jueves, 9 de diciembre de 2010

El triunfo del catolicismo




La Iglesia católica se jacta de su continuidad indisoluble en el tiempo, desde el momento en que Cristo la fundara mediante la conocida fórmula "tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" hasta la actualidad.

Este aserto, sin embargo, es literalmente falso, uno más de los grandes embustes sobre los que el catolicismo se asienta. Para comprobarlo, basta, de nuevo, con mirar atrás y repasar la historia de un modo neutral, sin pretensión de apología ni venalidades.

Dando por cierto el pasaje evangélico, cosa harto discutible que, en cualquier caso, no voy a analizar ahora, desde los orígenes de esta nueva religión, allá por el siglo primero de nuestra Era, fueron numerosísimos los grupos que se reclamaron cristianos. En el siglo IV, cuando Constantino reconoce al cristianismo como la religión del imperio, cabe señalar, entre otros, a marcionitas, paulicianos, donatistas, pelagianos, pricilianistas, arrianos, novacianos, valentinianos y católicos. Teniendo todos un tronco común, cada uno de estos grupos tenían su propias creencias particulares. Así había quienes pensaban que Cristo era Dios y otros que no lo eran, quienes pensaban que Cristo tenía dos naturalezas y otros que sólo una, quienes creían en la Trinidad y quienes no, etc. Cada grupo, además, había confeccionado su propio evangelio y más de uno consideraba que la historia de Cristo no era una historia real, sino alegórica, esto es, mítica, como lo eran los llamados misterios paganos.

Todo este variopinto mundo de creencias, que, en cierto modo, encarnaba la variedad de orientaciones religiosas que, como todo el mundo sabe, existían también en el paganismo y que, al permitir que cada quien creyera en el dios que le pareciera más atractivo, evitaba los conflictos de carácter religioso, sería barrido por completo a partir del momento en que la denominada facción católica logró hacerse en Roma, capital del imperio, con las riendas no sólo del poder religioso, sino tambíén del político, mediante la sencilla fórmula de ganar para su bando a los emperadores.

En efecto, si en el 313 Constantino reconoció oficialmente al cristianismo sin distinciones, setenta años más tarde, Teodosio I, llamado el Grande, de origen, cómo no, español, convertido al catolicismo en 380, proclamaría a éste religión única y exclusiva del imperio, en detrimento tanto del paganismo como del resto de las tendencias cristianas, tendencias que, en general, pueden ser englobadas bajo la nomenclatura de gnoticismo. Azuzado por los católicos, Teodosio no se anduvo por las ramas y durante su mandato emitió más de cien edictos contra el resto de los grupos cristianos, además de declarar ilegal toda creencia que no se ajustara al patrón católico, que ya por aquel entonces era el del credo de Nicea, aprobado bajo los auspicios de Constantino en el año 325. En uno de estos edictos, Teodosio, dirigiéndose a todos aquellos grupos de cristianos, que ya empezaban a conocerse como herejes, dice textualmente: Os lo advertimos: Que ninguno de vosotros se atreva a partir de este momento a reunirse en congregaciones. Para impedirlo, ordenamos que seais desposeidos de todas las casas en las cuales acostumbráis a reuniros y que las mismas sean entregadas inmeditamente a la Iglesia católica. Como se ve, no sólo prohibición, sino robo descarado de los bienes ajenos para su entrega a la Iglesia, que por este camino encontró una de las vías para su enriquecimiento. En el año 381, Teodosio acabaría proclamando que la herejía, es decir, la no conformidad con la doctrina católica era un crimen contra el Estado. Se ordenó la destrucción mediante el fuego de los escritos producidos por todos los grupos cristianos no católicos. Se prohibieron taxativamente los debates filosóficos, de modo que, según señalaba otro edicto, no habría ninguna oportunidad para que un hombre se dirija al público y discuta de religión o la comente o delibere.

El cristianismo católico era (y es) literalista, o lo que es igual, consideraba (y considera) aboslutamente real la historia de Cristo, incluidos, claro, su nacimiento virginal y su resurrección, y era (y es) también dogmático, se considera poseedor de la verdad, de la única verdad, por ello los católicos esgrimieron más que nada la intolerancia, no podían consentir que nadie creyera en doctrinas distintas a las suyas y, mucho menos que las defendieran. No hay más que leer a los llamados Santos Padres para hallar a cada paso condenas inmisericordes contra los que de ellos disienten. San Agustín, por ejemplo, es uno de sus más vigorosos representates. El santísimo obispo de Hipona no tiene empacho en sostener que el ejército resultaba indispensable para acabar con los herejes, eso sí, por su propio bien.

No, no es verdad. Como se ve en esta breve pincelada, el catolicismo nació de un conglomerado de creencias cristianas y si se impuso al resto de los grupos no fue por el poder de la persuasión o porque estuviese tocado por el dedo de Dios, sino gracias, exclusivamente, al poder de las armas, gracias al exterminio sangriento y completo de sus adversarios. Hoy, tanto tiempo después, no han cambiado nada. Se visten con piel de cordero y adoptan el papel de víctimas de no se sabe qué persecución, pero no dejan de insistir en su actitud excluyente y amenazadora. Vivimos la cristianofobia del laicismo beligerante y la barata facilidad con la que la Iglesia es sometida a befa y a mofa, acaba de declarar don Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, en una de las tantas manifestaciones que los jerarcas católicos nos regalan en los últimos tiempos. ¿Que pretende don Jesús con lo de barata facilidad, que nos corten el cuello o nos manden a la hoguera a los que no estamos de acuerdo con ellos? Ya que no se arrepiente ni piden perdón por todo el mal que han hecho desde sus orígenes, ¿no harían mejor callándose y dedicándose a sus rezos? ¿No saben que cada día nos interesa más la historia y, ahora que ya no tienen el poder de controlar nuestras lecturas, cada día la conocemos mejor?


4 comentarios:

Conchi Carnago dijo...

Hay queda eso.
Darte las gracias por ilustrarnos de esa manera, y aunque no nos has descubierto nada que no supiéramos, en cuanto a la vergonzante actuación de la iglesia católica a lo largo de la historia, es de agradecer la magnifica documentación que aportas de manera tan didáctica.

Muchas gracias amigo Molón.

Paco Muñoz dijo...

Quiero reiterarte, y no me canso de hacerlo que, cualquiera de tus escritos que pudieran significar tediosos por el tema que tratan, los transformas en amenos y muy didácticos y se leen con notable facilidad, hasta el extremo de que se hacen cortos en extensión.

Me permito hacer un chiste al leer unos de los grupos primitivos del cristianismo. A mí, como supongo que a muchos hijos de la década de los cuarenta y cincuenta, en la que nuestros padres trataban con la mejor de las intenciones, me quisieron hacer “pelagiano”, pero afortunadamente posiblemente por la suerte, más que por otra cosa, sumada a mi negativa, me libré de que mi tío Fernando me tuviera que dibujar la tonsura, aunque el transcurso de la primera década del segundo milenio me la ha creado aunque más irregular.

Cuando hablas de los decretos de Constantino, no hace falta irse tan lejos. El texto constitucional te encomiado estos días por su bicentenario, en su artículo 12 dice lo siguiente:

Capítulo II. De la religión.- Artículo 12.- La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra.
Lo que demuestra la perfecta introducción de los dogmas y tics, en el adn y mente de los legisladores, por eso no es de extrañar lo del obispo del norte.

Un abrazo y gracias.

PD: Creo que estructuradas tus entradas, en capítulos, podrían formar parte de un volumen fácil de leer y aclaratorio de muchas cuestiones que merecen ser aclaradas. Piénsalo.

harazem dijo...

Algún día alguien debería hacer un cálculo (ahora con los ordenadores no debe ser difícil) de cuántos mártires de la fe (contraria) ha dejado la Iglesia desde su entronización oficial como ünica Verdadera. Sólo con los cientos de miles de paganos que se cepillarón los primeros 50 años ya centuplicarían los que les hicieron a ellos anteriormente.

Molón Suave dijo...

Conchi: Sólo intento decir que la Iglesia ha sido nefasta desde sus orígenes, no porque luego se torciera. Nació en un mundo sumamente abierto, que ella se encargó de ir cerrando.

Paco: Por lo que le digo a Conchi, es por lo que me remonto a los orígenes. Pero si Dios me da salud y fuerzas espero completar el ciclo hasta la actualidad. Cuando dices "pelagiano", supongo que te refieres a seminarista, de San Pelagio, que así se llamaba el seminario, frente al palacio del obispo, hoy dedicado a otros menesteres, ya que seminarista va habiendo cada vez menos.
Gracias por tus elogios. En cuanto a lo del libro, ya se irá viendo, ¿quién sabe?

Harezem: No te quepa duda, Manuel, descartando las guerras de religión azuzadas por ella, como las cruzadas, la Iglesia ha producido muchos, pero muchos, muchos más muertos de los que ella ha recibido, incluida la "persecución" sufrida en nuestro país durante la segunda República, de la que algún día tendremos que hablar. Eso sí, sabe hacerse la víctima mejor que los partidos nacionalistas y darle la vuelta a la tortilla mejor que el cocinero de El Caballo Rojo. Además, como no tienen prisa...