viernes, 23 de abril de 2010

El culto al dolor



No me pidan que comprenda el dolor. La Iglesia católica lleva más de dos mil años entregada a su culto. No es la única que proclama su necesidad como medio de expiación. Las tres religiones monoteistas son manifiestamente masoquistas. Pero el refinamiento de la malsana teología católica alcanza cotas a las que ni de lejos llegan las otras dos. No hay más que ver, ahora que recién ha terminado la fiesta, la fruición y aún el regodeo con que celebran el incalculable sufrimiento de un Hombre muerto en una cruz.
No, no me pidan que comprenda el dolor. La Iglesia católica lleva más de dos mil años demandándoselo a sus fieles y a los que no lo son. Durante más de dos mil años no ha cesado de exigirnos mortificación y penitencia, bajo el pretexto de expiar una extraña culpa cometida por los que Ella llama nuestros primeros padres, remotos antepasados cuya existencia la ciencia se encargó ha tiempo de desmentir.
La Iglesia, sus miembros, sus jerifaltes, son tan aficionados al dolor que a lo largo de la historia no han dudado en aplicárselo con severa contundencia a todo aquel que se ha permitido el lujo de disentir de sus doctrinas. No sólo perturban de continuo nuestra vida con tan peregrina afición, sino que, en los últimos tiempos, ni siquiera nos dejan morir en paz: tenemos que morir también tal y como ellos ordenan.
Cristo no tuvo remedios paliativos, tronaba no hace mucho un indignadísimo obispo español cuando alguien osó plantear tímidamente el tema de la eutanasia. Y es verdad, no los tuvo. Dando por válida la historia -hecho en el que no todo el mundo está de acuerdo- el sufrimiento de Cristo tuvo que ser inmenso. Pero se trató de un sufrimiento crítico, es decir, puntual, un sufrimiento concentrado en el curso de unas pocas horas. El Hombre que murió en la cruz no fue durante más de media vida un leproso, enfermedad muy común en su tiempo y que, junto al dolor físico, llevaba aparejado el temible dolor del desprecio social; no sufrió un cáncer de útero, con dolores espeluznantes y sin tregua durante nueve meses de interminable agonía; no sufrió un cáncer de pulmón ni conoció, en consecuencia, al lado del dolor corporal, el dolor síquico de ver cómo te vas convirtiendo lenta e inexorablemente en una ruina de tí mismo; no sufrió el encadenamiento perpetuo a una silla de ruedas, ni, en fin, tantos y tantos padecimientos que aquejan a diario a tantísimos seres humanos. En punto a sufrimiento hay montañas de mujeres y de hombres que le dan sopas con honda al mismísimo Cristo.
No comprendo el dolor, no. Cuando me sitúo en la órbita de la teología católica, el dolor me parece, sencillamente una soberbia maldad. ¿Un Dios bondadoso y justiciero capaz de permitir semejantes aberraciones? Ni lo entiendo ni, mucho menos, estoy dispuesto a admitirlo mansamente. Más aún, creo que, dentro o fuera de la Iglesia, ante el dolor, al ser humano sólo le caben dos posibilidades: la primera, enfrentarse a él, tratar de doblegarlo y reducirlo a su más pequeña dimensión; y, cuando esto ya no sea posible, o simplemente, cuando no soporte más el cansancio producido por esta desigual lucha, escapar de él por la única puerta por donde es posible hacerlo. Por eso exijo en mi país la aprobación de una ley de eutanasia activa, tal y como ya existe en otros países de Europa, y por ello aplaudo con firmeza el debate que en estos momentos se está llevando a cabo en el Parlamento holandés para instituir una ley de ayuda al suicidio para todas aquellas personas de más de setenta años que no deseen seguir viviendo, independientemente de que estén sanas o no.

3 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Enhorabuena porque tengo que suscribir al cien por cien todo lo que dices. Conchi y yo estamos de acuerdo con ello y el año pasado suscribimos ese pequeños paso de documento para una muerte digna de la Junta de Andalucía. Sólo quince mil andaluces y andaluzas en esa fecha lo habían suscrito de más de siete millones. Parece entenderse que o estos no lo saben -y esto no deja de ser algo nada mas- o están de acuerdo con la Iglesia Católica y con Esperanza Aguirre, que persiguieron al Dr. Montes por colaborar en una muerte sin sufrimiento de muchos pacientes. De todas maneras a toda esta gente que no se les mueve el alma por el dolor ajeno, no tendrían inconveniente -como de hecho lo hicieron- en bendecir fusilamientos.
Reitero mi felicitación por tan excelente trabajo.

Molón Suave dijo...

Gracias, Paco. Aunque no lo menciono, este articulillo me lo sugirió lo que ha pasado con la conferencia del doctor Montes. Esta gente dice: "Eutanasia, no". Pero, en otro tiempo, enviar a la gente a la hoguera, sí; o ahora, enviarla a la silla eléctrica, también. Es el colmo del cinismo.

Paco Muñoz dijo...

Coincido plenamente contigo, son el colmo del cinismo y la hipocresía. Te reitero que me ha gustado mucho.