miércoles, 1 de septiembre de 2010

Creer. ¿Pero en qué? ¿Y a quién?



Otra tarde también, frente al mar que se mecía suavemente, como adormecido, con el sol tintando ya de carmín el horizonte y una brisa ligera acariciando la piel. Otra tarde también serena, apacible, de no haber sido por la pareja que habíamos conocido el día anterior en la urbanización y que aquel día se nos había pegado desde por la mañana y no habíamos conseguido que se nos despegaran.
La chiquita no callaba un instante. Sentada en la tumbona junto a su marido, no había parado en toda la tarde de hablar de la grandiosidad del mar, de la inmesidad del universo, del orden inmutable de los astros, de la complejidad irreductible, de Dios, en fin, una vez y otra, aseverando la imposibilidad de su inexistencia y la necesidad insoslayable de creer que, según ella, habita el corazón del ser humano.
Yo la escuchaba en silencio por educación. Pero tanta insistencia me estaba destrozando los nervios.
-Hasta no hace mucho -me revolví al fin, controlando la voz para que no se notara la intensidad de mi cabreo-, ahí cerca, en Sierra Mágina, esa preciosa comarca serrana de la provincia de Jaén, la gente creía en los juancaballos, diabólicos seres de apariencia terrible que vivían en las cumbres de las montañas y, a veces, cuando les apetecía, bajaban al llano a destruir los sembrados y a devorar las cosechas. Nadie en la comarca sabía describir cómo era físicamente un juancaballo, porque nadie lo había visto nunca. Pero ésto no era óbice para que la gente siguiera año tras año, siglo tras siglo, creyendo firmemente en ellos. ¿Tú creerías en un ser así? -le pregunté volviéndome hacia ella y sonriendo.
La chiquita encogió levemente sus desnudos hombros y abrió la boca para contestarme. Pero yo no permití que hablara.
-A Dios tampoco lo ha visto nadie jamás -proclamé mansamente sin dejar de sonreír- y no existe el más mínimo indicio de que Él se haya relacionado jamás con ser humano alguno. Hay algunos hombres que aseguran que Dios les ha hablado; algunos afirman que en sueños; otros que en plena vigilia, pero no ofrecen prueba alguna de semejante prodigio. Y ahora, si te parece, pasemos a los textos. Para abreviar, vamos a fijarnos únicamente en la religión cristiana, que es la que tenemos más próxima. En realidad, de todas puede decirse más o menos lo mismo. Para los cristianos, el sustrato de su religión es la Biblia. Afirman que es un libro escrito por hombres a los que Dios inspiraba. Sin embargo, al menos, en sus libros fundamentales, los primeros -Génesis, Éxodo, etc.- la Biblia consiste en la reunión de una serie de historias procedentes de dos tradiciones, la rabínica y la levítica, de ahí sus repeticiones, sus contradicciones y sus incongruencias. Es decir, que, en primer término, no es un texto coherente, de modo que, a menos que pensemos que Dios está loco o es un gilipollas, resulta difícil admitir que fuera inspirado por Él. Y, en segundo término, lo que existe de la Biblia no son los textos originales, sino copias de copias de copias, de manera que a ver quién sabe en qué consistía realmente lo pirmero que se escribió.
La chiquita había hecho dos o tres intentos de replicarme, pero yo no consentí que me interrumpiera.
-Ahora -proseguí impertérrito-, si pasamos a Cristo, la cosa no encuentra mejoría alguna. En primer lugar, de Cristo sólo hablan fehacientemente sus seguidores y lo hacen a través de los llamados Evangelios. De gente contraria o neutra, apenas si hay alguna vaga referencia que podría valer tanto para Él como para otros muchos. Los Evangelios, a su vez, se contradicen entre sí en más de una ocasión y muestran, como la Biblia, no pocas incongruencias. En cualquier caso, no conocemos de un modo directo qué es lo que Cristo hizo o dijo realmente, ya que el Hombre de Nazaret no dejó nada escrito. Es decir, que son los Evangelios el único testimonio en el que puede basarse nuestra creencia. Pero es que hay más. Los únicos Evangelios que la Iglesia Católica admite son los canónicos. Estos textos fueron reconocidos como tales en el siglo IV de nuestra Era, más de trescientos años después de la muerte de Cristo, y son, a su vez, copias de copias de copias, puesto que tampoco se conservan los originales.
Ahora sí, miré a la chiquita directamente a los ojos y endurecí mi gesto por primera vez.
-¿Y con todos estos antecedentes quieres tú que creamos? Muy bien, ¿pero en qué?, ¿y a quién?
La chiquita no me contestó. Se puso de pie, agarró su tumbona, agarró del brazo al marido y salieron pitando los dos rumbo a la urbanización.
Para nuestra suerte, no volvimos a encontrárnoslos. ¿Quizás porque ellos con habilidad nos esquivaban antes de que los viéramos nosotros? Luego supimos que ambos, la chiquita y su marido, pertenecían a los Kikos, esa sorprendente organización de la extrema derecha católica, y que ni en vacaciones descasaban de practicar su proselitismo.

3 comentarios:

Lisístrata dijo...

Como buen narrador q eres, puedo imaginarme tan didáctica, filosófica y teológica conversación, pero ¡cómo me gustaría haber sido testigo de ella en riguroso directo! gozada de exposición clara de premisas y conclusiones.

Molón Suave dijo...

Fue, Lisis, una pequeña venganza. No te puedes imaginar lo pesada ue se pone esta gente, aunque tú estes haciendo clara ostentación de que lo que dicen te importa un rábano. Al final, claro, es como esos vendedores que llegan a las puertas de las casas, siempre hay algún incauto que cae. Por eso insisten. Pero con mi mujer y conmigo se les salió el aire. Luego nos reímos bastante. Y, a veces, casi dos meses después, todavía lo hacemos.

vértice dijo...

Me quito el sombrero ante usted.
Un Saludo.