viernes, 29 de enero de 2010

¿Pecadores?


Acabo de sacar un libro de la Biblioteca Pública: En defensa de Dios, de Karen Armstrong. Lo he sacado porque en esta materia me gusta leer de todo, no sólo aquello que puede estar más directamente en mi onda y, al mismo tiempo, intrigado porque a estas alturas Dios necesite todavía ser defendido y, más aún, ser defendido por un ser humano, es decir, por, como ellos afirman, una de sus criaturas.

Lo abro para ojearlo antes de iniciar la lectura en firme y, tras los agradecimientos de la autora, en la Introducción, página trece, línea 18 me encuentro con la expresión: Recordamos a Dios que él creó el mundo y que nosotros somos miserables pecadores... Y no puedo seguir. Hasta la última célula de mi cuerpo se encabrita y se retuerce: ¿Pecadores? ¿Pecadores de qué?

No hace aún mucho tiempo los capitanes de los barcos reclutaban al grueso de la marinería en las tabernas de los alrededores del puerto, los emborrachaban, si es que no estaban borrachos ya, o, con habilidad, les hacían perder el sentido con un certero golpe en la cabeza y cuando despertaban se encontraban a bordo y en alta mar. ¿Y aún pretendía el capitán que aquellos marineros contratados de semejante modo pusieran todo su empeño en la realización de sus tareas? ¿Aún pretendía llamarlos rebeldes si se rebelaban y se negaban a trabajar?

Creo que la comparación se queda infinitamente corta, pero, ¿qué somos realmente nosotros sino algo así como esos marineros arrojados al barco como fardos y sin pedirnos para nada nuestra opinión? Si es verdad que Dios existe, nuestra situación es realmente mucho, pero mucho, mucho más adversa que la de aquellos marineros, porque ellos, al menos, tienen la oportunidad de escapar cuando tocan un nuevo puerto, en cambio nosotros estamos atrapados en un cepo del que no hay escapatoria posible. ¿Y todavía tenemos que llamarnos pecadores? ¿Y todavía tenemos que doblar la cerviz y esperar que caiga sobre nosotros la ira de nuestro amo? Bien, pues, como los marinos del barco, si tenemos que hacerlo lo haremos, pero, hombre, que no nos hablen encima de bondad, ni de amor, ni de misericordia, ni de justicia, ni de ninguno de esos conceptos maravillosamente rimbombantes con los que pretenden, y no se yo por qué, endulzarnos el pastel.

Escribo bastante cabreado, porque nunca consigo digerir semejante tipo de expresiones. Cuando lo lea del todo, daré una opinión más concreta del libro, pero de entrada sostengo que yo estoy aquí a la fuerza, en contra de mi voluntad y sin habérseme pedido mi opinión, igual que todos. Sostengo que esta es una realidad de partida que se les escapa por igual a los hombres y mujeres religiosos que a los filósofos y, la verdad, no consigo explicarme por qué.

1 comentario:

Paco Muñoz dijo...

Es buenísimo, en el fondo es la reflexión de toda la vida, una obligatoriedad de la que difícilmente te puedes "borrar". Pero es así e inamovible, y lo que es peor cada vez están ideas casi medievales más enquistadas y la ciudadanía más intoxicada.

Enhorabuena