sábado, 4 de septiembre de 2010

Esa jauría



El científico Stephen Hawking ha manifestado su convicción de que Dios no existe, e inmediatamente toda una jauría de meapilas, pensadores bonitos, entre los que cabe citar en primer término a los denominados teólogos, y clérigos con y sin tonsura, se han lanzado a degüello sobre el gran astrófisico inglés.
¡Vaya! Ahora resulta que de Dios no van a poder hablar más que sus partidarios. Ellos, por lo que se ve, pueden meterse en cuantos charcos les parezcan oportunos, como, por ejemplo, el matrimonio homosexual o el aborto, por citar dos asuntos de actualidad, pero los demás, los que procuramos caminar sin paraguas alguno que nos proteja, debemos meternos la lengua donde nos quepa.
Stephen Hawking, sin embargo:
-No ha dicho en ningún momento que piense crear una religión cuyos sacerdotes, además de ser sólo hombres, tengan la sartén por el mango y vivan, la mayoría fenomenalmente, a costa de los fieles (y, en algunos países, de los que no lo son; veáse España).
-No ha dicho que piense crear Inquisición alguna con el propósito de perseguir y llevar a la hoguera o a la lapidación a los que no estén de acuerdo con él.
-No ha dicho que necesite la espada o el fusil de poder civil alguno para imponerle a nadie su hipótesis.
Por otra parte, físicamente y aparte su prodigioso cerebro, Hawking es una piltrafa humana. Aquejado desde su juventud de esclerosis lateral amiotrófica se encuentra prácticamente paralizado desde hace mucho tiempo, no puede hablar, si no es mediante ordenador y un complicado juego de mandos, no puede expresarse, salvo con el pensamiento, y necesita delicados y continuos cuidados médicos. Es decir, es el sujeto tipo para depositar su esperanza en otra vida sin ataduras, sin enfermedades ni dependencias, sin dolor, una vida alada de placer y de dicha. Y no, obstante, no se conforma, sino que movido por sus estudios y por los descubrimientos científicos de los últimos años llega a la conclusión que llega y no se resigna a callársela. En estas condiciones, ¡algún valor habrá que otorgarle a su hipótesis! Al menos, el del los dos cojones (con perdón) para asumirla y exponerla.
El asunto real es que por aquí hay mucha gente viviendo a costa de Dios, mucha, pero mucha, mucha, mucha. Y mover los cimientos del kiosco es algo que los pone verdaderamente de los nervios.

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