-Padre
-¿Sí?
-Verá usted, padre, yo es que tengo algunas dudas y...
-¿Dudas? ¿Qué dudas ni dudas? Tú lo que tienes que hacer es rezar, rezar. Ya verás cómo se te van todas las dudas.
El de las dudas era este que escribe, con doce o trece años. El padre era don Juan, el coadjutor de la parroquia de San Pedro, mi parroquia, un cura achaparrado y cetrino al que el niño que yo era le parecía el más accesible de todos los sacerdotes que conocía, que, por aquella época, no eran pocos.
Mucho tiempo después y con todo lo que ha llovido desde entonces, Karen Armstrong, en su libro En Defensa de Dios, viene a decirnos los mismo: ¿Dudas? La fe no admite dudas, lo que hay que hacer para evitarlas es rezar, rezar y rezar. La fe que esta autora defiende, no es creer sin pruebas efectivas, sino "confianza, empeño y compromiso", para lo que se necesita un continuo entrenamiento. No hay que hacerse preguntas, viene a afirmar la autora, lo que hay que hacer es entregarse. Y pone como ejemplo a los deportistas de elite o a los bailarines de ballet, quienes consiguen sus formidables actuaciones a base de una práctica continua y sin vacilaciones.
¿Pero qué Dios es este de la señora Amstrong, que además necesita su defensa? No el Dios al uso, al que la mayoría de los teólogos pretenden acercarse a través de especulaciones filosóficas, sino una Entidad abstracta, inefable, indefinible e inalcanzable, al que sólo se puede atisbar mediante la entrega a una serie de ejercicios de carácter místico que conducirían a un estado alterado de conciencia. Eso sí, estos ejercicios, que vendrían a constituir una especie de camino inicíatico, no debe realizarlos uno solo, sino dirigidos por un maestro, una especie de tutor o de gurú.
Para llegar a este aserto, doña Karen, que fue monja católica durante nueve años y hoy es profesora universitaria, realiza una interpretación sumamente curiosa de la historia y de los movimientos religiosos, hasta el punto de que para ella Cristo sería poco más que un mago, el Islam nunca defendió la guerra santa y el Dios de las cruzadas o el de esos mismos teólogos de la razón, por ejemplo, es sólo un ídolo que la misma razón puede derribar. Ella está por la teología que llama apofática, es decir, la que parte del hecho de que Dios es incognocible, una teología nada científica, sino, por el contrario, emocional o, lo que es lo mismo, aunque ella no lo dice así, irracional. Una teología que vale igual para el cristianismo, que para el islamismo, el judaísmo, el budismo, etc, para todo, como los viejos elixires medicinales.
Como se ve, todo un programa. Se trata del último camino emprendido por los que se niegan a admitir que, a la luz de lo que hoy conocemos fehacientemente, si Dios existe, ni se preocupa de nosotros ni nosotros lo necesitamos para nada. El camino de los que se siguen aferrrando al misterio, sin advertir que un misterio es tal hasta que deja de serlo. Como quiera que, pasito a pasito, la ciencia con sus descubrimientos ha ido, y va, desmontando, la intervención de Dios en fenómenos que antaño Él producía, sus celebres castigos, por ejemplo, en las epidemias de la Edad Media, Karen, como otros muchos, reniega del cientifismo teológico, porque por esta vía tienen todas las de perder y no están dispuestos a aceptar su derrota.
Mención específica, por canallezca, tiene la invocación a las estados alterados
de conciencia. Así cualquiera: un señor o una señora con la conciencia alterada pueden ver y aceptar como absolutamente reales lo que le echen. Pensemos en la gran variedad de drogas, incluido el alcohol, que nos alteran la conciencia, y en sus efectos en nuestras visiones y en nuestro comportamiento. Pero pensemos también en la multitud de sectas, la mayoría destructivas, cuya forma de actuar consiste precisamente en inducir en sus seguidores un estado alterado de conciencia. Hay ejemplos de suicidios colectivos por esta vía. ¡Claro, claro que conseguimos entrar en contacto con Dios por este camino! ¡Por supuesto! Y hasta podemos tomarnos unas copas con Él, si nos apetece. Si para completar el viaje nos guía un gurú o uno de esos telepredicadores que, especialmente en América, logran que sus fieles proclamen a gritos sus pecados mientras se golpean furiosamente el pecho y hasta llegan al éxtasis, habremos conseguido además que se mantenga un suculento empleo que hace rico al que ejerce.