuera. Permitieron más: que el que quisiera se llevara la comida al comedor.

La verdad es que en las casas de la mayoría había poco que mandar y, aparte de algún tarrito de miel o algún tubito de leche condensada, no teníamos nada con que alegrar lo que nos preparaban los señores jesuitas.

Pero a algunos la interminable posguerra no parecía afectarles y recibían de su casa olorosos y bien surtidos paquetones. Había uno, Gregorio se llamaba, de Pozoblanco, grande, rollizo, pelirrojo, que en la larga mesa de mármol se sentaba enfrente de mí y que todas las noches, mientras tratábamos de engullir nuestra ración de lentejas viudísimas, él se ponía en el plato tremendas lonchas de jamón bien veteado de brillante tocinillo, o tronchos de un salchichón gordo como su brazo y de un maravilloso color nazareno salpicado de gotas de marfil.

¡Cómo comía el gachó, cómo comía! ¡Con qué fruición movía los carrillos, los dos a la vez! Algunas noches hasta gotitas de sudor brotaban de su frente, mientras la nuez, con precisa cadencia, no dejaba de subir y bajar por su gaznate.

Ni "¿queréis?", preguntaba el tío, aunque no fuera más que por cortesía. Cómo lo iba a preguntar si veía en nuestros ojos y en toda nuestra cara cual hubiera sido la respuesta

domingo, 16 de mayo de 2010

Un cuerpo glorioso


Hoy, domingo, dieciséis de mayo de 2010, he estado en misa. Sí, a las diez y media, en la iglesia de San Pedro.
Después de tantos días de nubes y de agua, ha amanecido un día tan esplendoroso que he cogido mi cámara de fotos y me he echado a la calle tempranito a disfrutar de esta ya casi inesperada y preciosa resurrección.Caminar temprano un día de fiesta por las calles de Córdoba es un lujo que no cuesta dinero y del que, sorprendentemente, muy pocos gozan.

Disparando mi máquina a cada paso, me he extraviado por las callejuelas de Santa Marina, por San Agustín, por San Lorenzo... Se requiere tan poco para disfrutar de la vida que no logro entender cómo la gente se empeña en correr tanto para llegar a ningún sitio. Tanto y tanto viaje a tierras lejanas y exóticas y no han escuchado nunca, una mañana de domingo, en la plaza de la Magdalena, por ejemplo, el murmullo de la fuente junto al piar de los gorriones hambrientos en la copa de los árboles.

A las diez y media, entré en la iglesia de San Pedro. La misa acababa de empezar y decidí quedarme. Un templo gótico impresiona siempre. Y a este la restauración concluida no hace mucho le ha sentado bien. Pero en la misa no hay más que veinticinco personas: dos niños de ocho o nueve años; un jovenzuelo de unos quince; dos señoras de entre treinta y cinco y cuarenta (una de ellas, rubia, pedirá un donativo pasando una cestita después del Credo) y el resto hombres y mujeres de más de sententa, dos de ellos claramente turistas. En un confesionario hay además un sacerdote no más joven que estos últimos fieles que, como nadie se acerca a confesar, abandonará su puesto a mitad de la homilia. A quien recuerda esta iglesia a rebosar ya en la misa de ocho (no digamos en la de doce), no deja de embargarle un extraño sentimiento mezcla de melancolía y de euforia, aunque también de prevención. Sí, es verdad, los fieles abandonan los templos en masa, pero nunca es más peligroso el dragón que cuando se encuentra herido.

El párroco de ayer, don Julián, rollizo, bien alimentado ofrecía sus homilías sentado en un gran sillón de tercipelo rojo, como un emperador. El de hoy, cuarentón y alopécico, lo hace de pie, ante un atril que apenas deja ver su cara. El de ayer no tenía que explicar nada. Era el momento de la Iglesia triunfante y le bastaba con repetir un año tras otro la secuencia evangélica del día. El de hoy se ve en no sé qué extraña necesidad de explicar lo inexplicable a una grey tan disminuida.

Da grima escucharlo. Se diría que habla para verdaderos imbéciles carentes del más mínimo atisbo de razón. Narra la ascensión de Cristo y, a continuación, asegura que tras la resurrección el cuerpo del Maestro adquirió un carácter glorioso que sanaba todos los males, curaba todas las dolencias y transmitía toda la felicidad. Seguidamente se pregunta por qué Jesús no se quedó con nosotros. Y el buen hombre se responde que tuvo dos buenas razones para no hacerlo. La primera consiste en que habría dejado sin misión a la Iglesia, y la segunda en que en ese caso nos veríamos libres de los males que nos aquejan, circunstancia harto contraproducente, toda vez que los seres humanos estamos obligados a sufrir, estamos obligados a padecer, si queremos alcanzar la salvación (repito sus palabras casi una por una.)
Es imposible que el buen hombre creyera lo que decía. O sea, Cristo, con el poder inmenso de un Dios omnipotente, tiene, con su sola presencia, la posibilidad de alejar de nosotros el sufrimiento y de convertirnos en seres felices y, no osbtante, después de morir en una cruz y de resucitar, en lugar de quedarse, va y se larga, porque no tenemos más narices que padecer. De tontos, tontos, tontos, vamos, o de auténticos malvados. Pero no, ni una cosa ni la otra, que, a pesar de todo, Cristo sigue siendo la cumbre más alta del amor, de la bondad, de la sabiduría, de la generosidad, etc., etc., etc.

Así es toda la teología católica: ¡Para llorar! La pinten como la pinten, la contradicción es siempre la misma: Si Dios es omnipotente, entonces es responsable del mal; y si no es omnipotente, ¿qué es?

Me fui en el Ofertorio. No conseguí llegar hasta la comunión, a ver cuántos de los veinticinco se acercaban a comulgar.

sábado, 15 de mayo de 2010

El único pecado



Hijo de la dictadura franquista, el único fascismo europeo que no fue vencido ni en el campo de batalla ni en el de la paz, mi educación fue, no podía ser otra, católica, apostólica y romana. A mí, como a otros muchos, me embadurnaron bien, bien, bien a base de catequesis y ejercicios espirituales, ambos, claro está forzosos.

Como a otros muchos, a mí también intentaron castrarme a fondo. Confieso que casi lo lograron. Supongo que me salvó mi escepticismo creo que innato, mi curiosidad y, más tarde, la circunstancia de haber dado con una magnífica librería -la Luque- en la que adquiríamos de tapadillo los libros que nos interesaban y cuya circulación prohibía la dictadura.

En aquellas inolvidables catequesis de entonces en que consistían las clases de religión aprendimos los mandamientos de Dios y de la Iglesia, los pecados capitales, las obras de misericordia, las oraciones, todo. Nos hablaban continuamente y con todos los detalles del infierno y casi nada del cielo. Y no cesaban nunca de condenar el sexo. Nunca. En aquellos tiempos, niños como éramos todavía, el único pecado que existía era la masturbación, aunque los curas, siempre tan pudorosos, nunca pronunciaban esta repugnante palabra, sino que se referían a ella con rodeos y perífrasis, tales como tocamientos, vicio solitario, cositas, y algunos, los más burdos, con términos como cochinadas o marranerías.

Hoy, tantos años después, ya no somos niños, claro, ha llovido mucho y han cambiado bastantes cosas. Pero la Iglesia continúa impertérrita con la misma condena. Para ella, el tiempo no ha pasado y, aunque ya no sea sólo la masturbación, los únicos pecados que sigue condenando de manera evidente son los relacionados con el sexo: la promiscuidad, el divorcio, el matrimonio homosexual, el aborto. Sexo, sexo y sexo. Contra el sexo como bandera la Iglesia ha salido a la calle en manifestación más de una vez en los últimos treinta años. Los demás pecados, ya sean capitales o los relacionados con los mandamientos, parece que no tuvieran importancia alguna o, paradójicamente, quedaran reducidos exclusivamente al ámbito privado.

Yo me pregunto por qué la Iglesia no condena con el mismo ímpetu el robo, por ejemplo, no sólo en la versión tradicional de aporarse directamente de los bienes ajenos, sino también en sus variadas formas modernas, desde la corrupción, tan en boga, hasta los préstamos al 23 %, interés que la ley permite pero que no deja de ser un robo, la explotación sistemática de los inmigrantes sin papeles (¡ay esos jornaleros de color o esas sirvientes domésticas sudamericanas), o la especulación, forma la más sublime del robo moderno.

Si el quinto mandamiento prohibe taxativamente matar, sin distingos ni excepciones, me pregunto por qué la Iglesia no saca a la calle a sus huestes para protestar contra la pena de muerte, o contra la guerra, o contra el asesinato de mujeres, tan habitual hoy día (es muy posible que la excomunión de los asesinos disuadiera a más de uno de llevar a cabo su fechoría), o contra la pobreza, que es la forma más canalla de asesinato que podemos cometer.

Si de veras quisiera, la Iglesia tiene campo de sobra para salir a la calle. Por ejemplo, para condenar la avaricia de los banqueros; la lujuria de los que gastan miles de euros en un traje o en un bolso de una sola temporada o de los que acumulan centenares de pares de zapatos, mientras en el mundo mueren cada día cuatro mil niños de inanicción; la gula de los paises desorrollados que no dudamos en devorar las selvas de los que apenas tienen para subsistir; la ira de los empresarios que, aprovechando la crisis, plantan en la calle a los trabajadores con el único propósito de reestructurar sus empresas; la envidia de esos caballeros que sólo aspiran a tener el coche más potente del país o la del político cuyo único afán es arrojar del poder al que lo ocupa para ponerse él; o la soberbia de los poderosos a los que no les importa acabar con la vida en la tierra con tal de lograr su beneficio.

Tiene campo la Iglesia. Ya lo creo que lo tiene. Más que nunca. ¿Por qué no lo explota?


sábado, 8 de mayo de 2010

¿Intocables?



Ayer. viernes, publicaba un artículo en El País don José María Martín Patino. Todo el que tenga memoria recordará que Martín Patino pasaba por ser un cura progresista, un cura conciliar, así llamado porque era un fiel seguidor de las directrices emanadas del Concilio Vaticano II, celebrado allá por 1963. Pues bien, si alguna fue progresista, es evidente que el paso de los años le hizo perder la memoria. En defensa de una libertad frágil, titula su artículo, en el que, so capa de defender la libertad de prensa, en realidad lo que hace es salir en defensa de la postura eclesiástica más roñosa ante el problema de la pederastia. Con una cara dura que impresiona en un hombre que, a fin de cuentas, no deja de ser un intelectual, don José María llega a felicitarse de "tener un Papa que se ha enfrentado con el crimen nefando de la pederastia y al que no le ha importado hacer frente a una bronca masiva que, estoy seguro, no se ha producido en toda la historia, ni en la plaza de las Ventas." Continúa pidiendo "un poco más de consideración con los clérigos... (porque) ...al fin y al cabo no ocupan el porcentaje más alto de pederastia en nuestros cuerpos sociales. Tolerancia cero para ellos, pero respeto para su dignidad personal, al menos como la que conceden los Derechos Humanos a todos los ciudadanos" Y todo ello para acabar rematando con una acusación clásica, eso sí, expresada sibilinamente, la del anticlericalismo que nos domina a todos los que venimos denunciado no sólo estos crímenes nauseabundos, sino, mucho más, y esto se le olvida a don Manuel, su encubrimiento por parte de las autoridades eclesiásticas.

Qué desahogo, ¿no? Qué desparpajo. Qué enorme suficiencia se necesita poseer para escribir estas cosas sin que te tiemble la mano. Progresistas o no progresistas, cuando se trata de defender el chiringuito todos responden con la misma contundencia, las mismas falsedades y el mismo insulto.

Me pregunto de qué mística aureola disfrutan estos señores para que no puedan ser criticados. ¿Quiénes son un sacerdote o una monja católica para que debamos rendirle pleitesía y decir amén a todas y cada una de sus ocurrencias? ¿Quién es el obispo de donde se quiera? ¿Y el papa, quién es, de qué superioridad disfruta con respecto al resto de los mortales? La misma Iglesia, como organización, ¿está por ventura fuera del mundo y, por consiguiente, exenta de reparos o de reproches? En España, en concreto, ¿no sigue sufragando el Estado buena parte de su presupuesto? ¿Y el Estado no somos todos? ¿Entonces, de qué se quejan?

Más todavía: Si leal, democráticamente alguien crítica al gobierno de turno y busca su sustitución por otro más acorde con sus ideas, ¿debe ser censurado por ello? ¿Qué organización humana está exenta de reprobación, si se hace merecedora de ella? ¿Cual es pues el motivo por el que la Iglesia ha de creerse impune? ¿En qué se basa su superioridad? Quizás, como ellos pretenden, la fundara el mismísimo Hijo de Dios, vale, aceptémoselo. Pero es una obra enteramente humana, no hay más que echar un vistazo a su trayectoria. ¿Por qué, entonces, en cuanto alguien alza una voz contra ella o alguno de sus miembros, ha de ser tachado de anticlerical, de hijo de satán, de endemoniado, de enmigo de Dios, por qué? ¿Quién, a lo largo de la historia, ha sido el verdugo y quién la víctima?

Que prediquen todo lo que quieran, que proclamen su mensaje como y donde les parezca más oportuno, no seré yo quien se lo prohíba. Pero que dejen de insultar, por favor. Y, mejor aún, que dejen de mentir. Pero, claro, ¿qué sería de la religión, de todas las religiones sin mentiras?

domingo, 2 de mayo de 2010

De cómo aprendí a amar la música


Yo hice la enseñanza primaria en los Salesianos. En los gratuitos, aquellos que entraban por una puertecilla lateral rehundida ligeramente en el muro y pintada de un gris azulón.

A los Salesianos les encanta -o les encantaba, ahora no lo sé- la música. Reunían a las nueve clases que formaban el colegio en el patio y nos ponían a aprender canciones sacras -Alzar el lávaro sagrado y cosas por el estilo- después de la hora de la salida, que entonces eran las cinco y media de la tarde.

Un día se les ocurrió organizar un coro y nos probaron la voz no recuerdo a cuántos, a muchos, a casi todos. Con santa paciencia nos fueron fueron probando la voz uno a uno. A mí me escogieron. Yo no había cantado en mi vida, pero me escogieron. Tenía nueve años y una carita de ángel más bien tirando a hambriento.

Quizás alguien recuerde todavía a don Félix. Era un cura grande, grande, enormemente grande, con la cara aguzada y el pelo cortado al cepillo. El fue el director del coro.

Ensayábamos en el teatro-cine. Dos o tres días a la semana, no recuerdo. Tampoco recuerdo la canción con la que empezamos. Una misa, quizás.

Éramos unos veinte, todos con la misma carita de ángeles hambrientos y con las mismas ganas de salir pitando. Don Félix se afanaba en la dirección, tanto que a los dos o tres días todos poníamos nuestro mayor empeño en aprender deprisa.

Debíamos llevar ya unas tres semanas cuando empezaron los problemas. Ya sabíamos la canción y ahora sólo se trataba de repetir y repetir hasta lograr el tono y el ritmo adecuados. Nuestras voces subían y bajaban entusiastas, fervientes.

Fervientes, sí. Y entusiastas. Eso creía yo. Aquel día, mientras marcaba el compás, don Félix alargaba una y otra vez su robusto cuello, como sí... no sé, como si pretendiera captar la esencia más íntima de nuestro canto. Una y otra vez alargaba el cuello y torcía ligeramente la cabeza y elevaba la oreja, sí, sí, la elevaba, lo recuerdo muy bien.

De pronto alzó el brazo y nos detuvo. Un silencio ominoso se extendió velozmente por todo el teatro.

-A ver, a ver, Molón, sí tú, Molón. Ven aquí, hijo mío, ven, ven.

Salí rápidamente del grupo y me puse ante él.

-Ahora tú solo, Molón, canta tu solo.

Don Félix me dio la entrada y yo empecé a cantar con el orgullo de ser un ejemplo para mis compañeros.

Debí cantar un par de compases, ni uno más. Al iniciar el tercero...

¡Buuunnnn! La manaza enorme de don Félix se estrelló con todas sus fuerzas contra mi mejilla izquierda. No llegué a caerme, pero dí trastabilleando más de media docena de pasos a mi derecha.

-Vete y no peques más- le dijo Cristo a la mujer adúltera a la que el populacho pretendía lapidar.

Conmigo don Félix fue algo menos caritativo.

-Vete -me dijo sin inmutarse-. Y no vuelvas más.