viernes, 12 de marzo de 2010

De como aprendí a viajar en tren




Es marzo, como ahora, tiempo de Cuaresma. A través de la ventana entra la luz como agrietada de un sol pálido que se derrama sobre el campo de futbol y, más allá, sobre el huerto. Desde la banca se ven unos eucaliptus gigantescos y, entre sus troncos el verde de los naranjos.

En la tarima, un sacerdote habla. Tiene la voz melosa y los gestos medidos. Tiene la tez blanca, como la cal, los labios rojos, las orejas algo despegadas y el pelo muy corto. Ha venido expresametne de Ronda, o de Roma, no lo sabemos muy bien y no nos atrevemos a preguntárselo. Está contando un cuento.

Imaginad -nos dice- un tren que cada día realiza un recorrido entre dos ciudades, Córdoba y Málaga, por ejemplo. Todos los días sale por la mañana, muy temprano, y regresa al anochecer. Imaginad -y, mientras habla, va representando la narración en la pizarra-, imaginad que hacia la mitad del camino, poco más o menos, hay un precipicio muy, muy profundo, tan profundo que no se le ve el fondo, un precipicio salvado por un puente por el que discurre la vía del ferrocarril. El maquinista del tren pasa todos los días dos veces por este puente dirigiendo el convoy. Por las mañanas ve el inmenso panorama que se ofrece a sus ojos. Por la noche, la oscuridad lo envuelve todo y el maquinista debe conformarse con el ruido especial que hace el tren al pasar por el puente. El maquinista sabe que, tanto de día como de noche, no corre peligro alguno de precipitarse en el vacío, gracias al puente que une los dos lados del abismo. El maquinista está tan convencido que cada día, cuando pone el tren en marcha y luego durante el recorrido, ni siquiera se le ocurre pensar ni en el abismo ni en el puente.

Bien, imaginad que un día, ha sufrido un fallo en uno de los pilares y el puente se ha derrumbado. Aquella tarde, cuando sale de la estación de Málaga, el maquinista cree que el puente sigue en pie, lo cree profunda, ciegamente, ¡como que lo ha atrevesado aquella misma mañana en el recorrido de ida! ¿Pero qué importa lo que crea el maquinista? -y aquí el sacerdote alza la voz, la atipla ligeramente y mece con suavidad los brazos arriba y abajo- ¿qué importa? Crea lo que crea el maquinista, ¡crea lo que crea!, si no frena antes de llegar al puente, el tren se precipitará inexorablemente en el abismo, ¡inexorablemente!

¡Pues lo mismo que con el puente, lo mismo, hijos míos, ocurre con el infierno! Vosotros podéis creer o no creer que existe, pero si existe, ¡y existe, sabedlo bien, existe!, creáis lo que creáis, si no dejáis de pecar, si no os arrepentís y hacéis penitencia en estos días de Cuaresma, creáis lo que creáis, os condenareis para toda, toda, toda la eternidad.

Cuántas noches el niño que aquello oía soñó que, lo mismo que el tren en el abismo, se precipitaba en las profundidades del infierno, cuyas horrendas características ya nos había explicado el sacerdote minuciosamente en días anteriores. Era la Cuaresma, téníamos ocho, nueve, diez años, las clases se suspendían durante varios días y en su lugar, hacíamos ejercicios espirituales.

3 comentarios:

Josefo el Apóstata dijo...

Ay!, que recuerdos, los ejercicios espirituales! Que miedo nos metían los jodios curas, especialmente con el sexto mandamiento. Que si no te mires al espejo totalmente desnudo, que si no te toques las partes (solo para lavarte, por partes), que si te quedarás ciego o se te secará la médula, que si patatín que si patatán...

Paco Muñoz dijo...

Bueno es para meter en la cárcel a este individuo por meter ese pánico en la mete de los niños. Luego hacen "cruzada" con lo de la "educación para la Ciudadanía". Entre los miedos de esta naturaleza y la Formación del Espíritu Nacional si esos niños han llegado a adultos y han podido pensar libremente, es porque la naturaleza humana es superior a la superstición.

Molon Suave dijo...

Paco, ese niño que habla soy yo, bastante mayorcito ya, naturalmente. Y sí, en efecto, pasé lo mío para quitarme toda esa roña de encima. Fue en un colegio de Córdoba, cuyo nombre daré en próximas entregas y,luego, en la Universidad Laboral, casi lo mismo, aunque ahí ya era otra cosa porque habíamos crecido un poco.