lunes, 13 de septiembre de 2010

En el nombre de Dios


Hay días en que a uno se le revuelve el corazón y el alma y, sobre todo, el estómago, días en que uno reniega del lugar en el que nació y más aún de la cultura en la que lo educaron.

Leyendo lo publicado recientemente sobre la pederestia de eclesiásticos en Bélgica, el asco me ha revuelto de verdad las tripas, me ha encendido de ira, siendo así que yo soy un tipo más bien calmo y meditativo.

Se calcula que entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado, unos 320 pederastas han podido abusar de hasta 800 niños y niñas de entre dos y doce años. Trece de estos niños llegaron al suicidio, al no poder superar el tormento sufrido. La mayoría de los colegios e internados católicos belgas cuentan con algún pederasta entre sus filas, debidamente encubierto.

Hay casos realmente espeluznantes, como el del bellaco que sodomizaba a un niño de ¡cuatro años! y luego le decía que su padre le haría lo mismo si se lo contaba. O el del obispo que abusaba de su sobrino y luego, cuando lo descubrieron, sobornó a la familia para que no lo denunciarán hasta que el delito prescribió (es decir, que saben de sobra que es un delito, no sólo un pecado, por eso lo encubren). ¡Y la familia aceptó el soborno!

Para comprender la magnitud del sufrimiento de las víctimas hay que tener en cuenta que Bélgica es un país sumamente católico y que, como es lógico, a los colegios e internados religiosos acuden los hijos de las familias más prácticantes. Independientemente de su situación intrínseca de dominio, esta circunstancia ha jugado de manera esencial en favor del pederasta y en contra de las víctimas. En efecto, de una parte, los padres no habrían creído jamás que un sacerdote católico pudiera abusar de sus hijos y, de otra, los hijos, criados en un ambiente tan malsano, no fueron capaces de revelarles la tortura a la que estaban sometidos. Muchas de las víctimas manifiestan ahora ante sicólogos y especilistas que este fue, precisamente, uno de sus mayores sufrimientos (sufrimientos y torturas, por cierto, que ríase usted de la pasión y crucifixión de Cristo).
En el colmo del horror, a los obispos belgas, reunidos en sacrosanto cónclave y convenientemente asistidos por el Espíritu Santo, tanta miseria no los mueve no ya a entregarse a la justicia o cuando menos a dimitir por haber encubierto a los pederastas, sino ni siquiera a pedir perdón. Y en la estratosfera de la hipocresía afirman que están dispuestos a crear un centro para ofrecer una atención personal a las víctimas... para restablecer la dignidad de las víctimas y ayudarlas a convivir con el sufrimiento. (¿Qué pretenden, seguir aprovechándose de ellas? ¡Qué ensoberbecido hay que estar y qué canalla hay que ser para llegar a esto!)
Y mientras tanto el papa, ese señor de la foto de tan beatífica cara (dura), llega a Inglaterra después de culpar a la prensa del escándalo, de culpar a los que denuncian y se atreven a tirar de la manta, de culparnos a todos que, en realidad, es lo único que él y toda su Iglesia saben hacer, pringarnos, enmierdarnos de culpa para que no podamos salir de ella y ellos continúen viviendo magníficamente a nuestra costa. Dos mil años llevan llenando el mundo de culpa y todavía no se dan por satisfechos.
Post Data: Las familias católicas deberían sacar la moraleja de este asunto: ojo con vuestros hijos si lo lleváis a un colegio religioso. Preveniros antes de lo que puede esperarle. Y (permitidme compensar mi indignación con una pizca de grosería) no le miréis sólo la cara para saber si ocultan algo, miradle también el culo.

3 comentarios:

marti dijo...

No te preocupes por el perdón. Lo habrá, cuando lo haya, y de aquella manera.
La preocupación que les corroe son las responsabilidades derivadas de la aplicación de los códigos penales de aquellos países concernidos con sus responsabilidades patrimoniales subsidiarias. Ahí radica, en buena medidad, el quid de la cuestión. El otro día me refería, a requerimiento de un parroquiano, acerca del caso de la diócesis de Boston. Aprendieron de ello y aplican sus enseñanzas "urbi et orbi".
Una institución tan jerarquizada, monarquía absoluta, tan burocratizada como la Iglesia de Roma y con un Código Canónigo minucioso y universal, no cederá ni un ápice más de lo mínimamente necesario ante esta crisis tan importante. Los hechos, las declaraciones, me dan la razón de forma lamentable, pero hay que ser realistas.

Paco Muñoz dijo...

Sólo puede uno solidarizarse al cien por cien de tu entrada.

Una gran parte de la Iglesia católica son unos sinvergüenzas e hipócritas, ademas de unos criminales todos lo que están implicados en esas prácticas, por acción y omisión.

Molón Suave dijo...

Sí, Marti, tienes toda la razón. No piden perdón porque eso sería reconocer su culpabilidad y enfrentarse a la justicia y a las indemnizaciones. Yo resalto esto porque escribo con el propósito, tal vez utópico de que, además de los convencidos, lo lea algún vacilante al que le sirva para reflexionar y apartarse definitivamente.