jueves, 8 de abril de 2010

Los verdaderos canallas



Este señor de hermosa cara, de sonrisa inocente, de mirada, si se quiere, un tanto desequilibrada, pero, en todo caso, noblota, de mofletuda y bonachona papada es el padre Lawrence Murphy, sacerdote católico perteneciente a la diócesis de Milwaukee, Estados Unidos.


Este apacible caballero está ya muerto, desapareció para siempre en 1988, pero antes, en vida, de 1960 a 1974, es decir, a lo largo catorce años, tuvo tiempo de abusar sexualmente de más de doscientos niños sordomudos, alumnos internos de una escuela de educación especial en la que trabajaba. Debido a su importante minusvalía, las víctimas de este hombre eran criaturas especialmente indefensas, ya que ni siquiera a su padres podían contarles lo que les pasaba.


Cualquiera dirá que este sacerdote era un canalla. ¡Ni siquiera tenía que amenazar a sus víctimas para que callaran! Yo, en cambio, voy a sostener que no se trataba más que de un pobre enfermo y que los verdaderos canallas son los que encubrieron sus fechorías y se limitaron a trasladarlo de lugar, donde, claro está, continuó dando rienda suelta a sus inclinaciones, aunque en este caso con monaguillos que le ayudaban la misa.


No cabe en cabeza humana que un hombre al que le atrae sexualmente un niño de siete, ocho, nueve años, sea o no del mismo sexo, pueda ser un hombre normal. Sólo puede tratarse de un individuo desquiciado, en definitiva, de un enfermo. Otra cosa son sus superiores, cuando estos descubren lo que ocurre. Y lo que ocurría acabaron conociéndolo en el arzobispado de Milwaukee y acabaron conociéndolo en el Vaticano, concretamente en la Congregación para la Doctrina de la Fe (antes Inquisición.), cuyo jefe era el señor Ratzinger, entonces cardenal de la curia de Juan Pablo II y hoy papa Benedicto XVI.


Tal vez no sea la cárcel el lugar en el que deba estar un pederasta declarado. Quizás fuera mucho más justo y caritativo (una palabra que tanto les gusta a esto señores) recluirlo en un sanatorio mental y tratar incluso de curarlo y de recuperarlo, si es que ello es posible. El señor Ratzinger no hizo ni una cosa ni la otra, ni lo denunció a las autoridades judiciales ni ordenó que lo internaran en sanatorio alguno. Tanpoco lo hizo el arzobispo de Milwaukee, ni el cardenal Bertone, que también conoció el asunto. No nos engañemos, estos, estos son los verdaderos canallas, a estos es a los que hay que perseguir, estos son los que no pueden irse de rositas, porque ellos sabían, ellos tenían capacidad racional de actuar y no actuaron, ellos, encubriendo el delito, permitieron que el delito continuara reproduciéndose.


La secuencia en todos los casos que se están conociendo viene a ser más o menos la misma. En todos ellos, el obispo correspondiente sabía lo que pasaba y, en la mayoría de los casos, el señor Ratzinger también. Que no nos vengan con que atacamos al papa o con que perseguimos la derogación del celibato. No es verdad. Lo único que deseamos es que los culpables paguen, los verdaderos culpables. En cuanto a si los curas se casan o no es algo que nos trae absolutamente sin cuidado. No bastan las peticiones de perdón, que además, tal y como se enuncian, son completamente falsas. Los pederastas tiene que ser puestos a disposición de la justicia. El señor Ratzinger y los obispos encubridores también.

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