viernes, 29 de enero de 2010

¿Pecadores?


Acabo de sacar un libro de la Biblioteca Pública: En defensa de Dios, de Karen Armstrong. Lo he sacado porque en esta materia me gusta leer de todo, no sólo aquello que puede estar más directamente en mi onda y, al mismo tiempo, intrigado porque a estas alturas Dios necesite todavía ser defendido y, más aún, ser defendido por un ser humano, es decir, por, como ellos afirman, una de sus criaturas.

Lo abro para ojearlo antes de iniciar la lectura en firme y, tras los agradecimientos de la autora, en la Introducción, página trece, línea 18 me encuentro con la expresión: Recordamos a Dios que él creó el mundo y que nosotros somos miserables pecadores... Y no puedo seguir. Hasta la última célula de mi cuerpo se encabrita y se retuerce: ¿Pecadores? ¿Pecadores de qué?

No hace aún mucho tiempo los capitanes de los barcos reclutaban al grueso de la marinería en las tabernas de los alrededores del puerto, los emborrachaban, si es que no estaban borrachos ya, o, con habilidad, les hacían perder el sentido con un certero golpe en la cabeza y cuando despertaban se encontraban a bordo y en alta mar. ¿Y aún pretendía el capitán que aquellos marineros contratados de semejante modo pusieran todo su empeño en la realización de sus tareas? ¿Aún pretendía llamarlos rebeldes si se rebelaban y se negaban a trabajar?

Creo que la comparación se queda infinitamente corta, pero, ¿qué somos realmente nosotros sino algo así como esos marineros arrojados al barco como fardos y sin pedirnos para nada nuestra opinión? Si es verdad que Dios existe, nuestra situación es realmente mucho, pero mucho, mucho más adversa que la de aquellos marineros, porque ellos, al menos, tienen la oportunidad de escapar cuando tocan un nuevo puerto, en cambio nosotros estamos atrapados en un cepo del que no hay escapatoria posible. ¿Y todavía tenemos que llamarnos pecadores? ¿Y todavía tenemos que doblar la cerviz y esperar que caiga sobre nosotros la ira de nuestro amo? Bien, pues, como los marinos del barco, si tenemos que hacerlo lo haremos, pero, hombre, que no nos hablen encima de bondad, ni de amor, ni de misericordia, ni de justicia, ni de ninguno de esos conceptos maravillosamente rimbombantes con los que pretenden, y no se yo por qué, endulzarnos el pastel.

Escribo bastante cabreado, porque nunca consigo digerir semejante tipo de expresiones. Cuando lo lea del todo, daré una opinión más concreta del libro, pero de entrada sostengo que yo estoy aquí a la fuerza, en contra de mi voluntad y sin habérseme pedido mi opinión, igual que todos. Sostengo que esta es una realidad de partida que se les escapa por igual a los hombres y mujeres religiosos que a los filósofos y, la verdad, no consigo explicarme por qué.

domingo, 24 de enero de 2010

Fragmentos III


1.- ¡Boga, boga, boga! Mientras la nave se mantenga a flote, nuestra salvación está asegurada. ¡Y nuestro pan! Es lo único que les interesa.


2.- De niño me explicaban que la situación del alma en el cuerpo éra comparable a la de la tinta en la estilográfica. Es cierto, la estilográfica no escribe sin la tinta. Pero, y la tinta, ¿qué puede hacer la tinta sin la estilográfica, aparte de emborronar la página? Tal vez, se trataba de una charada con la que pretendían decirnos secretamente que, en realidad, el alma, como tal, carece de existencia.


3.- ¿No conformarse y otorgar al pecado la categoría de delito? ¿De qué nos escandalizamos? Es lo que han venido haciendo desde Prisciliano hasta ayer mismo.


4.- Aceptaré de pleno el arte de la profecía cuando alguien acierte el número del primer premio de los cinco próximos sorteos de la lotería nacional. No necesitaré nada más.


5.- ¿Cómo supo el pueblo judío que en el monte Sinaí había habido una zarza que ardía sin consumirse? Porque se lo dijo Moisés, el único testigo. ¡Ay, amigo! Entonces, a quien el pueblo judío creyó no fue a Yahvé, sino a Moisés.


6.- Me explicaron muy bien qué era el infierno: todo su sufrimiento, todas sus llamas, todos sus horrores, con detalles que abrasaban el alma, con ejemplos que aterrorizaban. Sin embargo, del cielo... del cielo me dijeron sólo que consistía en la visión eterna de Dios.


7.- ¿Creer? Si verdaderamente creyeran, ¿iban a estar dirigiendo bancos?


8.- Claro, ellos prefieren que seamos ovejas, con esa intención nos educan. Es su animal favorito. Las ovejas son mansas, no se mueven por sí solas del sitio al que las lleva el pastor y se encaminan sin una queja al matadero. ¡Y, además, dan lana, carne, leche y queso!


9.- El problema de los intermediarios es que son hombres, hombres como nosotros. Ni más ni menos.


10.- Ladran, luego algo tienen que esconder. Y cuanto más ladran, más y más copioso es lo que esconden. Véase, como último ejemplo, el caso de Iris Robinson, la extremadamente conservadora esposa del primer ministro de Irlanda del Norte.

viernes, 15 de enero de 2010

Algunas perlas


TRIDUO A SAN FERNANDO


Oración para todos los días

Dios y Señor mío, que os dignasteis serviros de vuestro Santo para el triunfo de la Fe contra los ejércitos agarenos que amenazaban el santuario de nuestra Patria, os doy gracias de lo más profundo de mi alma cristiana y española por las virtudes con que honrasteis a este rey insigne, suplicandoos acierte yo a seguir sus huellas luminosas, y que por su intercesión alcance lo que pido en este piadoso triduo. Así sea.


Oración para el día primero

Mírame en tu presencia, ¡oh Santo Rey!, lleno de confianza en vuestra protección; soy hijo de este mismo suelo que al golpe de tu espada fue rescatado para el Cristianismo y siento como tú las necesidades de mi Patria. Haz por tu valioso poder delante de ese Dios de los ejércitos, de quien es siempre la fuerza y la victoria, que nuestra España querida mantenga por los siglos incólume la unidad de su fé católica, principio de su grandeza, y que en el alma juvenil de todas las generaciones prenda viva la llama del valor cuando se ataque la integridad del dogma y de las buenas costumbres. Tú, que con las armas en la mano velaste con tanto celo sobre esta herencia del Señor, no dejaras de escuchar mis ruegos y harás que esta gracia tan singular descienda sobre todo el Cuerpo de la Patria. Así lo espero de tu poderoso patrocinio.


Oración para el día segundo

¡Oh, glorioso San Fernando! Tú que desde el Cielo has presenciado los grandes esfuerzos de nuestra Reconquista, y la generosidad de la sangre de nuestros hermanos en la lucha fiera contra las hordas del infierno; Tú que con tus ejemplos nos enseñaste la eficacia simultánea del arrojo y de la oración, del deber patrio y de la piedad cristiana, haz fuerza al Dios, en cuyas manos está la suerte de las naciones, para que los principios que impulsaron este Movimiento con todas sus exigencias de Pan, Patria y Justicia, se traduzcan en espléndidas realidades a fin de que todos los hombres y todas las clases, después de glorificar al Señor en esta vida, encuentren su salvación en la otra. Así sea.


Oración para el día tercero

Otro día más vengo aquí, Santo de mis amores, en súplica de otras gracias, completamente seguro de que por tu mediación las he de conseguir. Quiero que este Caudillo invicto nuestro, que, como tú, no ha dado descanso a la mano en las conquistas de la guerra y de la paz, lleno de fe en Dios ante las amenazas del mundo entero por nuestra condición católica, que el Señor le conserve su vida, que siga inspirándole y fortaleciéndole en el régimen de su pueblo y que con esa su sabiduría y prudencia conduzca a España a la más alta cumbre de la prosperidad. Al mismo tiempo te pido, Santo abogado mío, que vuelvas los ojos a todos los que constituyen el Frente de Juventudes, Mandos y escuadristas, para que ante los Ideales de Dios y de España jamás decaiga su espíritu, para que en el servicio y en el sacrificio su puesto sea el primero, para que los años de nuestra juventud en la obediencia y en la disciplina sean la gran siembra que un día estalle en riquísima fructificación. Así sea.


1).- Tomado al azar del librito Hacia Dios, devocionario y directorio de la juventud española, tercera edición, publicado por el presbítero Indalecio Hernández Collantes en 1954, obra, según se indica en la portadilla, bendecida por el Episcopado y aprobada por el Ministerio de Educación Nacional en la Orden del 7 de marzo de 1952.


2).- San Fernando, por si alguien no lo recuerda, fue un gran matador de hombres, eso sí, de hombres del otro bando, del bando de los agarenos, es decir, de los musulmanes, que en aquellos tiempos, de acuerdo con las ideas de don Indalecio, eran los que constituían las hordas del infierno.


3).- En 1954 el Caudillo invicto seguía firmando todos los días su media docenita de penas de muerte. Eso sí, contra aquellos infames que formaban parte, otra vez, de las dichosas hordas del infierno.


4).- Y ahora nos vienen con que se sienten perseguidos por el laicismo y por el relativismo radical. Como si fueran inocentes corderos y no tuvieran culpa alguna de lo que ocurre en el mundo.

miércoles, 13 de enero de 2010

Historiadores venales



Hay historiadores, más de dos, que no se proponen estudiar un periodo o un proceso histórico, sino defender una ideología, una causa, una institución. Son los historiadores venales, casi siempre pagados, más o menos directamente, por los amos de la institución, los dueños de la causa o las organizaciones en las que se encarna la ideología. El método de éstos, en muchas ocasiones eruditos magníficos, consiste, unas veces, en acopiar datos y más datos, resaltando los que interesan a sus fines, y, otras, en desparramarse en elaboradas explicaciones a lo largo de las cuales, a la par que se exponen los méritos propios, se resaltan los fallos ajenos, siempre con exquisita corrección, de modo que el resultado ofrezca la apariencia de la más pura neutralidad.


Uno de los ejemplos más obscenos, históricamente hablando, de este tipo de historiadores que he encontrado últimamente aparece en el libro Historia de la Iglesia, un tomazo de más de 1.500 páginas para cuya elaboración se han agrupado tres grandes talentos: Juan María Laboa, Franco Pierini y Guido Zaghemi, catedráticos, probablemente, (no aparece nota alguna acerca de ellos) en alguna universidad de esas que llaman de prestigio.


Como, sin duda, vale más un ejemplo que cien explicaciones, he aquí algunas muestras no precisamente de las más záfias:


1.- Acerca de la posición del historiador de la Iglesia: ...no se puede comprender la naturaleza de la institución eclesial si no se comparte la fe de la Iglesia, es decir, si no se es creyente. Uno que no sea creyente puede llegar a ser un gran erudito en historia de la Iglesia, pero nunca un verdadero historiador de la Iglesia, porque se le escapa el misterio de la Iglesia. (Pag. 775)


(¿Alguien conoce un ejemplo mejor y más claro de venalidad? Una cosa sí que puede decirse de estos caballeros: su sinceridad. Existen muchos historiadores venales, de los más variopintos campos, que lo disimulan a la perfección. Por ahí anda un tal Pío Moa, al que, de repente, la extrema derecha se le ha quedado a la izquierda. Sin embargo, bien mirado, esto, más que historia, ¿no será más bien catequesis?)


2.- Acerca del Islam: Las cruzadas fueron la respuesta de los cristianos a la guerra santa musulmana. Pero en el Nuevo Testamento no se habla de guerra santa, y en el Corán, sí... Las afirmaciones del Coram sobre este tema (la guerra santa) se van haciendo cada vez más claras y tajantes a lo largo de los 114 capítulos (suras)... Cuando Mahoma proclama este mensaje se encuentra en Medina, y no es ya el profeta indefenso de los años de la Meca; el islam (siempre con minúscula) no es ya sólo una propuesta religiosa, sino una verdadera imposición teocrática... (Pág. 332)


(O sea, a ver si nos aclaramos, para estudiar la historia de la Iglesia hay que ser creyente, es decir, católico, para estudiar la del Islam, no. Aparte, la gravísima tergiversación acerca del origen de las Cruzadas, que, al día de hoy, ningún historiador mínimamente serio acepta.)


3.- Acerca de Lutero, los judíos y el nazismo: ...Muy pronto, sin embargo, Lutero cambia de rumbo, llegando a la convicción de que la justificación por medio de la fe y el judaísmo son irreconciliables por naturaleza. Así, en 1543, publica un libro de unas doscientas páginas titulado Contra los judíos y sus mentiras, al que sigue muy pronto otro escrito todavía más violento, Shem Hamephoras. Shem Hamephoras es el nombre "a lo claro" de Dios... que a los fieles judíos les está prohibido pronunciar... Hitler puso en circulación cien millones de copias del Shem Hamephoras, sirviéndose de él para el antisemitismo de su sistema político. (Pág. 528)

(Por supuesto, del riquísimo, irracional, tenebroso e infame antisemitismo del catolicismo desde sus orígenes, ni una sola palabra, ¿para qué?)


4.- Acerca de la comuníón pascual: El control de la práctica de la comunión pascual fue un rasgo caraterístico de todo el ancien regime. Se puede considerar significativa una práctica que se seguía un poco por todas parte, pero de una manera especial en Roma, donde se mantuvo y fue habitual hasta 1870. En el periodo cuaresmal se distribuían... las tarjetas pascuales, generalmente impresas, con el nombre y apellidos del interesado... Más tarde el cabeza de familia devolvía la tarjeta, o bien era retirada por el párroco en el momento de la bendición de la casa, efectuando de este modo el control de los que cumplían con el precepto pascual. Tras la verificación se hacían repetidas advertencias a los inobservantes... con el fin de urgir a que se cumpliera el precepto. Los que seguían sin cumplir el precepto, convictos de pecado mortal, caían en entredicho. Antes del pontificado de Benedicto XV (1914-1922), se exponían en la puerta de la parroquia los nombres de los que no habían comulgado. En caso de contumacia, eran denunciados a la vicaria, y el que no se presentara en el plazo de doce días era declarado públicamente en entredicho. Los reincidentes incurrían en excomunión y, hasta 1829, los excomulgados eran detenidos y enviados a la cárcel. Se puede decir que, hasta la Revolución francesa, el sistema fue aceptado pacíficamente y tuvo cierta eficacia. Sin embargo, se cometió el error de mantenerlo vigente cuando los tiempos habían cambiado. (Pág. 688)


(¿Se puede explicar el asunto de una forma más cínica? Ni la más mínima censura al brutal control de doña Iglesia sobre sus siempre obligados feligreses. A la vista de estos hechos, el milagro no es que la Institución se mantenga viva después de 2.000 años, el milagro es que hayamos podido sacudirnos el yugo al que hemos estado sometidos la mayor parte de ese tiempo. Aquí se ve, además, para qué quieren estos señores la libertad que ahora tanto reclaman, mientras no dejan de clamar, pobrecitos míos, que se encuentran perseguidos)


¿Para qué más? Leed el libro. Se encuentra en las biblitecas públicas. A ratos, cabrea, pero, a ratos también, resulta desternillante. Hay centenares de perlas como estas, una, casi, en cada página y, a veces, más.



Historia de la Iglesia.- Editorial San Pablo. Madrid, 2005


sábado, 9 de enero de 2010

¡Toma ya!


"...Era mi propósito, (Leta), ... enseñarte cómo puedes educar a nuestra querida Paulita, la que antes de engendrada ya fue consagrada a Cristo, a la que recibiste antes en tus promesas que en tu seno...


Un alma que va a ser templo del Señor así debe ser educada. Que aprenda a ni oír ni hablar nada, a no ser lo que tenga que ver con el temor de Dios. Que no entienda las palabras feas, que ignore las canciones mundanas, que la lengua aún tierna se imbuya de dulces salmos. Que estén lejos de ella los niños en edad juguetona y que sus mismas esclavitas y sirvientas sean apartadas del trato del mundo, para que no enseñen peor cuanto mal aprendieron...


Ante todo hay que procurar que no odie los estudios... Debe elegirse un maestro de edad, vida y erudición intachables... Tú también has de procurar no acostumbrar a tu hija, con los inútiles melindres de las mujeres, a decir las medias palabras y a jugar con el oro y la púrpura, uno de los cuales arruina la lengua, el otro las costumbres, que no aprenda en la tierna edad lo que debe desaprender después...


Que la nodriza no sea borracha, ni deshonesta, ni charlatana; que tenga una niñera modesta, un tutor serio. Que aprenda para qué general, para qué ejército se educa la pequeña recluta...


Que su propia apariencia y vestido le enseñe a ella a quien ha sido prometida. Ten cuidado de no agujerearle las orejas, de no pintar su rostro consagrado a Cristo con carmín y albayalde, de no oprimir su cuello con collares de perlas y oro, de no recargarle la cabeza con gemas, de no volverle rubio el cabello de forma que a ella le anuncies el fuego del infierno...


Pretextata, en otro tiempo muy noble mujer, habiéndolo ordenado su esposo Himecio, que era tío de la virtuosa Eustoquia, cambió la forma de vestir y la apariencia de ésta y recompuso su pelo descuidado con ondulaciones, deseando vencer el propósito de la virgen (Eustoquia) y el deseo de su madre. Y hete tú que en la misma noche ve en sueños que ha venido junto a ella un ángel de rostro temible, que le amenaza con castigos y que le lanza bruscamente estas palabras: '¿Pero es que tú te has atrevido a tocar con tus sacrílegas manos la cabeza de una virgen de Dios? Esas manos ya ahora se resecarán, para que, atormentada, te des cuenta de qué has hecho, y, acabado el quinto mes, serás llevada a los infiernos. Y también, si perseveras en el delito, a la vez al marido y a los hijos perderás'. Todo se cumplió según lo dispuesto, y una rápida muerte selló la tardía penitencia de la desgraciada. Así se venga Cristo de los violadores de su templo... Y así te lo he contado no porque quiera regocijarme con las calamidades de los desgraciados, sino para advertir con cuánto miedo y precaución debes conservar lo que prometiste al Señor... Ofrecer o no a Dios a tu hija era algo que estaba en tu albedrío, aunque tu caso es distinto, pues la ofreciste antes de haberla concebido...


Cuando empiece a ser un poco mayor... que vaya al templo del verdadero Padre con sus padres... que imite a María, a la que Gabriel encontró sola en su aposento, y acaso por eso se sobrecogió de temor, porque vio delante a un hombre, al que no estaba acostumbrada... Que no salga nunca fuera, no sea que la encuentren quienes callejean por la ciudad, la golpeen y la hieran y, quitándole el velo de la honestidad, la dejen desnuda y ensangrentada...


Que no coma en público, quiero decir, en la mesa de sus padres, y que no vea manjares que acaso desee... Lo que la superstición judaica hace en parte con el rechazo de ciertos animales, lo que observan los brahmanes de la India y los gimnosofistas de Egipto, con el exclusivo alimento de harina de cebada, arroz y frutas, ¿por qué no puede hacerlo en todo una virgen de Cristo?... Que sea sorda para los instrumentos de música; que ignore para qué se hicieron la flauta, la lira y la cítara...


Acordaos que sois padres de una virgen y que podéis enseñarle más con vuestros ejemplos que con la palabra... Que ningún joven, que ningún repeinado pueda sonreírle. Que celebre nuestra virgencita los días y las solemnes vigilias... No quiero que intime con ninguna de sus esclavillas... Que se le ponga al frente una virgen veterana... quien le pueda enseñar y con su ejemplo la acostumbre a levantarse por la noche para las oraciones y los salmos, a cantar himnos por la mañana, a estar en posición de combate como guerrera de Cristo en las horas tercia, sexta, nona y, encendida la lamparita, a ofrecer el servicio vespertino...


Si alguna vez sales a tus posesiones de fuera de la ciudad, no dejes en casa a tu hija; que no sepa ni pueda vivir sin ti; cuando haya de estar sola, que sienta miedo...


algunos han recomendado que una virgen de Cristo no se bañe junto a eunucos... ni junto a mujeres casadas... A mí me desagradan completamente los baños en la virgen adulta, que debe sonrojarse ella misma y no poder verse desnuda... Pues si con vigilias y ayunos mortifica (su cuerpo)... ¿por qué ella por otro lado despierta fuegos dormidos con los calores de los baños?


¿Para qué seguir? Este es un resumen de una carta del eminentísimo Eusebio Sofronio Jerónimo, San Jerónimo (340-420), a una matrona romana de nombre Leta en la que le ofrece una serie de preciosos consejos para la educación de su hija Paula. Eran otros tiempos, desde luego, pero el asunto tiene mandanga, ¿no? De manera que, incluso antes de quedar embarazada, la mamá de Paulita (¿quizás por un consejo anterior del propio San Jerónimo?) ya había decidido el destino del futuro fruto de su vientre, sin tener, por supuesto, para nada en cuenta la opinión del nasciturus y saltando por encima del más mínimo respeto por su integridad personal. ¡Y qué destino! Una vida de ascetismo y de penitencia para la que era necesario preparar a la niña desde sus primeros balbuceos. Aparte del perfume misógino que la carta desprende a cada paso, he aquí la consideración que la Iglesia ha tenido por la dignidad humana desde los primeros tiempos, esa dignidad por la que ahora no cesan de cacarear.
No resulta menos interesante apreciar las nada veladas amenazas que la carta contiene, la continua referencia a la necesidad del miedo, la invocación al pudor, un pudor tan obtuso que incluso el baño íntimo resulta prohibido y la concepción del cristianismo como un ejército en permanente guerra con los que que no se cuentan en sus filas.
(Las marcas en negrita son de un servidor)

lunes, 4 de enero de 2010

La leyenda dorada



1.- Quiso el señor que los apostóles fuesen doce, porque doce es el producto de multiplicar el número tres, correspondiente a las personas de la Santísima Trinidad, por el número cuatro, ya que cuatro son las partes del mundo en que la doctrina relativa a ese misterio habría de ser predicada.


2.- Nótese igualmente que murió, no sobre la tierra, morada de los hombres, ni en las alturas, por donde pasean los ángeles; quien tan gravemente ofendió al género humano y a los espíritus celestiales debería fenecer fuera de las zonas en que los ángeles y los hombres moran, y por eso pereció suspendido de un árbol, en las bajas capas del aire por donde merodean los demonios a los cuales se incorporó en el mismo instante en que murió.


(Acerca del suicidio de Judas, el ápostol traidor)


3.- Un campesino se disponía a arar sus tierras si importarle un ardite que aquel día fuese domingo, y al tomar una herramienta para afilar la reja de madera del arado, el mango... se adhirió a su mano de tal manera que ni él ni otros, por mucho que lo intentaron, lograron separarlo de ella. Dos años permaneció en esta situación, hasta que en cierta ocasión estando en la iglesia de san Julián pidiendo al santo que lo redimiera de aquella pena, el hacha repentinamente se desprendió de su mano, y ésta recobró sus naturales movimientos.


4.- La hija del venerable obispo San Hilario, que se llamaba Apia, un día manifestó a su padre que quería casarse. Este la disuadió de su propósito y la convenció para que renunciara al matrimonio y se consagrara a Dios haciendo voto de virginidad; pero, después de haber conseguido apartarla de su primer proyecto, el santo comenzó a turbarse, y dio en pensar que acaso algún día su hija se arrepintiera de haber optado por aquel género de vida y quisiera abandonarlo. Tan honda fue su preocupación y tan grande su temor de que esto pudiera ocurrir, que un día, aterrado con esta idea, pidió encarecidamente al Señor que se llevase con El a su hija. Dios accedió a la petición del santo obispo: sólo unas fechas después Apia falleció y su alma emigró al cielo. Su propio padre, con sus manos, cavó la sepultura y puso en ella el cuerpo de la difunta. La madre de Apia, que asistió a los funerales y al entierro, impresionada y conmovida suplicó a su esposo, el santo obispo, que pidiera a Dios la gracia de que le llevara también a ella a la bienaventuranza, con su hija. Hilario rezó por esta intención y, de allí a unos días, murió la madre de Apia.

Estos son sólo cuatro brevísimos ejemplos de lo que puede leerse en La leyenda dorada, esplendida e hilarante colección de vidas de santos escrita por Santiago de la Vorágine (1228-1298), fraile italiano de la Orden de Santo Domingo que llegó a ser obispo de Génova. El término leyenda debe entenderse no como cuento o narración fantástica, sino como lo que se ha de leer, tal y como deriva del latín. Escrito con la intención de catequizar a sus lectores, el libro resulta hoy absolutamente desternillante y mucho más divertido que Las mil y una noches, con toda su celebridad, pues en tanto éste no oculta que sus historias son fruto exclusivo de la imaginación del narrador o, mejor, narradora, el autor de La leyenda dorada cuenta como verdaderas una sarta tras otra de invenciones y supercherías a cual más extraordinaria e increíble. Conviene, sin embargo, no olvidar en ningún momento la fecha de su escritura, una época con grandes tragaderas y propicia para que la gente aceptase como verdaderas las fabulaciones más asombrosas, circunstancia que nos indicaría que el obispo de la Vorágine no carecía de su buena dosis de mala leche, pues no es de creer que él, un fraile con vocación intelectual, como pone de relieve su dominio del latín, no es de creer que el creyera y tuviera por ciertas las historias que con tanta unción escribía. Una serie de deliciosas ilustraciones acentúan el disparatado encanto de la obra.


La leyenda Dorada (dos volúmenes).- Alianza Forma. Madrid, 2001.

Si no se localizase en librerías, puede encontrarse en la mayoría de las Bibliotecas Públicas de España, donde puede conseguirse en calidad de préstamo domiciliario.