sábado, 11 de septiembre de 2010

De como aprendí a amar la confesión


¿Qué edad tendría? ¿Dieciésis, diecisiete años? La memoria, a veces, es incapaz de precisar determinados detalles. Pero no, seguro, los diecisiete no los había cumplido aún. ¡Resultó tan largo el calvario, tan tortuoso! No es empresa fácil romper las amarras cuando desde la más tierna edad te han atado férreamente al muelle. En medio de la tormenta, la brújula llevaba ya bastante tiempo señalando la dirección a seguir, pero aún la aguja no se había detenido del todo, todavía seguía oyendo misa los domingos y todavía me acercaba al confesionario a contarle al cura mis pecados. Pero cada vez distanciaba más una confesión de otra y, además, cuando lo hacía, cambiaba de iglesia y de cura.

Ocurrió un domingo a eso de las diez menos diez de la mañana, poco más o menos, en la iglesia de San Pablo. Recuerdo la hora porque yo había ido con el propósito de oír la misa de las diez y con el propósito de confesarme y de comulgar. Para el que no la conozca, la iglesia de San Pablo es de estilo gótico, grande y umbría, y los confesionarios, en las naves laterales, quedaban en una semioscuridad que a mí me parecía protectora. La regían y la rigen los Misioneros del Corazón de María.

Había varios de ellos confesando, cada uno en su confesionario. Al que yo me acerqué era un cura no muy mayor, de unos treinta y cinco años, tal vez, no mucho más. Las mujeres confesaban en los laterales del confesionario, a través de una ventanita cerrada con una celosía, de tal manera que su rostro apenas era visible para el cura (de los trucos para evitar esta separación ya hablaremos otro día). Pero los hombres confesábamos por delante, a pecho descubierto, cara a cara con el auditor y sin separación alguna. Me arrodillé ante él y murmuré el consabido:

-Ave María Purísima

-Sin pecado concebida -respondió el cura. Y me rodeó el cuello con su brazo y acercó su cara a la mía hasta situar su boca a menos de dos centímetros de mi oreja-. ¿Cuándo fue tu última confesión?

-Hace... -le dije el tiempo, dos meses o tres, no lo recuerdo.

¿Y de qué te acusas, hijo?

¿Yo? ¿De qué me iba a acusar yo? De lo de siempre.

-Me he masturbado, padre.

Ahora el cura tendría que preguntarme cuántas veces. Y eso fue lo que me preguntó.

-¿Cuántas veces, hijo?

A mí su abrazo me empezaba a resultar un tanto molesto. Su olor, además, un olor suavísimo, a esencias de pura santidad, supongo, se me había entrado hasta lo más hondo de la nariz causándome una sensación muy rara, como de vértigo. Pero se las dije:

-Muchas veces, padre, no recuerdo el número.

Ahora el cura tendría que decirme: ¿De qué otro pecado te acusas?. Pero lo que dijo fue:

¿Y cuándo te masturbas en qué piensas, hijo mío?, ¿cómo lo haces?

Me eché ligeramente hacia atrás, acerqué mi boca a su oído y se lo dije bajito, le dije:

-¡Yo me cago en tu puta madre!

Me levanté sin aspavientos y salí a paso rápido de la iglesia.

Fue definitivo. Nunca más he vuelto a acercarme a un confesionario. Y si he vuelto a entrar en una iglesia ha sido como turista o para asistir a algún acto de carácter social, como una boda o un entierro.

4 comentarios:

marti dijo...

Como eres un asiduo parroquiano de la Taberna, no creo necesario recordarte los posts que he ido colocando y los comentarios anexos respecto a la actitud de la jerarquía de la Iglesia de Roma respecto a los abusos sexuales, síquicos, etc... y sus consecuencias.
Tu relato es tan real como la vida misma y creo muy positivo que cosas así se divulguen tal y como tú lo haces.

Molón Suave dijo...

Sí, Marti, estoy al tanto de tus posts. Me ocurrió tal y como lo cuento, no invento nada. Y seguiré contando y dando palos aunque no se más que con la leve varilla de este blog. Entre todos, algo conseguiremos para ir acabando con esta mafia

Lisístrata dijo...

Así de crudo era ese tiempo oscuro en que te sentías culpable de cualquier nadería requerida por nuestros instintos y el remordimiento te inducía a colocarte de rodillas ante un asqueroso y babeante cura q seguro q se ponía en el interior de un pestilente y oscuro confesionario mientras hurgaba sin pudor en tu intimidad. malditos sean!

Paco Muñoz dijo...

Molón muy bueno, en mi vida sólo he confesado dos veces y colmulgado otras tantas. La primera para que no metieran a mi padre en la cárcel, según mi madre,yo ya estaba trabajando (empecé con nueve años), la segunda en el setenta y tres cuando me casé, obligatoriamente por la iglesia. No quise crear problemas familiares. Yo me fuí por la celosía, y me dijo usted no se confiesa habitualmente y le dije no señor es la segunda y de la primera hace catorce años.

Le aclaré que era para casarme, y parece ser que dijo algo que no entendí y que me absolvía, no se de qué, lo cierto que me declaro absuelto. Me marché y hasta hoy.

Ya hace 38 años que no soy antropófago.