martes, 7 de septiembre de 2010

Las puertas del infierno




"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro le contestó: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo." Tomando entonces la palabra Jesús le respondió: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella."

Mateo, capítulo 16, versículos 15 a 18.

Estas últimas palabras del pasaje evangélico, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, han constituido una de las maldiciones más severas que han caído jamás sobre el mundo, especialmente sobre el mundo occidental que es donde se ha desarrollado con mayor amplitud la Iglesia Católica.

Resulta altamente sospechoso que tales palabras, las más tremendas de cuantas aparecen en los evangelios canónicos, sólo las cite Mateo, siendo así que la escena se repite en Marcos y en Lucas. Da que pensar, como creen bastantes eruditos, que se trata de una interpolación llevada a cabo por algún copista avispado. Pero, a efectos del resultado, esto, en realidad, no importa mucho.

Cualquiera diría que esta frase constituye una promesa o, si se quiere, una especie de conjuro que garantizaría la pervivencia de la Iglesia por los siglos de los siglos. Pues no, los jefes de la nueva institución la entedieron como una orden, interpretando que si una de las características de la Iglesia iba a ser su durabilidad, lo que Cristo había querido decir era que no podía consentirse que las puertas del infierno la asaltaran y la destruyeran. ¿Y quiénes formaban parte de las puertas del infierno? Muy sencillo: todos los que por acción u omisión mostraban su desacuerdo con las normas que imponía la nueva religión.

De este modo, los que más adelante se llamarían a sí mismos católicos, acabaron con los numerosos grupos -docetistas, adopcionistas, marcionistas, nicolaístas, etc- surgidos a poco de la desaparición del Nazareno, que se reclamaban igualmente cristianos y que interpretaban las enseñanzas de Cristo de modo diferente. Por acabar, los católicos acabaron hasta con el por ellos llamado paganismo. Este hecho culminó en el siglo IV, momento en que, convencido Constantino, el catolicismo triunfante fue proclamado religión única del Estado romano.

A partir de este momento, las puertas del infierno ya no conocieron tregua. El primer mártir producido por la nueva religión fue Prisciliano, ejecutado, como se sabe, en Tréveris en el 385. Desde entonces, la sangre manó a raudales durante siglos. Arrianos, pelagianos, donatistas, conocieron el rigor de los grandes detentadores de la verdad. Y a medida que crecía y crecía el poder de los papas, mayor caudal adquirían los ríos de sangre: las cruzadas, los cátaros, la inquisicion, los husitas, cuyo jefe, el checo Juan Hus (1370-1415), fue atraído al concilio de Constanza para que expusiera su doctrina y, antes de que llegara a abrir la boca, lo quemaron en la hoguera... ¡Tanta muerte, tanta desolación!

Y no han parado. Hoy ya no queman a nadie (no porque no quieran, sino porque no pueden), pero siguen apartando de su camino a todo el que se atreve a levantar la voz. Úna de las últimas víctimas ha sido el teólogo franciscano José Arregui, quien se ha visto obligado a colgar los hábitos por sus enfrentamientos doctrinales con la jerarquía y, más concretamente, con el obispo de Bilbao José Ignacio Munilla.

Las puertas del infierno, esa es la clave. Todo está permitido: traicionar, matar, extorsionar, conspirar, malversar, encubrir pederastas, declarar cruzadas, apoyar a tiranos, callar ante genocidios... Todo. Siempre que se haga en defensa de la Iglesia. Repasad la historia: hoy como ayer, para la jerarquía eclésiástica, con el papa a la cabeza, y para muchos católicos de a pie, el mayor bien de este mundo, si es que no el único, es la Iglesia católica. Todo lo demás, pertenece al reino de las tinieblas, a las puertas del infierno.

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Más alto sí, pero no más claro.

Enhorabuena.

Isaak dijo...

Tu paciencia narrativa, el fino encaje de los personajes, la paz con que describes lo terrible.

Vuelvo a leerlo. Gracias por compartirlo.