lunes, 4 de enero de 2010

La leyenda dorada



1.- Quiso el señor que los apostóles fuesen doce, porque doce es el producto de multiplicar el número tres, correspondiente a las personas de la Santísima Trinidad, por el número cuatro, ya que cuatro son las partes del mundo en que la doctrina relativa a ese misterio habría de ser predicada.


2.- Nótese igualmente que murió, no sobre la tierra, morada de los hombres, ni en las alturas, por donde pasean los ángeles; quien tan gravemente ofendió al género humano y a los espíritus celestiales debería fenecer fuera de las zonas en que los ángeles y los hombres moran, y por eso pereció suspendido de un árbol, en las bajas capas del aire por donde merodean los demonios a los cuales se incorporó en el mismo instante en que murió.


(Acerca del suicidio de Judas, el ápostol traidor)


3.- Un campesino se disponía a arar sus tierras si importarle un ardite que aquel día fuese domingo, y al tomar una herramienta para afilar la reja de madera del arado, el mango... se adhirió a su mano de tal manera que ni él ni otros, por mucho que lo intentaron, lograron separarlo de ella. Dos años permaneció en esta situación, hasta que en cierta ocasión estando en la iglesia de san Julián pidiendo al santo que lo redimiera de aquella pena, el hacha repentinamente se desprendió de su mano, y ésta recobró sus naturales movimientos.


4.- La hija del venerable obispo San Hilario, que se llamaba Apia, un día manifestó a su padre que quería casarse. Este la disuadió de su propósito y la convenció para que renunciara al matrimonio y se consagrara a Dios haciendo voto de virginidad; pero, después de haber conseguido apartarla de su primer proyecto, el santo comenzó a turbarse, y dio en pensar que acaso algún día su hija se arrepintiera de haber optado por aquel género de vida y quisiera abandonarlo. Tan honda fue su preocupación y tan grande su temor de que esto pudiera ocurrir, que un día, aterrado con esta idea, pidió encarecidamente al Señor que se llevase con El a su hija. Dios accedió a la petición del santo obispo: sólo unas fechas después Apia falleció y su alma emigró al cielo. Su propio padre, con sus manos, cavó la sepultura y puso en ella el cuerpo de la difunta. La madre de Apia, que asistió a los funerales y al entierro, impresionada y conmovida suplicó a su esposo, el santo obispo, que pidiera a Dios la gracia de que le llevara también a ella a la bienaventuranza, con su hija. Hilario rezó por esta intención y, de allí a unos días, murió la madre de Apia.

Estos son sólo cuatro brevísimos ejemplos de lo que puede leerse en La leyenda dorada, esplendida e hilarante colección de vidas de santos escrita por Santiago de la Vorágine (1228-1298), fraile italiano de la Orden de Santo Domingo que llegó a ser obispo de Génova. El término leyenda debe entenderse no como cuento o narración fantástica, sino como lo que se ha de leer, tal y como deriva del latín. Escrito con la intención de catequizar a sus lectores, el libro resulta hoy absolutamente desternillante y mucho más divertido que Las mil y una noches, con toda su celebridad, pues en tanto éste no oculta que sus historias son fruto exclusivo de la imaginación del narrador o, mejor, narradora, el autor de La leyenda dorada cuenta como verdaderas una sarta tras otra de invenciones y supercherías a cual más extraordinaria e increíble. Conviene, sin embargo, no olvidar en ningún momento la fecha de su escritura, una época con grandes tragaderas y propicia para que la gente aceptase como verdaderas las fabulaciones más asombrosas, circunstancia que nos indicaría que el obispo de la Vorágine no carecía de su buena dosis de mala leche, pues no es de creer que él, un fraile con vocación intelectual, como pone de relieve su dominio del latín, no es de creer que el creyera y tuviera por ciertas las historias que con tanta unción escribía. Una serie de deliciosas ilustraciones acentúan el disparatado encanto de la obra.


La leyenda Dorada (dos volúmenes).- Alianza Forma. Madrid, 2001.

Si no se localizase en librerías, puede encontrarse en la mayoría de las Bibliotecas Públicas de España, donde puede conseguirse en calidad de préstamo domiciliario.



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