sábado, 6 de marzo de 2010

¿Seguimos defendiendo a Dios?


Alber Camus, al que conviene volver de tanto en tanto, lo dijo hace bastante tiempo. La cuestión, en último término, señaló, más o menos, es la que sigue: O Dios es omnipotente y entonces es responsable del mal o no es responsable del mal y entonces no es omnipotente.

El problema pues no es Dios, el problema, para nosotros los seres humanos, es el mal, en el que hay que incluir, en primer término, la muerte, si es que no había que empezar por el propio nacimiento, como afirmaba con su atinada sabiduría Calderón de la Barca, pero en el que entran la múltiples y continuas acechanzas y contrariedades que asaltan nuestra vida desde el mismo momento de nuestra concepción hasta nuestro último suspiro. Si Dios existe y es omnipotente, resulta evidente que el culpable del mal es Él, ya que ni uno solo de los seres de este mundo, incluidos los humanos, que, al parecer, somos los únicos dotados de una capacidad volitiva más allá de los instintos, ni uno solo hemos pedido nacer o ser creados, como mejor quiera entenderse. Y si Dios no es omnipotente, ¿entonces qué es? Sin duda, un gran tirano surgido en la imaginación de algún viejo hechicero de alguna antigua tribu que aspiraba a hacerse dueño del poder.

La alternativa que Camus planteaba no era retórica. Pero, quizás, se trataba de una alternativa equívoca, porque resulta más que evidente que en los últimos dos mil años de historia del ser humano y, al menos, en el mundo occidental, es decir, en el mundo que, como pretendía Juan Pablo II, debe calificarse de cristiano, el Dios que ha prevalecido es el Dios omnipotente, un Dios que todo lo puede y todo lo ha creado y, en consecuencia, es responsable también de la existencia del mal.

Este Dios es indefendible. Más aún: para un ser humano sensato, es absolutamente odioso. Es el Dios al que el hombre ha llegado mediante el uso de la razón, método admitido como válido desde Aristóteles hasta casi los estertores del siglo XX, incluida toda una pléyade de filósofos y teólogos de la más exquisita ortodoxia cristiana. Y es el Dios cuyo poder sigue proclamando en la actualidad el mundo cristiano, con la Iglesia católica a la cabeza.

Sin embargo, ¿qué destino le espera a un Dios odioso? Como de todo lo que se odia, alejarnos de Él, huir de Él, en una palabra, deshacernos de de Él. Ya lo mató Nietzsche hace siglo y medio, pero es claro que no está muerto del todo, ni mucho menos. Por eso ahora, una pléyade de brillantes pensadores potsmodernos (el calificativo es de ellos mismos), han decidido acabar definitivamente con él. ¿Pero cómo? ¿Asumiendo la última rebelión y enterrándolo definitivamente para que deje de atormentar nuestras vidas? ¡Qué disparate! Lo que estos sesudos caballeros y distinguidas señoras defienden es elevar a Dios más todavía, sacarlo del curso de la historia y situarlo allí donde el ser humano no pueda alcanzarlo jamás. Eso sí, que no podamos alcanzarlo, no significa que Él no nos alcance a nosotros. Es decir, una vez más, lo que los filósofos y teólogos postmodernos proponen es cambiarlo todo para que no cambie nada.

Estábamos equivocados, nos dicen, la razón humana es muy poca cosa para conocer a Dios. Y nos lo dicen no por señas o dando saltos de loco en las esquinas, no, nos lo dicen utilizando... la razón, ¿qué si no? Dios no tiene cualidad alguna, porque las tiene todas, afirman, y porque cualquier cualidad que le otorgemos, por más infinita que la imaginemos, no hace más que limitarlo y Dios carece por completo de límites. Por ello, tampoco es omnipotente, porque esta omnipotencia que nosotros pensamos es también alicorta y limitativa. Por no ser, no es ni siquiera una abstracción, aunque tampoco es un ente concreto. Pero eso sí, sigue siendo Dios. Y el Dios de todos. Estos teólogos postmodernos no se andan con chiquitas. Dios en lo más alto, en lo intoncable, ya no es el Dios de los cristianos, ni mucho menos, es el Dios de la totalidad del género humano, de todo lo invisible y lo invisible, vamos, como nos inculcaban con el catecismo y sostenían eminentes filósofos antiguos. Eso sí, por si acaso, ninguno de estos nuevos teólogos ha dejado de ser cristiano.

Pero, bueno, ¿y el mal? ¿Qué pasa con el problema del mal? Ay, amigos, esta es harina de otro costal, de un costal que los nuevos teólogos no quieren ni mirar, seguramente porque, como en los viejos textos, para ellos el mal tampoco existe, sino que se trata únicamente de la ausencia del bien. Ya lo iremos viendo en próximas entregas.

1 comentario:

Lisístrata dijo...

Pues mientras el bien anda vacacionando, los HP hacen de las suyas por el mundo, porque mira q hay gente con mala leche haciendo daño gratuito y jodiendo por joder (perdón, pero no hay vocablo mejor)con los que no deseas ni cruzarte en el camino por pura salud.

saludos