domingo, 2 de mayo de 2010

De cómo aprendí a amar la música


Yo hice la enseñanza primaria en los Salesianos. En los gratuitos, aquellos que entraban por una puertecilla lateral rehundida ligeramente en el muro y pintada de un gris azulón.

A los Salesianos les encanta -o les encantaba, ahora no lo sé- la música. Reunían a las nueve clases que formaban el colegio en el patio y nos ponían a aprender canciones sacras -Alzar el lávaro sagrado y cosas por el estilo- después de la hora de la salida, que entonces eran las cinco y media de la tarde.

Un día se les ocurrió organizar un coro y nos probaron la voz no recuerdo a cuántos, a muchos, a casi todos. Con santa paciencia nos fueron fueron probando la voz uno a uno. A mí me escogieron. Yo no había cantado en mi vida, pero me escogieron. Tenía nueve años y una carita de ángel más bien tirando a hambriento.

Quizás alguien recuerde todavía a don Félix. Era un cura grande, grande, enormemente grande, con la cara aguzada y el pelo cortado al cepillo. El fue el director del coro.

Ensayábamos en el teatro-cine. Dos o tres días a la semana, no recuerdo. Tampoco recuerdo la canción con la que empezamos. Una misa, quizás.

Éramos unos veinte, todos con la misma carita de ángeles hambrientos y con las mismas ganas de salir pitando. Don Félix se afanaba en la dirección, tanto que a los dos o tres días todos poníamos nuestro mayor empeño en aprender deprisa.

Debíamos llevar ya unas tres semanas cuando empezaron los problemas. Ya sabíamos la canción y ahora sólo se trataba de repetir y repetir hasta lograr el tono y el ritmo adecuados. Nuestras voces subían y bajaban entusiastas, fervientes.

Fervientes, sí. Y entusiastas. Eso creía yo. Aquel día, mientras marcaba el compás, don Félix alargaba una y otra vez su robusto cuello, como sí... no sé, como si pretendiera captar la esencia más íntima de nuestro canto. Una y otra vez alargaba el cuello y torcía ligeramente la cabeza y elevaba la oreja, sí, sí, la elevaba, lo recuerdo muy bien.

De pronto alzó el brazo y nos detuvo. Un silencio ominoso se extendió velozmente por todo el teatro.

-A ver, a ver, Molón, sí tú, Molón. Ven aquí, hijo mío, ven, ven.

Salí rápidamente del grupo y me puse ante él.

-Ahora tú solo, Molón, canta tu solo.

Don Félix me dio la entrada y yo empecé a cantar con el orgullo de ser un ejemplo para mis compañeros.

Debí cantar un par de compases, ni uno más. Al iniciar el tercero...

¡Buuunnnn! La manaza enorme de don Félix se estrelló con todas sus fuerzas contra mi mejilla izquierda. No llegué a caerme, pero dí trastabilleando más de media docena de pasos a mi derecha.

-Vete y no peques más- le dijo Cristo a la mujer adúltera a la que el populacho pretendía lapidar.

Conmigo don Félix fue algo menos caritativo.

-Vete -me dijo sin inmutarse-. Y no vuelvas más.



2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Había un dicho que decía que si en la antigua Unión Soviética,en lugar de prohibir la religión católica, hubiera implatado muchos colegios de Salesianos, a la vuelta de dos cursos eran todos ateos de por vida.

Tengo amigos que han estudiado allí, igual que el niño de tu entrada, en los "de balde" y cuentan cosas peores. Por menos salió el otro día en una noticia, un señor alemán que se quejaba que le tiraban de las patillas, y orejas. Y lo contaba como una gran ofensa, si este señor hubiera sufrido "la letra con sangre entra" de los discípulos de San Francisco de Sales, que hubiera dicho.

Ahora comprendo el fondo de tus excelentes entradas.

Molón Suave dijo...

Sí, Paco. Me dieron bien, bien. Y yo era de los buenos, de los del cuadro de honor todos los meses. Y me mintieron más, mucho más, en lo que era fácilmente comprobable. ¿Cómo iba a creer después en lo que no se puede demostrar? Pero no guardo rencor. Simplemente, esta gente es una mafia enorme a la que hay que denunciar para que no vuelvan a tener nunca el poder que tuvieron. No soy ateo, porque eso me parece que sería el reverso de aquello. Tan indemostrable es una cosa como la otra. Me contento con ser un empírico escéptico. Pero allí donde encuentro un huequito denuncio con todas mis fuerzas a toda esta plebe. Individualmente, no dudo de que hay gente buena, pero la institución, la institución... Para la institución ni agua.