jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Erradicar la pobreza?




Reciententemente, le han concedido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a Manos Unidas. Resulta, cuando menos, sorprendente. Aunque, quizás, no tanto, si se tiene en cuenta que con anterioridad ya habían recibido este mismo premio Cáritas (1999) y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (2005). Todas estas organizaciones tiene el severo hándicap de no ser independientes, sino que forman parte de la Iglesia Católica y dependen, en último término, de un Estado autocrático, el Vaticano, que trata de conseguir que sus criterios morales se impongan como leyes en los países a los que tiene acceso.


Manos Unidas, en concreto, fue fundada en 1960 por un grupo de Mujeres de Acción Católica. Su personalidad es jurídica, canónica y civil. Pertenece al Consejo Pontificio Cor Unum fundado por Pablo VI en 1971. Forma parte de la Alianza de Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Solidaridad, cuyas catorce organizaciones se sitúan en Europa y en Norteamérica, dependiendo cada una de la Conferencia Episcopal de su país.


Entre los principales fines hacia los que se orienta Manos Unidas, figuran la lucha contra el hambre, la miseria, la enfermedad y la falta de instrucción, la erradicación de las causas que los producen y la erradicación también de la crisis de valores humanos y cristianos.


Por último, Manos Unidas encuentra su fundamento en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia.

Habrá quien piense que siempre será mejor algo que nada y que cuando una persona tiene hambre, si alguien le da un trozo de pan, al menos, ese día ha recibido una ayuda. Es posible. No obstante, no se puede olvidar la actitud de la Iglesia Católica en asuntos tan importantes como, por ejemplo, la prohibición del preservativo en países infestados de SIDA, como un buen número de los africanos, precisamente, los más atrasados, o su constante llamamiento a la procreación, en un mundo que tiene en la superpoblación uno de sus más agudos problemas, problema que, igualmente, recae, sobre los países más pobres.


Pero es que además, a la Iglesia no le interesa acabar con la pobreza, por eso nunca hará nada para erradicarla. Para justificar esta afirmación basta con echar una rápida ojeada sobre el mundo. En los países subderrasollados, prácticamente toda África y casi toda Sudamérica, además de bastantes de Asia, hasta el 98% de las personas se declaran creyentes en Dios, en tanto este porcentaje, según una encuesta de 2004, se queda en el 15% en Suecia o en el 20% en Dinamarca, países que encabezan a los que cuentan con más ateos, que son los más ricos del globo. La evolución de la pobreza a la riqueza comparada con la creencia en Dios se ve en numerosas encuestas realizadas durante la cuarta década del siglo XX. En una practicada en la misma Suecia en 1947, recién terminada la Guerra Mundial, el 83% de los suecos creía en Dios. A principios de los años noventa, cuando Suecia se había convertido en uno de los países más desarrollados de la tierra, ese porcentaje había caído nada menos que al 38%.


En una palabra: a mayor bienestar económico menos fe en Dios, eso es lo que se desprende de cuantos estudios se llevan a cabo, de manera que ¿cómo narices le va a interesar a la Iglesia Católica acabar con la pobreza? A la Iglesia le interesan personajes como la madre Teresa de Calcuta (1910-1997), embarcado exclusivamente en el consuelo de los dolientes, pero les causa alergia gente como Vicente Ferrer (1920-2009), capaces de intervenir en la economía para conseguir que un gran número de parias vivan del producto de su trabajo después de convertir un desierto indú en un vergel. Teresa de Calcuta fue beatificada por Juan Pablo II en 2003, seis años sólo después de su muerte. Vicente Ferrer tuvo que abandonar la Compañía de Jesús y la Iglesia para llevar a cabo su proyecto



P.D. Lo datos de las encuestas están tomados del libro: Introducción al ateismo, de Michael Martín (Ed.). Editorial Akal, 2010, en el que se ofrece un amplio estudio de este asunto.

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Cuando las cosas se exponen con tanta claridad es difícil encontrar elementos contradictorios. Enhorabuena por el desarrollo de lo expuesto. Un abrazo

marti dijo...

Habrás oído en los últimos tiempos el argumento difundido por los terminales mediáticos y propagandísticos de la Iglesia de Roma, que en tiempos de crisis la única, junto con sus órdenes y organizaciones, que está combatiendo la pobreza y ayudando al prójimo son ellos.
Un argumento loable en cuanto a sus intenciones pero muy pobre para una confesión revelada que se proclama la única verdadera, ya que lo esgrimen a modo de justificación reivindicativa y descalificatoria contra "la ola de laicismo y relativismo"que todo corrompe y disgrega.
La propaganda, así entendida, oculta la impotencia y falta de voluntad reales para poner los cuantiosos medios humanos y económicos de la Iglesia al servicio de un combate realmente eficaz y serio contra la pobreza y las necesidades más elementales, de una manera estructural.
Cuando la tragedia de Haití, con necesidades perentorias evidentes en uno de los países más pobres del mundo, mons. Munilla lo único que se le ocurrió fue salir con un discurso moralista ajeno a la realidad y a ese amor que se dice distribuir a los más necesitados.