lunes, 4 de octubre de 2010

De como aprendí a amar el decoro



Mi prima Rafi se casó un domingo del mes de julio de 1958. Se casó en la parroquia de San Pedro, a las once de la mañana, si no recuerdo mal. Acababa de cumplir diecinueve años y era francamente guapa. A mí, al menos, un chavalín entonces que asistía a una boda por primera vez, me lo parecía, con su traje tan blanco y su sonrisa tan pura.
En aquel tiempo, yo tenía una familia amplia, como solían ser las familias entonces. Entre abuelos, tíos, primos, cuñados, sobrinos, nietos, etc., bien pudimos reunirnos aquel día alrededor de setenta familiares, a los que se añadían los amigos y conocidos invitados por los novios y los padrinos. En total, unas cien personas.
Hacía calor aquel día, mucho. ¿Qué otra cosa se podía esperar en el mes de julio en Córdoba? Pero aún así, todos nos reunimos en la iglesia de punta en blanco, los hombres de traje y de corbata, incluidos los niños, con la única diferencia de que éstos vestíamos pantalón corto; las mujeres más jóvenes con aquellos vestidos de amplias faldas que pujaban las enaguas almidonadas, y las maduras con trajes de dos piezas con la falda entallada y hasta la espinilla. En el grupo destacaban siete muchachitas, primas mías y primas entre sí, de edades comprendidas entre los quince y los diecisiete años, un verdadero ramillete en el esplendor de su lozanía y luminosidad.
A las once menos tres o cuatro minutos hicieron su entrada los novios, del brazo de la madrina y del padrino, respectivamente, y a los acordes de la marcha de Mendelssohn que tocaba al armonio el sacristán Rafalito. A las once en punto salió el párroco, don Julián Caballeros Peñas, grande, colorado, con las gafas de culo de vaso, con su bien lograda tripa que la casulla no conseguía disimular. Lo precedían un par de monaguillos vestidos con las clásicas sótana y esclavina rojas.
La misa se decía entonces de espaldas y en latín -como Dios mandaba-, de modo que durante un rato -el introito, el confiteor, etc- todo fue bien. Luego, después del evangelio, el cura se volvió y se acercó al gran sillón barroco de terciopelo rojo desde el que acostumbraba a dar la plática o el sermón -entonces aún no se llamaba homilía. Llegó a sentarse incluso. Y hasta carraspeó un par de veces como solía hacer antes de empezar a hablar. Seguidamente lanzó una penetrante mirada sobre la concurrencia, una mirada larga, avizorante, de autentica ave de presa.
Esta es la casa del Señor -exclamó con su poderosa voz de tenor- y esta que celebramos hoy es una ceremonia sagrada. ¡Sagrada! -insistió aflautando la voz un poco más. Aquí no se puede venir sino con el debido decoro, el decoro que exige estar ante la presencia de Dios. Aquellas muchachas -casi bramó extendiendo el brazo majestuosamente- ¡a la calle!, ¡inmediatamente!, ¡a la calle!
Aquellas muchachas eran cinco del ramillete de mis sietes primas a las que -mire usted que indecorosas- se les había ocurrido acudir a la boda en manga corta, sin tener la precaución, al menos, de entrar con el socorrido manguito que se ponían la mayoría de las mujeres y que se quitaban a toda prisa en cuanto que salían de la iglesia. Se levantaron con la cabeza gacha y las lágrimas asomando a sus ojos y abandonaron el templo igual que delincuentes, entre el más absoluto silencio y la consternación general. Nadie osó levantarse para acompañarlas, nadie chistó, nadie fue capaz siquiera de alzar la cabeza y arrojarle al cura, al menos, la mirada que se merecía.

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

¡Qué bueno! Te felicito, he estado esta mañana en la boda de tu prima. Me he imaginado la escena y he lamentado la falta de solidaridad de los demás que aceptaron sin rechistar la autoridad del fusilado en la guerra civil, que no lo fue a pesar de estar en las listas de sacerdotes fusilados por las hordas rojas. Si la Iglesia se le hubiera quedado vacía, otro gallo le hubiera cantado a Julián, que a saber el decoro que el tenía en la trastienda, o a lo mejor no.
Pero si hubiera habido solidaridad a lo peor Mary se hubiera quedado para vestir santos. Muy bueno Molón, muy bueno el retrato de la hipocresía y muy adecuada la fotografía que lo adorna.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Creo que a aquel buen caballero le atraían más los placeres de la mesa que los de la cama. No había más que verlo. Y sí, claro, si alguien se hubiera levantado además de mis primas a ver lo que habría sido de la boda.

harazem dijo...

Hombre, hasta el día en que se pueda pedir la palabra en una misa, el catolicismo será lo que es, todo lo contrario a un movimiento asambleario, a pesar del abuso que los curas hacen de la expresión Asamblea de Dios.

Muy buena la semblanza.

Lisístrata dijo...

jejje, en las misas tendría que haber fieles como la señora q aparece en las pelis de La ciudad K (a partir del min 7'44 aproximadamente, tendrían su expectación y su cosa, creo q iríamos hasta os ateos para ver como se cuece el debate, jejeej.