sábado, 30 de octubre de 2010

De como aprendí a amar la justicia




Don Francisco no era sacerdote, era laico, pero daba clase en el colegio de los Salesianos, en los gratuitos. Alguno habrá aún que lo recuerde. Era un tipo formidable: más bien alto, de cara aflautada, pelo al cepillo, nariz abundante y gafas redondas. Y más rubio que moreno.

¿He dicho que era un tipo formidable? Lo era. Tal vez fuese falangista. O guardia civil frustrado. O aspirante a verdugo. Los curas que lo contrataron lo sabrían, nosotros no. Desde luego, no podían ignorar sus métodos. O sea que, en buena medida eran jueces, parte y cómplices del elemento, sobre todo cómplices.

El caso es que el tipo no tenía pinta de sádico, ni de asesino. Parecía más bien un chico de buena familia y de comunión diaria. No alzaba mucho la voz, ni era de los que echaban mano de la regla a las primeras de cambio para imponer el orden. Él tenía un sistema más personal y, si no más efectivo, desde luego sí que más divertido... para él y, tristemente, también para nosotros.

Entonces el sábado era un día lectivo más, aunque con clase sólo por las mañanas. ¡Y aquel era el gran día! Durante toda la semana, don Francisco había ido anotando en su libretita negra al que hablaba en clase, al que se reía, al que no traía la tarea hecha, etc. etc. etc., y el sábado era el día, como él aseguraba, de impartir justicia. El eminente profesor tenía un amplio y variado repertorio de penas. Yo, ahora, en aras de la brevedad, voy a describir solamente dos: el toreo y una variedad del abejorro, más escueta y también más contundente.

El toreo era siempre el primero de los castigos de la mañana. Don Francisco, pañuelo en la mano izquierda y regla de reglamento en la derecha, se dedicaba a torear a los primeros de la lista de su libreta en el espacio existente entre la tarima y las bancas. Uno a uno, los iba toreando, de modo que el toro, uno de nosotros, debíamos embestir doblados, como los toros de verdad y, al pasar siguiendo el pañuelo, que el diestro movía con gracia, igual que una muleta, don Francisco nos soltaba un reglazo en el culo, entre los olés y los aplausos obligatarios del resto de la clase. Diez, doce, catorce pases daba el torero, hasta que remataba la faena cuadrando al toro y entrando a matar, acción que llevaba a cabo con un último reglazo en las espaldas.

La variedad del abejorro era el último de los castigos. Sentado en su mesa, el maestro, si se le puede llamar así, llamaba a dos de los alumnos anotados en su libreta y les pedía que se situaran frente a frente en el mismo espacio en el que había estado toreando. A continuación, en el silencio espectante de la clase, reclamaba: ¡Muñoz, dale una bofetada a Zamorano! Muñoz alzaba su mano y descargaba en la mejilla de Zamorano una bofetada tan suave que, en realidad, no era más que una caricia. ¡Más fuerte, maricón!, gritaba don Francisco. Ahora tú, Zamorano. La bofetada de Zamorano era un poquitín, sólo un poquitín más fuerte que la de su oponente. ¡Más fuerte, maricón!, repetía don Francisco. Al tercer embite, don Francisco ya no tenía que arengar a los oponentes: las bofetadas eran cada vez más fuertes y más sonoras, al tiempo que las mejillas de los colegiales enrojecían y se inflamaban.

Más de uno terminó este seudo combate echando sangre por la nariz o por el oído, pero a ver quién era el guapo que se quejaba, si estábamos allí por caridad y nos estaban educando para ser hombres de provecho, cristianos de ley y patriotas de cuerpo entero.

4 comentarios:

Conchi dijo...

Hola Molón, es la primera vez que entro en tu espacio, aunque ya sabía de tu calidad, por Paco Muñoz mi marido. Solo he leído unos cuantos artículos pues no tengo demasiado tiempo, pero me han parecido buenísimos, y prometo leerte más a menudo. Estoy de acuerdo contigo en muchas cosas referentes a la iglesia católica, que no cristiana.
Con maestros como ese no se necesita verdugos, en mi colegio, en la calle D. Rodrigo, teníamos, solo maestras, pero el cura D. Julián Caballero Peña, estaba siempre allí dándole ordenes a las pobres maestras, no sufríamos mal trato, pero si demasiados rezos, visitas al sagrario, todos los viernes, confesión y comunión. Los domingos, y controlaban si habías faltado a misa, pidiéndonos el lunes que explicáramos que dijo el cura en el sermón. Y otra cosa que nos hacían cantar el cara al sol, con el brazo en alto a niñas tan pequeñas, antes de entrar. En fin perdona por el royo. Lo dicho enhorabuena.
Saludos.

Paco Muñoz dijo...

Molón, es un dibujo perfecto del Sr. que comentas y de sus métodos.

Yo estuve poco tiempo en el colegio, primero, me enseño a leer mi padre, por lo que con tres años me defendía bastante bien, hasta el extremo de ser casi una atracción de feria leyendo las necrológicas del periódico con esa edad, después con una amiga en la calle Bandanillas, en el San Eulogio de la calle Cardenal Herrero que aprendí bastante bien a hacer flores de papel de seda para engalanar a la Virgen de los Faroles en la verbena de agosto, y en San Antonio de Padua hasta los nueve años que empecé a trabajar. Bueno estuve unos meses en Pinos Puente, en un colegio cuyo profesor, D. Esteban tenía por regla reglamentaria, como dices, una pata de mesa pequeña. No era una regla era un palo en toda regla. En San Antonio de Padua, D. Enrique tenía una correilla de cuero -Doña Sinforosa, que era la esposa del Sr. Ulises del TBO-, con la que le cruzaba la espalda al bueno de Herminio, de la calle Argote, cuando se meaba en los pantalones y suelo, después de estar con los dedos índice y corazón levantados -como Osio- mucho rato, y las piernas entrecruzadas, conteniendo la vejiga, solicitando el permiso para ir al retrete, mientras el maestro que dormitaba no lo veía.

A mí me dio una vez un correazo en el glúteo por error, le pedí explicaciones, me dijo ¡Siéntese usted y no discuta Carreras! y entonces al no obtener el reconocimiento de su error me marché del colegio y a trabajar.
Sobre mi colegio San Antonio de Padua

Era la letra con sangre entra, y como siempre tenemos que decir, ni tanto ni tan calvo. Aunque cosa curiosa no le guardo ningún rencor, creo que era un buen profesor, evidentemente no era Don Gregorio de la película de Cuerda, "La lengua de las Mariposas", pero era un buen maestro sometido al régimen, aunque afortunadamente allí no se cantaba el Cara al Sol, sí, por el contrario, se rezaba el rosario los jueves por la tarde, y en lugar de contestar a la letanía con el "ora pronobis", y aprovechando al "aletargamiento sestero" de D. Enrique, se contestaba "unautomóvil", que al sonar a coro se diferenciaba poco, salvo que uno se saliera del coro y se le entendía perfectamente lo que suponía la pregunta ¿Qué ha dicho usted Pérez! En fin.

Molón Suave dijo...

Conchi: Gracias por tu comentario. Yo viví mucho tiempo en la calle Almonas, junto a la Sultana, a la que, probablemente, tú irías alguna vez a comprar chuches. En tu colegio, que era el de Doña Rosario de Torres, estuvo también mi hermana, creo recordar que dos años. Luego se fue a las Esclavas (mi madre no era muy religiosa, pero era infatigable en acercarse a los curas o a las monjas, creyendo, la pobre, que allí estaba nuestro porvenir. Tenía un primo cura que vivía como Dios y claro...)Vi muchas veces al ínclito Don Julián entrando y saliendo de ese colegio. Era el que os preparaba para la primera comunión. Allí la hizo mi hermana... En fin, bienvenida y, si me lees, ya irás viendo porque pienso contar muchas de aquellas cosas, incluidas de mi hermana y sus Esclavas (acabó de monja y murió con treinta años de cáncer en el colegio-convento de la plaza de San Juan)

Paco: A tí, ¿qué voy a decirte? Yo no sé si tuve más suerte que tú no empezando a trabajar tan pronto. Lo que sí te digo es que cada vez que leo en tus entradas que a tal o tal sitio de nuestra Córdoba te llevaba tu padre de niño, se me saltan las lágrimas, porque yo no tuve un padre así. Nosotros, los cuatro, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, todo lo más íbamos al campo algunos domingos, casi siempre al Puente de Hierro, donde mi padre se colocaba pronto y se pasaba el día diciendo pegos.

Lisístrata dijo...

Mis ojos tb vieron al cura q daba religión pegar patadas a mis compañeros de clase por no saber tema, primeras clases mixtas q hubo en mi pueblo, y ver sus manos asquerosas subir por las nalgas de las niñas más desarrolladas cuando a su lado decían la lección. A mi me salvó q mi complexión con 14 años era esquelética, además de feucha y sin tetas, pero a las q hermoseaban de lejos, sufrían indecentes magreos q nos horrorizábamos al verlo. Ojalá hubiera caído el puto cura fulminao al suelo en uno de sus intentos de violencia tanto a chicos como a chicas.


Así que le guardo mucho rencor a esa época y educación. Aparte de q yo siempre tuve espíritu de águila y surcar abismos con el vuelo, y me dejaron como águila encerrada en una jaula de canario, metáfora de la represión en toda regla. La adaptación hizo q disminuyera mis alas anquilosadas y mi tamaño con la opiácea resignación al acomodo de la "jaula" q hicieron a su medida y bueno, quizá hablando ya a la vuelta de los años y con cicatriz cerrada pero con picor, puedo decir q no me quejo por haber tenido muchas otras compensaciones a nivel personal y familiar, pero aún me pregunto que hubiera pasado si nadie me hubiera cortado las alas, cosa q se hacía no sólo desde las casas sino tb fuera en el cole y en la puta iglesia a la q había q ir a wevos, para sobrevolar el mundo desde la altura que a mi se me hubiese antojado.