domingo, 28 de noviembre de 2010

Una de condones



Qué lio, ¿no? El hombre -no se nos olvide esto-, el hombre que hace poco, en África, condenaba furibundamente el condón, afirmando que su uso no sólo no servía para impedir el contagio del sida, sino que, muy al contrario, facilitaba su propagación, ese mismo hombre -un hombre, no se nos olvide, de ochenta y cuatro años, además- va y dice ahora en un libro de entrevistas que bueno, que tal vez, que acaso el uso del condón pueda estar justificado en determinados casos, como por ejemplo la prostitución, ¡para evitar, precisamente, el contagio del sida!
Cuando oigo la noticia me quedo de piedra. Pero bueno, me digo, ¿la prostitución no era un pecado? ¿Qué ocurre, que ahora podemos practicarla y además con condón? No lo entiendo. Un amigo mío me dice: calla hombre, nos lo han puesto a huevo, ahora nos casamos con una rabiza y ya podemos practicar el sexo sin temor al contagio ni a la descendencia.
Pero la cosa, ¡ay!, no era tan mollar. El papa puede decir lo que quiera, que a continuación sale el portavoz y matiza la declaración, salen los cardenales y lo niegan, sale el obispo Martínez Camino, ese jesuita cuyo aspecto denota, cuando menos, una excelente alimentación, bebida incluida, y afirma categóricamente que el uso del condón es inmoral sea cual sea la situación en que se utilice.
Una vez más me pregunto a qué viene ese odio tan contumaz y prolongado de la Iglesia hacia el sexo, qué es lo que le repugna para condenarlo tan tajantemente. Ya San Pablo decía que el matrimonio era sólo un mal menor, que lo chachi, chachi para Dios era el celibato, la virginidad, la castidad. Han pasado dos mil años y no ha cambiado nada. Juan Pablo II, decía hace dos días: ojito con mirar a la propia esposa con lascivia. Y también: el sexo sólo en el matrimonio y sólo para la procreación. Pero bueno, el sexo como todo lo demás, ¿no nos lo dio Dios? ¿Qué pasa, que nos puso la miel a un centímetro de la boca con el único propósito de partirnos la cara si se nos ocurría sacar la lengua y probarla? ¿Absurdo, verdad? Sobre todo, viniendo de un Dios bueno, como dicen que es.
En estas reflexiones andaba yo cuando hete aquí que El País publica una entrevista con un teólogo católico, David Berger, que viene a aclararnos parte, al menos, de mis preguntas. No hay nada como la libertad de expresión. Cualquier libertad le produce urticaria a la Iglesia, pero la de expresión, la de expresión le sabe a cuerno quemado. El periodista define a David Berger como teólogo alemán ultraconservador y el señor Berger se confiesa gay, homosexual, condición que hizo pública en el mes de julio pasado. Asegura que la homosexualidad está sumamente extendida entre los clérigos, incluidos teólogos conservadores (yo no sé cómo se puede ser teólogo conservador y mariquita, pero, vamos, esa es otra cuestión) y que se practica abundantemente, sólo que de forma anónima. Dice muchas más cosas, pero la más interesante es la afirmación de que la Iglesia hace una interpretación absolutamente biológica de la sexualidad.
Aquí están, me dije entonces, los aspectos fundamentales que lo aclaran casi todo. En primer lugar, la Iglesia vive en la pura hipocresía. Los clérigos condenan con una cara y con la otra se ponen tibios, eso sí, en silencio, callandito y sin que se entere nadie, aunque todo el mundo lo sepa. El mismo Berger ha sido expulsado de la academia vaticana en la que daba clase por hacer pública su homosexualidad y entonces y sólo entonces es cuando se ha puesto a echar pestes de la Iglesia. ¿Y antes? ¿Qué estuvo haciendo hasta ahora? La segunda cuestión es que la Iglesia se niega a saber lo que es la sexualidad, se quedó atascada en el sexo. El sexo es el medio del que nos valemos los mamíferos para reproducirnos. La sexualidad, por el contrario, es exclusivamente humana, un producto puramente cultural elaborado por los seres humanos que trasciende por completo el hecho de la reproducción. Para practicar el sexo, para practicar la reproducción basta con ser un tigre, un mono, un elefante. La sexualidad sólo la practicamos los seres humanos y está más lejos del animal cuanto más espirituales son los individuos que la practican. Hay todavía una tercera cuestión. La sexualidad es placer, sin duda, el placer de más altos vuelos que ha sido capaz de alcanzar el ser humano. Y, encadenada a una cruz, encadenada a un hombre martirizado, la Iglesia odia más que nada el placer, lo lleva en sus genes, por decirlo en términos actuales. Y es cierto, es cierto, Berger dice que la situación no tiene remedio, que la Iglesia no va a cambiar, y yo estoy enteramente de acuerdo con él. De hecho, al día de hoy, la inmensa mayoría de los católicos se han entregado por entero al placer y hacen oídos sordos, pero sordos, sordos a los dictados del papa, incluso muchos de los que todavía cumplen con el precepto de oír misa todos los domingos. Podría preguntarme por qué no se deciden a salir de su armario, pero es que la respuesta es obvia, ¿no?

7 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Como siempre felicidades, me quedo con todo pero subrayo la nota jocosa, "jesuita cuyo aspecto denota, cuando menos, una excelente alimentación, bebida incluida" yo le hubiera colocado algún epíteto más pero te queda muy fino.

Mira, si lo estimas oportuno, este articulo de opinión que había terminado de leer y publicar en Facebook, cuando me he deleitado con el tuyo.
http://www.elplural.com/opinion/detail.php?id=53336
Aclara también conceptos de hipocresía, que es la bandera vaticana por excelencia.

Un abrazo.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Lo de teólogo conservador y mariquita tampoco está mal, aunque eso no lo digo yo, lo dice el tal Berger. Acabo de leer el artículo de El Plural: en el clavo. Si es que ese es el basamento de la Iglesia católica: la hipocresía. Y cuando digo la Iglesia digo la mayoría de los católicos, incluidos los de base. Tengo un familiar que hoy está casado, hombre católico, de misa dominical (no sé si también de comunión). Para empezar, su mujer se hizo la ligadura de trompas tras el segundo hijo, cosa prohibida por la Iglesia. Pero es que, además, de novios se ponían ciegos los dos. Incluso, alguna vez, vinieron a acostarse a mi casa (hay confianza) aun sabiendo como pienso. Total, luego va, se confiesa y hasta el siguiente.
Un abrazo.

Paco Muñoz dijo...

Yo decía hace tiempo buscando un símil a esa hipocresía, que es como el que tiene una úlcera, come lo que no debe, luego toma bicarbonato y a empezar de nuevo.
Y ya sabes lo que siempre hemos dicho de los de comunión diaria, que están vacunados contra todo lo que hacen después, o por lo menos se lo creen. Hay una telenovela "Amar en tiempos revueltos" en TVE1 en la que sale el prototipo de señora dominada por la religión, beata beata, que ayer o anteayer hizo decir a Conchi: -Con lo beata que es la tía y la mala leche que tiene. Y casos hay para llenar un libro.

marti dijo...

Catalunya registra la cifra más baja de matrimonios de los últimos 55 años
Los matrimonios civiles se consolidan como la forma mayoritaria de celebración -el 73,9%-, mientras que los matrimonios católicos siguen perdiendo peso relativo con un 25,4%http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20101202/54079459094/catalunya-registra-la-cifra-mas-baja-de-matrimonios-de-los-ultimos-55-anos.html
Este es un enlace con mucha, mucha carga social y, sobre todo, con una perspectiva de la mentalidad que ya se ha abierto paso en nuestro tiempo

Conchi Carnago dijo...

Subscribo todo lo que dices,pero yo creo que todo esto ha sido un poco de humareda para vender el libro como rosquillas,lo demás sigue igual ya habéis oído a los obispos esta gente no se bajan del carro.
Ellos esas cosas, las hacen en la intimidad de sus conventos sus iglesias, sus colegios, solos o acompañados, lo hemos sabido siempre.
La iglesia es de una hipocresía sin limite.

Molón Suave dijo...

1.- Sí, Paco: Cuanto más católicos, más canallas suelen ser. No hay más que ver y oír a los chicos de Intereconomía, emisora de profesión su catolicismo y su mala leche. En mis tiempos de monago y de seminarista conocí a bastantes beatas: ¡qué malas eran todas!

2.- Martí, no sólo en Cataluña, en toda España en su conjunto son ya mayoría los matrimonio civiles sobre los religiosos. Claro que, en honor a la exactitud, habría que decir que muchos de los matrimonios civiles son de divorciados, a los que la Iglesia no admite en su seno si vuelve a casarse. Entre ellos, me cuento yo mismo.

3.- Tal y como tú lo dices, Conchi. En los tiempos de la dictadura, con la Iglesia en el esplendor de su poder, te acordarás de las famosas casas de citas, a las que iban a desfogarse secretamente ciertas parejas, en la mayoría de la cuales el hombre estaba casado. En Córdoba, el hotel Simón eran famoso porque allí iba la gente de pasta a ponerle los cuernos a sus conyuges (ellos y ellas), eso sí, sin que lo supiera nadie. Tengo una amiga a la que ya casi con cincuenta años le salieron dos hermanas, o mejor, hermanastras, hijas de su padre con otra mujer. El padre era un simple albañil, pero durante mucho tiempo llevó una doble vida, con dos familias. En tiempos de Franco hubo infinidad de casos así. El famoso autor de teatro Alfonso Paso, por poner un ejemplo, dejó un testamento endemoniado porque tuvo seis o siete amantes, tres o cuatro simultáneas, con hijos por doquier. Y es que, amiga, en el catolicismo todo se arregla en el confesionario. Todo menos lo que se hace público, como por ejemplo el aborto. Si lo hace una señora secretamente, no hay problema, luego va, confiesa y el sacerdote le da la absolución y santas pascuas. Ahora, si lo recoge una ley, entonces... Mujer, entonces eso es una monstruosidad, un atentado a la vida, etc. etc. etc.

Molón Suave dijo...

1.- Sí, Paco: Cuanto más católicos, más canallas suelen ser. No hay más que ver y oír a los chicos de Intereconomía, emisora de profesión su catolicismo y su mala leche. En mis tiempos de monago y de seminarista conocí a bastantes beatas: ¡qué malas eran todas!

2.- Martí, no sólo en Cataluña, en toda España en su conjunto son ya mayoría los matrimonio civiles sobre los religiosos. Claro que, en honor a la exactitud, habría que decir que muchos de los matrimonios civiles son de divorciados, a los que la Iglesia no admite en su seno si vuelve a casarse. Entre ellos, me cuento yo mismo.

3.- Tal y como tú lo dices, Conchi. En los tiempos de la dictadura, con la Iglesia en el esplendor de su poder, te acordarás de las famosas casas de citas, a las que iban a desfogarse secretamente ciertas parejas, en la mayoría de la cuales el hombre estaba casado. En Córdoba, el hotel Simón eran famoso porque allí iba la gente de pasta a ponerle los cuernos a sus conyuges (ellos y ellas), eso sí, sin que lo supiera nadie. Tengo una amiga a la que ya casi con cincuenta años le salieron dos hermanas, o mejor, hermanastras, hijas de su padre con otra mujer. El padre era un simple albañil, pero durante mucho tiempo llevó una doble vida, con dos familias. En tiempos de Franco hubo infinidad de casos así. El famoso autor de teatro Alfonso Paso, por poner un ejemplo, dejó un testamento endemoniado porque tuvo seis o siete amantes, tres o cuatro simultáneas, con hijos por doquier. Y es que, amiga, en el catolicismo todo se arregla en el confesionario. Todo menos lo que se hace público, como por ejemplo el aborto. Si lo hace una señora secretamente, no hay problema, luego va, confiesa y el sacerdote le da la absolución y santas pascuas. Ahora, si lo recoge una ley, entonces... Mujer, entonces eso es una monstruosidad, un atentado a la vida, etc. etc. etc.