lunes, 15 de noviembre de 2010

La donación de Constantino




Predica el desprecio de los bienes terrenales y la persecución de la otra vida, según cuentan, jubilosa, pero la capacidad predatoria de la Iglesia romana no tiene parangón en la historia de la humanidad. Si acaso, podría equipararse a la capacidad falsificatoria de la propia Iglesia, sin duda, la institución que más documentos ha falsificado desde que el mundo es mundo. No lo digo yo, basta mirar la Historia. Y eso sin necesidad de entrar en los Archivos Vaticanos, cerrados a cal y canto para todo el mundo, salvo para los que la autoridad eclesiástica considera convenientes.

Uno de los hechos más clamorosos que da idea, al mismo tiempo, de las dichas capacidades predotoria y falficatoria es la llamada Donación de Constantino, uno de los documentos más famosos de todos los tiempos, falso, naturalmente. Aunque no se conoce su origen exacto, se sabe que el papa Esteban II (752-757) lo esgrimió por primera vez ante Pipino el Breve, rey de los Francos, en el año 752, cuando viajó a Francia a solicitarle protección contra los longobardos, que, en su pretensión de unificar Italia, pretendían apoderarse de la ciudad de Roma. Como se sabe, Pipino venció a los longobardos en Pavía y el papá le otorgó el título de patricio romano, que hizo extensivo a sus hijos Carlos y Carlomagno.

Gracias a la intervención de Pipino, surgieron los Estados Pontificios, que abarcaban todo el centro de Italia, desde el mar Egeo al Adriático y que son el origen del actual Estado Vaticano. ¿Pero en qué consistía el documento que el papá le mostró al rey franco? Muy sencillo, consistía en un pergamino en el que se señalaba que el papa Silvestre I (314-335) había curado al emperador Constantino de la lepra y que en agradecimiento el emperador cedió al papa, a modo de herencia, la ciudad de Roma y todos los territorios del imperio Occidental, incluidas las Islas Británicas y, por supuesto, España (Hispania, entonces). Le hizo entrega igualmente de la diadema imperial, la clámide de púrpura y todos los símbolos del poder imperial. En una palabra, Constantino convertía al papa romano en emperador, con lo que el pontífice católico reunía en su persona todo el poder eclesiástico y la totalidad del poder temporal o, lo que es lo mismo, lo convertía en el campeón del poder absoluto, con capacidad no sólo para perdonar o no los pecados, sino para intervenir también y controlar hasta los asuntos más menudos de la vida material de los súbditos del imperio. Y todo ello usque in finen mundi, es decir, hasta el final de los tiempos, o por los siglos de los siglos, amén, que es como la Iglesia prefiere.

Con este documento como enseña, los papas no sólo se apoderaron directamente de un extenso terrotorio físico, sino que insistieron en que la totalidad de los reinos que habían surgido en el espacio del antiguo Imperio Romano, eran ahora vasallos suyos. Se arrogaron y llevaron a la práctica en bastantes ocasiones lo que Otón de Frisinga definía como la capacidad de los papas para remover a los reyes y cambiar los reinos. Uno de estos ejemplos, entre los muchísimos que pueden aducirse, es el de Gregorio VII (1073-1085), quien, nada más ser elegido, instó a los prícipes europeos a guerrear en España contra los sarracenos con el fin de recuperar las tierras en su poder y devolverlas a su legítimo propietario, el Papa de Roma. No se nos oculta -dice Gregorio en la carta que dirige a los citados príncipes- que el Reino de España, desde antiguo, fue de la jurisdicción de San Pedro, y aunque este territorio ha estado ocupado tanto tiempo por los paganos, pertenece todavía por ley de justicia a la Sede Apostólica solamente, y no a otro mortal cualquiera.

Aunque a lo largo de la Edad Media, hubo quien dudaba de la autenticidad de este documento, los papas siguieron haciendo uso de él nada menos que hasta el siglo XV, momento en que el humanista Nicolas de Cusa (1401-1464) demostró con pruebas filológicas que el documento no era más que una invención para reafirmar la superioridad del Papa sobre los príncipes y emperadores.

Hoy, tanto tiempo después, el Papa romano sigue insistiendo en arrogarse un poder que no tiene, ahora no sobre los príncipes, sino sobre los estados soberanos y democráticos cuando, por ejemplo, pretende que las leyes que emanan de los parlamentos se ajusten al criterio moral de la Iglesia. Y hoy también resulta explicable que ni obispos ni curas den cuenta en sus homilías de cosas como esta. Lo que resulta bastante más extraño es que tempoco se estudien en las universidades, al menos en las españolas. ¿Me pregunto por qué?

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

¡Es buenísimo! Digno de estar en un medio escrito de amplia difusión, a sabiendas de la dificultad que entraña que lo publiquen. Pero están los alternativos, refugio, en la mayoría de las ocasiones, de la verdad en "un mundo de pensamiento único pero globalizado" -como dice Alberto Almansa, el periodista libre.
Tus trabajos son piezas precisas de la historia y de la filosofía, en la mayoría de las ocasiones.
Un fuerte abrazo y muchas gracias por lo que ofreces.

Molón Suave dijo...

Paco: Eres muy amable y te lo agradezco. Y, en efecto, no creo que estas cosas puedan publicarse aun con dificultad en nuestro país. En Córdoba, desde luego no. Pero este no es un mal medio. Es como lanzar una botella con un mensaje al mar, sólo que la red es un mar con mucha gente buscando mensajes. ¿Quién sabe? Granito a granito se forma una montaña y, a lo mejor, al final hasta le hacemos pupa al monstruo. Imperios más grandes han caído. Gracias de nuevo a ti por leerme.

Josefo el Apóstata dijo...

Estoy con Paco, da gusto leerte Molón.
Respecto a las universidades españolas, creo que necesitan un buen revolcón y mucha ventilación...
Qué fácil es manipular la historia... ¿os acordáis de la que nos enseñabn en el bachiller de Franco..?

Paco Muñoz dijo...

Pero era en todos sitios Josefo, era una mentira continuada que la hacían verdad, a menos que fueras un poco critico, sin discusión. Todo estaba impregnado de un pensamiento único, como hacia el que vamos ahora sin darnos cuenta. Aunque seamos pocos, por lo menos tratamos de no formar parte del aborregamiento que impera, y en este medio la libertad de expresión es un reducto. El la prensa, o en la TV nos ponen fotos o reportajes de otros lugares, o atrasados en el tiempo, y luego la gente dice -Yo lo he visto en la TV. Ves lo que quiere el sistema, y como dice Josefo en la universidad lo mismo