domingo, 16 de mayo de 2010

Un cuerpo glorioso


Hoy, domingo, dieciséis de mayo de 2010, he estado en misa. Sí, a las diez y media, en la iglesia de San Pedro.
Después de tantos días de nubes y de agua, ha amanecido un día tan esplendoroso que he cogido mi cámara de fotos y me he echado a la calle tempranito a disfrutar de esta ya casi inesperada y preciosa resurrección.Caminar temprano un día de fiesta por las calles de Córdoba es un lujo que no cuesta dinero y del que, sorprendentemente, muy pocos gozan.

Disparando mi máquina a cada paso, me he extraviado por las callejuelas de Santa Marina, por San Agustín, por San Lorenzo... Se requiere tan poco para disfrutar de la vida que no logro entender cómo la gente se empeña en correr tanto para llegar a ningún sitio. Tanto y tanto viaje a tierras lejanas y exóticas y no han escuchado nunca, una mañana de domingo, en la plaza de la Magdalena, por ejemplo, el murmullo de la fuente junto al piar de los gorriones hambrientos en la copa de los árboles.

A las diez y media, entré en la iglesia de San Pedro. La misa acababa de empezar y decidí quedarme. Un templo gótico impresiona siempre. Y a este la restauración concluida no hace mucho le ha sentado bien. Pero en la misa no hay más que veinticinco personas: dos niños de ocho o nueve años; un jovenzuelo de unos quince; dos señoras de entre treinta y cinco y cuarenta (una de ellas, rubia, pedirá un donativo pasando una cestita después del Credo) y el resto hombres y mujeres de más de sententa, dos de ellos claramente turistas. En un confesionario hay además un sacerdote no más joven que estos últimos fieles que, como nadie se acerca a confesar, abandonará su puesto a mitad de la homilia. A quien recuerda esta iglesia a rebosar ya en la misa de ocho (no digamos en la de doce), no deja de embargarle un extraño sentimiento mezcla de melancolía y de euforia, aunque también de prevención. Sí, es verdad, los fieles abandonan los templos en masa, pero nunca es más peligroso el dragón que cuando se encuentra herido.

El párroco de ayer, don Julián, rollizo, bien alimentado ofrecía sus homilías sentado en un gran sillón de tercipelo rojo, como un emperador. El de hoy, cuarentón y alopécico, lo hace de pie, ante un atril que apenas deja ver su cara. El de ayer no tenía que explicar nada. Era el momento de la Iglesia triunfante y le bastaba con repetir un año tras otro la secuencia evangélica del día. El de hoy se ve en no sé qué extraña necesidad de explicar lo inexplicable a una grey tan disminuida.

Da grima escucharlo. Se diría que habla para verdaderos imbéciles carentes del más mínimo atisbo de razón. Narra la ascensión de Cristo y, a continuación, asegura que tras la resurrección el cuerpo del Maestro adquirió un carácter glorioso que sanaba todos los males, curaba todas las dolencias y transmitía toda la felicidad. Seguidamente se pregunta por qué Jesús no se quedó con nosotros. Y el buen hombre se responde que tuvo dos buenas razones para no hacerlo. La primera consiste en que habría dejado sin misión a la Iglesia, y la segunda en que en ese caso nos veríamos libres de los males que nos aquejan, circunstancia harto contraproducente, toda vez que los seres humanos estamos obligados a sufrir, estamos obligados a padecer, si queremos alcanzar la salvación (repito sus palabras casi una por una.)
Es imposible que el buen hombre creyera lo que decía. O sea, Cristo, con el poder inmenso de un Dios omnipotente, tiene, con su sola presencia, la posibilidad de alejar de nosotros el sufrimiento y de convertirnos en seres felices y, no osbtante, después de morir en una cruz y de resucitar, en lugar de quedarse, va y se larga, porque no tenemos más narices que padecer. De tontos, tontos, tontos, vamos, o de auténticos malvados. Pero no, ni una cosa ni la otra, que, a pesar de todo, Cristo sigue siendo la cumbre más alta del amor, de la bondad, de la sabiduría, de la generosidad, etc., etc., etc.

Así es toda la teología católica: ¡Para llorar! La pinten como la pinten, la contradicción es siempre la misma: Si Dios es omnipotente, entonces es responsable del mal; y si no es omnipotente, ¿qué es?

Me fui en el Ofertorio. No conseguí llegar hasta la comunión, a ver cuántos de los veinticinco se acercaban a comulgar.

4 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Te superas cada día. San Pedro, nos casó a Conchi y a mí, el tal Don Julián, que figuraba como asesinado por las hordas rojas, en las lápidas del trascoro de la Catedral en la Mezquita. Como es lógico fue un error que tardaron en rectificar.

Luego bautizamos al mayor allí. Evidentemente yo era y soy un hipócrita, pues cubrí el expediente para no dar disgustos a la familia. El acto se celebró allí porque el párroco del barrio dijo que los bautizos eran los domingos a las cuatro de la tarde, y nosotros por aquello de los familiares y tal, queríamos el sábado. Bronca con "el cateto" como llamábamos al párroco citado y visita a D. Julián que no puso ni una pega -como pájaro viejo- este cliente no se me escapa, y preguntó: -Qué día y a qué hora. Claro para nosotros mejor. Ya ha llovido.

Enhorabuena Molón.

Molón Suave dijo...

Yo nací en la plaza de San Pedro, frente a la puerta de la epístola de la iglesia y de la torre. Luego, fui monaguillo con el ínclito don Julián Caballero Peñas, al que llamábamos Don Julián Barrigas. La de misas que le ayude, en latín, por supuesto. Pero ya lo iré contando. Alguna cosas tienen hasta gracia.
Un saludo.
Por cierto, tus entradas en notas cordobesas me interesan mucho, aunque no te haga comentarios.

Paco Muñoz dijo...

Pues Conchi nación en Mucho Trigo, y nos casamos allí en el 73 con el "Barrigas", y luego como te he dicho bautizamos a Paco, en el 75. Una boda accidentada, a la salida de la boda se fracturó mi tía Antonia una pierna en el escalón de la entrada. Un número.

Y Conchi es "forofa" de San Pedro, yo no soy ni del Córdoba C.F.

Sabes que siempre me hago un lío con el Evangelio y la Epistola, Dónde está la lápida del asunto de los Mártires, es la de la Epistola a la derecha. Creo que no me equivoco. Si es así en esa acera vivía el jefe de mi hermana, un sastre que tenía el taller en la calle Conde de Cárdenas -la de "Los Tres Reyes"-.

Y no te preocupes por lo de los comentarios, es un asunto que tiene el valor que le quieras dar, no es muy importante para mí el "share" eso le interesará al que de una forma comercial utilice este medio, lo mio es satisfacción personal y sobre todo obligar a los demás a que recuerden cosas que es lo importante y el mejor "share" que se puede tener. Aunque todo es lícito desde luego, no criminalizo a quién utilice este medio para ganar dos euros.

Molón Suave dijo...

Yo me casé en el setenta. Pero no allí, sino EN SAN HIPOLITO. Eso sí, pura hipocresía también, por la familia, pues ni se me ocurrió confesar y, por supuesto, comulgue, como era obligatorio, es decir, cometí sacrilegio.

Si, el lado de la epístola es el de la derecha, conforme se mira al altar. Y en efecto, junto a esta puerta está la lápida de los mártires. Yo viví allí sólo hasta lo cuatro´años, luego, con un paréntesis de tres, me crie en la calle Almonas (a mí me gusta más este nombre que el suyo oficial y más moderno de Gutiérrez de los Río), al lado de la Sultana y prácticamente al lado de la plaza de la Almagra. Si tu mujer vivía en Mucho Trigo, es posible que la conozca. A mí, también me gusta mucho aquel barrio, pero sin llegar a ser forofo.