miércoles, 19 de mayo de 2010

De cómo aprendí a amar al prójimo


Yo también tuve un tío cura. No era tío, tío: era primo de mi madre. ¡Tenía tanto carisma, con su sombrero de teja y su manteo! Todo el mundo le besaba la mano. Así es que yo también quise ser como él.

Mi madre, encantada. No es que fuera muy devota, ¡pero tener un hijo sacerdote! Movió cielo y tierra para conseguirme una beca, porque para ser cura había que pagar y en mi casa no había dinero, lo que había era hambre. Un preboste de la parroquia, que tenía negocios en cosas del aceite, estuvo, al fin dispuesto a soltar mensualmente la tela y así un día de finales de septiembre yo entré en el seminario.

Tuve la suerte de inaugurar el del Santa María de los Ángeles, localizado en un paraje soberbio de la sierra de Hornachuelos, donde el Duque de Rivas sitúa la acción de su drama Don Álvaro o la fuerza del sino.

¡Ah, qué año feliz de mi vida fue aquél! Éramos 106 compañeros y estábamos gobernados por tres sacerdotes seculares, don Salvador, don Antonio y don Juan. Los dos primeros abandonaron, el segundo creo que después de ser párroco de Santa Marina. El tercero llegó a canónigo y formó parte del consejo de administración que ayudó a hundir Cajasur. Aquella sierra estaba llena de venados y don Antonio era un gran cazador. Todos los días teníamos carne de ciervo en la mesa, hasta en el cocido y a mí, que nunca fui un gran comedor, cada día me gustaba más. Pero no era sólo la comida, era el increíble paisaje, la lejanía del mundanal ruido con su extraordinaria miseria, los baños en el río cuando llegó el buen tiempo... Aunque sin puerta, sólo cerrado con una cortina, teníamos hasta nuestro dormitorio individual.

Al año siguiente, nos pasaron a San Pelagio, en la capital, frente a la Mezquita y al Palacio del Obispo, pues en Santa María de los Ángeles sólo se hacía el primer curso de la carrera. San Pelagio era un sitio oscuro, lúgubre, tenebroso. Lo dirigían los jesuitas y estas eran entonces palabras mayores. Alguien recordará todavía a muchos de los padres de entonces. Yo sólo recuerdo al padre Vivar, tan derecho, tan encopetado, tan categórico.

En San Pelagio aprendí a amar al prójimo. La comida era mala y escasa. Y además muy mal cocinada. Y a los señores jesuitas no se les ocurrió otra cosa que permitir que nos trajeran comida de casa, o que se la enviaran a los de fuera. Permitieron más: que el que quisiera se llevara la comida al comedor.

La verdad es que en las casas de la mayoría había poco que mandar y, aparte de algún tarrito de miel o algún tubito de leche condensada, no teníamos nada con que alegrar lo que nos preparaban los señores jesuitas.

Pero a algunos la interminable posguerra no parecía afectarles y recibían de su casa olorosos y bien surtidos paquetones. Había uno, Gregorio se llamaba, de Pozoblanco, grande, rollizo, pelirrojo, que en la larga mesa de mármol se sentaba enfrente de mí y que todas las noches, mientras tratábamos de engullir nuestra ración de lentejas viudísimas, él se ponía en el plato tremendas lonchas de jamón bien veteado de brillante tocinillo, o tronchos de un salchichón gordo como su brazo y de un maravilloso color nazareno salpicado de gotas de marfil.

¡Cómo comía el gachó, cómo comía! ¡Con qué fruición movía los carrillos, los dos a la vez! Algunas noches hasta gotitas de sudor brotaban de su frente, mientras la nuez, con precisa cadencia, no dejaba de subir y bajar por su gaznate.

Ni "¿queréis?", preguntaba el tío, aunque no fuera más que por cortesía. Cómo lo iba a preguntar si veía en nuestros ojos y en toda nuestra cara cual hubiera sido la respuesta

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

San Pelagio enfrente del Colegio de niñas del Obispo. Creo que tu no jugarías a la pelota en al Huerta de Antoñita en la bajada de la cárcel. Con borlas de distinto color. Nunca supe los colores, creo que correspondían con los cursos. A mí también intentaron conseguirme para la causa, pero sólo fue un comentario, claro tus padres, viendo como comían y los gordos (que si comieran chinos del río, no estarían tan gordos los tíos joíos) que estaban, dirían allí meto a mi hijo y por lo menos se salva. Pero yo no sabía el tema de la comida de San Pelagio.
Lo Hornachuelos era una maravilla, el paraje fuera de lo normal, y me han dicho está en la ruina ahora.

Un saludo.

Molón Suave dijo...

Pues sí, Paco, te aseguro que no exagero ni un ápice. Y sí también, íbamos a aquel lugar en largas filas, con nuestras sotanas y nuestras becas (bandas) con sus borlas, blancas, azules y rojas (blancas hasta quinto, azules hasta octavo, es decir, filosofía, y rojas los teólogos, los cuatro últimos años.)
Santa María de los Ángeles sigue siendo del obispado, fue una donación, creo que de la marquesa de Viana. Hoy lo tienen cerrado y con el camino que hasta allí llevaba levantado y sembrado de grandes peñascos para que no puedan pasar los coches. Hay otro camino que va bordeando el río, pero un particular -manda huevos- ha levantado una cerca hasta la misma orilla y dentro tiene toros bravos. Se puede sortear la cerca, pero a ver quien es el guapo que se atreve a pasar por entre los toros.
En San Pelagio, las diferencias de clase no sólo trataban los jesuitas de suavizarlas, sino que, como verás, las potenciabann. Al menos en España, el clasismo ha sido proverbial entre los propios curas. No vivía igual, ni mucho menos, el párroco de una parroquia obrera que el de una rica. Ni vivían ni viven. No es lo mismo ser párroco de Cristo Rey, en El Brillante, que en la parroquia del Cerro.