viernes, 2 de abril de 2010

¿Volvemos a defender a Dios?


A mí, francamente, hace mucho tiempo que las discusiones acerca de Dios me traen absolutamente sin cuidado. Su inmenso silencio me hace pensar que no existe, pero no cuento con prueba alguna que lo demuestre. La presencia abrumadora del mal me inclina a creer que, de existir, o es imbécil y el cotarro se le fue de las manos, o es un malvado absoluto, en cuyo caso tenemos todo el pescado vendido desde mucho antes de nacer.
A mí los que me interesan son los intermediarios y los enormes tinglados que nos han montado a lo largo del tiempo, principalmente para vivir como verdaderos señores a costa del sudor de sus ciervos. Y, como, por más que me pese, me encuentro en la órbita de eso que han dado en llamar cultura cristiana, el intermediario que más me interesa es el que reina en el Vaticano, ese señor de cara aceitunada que a las denuncias de pederastia les llama ahora mezquinas habladurías y afirma que no se verá intimidado por ellas, no se sabe, porque no lo ha dicho, si para seguir encubriendo los delitos de sus sacerdotes y obispos o para qué.
Hoy es Viernes Santo y a mí me admira el desparpajo con el que este señor y toda la marea de cardenales, obispos y clérigos conmemoran la muerte del que dicen ser su fundador. Los he visto un momento en el televisor y me he sentido completamente abochornado. ¡Qué lujo! ¡Qué galanura! ¡Qué singularidad de protocolo! Todo para evocar la muerte de un hombre ocurrida hace más de dos mil años. Y entonces, una vez más, he comprendido por qué defienden a Dios. Lo defienden para negar el mundo, a fin de cuentas, creación divina, según la propia doctrina que sostienen. Defienden a un ser invisible, posiblemente inexistente, del que, así se pongan de canto, no sabemos absolutamente nada, para negar lo evidente, el dolor, el sufrimiento, la podredumbre del mundo. En lugar de remangarse y tratar de corregir aunque sea mínimante el mal que nos acosa, ellos prefieren rezar, prefieren la sublimación de la liturgia que los eleva y les permite abstraerse olímpicamente del horror.
Pero hoy es Viernes Santo y se abstraigan o no, hoy también como todos los días del año van a morir ocho mil personas, personas echas y derechas, aunque jóvenes en su mayoría, no nasciturus ni otros imprecisos futuribles, y van a morir de enfermedades tan vanales para nosotros los que tenemos la suerte de vivir en el mundo que llaman desarrollado como la malaria o el chagas, o el kala azar o la enfermedad del sueño o incluso la tuberculosis. Y hoy, Viernes Santo, van a morir también en el mundo, como todos los días del año, cuatro mil niños por falta de agua potable.

Comparativamente hablando con lo que los cristianos gastan estos días en sus conmemoraciones, es tan poco lo que se necesita para erradicar estos males, es tan poco, que no entiendo como el jefe de una comunidad tan poderosa cómo la Iglesia no baja un momento de sus cumbres y les pide a sus fieles poner manos a la tarea. No necesitarían un gran esfuerzo. ¿No afirman que son mil millones en el mundo? Bastaría con que quinientos millones pusiesen un euro, un solo euro al mes, para acabar con estos azotes en menos de una decena de años. Ni siquiera tendrían que abandonar sus rezos y el mundo, desde luego, resultaría algo menos riguroso para estos seres reales e inocentes cuya única culpa es la de haber nacido en el lugar equivocado. A lo mejor, si se atrevieran a hacerlo, hasta nos veríamos obligados a admitir que la religión sirve para algo. Yo, desde luego, estoy deseando tener una buena razón para admitirlo

3 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

¡Es buenísimo! Me ha gustado una barbaridad, y como estamos de sagrado y en semana santa, dices verdades como templos, que nadie tendría, salvo esos a quienes te refieres, la poca vergüenza de rebatir.

El cinismo y la hipocresía de esas instituciones que se gastan (¿?) miles de euros en llevarle la contraria a las leyes que ha creado el Estado, que quieran o no está, lo haga bien o mal, está legitimado por los que poseen la soberanía, y que es el pueblo. Simplemente con el importe de los fastos, o de cualquier viaje, que pagan creyentes o no creyentes, porque ese Estado que he mencionado no le ha echado lo que tiene que echarle. Y es simplemente ponerle el punto a la íes, sólo eso. Pagar los impuestos como todo vecino, y que la educación, en la que aleccionan para su interés ECONÓMICO a miles de pequeños y no tanto españoles, la financiaran en su totalidad, destinando esos dineros el Gobierno a dotar a la enseñanza pública de más categoría, a la sanidad, y todos los asuntos sociales. Y aquel español en el ejercicio de su libertad que quisiera llevar a sus niños a un colegio de la Iglesia, que pagara religiosamente, nunca mejor dicho todo. La educación debe ser laica e estatal y los lujos que se los pague cada uno.

Pero entonces no estaríamos en España, esa que llamaban Una, Grande y Libre, Una porque si hubiese otra seguro que me iría a la otra, grande porque tienen cabida todos los corruptos y sinvergüenzas, y libre porque pueden ejercer la pederastia algunos individuos, para que luego después su Jefe Supremo –con presunto pasado “nacionasocialista” alemán-, diga que “no le afectarán las habladurías”.

He disfrutado con tu artículo y, porque no tengo sombrero… pero imagínate que si, por lo que virtualmente me lo quito.

raquel dijo...

nada más q añadir a lo q has dicho!! gran entrada!!
x cierto, como m ha parecido increible la he enlazado a mi perfil de facebook, espero q no t importe....

Molón Suave dijo...

A Paco Muños: Gracias por tu comentario. En España, Paco, el apoyo increíble del gobierno es una de las principales claves de la situación de privilegio que goza la Iglesia, una actitud absolutamente reprobable desde cualquier punto de vista que no sea el del egoísmo interesado.

A Raquel:Claro que no me importa que hayas añadido la entrada a tu perfil de facebook. Al contrario, te lo agradezco. La información es una de las cosas que más les duele a estos señores que, como bien sabrás, siempre se han apoyado en el secreto, cosa que pretenden continuar haciendo. Un saludo.