domingo, 21 de febrero de 2010

¿En defensa de Dios?



-Padre

-¿Sí?

-Verá usted, padre, yo es que tengo algunas dudas y...

-¿Dudas? ¿Qué dudas ni dudas? Tú lo que tienes que hacer es rezar, rezar. Ya verás cómo se te van todas las dudas.


El de las dudas era este que escribe, con doce o trece años. El padre era don Juan, el coadjutor de la parroquia de San Pedro, mi parroquia, un cura achaparrado y cetrino al que el niño que yo era le parecía el más accesible de todos los sacerdotes que conocía, que, por aquella época, no eran pocos.

Mucho tiempo después y con todo lo que ha llovido desde entonces, Karen Armstrong, en su libro En Defensa de Dios, viene a decirnos los mismo: ¿Dudas? La fe no admite dudas, lo que hay que hacer para evitarlas es rezar, rezar y rezar. La fe que esta autora defiende, no es creer sin pruebas efectivas, sino "confianza, empeño y compromiso", para lo que se necesita un continuo entrenamiento. No hay que hacerse preguntas, viene a afirmar la autora, lo que hay que hacer es entregarse. Y pone como ejemplo a los deportistas de elite o a los bailarines de ballet, quienes consiguen sus formidables actuaciones a base de una práctica continua y sin vacilaciones.

¿Pero qué Dios es este de la señora Amstrong, que además necesita su defensa? No el Dios al uso, al que la mayoría de los teólogos pretenden acercarse a través de especulaciones filosóficas, sino una Entidad abstracta, inefable, indefinible e inalcanzable, al que sólo se puede atisbar mediante la entrega a una serie de ejercicios de carácter místico que conducirían a un estado alterado de conciencia. Eso sí, estos ejercicios, que vendrían a constituir una especie de camino inicíatico, no debe realizarlos uno solo, sino dirigidos por un maestro, una especie de tutor o de gurú.

Para llegar a este aserto, doña Karen, que fue monja católica durante nueve años y hoy es profesora universitaria, realiza una interpretación sumamente curiosa de la historia y de los movimientos religiosos, hasta el punto de que para ella Cristo sería poco más que un mago, el Islam nunca defendió la guerra santa y el Dios de las cruzadas o el de esos mismos teólogos de la razón, por ejemplo, es sólo un ídolo que la misma razón puede derribar. Ella está por la teología que llama apofática, es decir, la que parte del hecho de que Dios es incognocible, una teología nada científica, sino, por el contrario, emocional o, lo que es lo mismo, aunque ella no lo dice así, irracional. Una teología que vale igual para el cristianismo, que para el islamismo, el judaísmo, el budismo, etc, para todo, como los viejos elixires medicinales.

Como se ve, todo un programa. Se trata del último camino emprendido por los que se niegan a admitir que, a la luz de lo que hoy conocemos fehacientemente, si Dios existe, ni se preocupa de nosotros ni nosotros lo necesitamos para nada. El camino de los que se siguen aferrrando al misterio, sin advertir que un misterio es tal hasta que deja de serlo. Como quiera que, pasito a pasito, la ciencia con sus descubrimientos ha ido, y va, desmontando, la intervención de Dios en fenómenos que antaño Él producía, sus celebres castigos, por ejemplo, en las epidemias de la Edad Media, Karen, como otros muchos, reniega del cientifismo teológico, porque por esta vía tienen todas las de perder y no están dispuestos a aceptar su derrota.

Mención específica, por canallezca, tiene la invocación a las estados alterados de conciencia. Así cualquiera: un señor o una señora con la conciencia alterada pueden ver y aceptar como absolutamente reales lo que le echen. Pensemos en la gran variedad de drogas, incluido el alcohol, que nos alteran la conciencia, y en sus efectos en nuestras visiones y en nuestro comportamiento. Pero pensemos también en la multitud de sectas, la mayoría destructivas, cuya forma de actuar consiste precisamente en inducir en sus seguidores un estado alterado de conciencia. Hay ejemplos de suicidios colectivos por esta vía. ¡Claro, claro que conseguimos entrar en contacto con Dios por este camino! ¡Por supuesto! Y hasta podemos tomarnos unas copas con Él, si nos apetece. Si para completar el viaje nos guía un gurú o uno de esos telepredicadores que, especialmente en América, logran que sus fieles proclamen a gritos sus pecados mientras se golpean furiosamente el pecho y hasta llegan al éxtasis, habremos conseguido además que se mantenga un suculento empleo que hace rico al que ejerce.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Fragmentos IV


1.- Ve, vende todo cuanto tienes y dáselo a los pobres. Vale. Pero ellos prefieren la propiedad privada.


2.- ¡Resignación! ¡Resignación! Ahora lo repiten menos, pero entonces era su cantilena preferida. ¡Resignación! El rico, el poderoso, se resignaba con una enorme facilidad. Al pobre, al perseguido por la policía, al marginado, le costaba algo más de trabajo.


3.- Vale, vamos a creer, vamos a creer todos. Lo que me pregunto es para qué carajo sirven los intermediarios.


4.- ¡Ay, amigos! Si supierais cuánto dinero cuesta que el papa nombre santo a un paisano, sabríais exactamente en qué consiste la santidad.


5.- ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo! ¡Qué cabrón! Cómo sabía que cuanto más lo repetía mayor y más hondo era el canguelo de los que lo escuchaban.

domingo, 14 de febrero de 2010

Camino



He vuelto a ver la película Camino, ahora en TVE, y de nuevo he vuelto a experimentar el cúmulo de sentimientos encontrados de la primera vez. La película es impresionante, no en vano se llevó un montón de premios en los Goya de 2008. Cuenta el calvario padecido por una adolescente de 14 años desde el momento en que experimenta los primeros síntomas de un cáncer en el cuello hasta su fallecimiento, cinco meses después. Tiene secuencias estremecedoras, como las distintas operaciones que sufre la chiquita, secuencias que, no obstante, han sido tratadas por el director, Javier Fesser, con enorme delicadeza, lo que le confiere un dramatismo todavía mayor. El director, además conjuga con gran habilidad dosis semejantes de verismo y de imaginación, de manera que, en ocasiones, recuerda a Alicia en el páis de las maravillas.

Con todo, lo más angustioso de la cinta no es el sufrimiento de la adolescente, sino el comportamiento de los personajes que la rodean. Trato de escribir con la mayor serenidad posible, pero no sé si voy a conseguirlo. La madre de la chiquita y una tía, así como una hermana algo mayor, pertenecen al Opus Dei, lo mismo que los médicos que la atienden en el último estadío de su enfermedad y dos sacerdotes, cuyo principal objetivo es que la niña se integre en la Obra antes de su muerte. Y es aquí, en el tratamiento de estos personajes, donde el director se muestra más verista, puesto que todos ellos responden exactamente a la realidad. Su actitud ante el sufrimiento de la protagonista es absolutamente repugnante, especialmente la de los dos sacerdotes. No experimentan el más mínimo dolor, sino que, incluso llenos de orgullo, repiten una y otra vez que Dios llama a su lado a la enferma porque la ama y que sus inmensos padecimientos constituyen prueba evidente de que el amor divino es extraordinario. Producen, a mí, al menos, me lo produjeron, tanto asco que, en alguna ocasión, me daban ganas de gritarles: ¿pero qué clase de monstruos son ustedes y qué clase de verdugo es ese Dios que no le basta con llevarse a la niña, sino que, además, tiene que hacerlo en medio de los más horrorosos tormentos? ¿No tienen piedad? ¿No saben lo que es la compasión?

Lo más repulsivo es que no se trata de la imaginación del autor, sino de la realidad. El Opus Dei es una secta, una secta de las que lavan el cerebro y de las que resulta sumamente díficil, si no imposible, salir. En la película se describe muy bien este hecho mediante el personaje de la hermana de la protagonista, una pobre infeliz que entra en la Obra tras un desengaño amoroso provocado por la madre. Sus miembros, rígidamente separados entre mandamases y siervos y entre hombres y mujeres muestran al mundo un fervor y una entrega a Dios que para muchos puede resultar loable. Pero es todo mentira. Lo único que buscan es su seguridad. Instalados en el trono de la certeza, que es el más repugnante de los tronos, niegan el riesgo de vivir y niegan el dolor inherente a la vida, principalmente cuando se trata de vidas ajenas. Con esta actitud, pretenden pasar por héroes. Pero, en verdad, no son más que viles cobardes, porque ante un dios como el que ellos dicen adorar, ante ese malvado ídolo que exige todo el sufrimiento posible de sus víctimas, no ya a un héroe, a cualquier ser humano no le queda otro camino que el de la rebelión, aunque con ello lo único que alcance sea la desintegración o el castigo eterno. Y es más mentira aún cuando hoy todo el mundo sabe, menos el que no quiere saberlo, que el único dios al que adora esta gente no es otro que el dinero, el dinero y el dinero. Por sus obras los conoceréis. Y no hay más que asomarse a las obras de la Obra para comprobarlo.
La película constituye una importante denuncia de toda esta hipocresía y este cinismo. Y es una denuncia mayor porque no es una obra de ficción pura, sino que está basada en la vida real de Alexia González-Barros, una muchachita que falleció en 1985 a los 14 años víctima de una dolorosísima enfermedad. Perteneciente a una familia del Opus Dei, Alexia se encuentra actualmente en proceso de beatificación, cosa que, sin duda, no tardará mucho en conseguir la Obra. Así junto al señor marqués, podrá tener también un niño suyo en los altares, como lo tienen buena parte de las órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas.

sábado, 6 de febrero de 2010

Como el Joaquinito


1.- Sé muy bien que los bienes que tú tienes no son tuyos, Dios los ha dado al mundo para provecho del hombre: no son del hombre, no, sino para las necesidades del hombre.

Bernardino de Siena (1380-1444)


2.- No existe ningún otro camino para el bienestar del Estado que no sea el de que cada uno adore al verdadero Dios, pero ese es el Dios del los cristianos.

San Ambrosio. (340-397) Obispo de Milán


3.- Los papas, sucediendo a Jesucristo, verdadero rey y verdadero sacerdote según el orden de Melquisedec, han recibido la monarquía real al mismo tiempo que la monarquía pontifical, el imperio terrestre como el imperio celestial.

Inocencio IV (1243-1254)


4.- No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio, porque Adán fue primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión. Con todo, se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad.

San Pablo. Epístola a Timoteo 2, 12-15


5.- Os vais a quedar como el Joaquinito.

Los curas de los salesianos para que no nos masturbásemos. El Joaquinito era un pobre tonto baboso que andaba rondando la puerta del colegio