lunes, 20 de diciembre de 2010

La puerta del diablo



-Sois la puerta de diablo. Sois la que persuadió a aquel a quien el diablo no osó atacar. ¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva? La sentencia de Dios sobre vuestro sexo vive aún en esta época; la culpa, necesariamente, vive también.

Tertuliano (160-220) Teológo y apologeta cristiano, convertido en 197.

Hay que ver el odio que estos buenos hombres le tienen a la mujer desde los mismos primeros tiempos del cristianismo. Este se olvidó, por supuesto, de la Virgen y se olvidó de su madre y del modo en que fue engendrado. Como fue sacerdote y estuvo casado y tuvo hijos, no sólo se olvidó también de su mujer, sino que a la hora de engendrar a sus hijos lo haría borracho, a oscuras y tapándose la nariz, porque de otro modo no se explica.


Las películas son la calamidad más grande que ha caído sobre el mundo desde Adán, más calamitosas que el diluvio universal, que la guerra de Europa, que la guerra mundial y que la bomba atómica.

Padre Ángel Ayala Alarco (1867-1960), jesuita y fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas.

Muy listo no parece que era el hombre, pero no puede decirse que no fuera expeditivo. (Dedicado a mi amigo Paco Muñoz, que fue nada menos que sargento en la película Carmen.)


-El porvenir de la religión no depende del gobierno, el porvenir del gobierno depende de la religión.

Jaime Balmes (1810-1848), sacerdote y filósofo

Este, como se ve, no vivió mucho, pero no se dirá que no lo tenía claro. Y el caso es que, aunque parezca que no, el aserto sigue siendo válido en buena medida. En caso contrario, ¿por qué un gobierno que se dice de izquierdas no acaba, por ejemplo, con la financiación de la Iglesia, que, a pesar de ello, no deja de atacarlo?


-El intelectual incrédulo, antes de incorporarse a una España cristiana, tiene que adorar lo que quemó y quemar lo que adoró.

Revista Ecclesia, 1940

No debe extrañar: habían reconquistado su cortijo y en su cortijo ellos ponían las normas para vivir en él. Sólo un poco antes, el cardenal Pla y Deniel había prohibido a los salmatinos vender, leer o tener el libro Del sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, porque, según decía el obispo, era un intento de destruir los mismos fundamentos de la Iglesia. Que nadie crea que a estas alturas han abandonado estos argumentos, ahora, simplemente, los guardan bajo la piel de cordero a la espera de la ocasión de volver a ejercitarlos con toda contundencia.


-Varios Ayatolás del sector más duro han acusado a los dirigentes reformistas de provocar los disturbios y han amenzado con acusarlos de Mohareb, enemigos de Dios, un crimen que la jurisprudencia iraní castiga con la pena de muerte.

Noticia del diario El País

La religión adopta diferentes máscaras, pero tras ellas siempre se encuentra el mismo rostro, el de la amenaza, el de la culpa, el de la condena, etc., en una palabra, el de la explotación de unos seres humanos por otros, muy pocos, mediante la irracionalidad y el temor. ¿Cómo pueden saber estos ayatolás quiénes son enemigos de Dios? ¿Se lo ha dicho Dios a ellos? No es una casualidad que quienes deciden quienes son enemigos de Dios estén siempre en la cumbre del poder.


Después de todo esto, va el ínclito Gianni Vattimo y pontífica:

Hoy no hay razones filosóficas fuertes y plausibles para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión.

¿En qué mundo viven estos filósofos?


La religión es un insulto para la dignidad humana. Con o sin religión, la gente buena hara el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión.

Steven Weinberg. (1933) Premio Nobel de Física, 1979

Menos mal que todavía nos queda la ciencia

domingo, 12 de diciembre de 2010

Debo callar


Cuando ofenden mi inteligencia negando la validez del condón para evitar el contagio del sida, en contra del estamendo científico y del estamento médico, debo callar.

Cuando ofenden mi razón sacando a pasear un trozo de madera tallado para invocar la lluvia en tiempos de sequía, debo callar.

Cuando ofenden mi dignidad oponiéndose a la asignatura para la Ciudadanía, en tanto defienden con uñas y dientes la catequesis disfrazada de religión incluso en los colegios públicos, debo callar.

Cuando me ofenden como ser humano repitiendo una y otra vez que la homosexualidad es una enfermedad, debo callar.

Cuando me ofenden como persona al permitir sin denunciarlos durante años y años la pederastia por parte de sus clérigos, debo callar

Cuando me ofenden como divorciado al renegar del divorcio, mientras no dudan en disolver matrimonios con un buen montón de años de convivencia y algún que otro hijo, debo callar.

Cuando ofenden mis convicciones democráticas al coaccionar con la excomunión a los parlamentarios durante la tramitación de las leyes, como, por ejemplo, la del aborto, debo callar.

Cuando me ofenden como ciudadano al llenar las calles durante una semana con sus vírgenes y sus crucificados, impidiendo el desenvolvimiento normal de la actividad diaria, debo callar.

Cuando ofenden mi entendimiento al pedir perdón por la Inquisición, pero haciendo hincapié al mismo tiempo en que la tortura era la norma de la época, debo callar.

Cuando ofenden mi sensibilidad al ver los palacios en los que habitan, la elegancia con la que visten y el aspecto saludable que muestran y lo comparo con los personajes que aparecen en el Evangelio, con el Fundador a la cabeza, debo callar.

Cuando ofenden mi capacidad de raciocinio al ver que no ponen en práctica la autofinanciación que acordaron con el gobierno en 1979, sino que treinta años después, siguen trincando del Estado el dinero de todos, incluido, claro está, el mío, debo callar.

Cuando me ofenden en lo más íntimo impidiéndome incluso morir como yo mejor prefiera, debo callar.

Cuando, cuando... etc. etc. etc., debo callar. Debo callar, porque si no callo y disiento y lo manifiesto públicamente seré tachado de practicar la cristianofobia y el laicismo beligerante, de hacer befa y mofa de la Iglesia con barata facilidad, de ser un intolerante que pretendo imponer mi censura, de merecer, en fin, las llamas de la hoguera.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El triunfo del catolicismo




La Iglesia católica se jacta de su continuidad indisoluble en el tiempo, desde el momento en que Cristo la fundara mediante la conocida fórmula "tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" hasta la actualidad.

Este aserto, sin embargo, es literalmente falso, uno más de los grandes embustes sobre los que el catolicismo se asienta. Para comprobarlo, basta, de nuevo, con mirar atrás y repasar la historia de un modo neutral, sin pretensión de apología ni venalidades.

Dando por cierto el pasaje evangélico, cosa harto discutible que, en cualquier caso, no voy a analizar ahora, desde los orígenes de esta nueva religión, allá por el siglo primero de nuestra Era, fueron numerosísimos los grupos que se reclamaron cristianos. En el siglo IV, cuando Constantino reconoce al cristianismo como la religión del imperio, cabe señalar, entre otros, a marcionitas, paulicianos, donatistas, pelagianos, pricilianistas, arrianos, novacianos, valentinianos y católicos. Teniendo todos un tronco común, cada uno de estos grupos tenían su propias creencias particulares. Así había quienes pensaban que Cristo era Dios y otros que no lo eran, quienes pensaban que Cristo tenía dos naturalezas y otros que sólo una, quienes creían en la Trinidad y quienes no, etc. Cada grupo, además, había confeccionado su propio evangelio y más de uno consideraba que la historia de Cristo no era una historia real, sino alegórica, esto es, mítica, como lo eran los llamados misterios paganos.

Todo este variopinto mundo de creencias, que, en cierto modo, encarnaba la variedad de orientaciones religiosas que, como todo el mundo sabe, existían también en el paganismo y que, al permitir que cada quien creyera en el dios que le pareciera más atractivo, evitaba los conflictos de carácter religioso, sería barrido por completo a partir del momento en que la denominada facción católica logró hacerse en Roma, capital del imperio, con las riendas no sólo del poder religioso, sino tambíén del político, mediante la sencilla fórmula de ganar para su bando a los emperadores.

En efecto, si en el 313 Constantino reconoció oficialmente al cristianismo sin distinciones, setenta años más tarde, Teodosio I, llamado el Grande, de origen, cómo no, español, convertido al catolicismo en 380, proclamaría a éste religión única y exclusiva del imperio, en detrimento tanto del paganismo como del resto de las tendencias cristianas, tendencias que, en general, pueden ser englobadas bajo la nomenclatura de gnoticismo. Azuzado por los católicos, Teodosio no se anduvo por las ramas y durante su mandato emitió más de cien edictos contra el resto de los grupos cristianos, además de declarar ilegal toda creencia que no se ajustara al patrón católico, que ya por aquel entonces era el del credo de Nicea, aprobado bajo los auspicios de Constantino en el año 325. En uno de estos edictos, Teodosio, dirigiéndose a todos aquellos grupos de cristianos, que ya empezaban a conocerse como herejes, dice textualmente: Os lo advertimos: Que ninguno de vosotros se atreva a partir de este momento a reunirse en congregaciones. Para impedirlo, ordenamos que seais desposeidos de todas las casas en las cuales acostumbráis a reuniros y que las mismas sean entregadas inmeditamente a la Iglesia católica. Como se ve, no sólo prohibición, sino robo descarado de los bienes ajenos para su entrega a la Iglesia, que por este camino encontró una de las vías para su enriquecimiento. En el año 381, Teodosio acabaría proclamando que la herejía, es decir, la no conformidad con la doctrina católica era un crimen contra el Estado. Se ordenó la destrucción mediante el fuego de los escritos producidos por todos los grupos cristianos no católicos. Se prohibieron taxativamente los debates filosóficos, de modo que, según señalaba otro edicto, no habría ninguna oportunidad para que un hombre se dirija al público y discuta de religión o la comente o delibere.

El cristianismo católico era (y es) literalista, o lo que es igual, consideraba (y considera) aboslutamente real la historia de Cristo, incluidos, claro, su nacimiento virginal y su resurrección, y era (y es) también dogmático, se considera poseedor de la verdad, de la única verdad, por ello los católicos esgrimieron más que nada la intolerancia, no podían consentir que nadie creyera en doctrinas distintas a las suyas y, mucho menos que las defendieran. No hay más que leer a los llamados Santos Padres para hallar a cada paso condenas inmisericordes contra los que de ellos disienten. San Agustín, por ejemplo, es uno de sus más vigorosos representates. El santísimo obispo de Hipona no tiene empacho en sostener que el ejército resultaba indispensable para acabar con los herejes, eso sí, por su propio bien.

No, no es verdad. Como se ve en esta breve pincelada, el catolicismo nació de un conglomerado de creencias cristianas y si se impuso al resto de los grupos no fue por el poder de la persuasión o porque estuviese tocado por el dedo de Dios, sino gracias, exclusivamente, al poder de las armas, gracias al exterminio sangriento y completo de sus adversarios. Hoy, tanto tiempo después, no han cambiado nada. Se visten con piel de cordero y adoptan el papel de víctimas de no se sabe qué persecución, pero no dejan de insistir en su actitud excluyente y amenazadora. Vivimos la cristianofobia del laicismo beligerante y la barata facilidad con la que la Iglesia es sometida a befa y a mofa, acaba de declarar don Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, en una de las tantas manifestaciones que los jerarcas católicos nos regalan en los últimos tiempos. ¿Que pretende don Jesús con lo de barata facilidad, que nos corten el cuello o nos manden a la hoguera a los que no estamos de acuerdo con ellos? Ya que no se arrepiente ni piden perdón por todo el mal que han hecho desde sus orígenes, ¿no harían mejor callándose y dedicándose a sus rezos? ¿No saben que cada día nos interesa más la historia y, ahora que ya no tienen el poder de controlar nuestras lecturas, cada día la conocemos mejor?


domingo, 5 de diciembre de 2010

De como aprendí a amar la autoritas cristiana




Durante algún tiempo, fui monaguillo en la parroquia de San Pedro, tres o cuatro años. Por aquel entonces, la parroquia estaba regida por don Julián Caballero Peñas, cuyo nombre, según me cuenta mi amigo Paco Muñoz, figuró durante bastante tiempo en la lista de fusilados durante la guera de 1936 inscrita en sendas lápidas colocadas en el trascoro de la catedral. Don Julián era un cura grandón. En su cara, de robustos mofletes encendidos y labios como la grana, destacaban sus gafas de miope, redondas, tipo culo de vaso, tras cuyos cristales brillaban un par de ojillos siempre vigilantes. Tenía una hermosísima panza, cultivada, sin duda, durante largos años de buena mesa, que le daba un aspecto bonachón, de no ser porque sus gestos eran siempre bruscos y hasta, en muchas ocasiones, no poco desabridos. Su aspecto era imponente en cualquier época del año, pero especialmente en invierno, con su abrigo talar y su sombrero de teja. Cuando aparecía por las calles del barrio, con la cabeza siempre erguida y su mayestática zancada, los chiquillos corrían a besarle la mano y los adultos, hombres y mujeres, se apresuraban a cederle el paso, no fuera que se le ocurriese alzar la mano derecha y condenarlos para siempre al fuego del infierno. Don Julián, no obstante, más que por su aspecto, fue famoso por las interminables pausas con que, durante la misa dominical, iniciaba sus sermones. Queridos hermanos..., decía, y se tiraba más de un minuto en silencio. En el día... Y casi otro minuto. ...de hoy... Y otro pedazo de pausa. El evangelio nos dice... Y ya la pausa era más breve, hasta que se embalaba y continuaba quince o veinte minutos hablando a superior velocidad y con una entonación, una cadencia y un estilo que acababa resultando, de ley es reconocerlo, mucho más que aceptable.

En aquellos tiempos, la gente, sin duda con buen criterio, acostumbraba a morir en su casa. Cuando la situación era ya irreversible y la agonía se aproximaba, algún familiar corría a la parroquia a avisar al párroco para que le llevase los últimos auxilios de la religión: el viático y también la extremaunción. Al contrario que hoy, que no sabemos donde andan los curas, pues las iglesias están siempre cerradas, el párroco se disponía de inmediato a socorrer al enfermo. Para los que lo hayan olvidado o por su juventud lo desconozcan, el víatico era la comunión, y la extremaunción la unción con óleos benditos en distintas partes del cuerpo del moribundo. El viático tenía una importante solemnidad y carácter público, al enfermo se le llevaba en procesión. Yo no sé de donde salían, pero cada vez que en la parroquia se recibía el aviso de que había un moribundo, en un momento había en la sacristía seis, ocho o más hombres, dispuestos a cargar con faroles monumentales para acompañar al sacerdote. Se trataba no de mindundis cualesquiera, sino de hombres acomodados, hombres del más alto nivel económico de la parroquia. El sacerdote se revestía con los correspondientes ornamentos, cogía el copón del sagrario con las hostias consagradas y la procesión se ponía en marcha. Yo, con mi sotana roja de monaguillo y mi roquete, iba delante, tocando la campanilla con aquel toque tan característico: tin-ti-lin-tin, tin-ti-lin-tin...

Aquel día avisaron al párroco casi al amenecer. Era invierno y había estado lloviendo durante toda la noche. Ya había amainado, pero todavía había grandes charcos en el pavimento. Teníamos que ir a la calle Carreteras, lo recuerdo muy bien. Aquella procesión era cosa seria, se trataba del Hijo de Dios que salía a la calle para confortar al que iba a emprender el gran viaje y la gente que con ella se encontraba debía mostrar su respeto arrodillándose y los hombres, además, descubriéndose, si llevaban sombrero o boina. La suerte del que no lo hacía así, era, como poco, la visita a la comisaría, la comprobación de sus antecedentes y después... ¿quién sabía? ¿Una paliza? ¿La cárcel? Todo dependía de cuál había sido su situación durante la guerra civil. Aquel día salimos de la iglesia poco después de las ocho de la mañana. Entramos por la calle del Poyo y salimos a la plaza de la Almagra. Frente a la farmacia de Villegas, en el puesto de jeringos, había ya varios parroquianos comprando jeringos para el desayuno. Al lado del puesto, había un gran charco y ante él un hombre de unos sesenta o sesenta y cinco años. En el puesto, todos se arrodillaron, incluidos el jeringero, con su abultada chepa y su enorme nariz, pero el hombre ante el charco se limitó a quitarse la boina y a inclinar respetuosamente la cabeza. Cuando don Julián llegó a su altura, se detuvo, se giró y se quedó frente al hombre. ¡Arrodíllese!, gritó con su vozarrón de tenor, ¡Arrodíllese ante el Hijo de Dios! El hombre vaciló un instante, luego retorció la boina con las manos y, por fin, trabajosamente, pues no debía de andar muy bien de las articulaciones, se fue inclinando con enorme lentitud hasta que sus rodillas se sumergieron en el agua del charco, mientras un par de lágrimas escapaban de sus ojos y rodaban temblorosamente por su mejillas.



domingo, 28 de noviembre de 2010

Una de condones



Qué lio, ¿no? El hombre -no se nos olvide esto-, el hombre que hace poco, en África, condenaba furibundamente el condón, afirmando que su uso no sólo no servía para impedir el contagio del sida, sino que, muy al contrario, facilitaba su propagación, ese mismo hombre -un hombre, no se nos olvide, de ochenta y cuatro años, además- va y dice ahora en un libro de entrevistas que bueno, que tal vez, que acaso el uso del condón pueda estar justificado en determinados casos, como por ejemplo la prostitución, ¡para evitar, precisamente, el contagio del sida!
Cuando oigo la noticia me quedo de piedra. Pero bueno, me digo, ¿la prostitución no era un pecado? ¿Qué ocurre, que ahora podemos practicarla y además con condón? No lo entiendo. Un amigo mío me dice: calla hombre, nos lo han puesto a huevo, ahora nos casamos con una rabiza y ya podemos practicar el sexo sin temor al contagio ni a la descendencia.
Pero la cosa, ¡ay!, no era tan mollar. El papa puede decir lo que quiera, que a continuación sale el portavoz y matiza la declaración, salen los cardenales y lo niegan, sale el obispo Martínez Camino, ese jesuita cuyo aspecto denota, cuando menos, una excelente alimentación, bebida incluida, y afirma categóricamente que el uso del condón es inmoral sea cual sea la situación en que se utilice.
Una vez más me pregunto a qué viene ese odio tan contumaz y prolongado de la Iglesia hacia el sexo, qué es lo que le repugna para condenarlo tan tajantemente. Ya San Pablo decía que el matrimonio era sólo un mal menor, que lo chachi, chachi para Dios era el celibato, la virginidad, la castidad. Han pasado dos mil años y no ha cambiado nada. Juan Pablo II, decía hace dos días: ojito con mirar a la propia esposa con lascivia. Y también: el sexo sólo en el matrimonio y sólo para la procreación. Pero bueno, el sexo como todo lo demás, ¿no nos lo dio Dios? ¿Qué pasa, que nos puso la miel a un centímetro de la boca con el único propósito de partirnos la cara si se nos ocurría sacar la lengua y probarla? ¿Absurdo, verdad? Sobre todo, viniendo de un Dios bueno, como dicen que es.
En estas reflexiones andaba yo cuando hete aquí que El País publica una entrevista con un teólogo católico, David Berger, que viene a aclararnos parte, al menos, de mis preguntas. No hay nada como la libertad de expresión. Cualquier libertad le produce urticaria a la Iglesia, pero la de expresión, la de expresión le sabe a cuerno quemado. El periodista define a David Berger como teólogo alemán ultraconservador y el señor Berger se confiesa gay, homosexual, condición que hizo pública en el mes de julio pasado. Asegura que la homosexualidad está sumamente extendida entre los clérigos, incluidos teólogos conservadores (yo no sé cómo se puede ser teólogo conservador y mariquita, pero, vamos, esa es otra cuestión) y que se practica abundantemente, sólo que de forma anónima. Dice muchas más cosas, pero la más interesante es la afirmación de que la Iglesia hace una interpretación absolutamente biológica de la sexualidad.
Aquí están, me dije entonces, los aspectos fundamentales que lo aclaran casi todo. En primer lugar, la Iglesia vive en la pura hipocresía. Los clérigos condenan con una cara y con la otra se ponen tibios, eso sí, en silencio, callandito y sin que se entere nadie, aunque todo el mundo lo sepa. El mismo Berger ha sido expulsado de la academia vaticana en la que daba clase por hacer pública su homosexualidad y entonces y sólo entonces es cuando se ha puesto a echar pestes de la Iglesia. ¿Y antes? ¿Qué estuvo haciendo hasta ahora? La segunda cuestión es que la Iglesia se niega a saber lo que es la sexualidad, se quedó atascada en el sexo. El sexo es el medio del que nos valemos los mamíferos para reproducirnos. La sexualidad, por el contrario, es exclusivamente humana, un producto puramente cultural elaborado por los seres humanos que trasciende por completo el hecho de la reproducción. Para practicar el sexo, para practicar la reproducción basta con ser un tigre, un mono, un elefante. La sexualidad sólo la practicamos los seres humanos y está más lejos del animal cuanto más espirituales son los individuos que la practican. Hay todavía una tercera cuestión. La sexualidad es placer, sin duda, el placer de más altos vuelos que ha sido capaz de alcanzar el ser humano. Y, encadenada a una cruz, encadenada a un hombre martirizado, la Iglesia odia más que nada el placer, lo lleva en sus genes, por decirlo en términos actuales. Y es cierto, es cierto, Berger dice que la situación no tiene remedio, que la Iglesia no va a cambiar, y yo estoy enteramente de acuerdo con él. De hecho, al día de hoy, la inmensa mayoría de los católicos se han entregado por entero al placer y hacen oídos sordos, pero sordos, sordos a los dictados del papa, incluso muchos de los que todavía cumplen con el precepto de oír misa todos los domingos. Podría preguntarme por qué no se deciden a salir de su armario, pero es que la respuesta es obvia, ¿no?

sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Raíces cristianas?



Raíces cristianas. Repítalo una vez, dos, tres, mil, un millón de veces. Al final, usted conseguirá que la gente lo crea, pero no por ello dejará usted de ser un mentiroso.

Esta es la situación: el papa junto con un coro de estudiosos y políticos afines no cesan de calentarnos los oídos con la afirmación de que las raíces de Europa se encuentran en el cristianismo. Como consecuencia, exigen que esta circunstancia figure explícitamente en la Constitución europea y, ya puestos, en las distintas constituciones nacionales también.

Vamos a verlo con calma. ¿Tiene algo que ver con la verdad esta afirmación repetida una y otra vez? En absoluto. Cualquier persona medianamente informada sabe de sobra que no se trata mas que de una nueva de las grandes mentiras con las que también se construye la historia. Cualquier persona medianamente informada sabe que el padre, la madre, la raíz y el fundamento de Europa no son otros que Grecia, el mundo de los griegos, la cultura, la filosofía, la política, la ciencia griegas. Los griegos pusieron las bases del estudido científico, inventaron la filosofía, crearon la democracia, crearon el teatro, desarrollaron la literatura, elevaron las artes plásticas a cotas que no volverían a alcanzarse hasta le Edad Moderna. Voy a decir más, de no haber sido por el cristianismo y su cristalización en la Iglesia Católica, es más que probable que el desarrollo técnico y social que hoy conocemos lo hubiese alcanzado la humanidad hace al menos quinientos años. Y no se trata de una exageración. Los griegos conocían, entre otras muchas cosas, la composición atómica de la materia, sabían que la tierra era redonda y que giraba alrededor del sol, conocían el diámetro de la tierra y la distancia que la separaba del astro rey con una precisión asombrosa, dominaban las matemáticas como no volvería a hacerse en más de mil seiscientos años, etc. Y lo más importante, fue el primer pueblo bien orientado hacia el conocimiento real del mundo.

Todo aquel emporio de saber, que los católicos incluyeron dentro del paganismo, fue barrido como en un sutnami por la Iglesia católica. Esta es una de las gracias que Europa le debe al cristianismo. Una vez más, basta con echar la vista atrás para comprobarlo. La destrucción de la biblioteca de Alejandría con el asesinato de la científica Hipatia, llevados a cabo en el año 415 por incitación del patriarca de dicha ciudad, Cirilo, es el ejemplo más conocido, especialmente tras el rodaje de la película Ágora. Pero el aniquilamiento de todo lo pagano fue total, empezó en el mismo instante en que Constantino concedió al cristianismo el estatuto de religión del imperio y alcanzó su mayor vigor cuando Teodosio (379-395) la declaró única en todo el territorio dominado por Roma, momento a partir del cual y durante mucho tiempo todo el que negaba a Cristo se convertía en un proscrito al que, como tal, cualquiera podía quitarle la vida legalmente.

Muchos historiadores nos dicen que la intervención de la Iglesia consistió en la transformación de los santuarios paganos en templos cristianos. Pero esto no es más que un descarado eufemismo. Lo que la Iglesia romana perpetró fue una destrucción en toda regla, sistemática, implacable. Sacerdotes y propagadores paganos fueron asesinados sin piedad, las bibliotecas particulares quemadas en las plazas públicas, los templos arrasados, en muchas ocasiones con los fieles en su interior. En los años ochenta del siglo IV, bandas de monjes fanáticos iban de un lado a otro del imperio destruyendo cuanto de pagano encontraban a su paso. Una de estas bandas, los parabolani actuaban como guardaespaldas de los patriarcas de Alejandría.

La acusación contra el paganismo se basaba no en la falsedad de sus dioses, sino en considerarlos demonios que engañaban a los seres humanos con sus malas artes. Esta acusación facultaba a los cristianos católicos para enfrentarse a tamaños enemigos con todos los medios disponibles. Julio Fírmico Materno, un siracusano converso de mediados del siglo IV, que antes había sido senador y un curioso astrólogo, en su libro De errore profanarum religionum conmina al emperador Constancio II en los siguientes términos: Se te encarece en virtud de la ley del Dios supremo a perseguir severamente en todos los sentidos el crimen de idolatría... Dios ordena que no se perdone ni a hijo ni a hermano, y dirige la espada vengadora que atraviesa los amados miembros de una esposa. A un amigo también lo persigue con gran severidad, y todo el pueblo es llamado a las armas para desgarrar los cuerpos de los sacrílegos. Dios ordena destruir incluso ciudades enteras, si son sorprendidas en este crimen.

La destrucción y el exterminio se extendieron por doquier. La gran cultura elaborada por la humanidad a lo largo de milenios, reunida, sistematizada e impulsada por los griegos, desapareció casi en su totalidad. Europa necesitaría más de otros mil años para empezar a recuperar el aliento y ponerse de nuevo en el camino del progreso. Fue como atravesar un túnel, un túnel interminable y denso que muchos eruditos no dudan en denominar La Edad de las Tinieblas.

Al día de hoy, cualquier persona medianamente informada conoce de sobra todo esto. Los fieles de a pie tal vez no, pero el papa y sus corifeos, son personas informadas, ¿por qué se empeñan en continuar mintiendo?

lunes, 15 de noviembre de 2010

La donación de Constantino




Predica el desprecio de los bienes terrenales y la persecución de la otra vida, según cuentan, jubilosa, pero la capacidad predatoria de la Iglesia romana no tiene parangón en la historia de la humanidad. Si acaso, podría equipararse a la capacidad falsificatoria de la propia Iglesia, sin duda, la institución que más documentos ha falsificado desde que el mundo es mundo. No lo digo yo, basta mirar la Historia. Y eso sin necesidad de entrar en los Archivos Vaticanos, cerrados a cal y canto para todo el mundo, salvo para los que la autoridad eclesiástica considera convenientes.

Uno de los hechos más clamorosos que da idea, al mismo tiempo, de las dichas capacidades predotoria y falficatoria es la llamada Donación de Constantino, uno de los documentos más famosos de todos los tiempos, falso, naturalmente. Aunque no se conoce su origen exacto, se sabe que el papa Esteban II (752-757) lo esgrimió por primera vez ante Pipino el Breve, rey de los Francos, en el año 752, cuando viajó a Francia a solicitarle protección contra los longobardos, que, en su pretensión de unificar Italia, pretendían apoderarse de la ciudad de Roma. Como se sabe, Pipino venció a los longobardos en Pavía y el papá le otorgó el título de patricio romano, que hizo extensivo a sus hijos Carlos y Carlomagno.

Gracias a la intervención de Pipino, surgieron los Estados Pontificios, que abarcaban todo el centro de Italia, desde el mar Egeo al Adriático y que son el origen del actual Estado Vaticano. ¿Pero en qué consistía el documento que el papá le mostró al rey franco? Muy sencillo, consistía en un pergamino en el que se señalaba que el papa Silvestre I (314-335) había curado al emperador Constantino de la lepra y que en agradecimiento el emperador cedió al papa, a modo de herencia, la ciudad de Roma y todos los territorios del imperio Occidental, incluidas las Islas Británicas y, por supuesto, España (Hispania, entonces). Le hizo entrega igualmente de la diadema imperial, la clámide de púrpura y todos los símbolos del poder imperial. En una palabra, Constantino convertía al papa romano en emperador, con lo que el pontífice católico reunía en su persona todo el poder eclesiástico y la totalidad del poder temporal o, lo que es lo mismo, lo convertía en el campeón del poder absoluto, con capacidad no sólo para perdonar o no los pecados, sino para intervenir también y controlar hasta los asuntos más menudos de la vida material de los súbditos del imperio. Y todo ello usque in finen mundi, es decir, hasta el final de los tiempos, o por los siglos de los siglos, amén, que es como la Iglesia prefiere.

Con este documento como enseña, los papas no sólo se apoderaron directamente de un extenso terrotorio físico, sino que insistieron en que la totalidad de los reinos que habían surgido en el espacio del antiguo Imperio Romano, eran ahora vasallos suyos. Se arrogaron y llevaron a la práctica en bastantes ocasiones lo que Otón de Frisinga definía como la capacidad de los papas para remover a los reyes y cambiar los reinos. Uno de estos ejemplos, entre los muchísimos que pueden aducirse, es el de Gregorio VII (1073-1085), quien, nada más ser elegido, instó a los prícipes europeos a guerrear en España contra los sarracenos con el fin de recuperar las tierras en su poder y devolverlas a su legítimo propietario, el Papa de Roma. No se nos oculta -dice Gregorio en la carta que dirige a los citados príncipes- que el Reino de España, desde antiguo, fue de la jurisdicción de San Pedro, y aunque este territorio ha estado ocupado tanto tiempo por los paganos, pertenece todavía por ley de justicia a la Sede Apostólica solamente, y no a otro mortal cualquiera.

Aunque a lo largo de la Edad Media, hubo quien dudaba de la autenticidad de este documento, los papas siguieron haciendo uso de él nada menos que hasta el siglo XV, momento en que el humanista Nicolas de Cusa (1401-1464) demostró con pruebas filológicas que el documento no era más que una invención para reafirmar la superioridad del Papa sobre los príncipes y emperadores.

Hoy, tanto tiempo después, el Papa romano sigue insistiendo en arrogarse un poder que no tiene, ahora no sobre los príncipes, sino sobre los estados soberanos y democráticos cuando, por ejemplo, pretende que las leyes que emanan de los parlamentos se ajusten al criterio moral de la Iglesia. Y hoy también resulta explicable que ni obispos ni curas den cuenta en sus homilías de cosas como esta. Lo que resulta bastante más extraño es que tempoco se estudien en las universidades, al menos en las españolas. ¿Me pregunto por qué?

viernes, 5 de noviembre de 2010

El arte de la mentira




Hay muchas formas de mentir. Están la mentira grosera y la mentira insulsa, la mentira jocosa y la mentira infantil, que hace enrojecer al que la dice. Están la mentira sibilina y la mentira desvergonzada, etc. etc. Pero el auténtico arte de la mentira consiste en expresarla de tal modo que aquel al que se dirije se vaya absolutamente convencido de que le hemos dicho la verdad.

De niños, nos lo ejemplificaba un cura con deliciosa retórica. Cierto día, contaba el cura, un ladronzuelo entró a la carrera en un convento de franciscanos, a cuya puerta se encontraba uno de los frailes. Un minuto después, aparecieron unos policías que le preguntaron al fraile si había visto pasar a un hombre corriendo. Y le describieron sus caractarísticas. El monje no podía mentir, enfatizaba el cura, so pena de cometer un pecado gravísimo, pero tampoco podía decir la verdad, ya que había sentido compasión por aquel hombre. En tan arduo dilema, tuvo una idea genial: metió sus manos en las mangas del hábito y empezó a moverlas con cuidado.

-Por aquí no ha pasado -dijo, pensando en sus manos y en sus mangas, y los policias, dieron la vuelta y se marcharon por donde habían venido.

El cura, por lo que parece, no se detuvo a pensar en que, mintiera o no mintiera el fraile, que eso allá Dios que lo juzgue, los policías, desde luego, se fueron engañados. O, lo que viene a ser lo mismo, que lo que triunfó en el ejemplo no fue la verdad sino, evidentemente, la mentira, gracias a la cual el ladronzuelo no fue detenido y escapó.

Seguramente sin pretenderlo y aunque nosotros no lo advirtiéramos entonces, lo que el cura nos exponía, en realidad, era la que ha sido actitud generalizada de la Iglesia católica desde sus mismos orígenes hasta el día de hoy. Ahora que el papa viene de nuevo a España y que el gobierno ha puesto en el dique seco, una vez más, la Ley de Libertad Religiosa, no está demás mencionar una de esas mentiras cotidianas que la jerarquía eclesiástica española viene haciendo pasar por verdad.

El Estado español, un estado constitucionalmente aconfesional, aporta directamente a la Iglesia española diez mil millones de euros cada año, es decir, para los que aún no se manejan con cantidades tan monstruosas, un billón, seiscientos sesenta y tres mil ochoscientos sesenta millones de las antiguas pesetas. Esta cantidad sirve para completar lo que aportan los fieles que marcan con una cruz el apartado correspondiente del IRPF, de acuerdo con lo que se recoge en el Concordato de 1978, concordato en el que se recoge también el compromiso de la Iglesia para lograr su autofinanciación en el plazo de diez años, plazo al día de hoy más que sobrepasado sin que, a la vista está, se haya alcanzado ni de lejos tal objetivo. Ninguna otra religión de las que operan en España recibe cantidad alguna del Estado.

Ante esta vergonzosa situación que a muchos españoles, incluidos bastantes católicos, nos repugna, la jerarquía eclesiástica se defiende manifestando que, si bien es cierto que la Iglesia recibe esa cantidad, Ella aporta al Estado en forma de distintos servicios, tales como colegios, guarderías, hospitales, etc., la cantidad de treinta mil millones de euros, con lo que, en realidad, el Estado es aún deudor a la Iglesia de nada menos que de veinte mil millones de euros.

Y es verdad, la Iglesia viene prestando esos servicios que dice. Y es verdad también que dichos servicios pueden valorarse en la cantidad que la jerarquía eclesiástica sostiene. Entonces, ¿dónde está la mentira? La mentira está, como siempre, en la habilidad de la Iglesia para darle la vuelta a los argumentos de tal manera que lo negro por más que negro nos resulte a todo el mundo inmaculadamente blanco. La mentira está en que, si bien para el conjunto de los españoles esos colegios, hospitales, etc. pueden constituir un servicio, para la Iglesia, en realidad, son pura y simplemente negocios, negocios mercantiles como cualquiera de los que montan a diario muchos españoles, una tienda de tejidos, una cafetería, una fábrica de mantecados, etc, etc. Dejando aparte la cuestión nada baladí del adoctrinamiento, base de su actividad, mediante la cual la Iglesia consigue a sus adeptos y seguidores, gracias a tales colegios, hospitales, etc, viven las órdenes religiosas que, en su mayoría, los regentan. Véase, como ejemplo, el Hospital de San Rafael de Córdoba, perteneciente a los Hermanos de San Juan de Dios, otrora obra de caridad y hoy clínica privada en nada diferente a las regidas por seglares. Que le pregunten, si no, a los trabajadores que sufren a diario la explotación que sobre ellos ejercen los caritativos hermanos.

El papa viene de nuevo a España. Dice que a peregrinar a Santiago y a ofrecer la catedral de Barcelona. Esta es la verdad oficial. O, mejor, esta es la mentira oficial. Viene, en realidad, a defender ante las autoridades civiles que la Iglesia continúe disfrutando de las numerosas prebendas de las que goza, por lo que se ve sin remisión, en este país de todos los demonios.

sábado, 30 de octubre de 2010

De como aprendí a amar la justicia




Don Francisco no era sacerdote, era laico, pero daba clase en el colegio de los Salesianos, en los gratuitos. Alguno habrá aún que lo recuerde. Era un tipo formidable: más bien alto, de cara aflautada, pelo al cepillo, nariz abundante y gafas redondas. Y más rubio que moreno.

¿He dicho que era un tipo formidable? Lo era. Tal vez fuese falangista. O guardia civil frustrado. O aspirante a verdugo. Los curas que lo contrataron lo sabrían, nosotros no. Desde luego, no podían ignorar sus métodos. O sea que, en buena medida eran jueces, parte y cómplices del elemento, sobre todo cómplices.

El caso es que el tipo no tenía pinta de sádico, ni de asesino. Parecía más bien un chico de buena familia y de comunión diaria. No alzaba mucho la voz, ni era de los que echaban mano de la regla a las primeras de cambio para imponer el orden. Él tenía un sistema más personal y, si no más efectivo, desde luego sí que más divertido... para él y, tristemente, también para nosotros.

Entonces el sábado era un día lectivo más, aunque con clase sólo por las mañanas. ¡Y aquel era el gran día! Durante toda la semana, don Francisco había ido anotando en su libretita negra al que hablaba en clase, al que se reía, al que no traía la tarea hecha, etc. etc. etc., y el sábado era el día, como él aseguraba, de impartir justicia. El eminente profesor tenía un amplio y variado repertorio de penas. Yo, ahora, en aras de la brevedad, voy a describir solamente dos: el toreo y una variedad del abejorro, más escueta y también más contundente.

El toreo era siempre el primero de los castigos de la mañana. Don Francisco, pañuelo en la mano izquierda y regla de reglamento en la derecha, se dedicaba a torear a los primeros de la lista de su libreta en el espacio existente entre la tarima y las bancas. Uno a uno, los iba toreando, de modo que el toro, uno de nosotros, debíamos embestir doblados, como los toros de verdad y, al pasar siguiendo el pañuelo, que el diestro movía con gracia, igual que una muleta, don Francisco nos soltaba un reglazo en el culo, entre los olés y los aplausos obligatarios del resto de la clase. Diez, doce, catorce pases daba el torero, hasta que remataba la faena cuadrando al toro y entrando a matar, acción que llevaba a cabo con un último reglazo en las espaldas.

La variedad del abejorro era el último de los castigos. Sentado en su mesa, el maestro, si se le puede llamar así, llamaba a dos de los alumnos anotados en su libreta y les pedía que se situaran frente a frente en el mismo espacio en el que había estado toreando. A continuación, en el silencio espectante de la clase, reclamaba: ¡Muñoz, dale una bofetada a Zamorano! Muñoz alzaba su mano y descargaba en la mejilla de Zamorano una bofetada tan suave que, en realidad, no era más que una caricia. ¡Más fuerte, maricón!, gritaba don Francisco. Ahora tú, Zamorano. La bofetada de Zamorano era un poquitín, sólo un poquitín más fuerte que la de su oponente. ¡Más fuerte, maricón!, repetía don Francisco. Al tercer embite, don Francisco ya no tenía que arengar a los oponentes: las bofetadas eran cada vez más fuertes y más sonoras, al tiempo que las mejillas de los colegiales enrojecían y se inflamaban.

Más de uno terminó este seudo combate echando sangre por la nariz o por el oído, pero a ver quién era el guapo que se quejaba, si estábamos allí por caridad y nos estaban educando para ser hombres de provecho, cristianos de ley y patriotas de cuerpo entero.

martes, 26 de octubre de 2010

Fragmentos



1.- No es verdad que la Iglesia no admita el divorcio. Eso es para el común de sus fieles. Si usted tiene dinero y no le importa gastárselo no le será nada complicado conseguir la nulidad de su matrimonio, así lleve casado doscientos cincuenta años y tenga catorce docenas de chiquillos.

2.- Ni los griegos ni los romanos conocieron las guerras de religión. Ninguno de los pueblos politeistas las conocieron. Estas guerras dieron comienzo con el monoteismo, momento a partir del cual grupos de fanáticos pretendieron monopolizar la verdad no sólo acerca de Dios, sino támbién acerca de esa otra vida que dicen que existe después de esta y de la que nadie sabe absolutamente nada. No existen más que tres religiones monoteístas: Judaísmo, Cristianismo e Islam y las tres han derramados ríos de sangre para imponer su creencia.

3.- Ellos tienen derecho a proclamar su doctrina y a avasallarnos con sus manifestaciones, como, por ejemplo, la Semana Santa. Pero ay de aquellos que se atrevan a proclamarse ateos: inmediatamente serán tachados de anticlericales, de enemigos de la moral, de la patria, de todo lo que se les ocurre.

4.- ¿Por qué un Dios macho? ¿Por qué a la hora de engendrar este Dios engendró un hijo y no una hija? Según dicen, el Espíritu Santo es una paloma, ¿pero paloma, paloma, o palomo? Creánme, he hecho estas preguntas a bastantes clérigos, varones de Acción Católica y damas de San Vicente de Paúl y hasta el día de hoy ninguno me ha dado una respuesta satisfactoria.

5.- Nos hablan mucho de la otra vida. Pero ellos se agarran a esta como verdaderas garrapatas.

domingo, 24 de octubre de 2010

Los misterios de Jesús




¿Alguien sabría decir quién es esta Virgen tan orondita con el Niño en el regazo? ¿Será la Virgen del Rocío, la de la Almudena, la de Monserrat? ¿Será alguna Virgen de algún templo de Sudamérica o será la de algún templo romano de los primeros tiempos del cristianismo?

Todo viene de Egipto. Esta imagen tan castiza no se corresponde con ninguna Virgen cristiana. Se trata de Semele, y el niño, con aureola incluida, no es otro que Dioniso, el que nació de una muerta y murió y resucitó y fue dios y hombre al mismo tiempo.

Todo viene de Egipto, sí. Todo viene de Isis y de Osiris, la primera virgen madre y el primer hombre que muere por la salvación del género humano y resucita porque además de hombre es también dios. Allí nació el mito que luego, con el discurrir de los siglos, se fue extendiendo lentamente por todo el Mediterráneo, recreándose en cada pueblo a la medida de su cultura. Osiris, Mitra, Dioniso, Adonis, Baco, Jesús, etc. vienen a tener todos la misma historia, porque todos forman parte del mismo mito y son todos, en definitiva, el mismo ser.

Así lo cuentan Timothy Freke y Peter Gaudy en Los misterios de Jesús, un libro, serio, profundo y ameno, que funda sus deduciones, principalmente, en los numerosos manucristos encontrados hace algún tiempo en Nag Hamadi, entre los que figura un buen número de evangelios que complementan, contradicen y aclaran en buena medida a los tenidos por canónicos, evangelios que gracias a la previsión de algunos devotos de aquel tiempo lograron salvarse de la destrucción masiva y sistemática llevada cabo por la Iglesia católica.

Los mitos siempre fueron mitos y los devotos de Dioniso, por ejemplo, sabían muy bien que la historia de su hombre-dios no era más que pura alegoría. Según ponen de relieve Freke y Gaudy, también Jesús es un personaje mítico, sin existencia real, una adaptación judía del mito de Osiris llevada a cabo, casi con toda seguridad, por judíos de Alejandría. Ponen de relieve, igualmente, cómo en el principio hubo dos tipos de cristianos, los alegóricos, por así llamarlos, y los literalistas, los que sabían que el mito no era más que un mitó y los que creyeron literalmente en la historia. Los primeros fueron los gnósticos, repartidos en numerosas sectas, cada una con su propio evangelio o historia de Jesús; los segundos acabarían siendo los católicos, cuyo empeño en convertir en real lo imaginario y su fanatismo continuamos sufriendo en nuestros días, más de dos mil años después del invento.

La enorme aportación de pruebas de que hacen gala los autores, así como su rigor científico, otorgan firmeza y veracidad al contenido del libro


Los misterios de Jesús. Timothy Freke y Peter Gaudy. Editoria Grijalbo. Barcelona, 1999.

Puede encontrarse en librerías de viejo y en las Bibliotecas Públicas. Yo lo he sacado de la Biblioteca Provincial de Córdoba

martes, 19 de octubre de 2010

¡Oh, el libre albedrío!




Leibniz, el filósofo de las mónadas, no tuvo empacho en afirmar que este era el mejor de los mundos posibles, pues Dios, su creador, sólo podía crear lo mejor.

No tuvo más remedio que ser el teísmo el que hiciera desvariar al, por otra parte, gran científico y matemático alemán, pues sólo a un filósofo teísta, encerrado en el calabozo de la fe, se le puede ocurrir una imbecilidad de este calibre.

Ahora, los hombres del Dios personal, infinitamente sabio y bondadoso, afinan más. Independientemente del diseño inteligente, que pretenden hacer pasar por ciencia, vuelven una vez más a la carga con el libre albedrío. Oh, nos dicen, el libre albedrío, he ahí la señal del toque divino en el ser humano, la prueba definitiva de que el hombre es creación directa de Dios. Y abundan en dos puntos:

a) Dios pudo habernos creado sin esta cualidad, pero entonces las obras del ser humano carecerían de mérito

b) Sin la existencia del libre albedrío, el mundo sería un lugar insoportablemente aburrido.

Yo he tratado de sintetizarlo al máximo, pero el galimatías de razonamientos, en realidad, no hay por donde cogerlo.

En primer lugar, cabe señalar que cuando estos sesudos varones hablan del libre albedrío siempre lo definen como la capacidad del hombre para elegir entre el bien y el mal. Ahora bien, amigo, dejando aparte consideraciones neurólogicas que lo pondrían en gran aprieto y dándolo por válido, lo primero que hay que preguntar es qué clase de libertad es esa que si el ser humano escoge el mal (y el mal puede ser para estos pensadores acostarse con una señora o con un caballero) le esperan los más terribles castigos. Sería algo así como si, a la hora de la merienda, le dijéramos a un niño de siete u ocho años o incluso mayor: en esta mesa tienes un pastel de chocolate y los cuadernos de la tarea del colegio, escoge lo que quieras, pero, entérate, como se te ocurra coger el pastel en lugar de los cuadernos te voy a cuajar el lomo a garrotazos

Pero es que además el libre albedrío permite al ser humano hacer conscientemente otras elecciones distintas de esta. Así, se puede elegir entre dos bienes, por ejemplo, estudiar francés o estudiar chino, y se puede elegir también entre dos males, explotar a un inmigrante o buscar la quiebra de mi empresa. Es decir que lo mismo que vivimos en este mundo, podríamos vivir en otro en el que no existiese más que el bien o en el que no existiese más que el mal y ni uno ni otro tendrían por qué ser ni más aburrido ni más divertido que el actual.

Lo más gracioso del caso es que, aunque parezca que no se dan cuenta cuando exponen sus ideas, para los teístas estos mundos existen. En efecto, los teístas católicos, que son los que mejor conozco, defienden con uñas y dientes la existencia del cielo y del infierno, el primero para premiar a los buenos y el segundo para castigar a los malos. Estos mundos, ni qué decir tiene, son también creación exclusiva de Dios. Sin embargo, ni en el cielo ni en el infierno existirá esa bendita capacidad de elegir, pues ni en el primero se podrá hacer el mal ni en el segundo el bien. Y, hombre, siempre pensando en católico, el infierno podrá ser como se quiera, ¿pero de verdad un teísta católico piensa que el cielo es aburrido? ¡Pues apañados estamos! O, lo que viene a ser lo mismo, el libre albedrío no es más que otra exageración de los teístas, ya que, sí, se trata de la capacidad de elegir, pero de una capacidad ridícula y extraordinariamente limitada.

domingo, 10 de octubre de 2010

San Poncio Pilato





¿Cómo se alcanza la santidad? De niño me sentí muchas veces obsesionado con esta pregunta. ¿Qué se necesita para llegar a ser santo? Hay que ser bueno hasta la heroicidad, me contestaba mi tío el cura. Hay que entregarse enteramente a la voluntad de Dios, me decía mi amigo Eduardo, que cursaba filosofía en el seminario y me preparaba para seguir sus pasos (llegó a cantar misa, pero, más adelante colgó la sotana y se casó con una exmonja). Hay que amar a los demás mucho más que a uno mismo, esa es la clave, me decían los santos padres de los Salesianos que cuidaron de mi primera educación.

¡Qué equivocados estaban todos! ¡O cómo me mintieron! No llega a santo quien lo busca, sino aquel que a la Iglesia le interesa. El tiempo, la lectura y la reflexión me permitieron descubrir el error. Dando por hecho (de momento) que la historia sea cierta, hoy todo el orbe católico admite que Cristo fue crucificado por orden de Poncio Pilato, a instancias de los judíos. Pero esto no siempre fue así. Pilato fue, es cierto, gobernador romano de judea, un tipo de maneras brutales profundamente odiado por los judíos. Es por ello que los primeros cristianos que luego serían llamados católicos (frente a la importante variedad de gnósticos) no dudaron en condenarlo como responsable de la muerte del Salvador.

Sin embargo, todo cambió a partir del momento en que los romanos se apoderaron de Judea, destruyeron el templo de Jerusalén y provocaron la diáspora judia. Entonces, con el fin de granjearse el favor de los conquistadores, para estos cristianos ya no fue Pilato, sino los judíos los únicos culpables de aquella muerte. Más todavía, en su afán por absolver a Pilato de toda culpa, reescribieron por completo la historia. Tertuliano (160-240), autor entre otros textos de Contra los judíos, llegó a afirmar que si Pilato se había lavado las manos era porque en lo más hondo de su corazón era cristiano. Según este famosísimo apologista, la primera noticia del cristianismo que llegó a Roma fue ¡un informe de Pilato! que señalaba que Cristo era en verdad divino.

Basado en esta invención se escribió el igualmente falso Hechos de Pilato, fundamento a su vez de otra invención, el Evangelio de Nicodemo. En este último texto se llega a afirmar que cuando el informe de Pilato llegó a Roma, el emperador Tiberio lo hizo traer cargado de cadenas y que tras acusarlo de no haber defendido a aquel Inocente de la chusma judía, lo hizo decapitar, siendo su alma recibida por un ángel. La esposa de Pilato, Procla, experimentó un gozó tan grande ante este hecho que cayó fulminada en el mismo momento y fue enterrada junto a él. La bola creció de tal modo que la cristiandad católica veneraría como santo al gobernador de Judea, siendo elevado a los altares por la Iglesia copta, que celebra su fiesta el 25 de junio.


sábado, 9 de octubre de 2010

A vueltas con el mal



Cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, me decía siempre mi madre ante algunas de mis travesuras infantiles. A esto yo añado hoy que cuando un teista se pone a pensar siempre encuentra un argumento para resolver -eso es lo que creen- los problemas relacionados con su creencia. Ahora andan de nuevo a vueltas con el mal.


Un teista es un señor que no sólo cree en la existencia de un Dios creador, sino que además,lo califica, entre otras muchas cosas, de omnipotente y de infinitamente bueno, y la existencia del mal, evidente incluso para el más tonto, constituye un severo hándicap para estas dos cualidades, pues, si Dios creó el mundo, creó también el mal y, en ese caso, o no es omnipotente o no es infinitamente bueno.


Tradicionalmente, la coexistencia del mal con la bondad de Dios se defendía aduciendo que el mal en sí mismo no existe, sino que no es más que ausencia de bien. Como esta afirmación no puede ser más imbécil y ha sido desmentida inumerables veces, los teistas vuelven a la carga con argumentos nuevos que consideran de total y absoluta solidez. Uno de los teistas más conspicuos en la actualidad es Alvin Plantinga (An Arbor, Michigan, 1932), norteamericano, naturalmente.


Aunque lo expresa con su correspondiente sofisticación, el pensamiento de este caballero acerca de este tema puede resumirse así:


1.- Hay un mal necesario, que no necesita justificación, puesto que aparece para conseguir un bien. Así por ejemplo, una operación a corazón abierto o la amputación de una pierna para salvar al individuo de una gangrena cierta.


Un razonamiento perfecto, si no fuera porque estos filósofos no se detienen en apreciar que antes de la amputación de la pierna está la gangrena y que ésta no se trata de un bien, sino de un mal como una catedral, cuya aparición, precisamente, es la que tienen que explicar.


2.- Además de lo anterior hay lo que parece ser un mal gratuito. Aquí se encuadrarían todos los desastres naturales o la existencia de grandes tiranos como Hitler o Stalin que llevaron a cabo masacres extraordinarias sin razón alguna. Este mal es bastante más difícil de justificar y es el que lleva a un buen número de personas a negar la bondad de Dios, si es que no también su existencia. ¿Dónde estaba Dios durante el Holocausto?, se preguntaba retóricamente el papa Ratzinger en su visita a Alemania, como si él no lo supiera.


Plantigan resuelve el problema con dos respuestas verdaderamente pasmosas:


a) Cuando decimos que un mal es gratuito, ¿cómo lo sabemos? No conocemos los designios de Dios, de modo que no podemos penetrar en su moralidad.


b) La ausencia de mal nos llenaría, sin duda, de felicidad, pero Dios no nos ha traído a este mundo para ser felices, sino para que lo conozcamos.


Ambas respuestas tienen tomate y tienen más tomate aún viniendo de todo un señor filósofo y de un filósofo con un montón de libros publicados y que goza de enorme prestigio. En primer lugar, si no podemos conocer los designios de Dios, qué hacen los teistas, incluido el señor Plantinga, desgranando una a una todas Sus cualidades. ¿Acaso podemos conocer todo de Él salvo sus designios? Pero es que además existe una flagrante contradicción entre una y otra respuesta, pues si no podemos conocer los designios de Dios, ¿cómo sabe el señor Plantigan para que nos ha traído a este mundo?


Aparte razonamientos, la segunda respuesta a mí personalmente me llena de indignación. O sea, el Ser más poderoso que puede existir me crea y me echa a este mundo sin pedir mi opiníón y, seguidamente, sale corriendo y se esconde en el fondo del oceano o en el fondo del universo y me impone la obligación de conocerlo. Para comprender mejor toda la absurdidad de este argumento, pongámoslo en términos humanos. ¿Qué pensaríamos del invididuo que engendra un hijo y nada más nacer lo lleva a un hospicio y a continuación se pierde, no sin dejar antes una carta para el niño en la que le exige que lo busque y lo conozca? ¿Demencial, no? ¿A alguien se lo ocurriría pensar que este hombre es bueno? Bien, pues según los teistas nosotros sí que tenemos que pensar que Dios lo es.


Por más vueltas que le den estos señores, el problema del mal sigue siendo insoluble. Un Dios infinitamente bueno no puede permitir ni una partícula de mal, por pequeña que sea. Y no se trata sólo de los grandes males generales, como las catástrofes naturales, o de los personales, como que te corten una pierna, males que, oye, a lo mejor son un bien en el fondo y todavía no nos hemos dado cuenta. Es algo mucho más simple y no hay que buscar tan lejos: nuestra propia ignorancia de los designios de Dios es ya en sí misma un mal tan importante y, al mismo tiempo, tan absurdo que debería hacer caer de su caballo hasta al teista más recalcitrante.

lunes, 4 de octubre de 2010

De como aprendí a amar el decoro



Mi prima Rafi se casó un domingo del mes de julio de 1958. Se casó en la parroquia de San Pedro, a las once de la mañana, si no recuerdo mal. Acababa de cumplir diecinueve años y era francamente guapa. A mí, al menos, un chavalín entonces que asistía a una boda por primera vez, me lo parecía, con su traje tan blanco y su sonrisa tan pura.
En aquel tiempo, yo tenía una familia amplia, como solían ser las familias entonces. Entre abuelos, tíos, primos, cuñados, sobrinos, nietos, etc., bien pudimos reunirnos aquel día alrededor de setenta familiares, a los que se añadían los amigos y conocidos invitados por los novios y los padrinos. En total, unas cien personas.
Hacía calor aquel día, mucho. ¿Qué otra cosa se podía esperar en el mes de julio en Córdoba? Pero aún así, todos nos reunimos en la iglesia de punta en blanco, los hombres de traje y de corbata, incluidos los niños, con la única diferencia de que éstos vestíamos pantalón corto; las mujeres más jóvenes con aquellos vestidos de amplias faldas que pujaban las enaguas almidonadas, y las maduras con trajes de dos piezas con la falda entallada y hasta la espinilla. En el grupo destacaban siete muchachitas, primas mías y primas entre sí, de edades comprendidas entre los quince y los diecisiete años, un verdadero ramillete en el esplendor de su lozanía y luminosidad.
A las once menos tres o cuatro minutos hicieron su entrada los novios, del brazo de la madrina y del padrino, respectivamente, y a los acordes de la marcha de Mendelssohn que tocaba al armonio el sacristán Rafalito. A las once en punto salió el párroco, don Julián Caballeros Peñas, grande, colorado, con las gafas de culo de vaso, con su bien lograda tripa que la casulla no conseguía disimular. Lo precedían un par de monaguillos vestidos con las clásicas sótana y esclavina rojas.
La misa se decía entonces de espaldas y en latín -como Dios mandaba-, de modo que durante un rato -el introito, el confiteor, etc- todo fue bien. Luego, después del evangelio, el cura se volvió y se acercó al gran sillón barroco de terciopelo rojo desde el que acostumbraba a dar la plática o el sermón -entonces aún no se llamaba homilía. Llegó a sentarse incluso. Y hasta carraspeó un par de veces como solía hacer antes de empezar a hablar. Seguidamente lanzó una penetrante mirada sobre la concurrencia, una mirada larga, avizorante, de autentica ave de presa.
Esta es la casa del Señor -exclamó con su poderosa voz de tenor- y esta que celebramos hoy es una ceremonia sagrada. ¡Sagrada! -insistió aflautando la voz un poco más. Aquí no se puede venir sino con el debido decoro, el decoro que exige estar ante la presencia de Dios. Aquellas muchachas -casi bramó extendiendo el brazo majestuosamente- ¡a la calle!, ¡inmediatamente!, ¡a la calle!
Aquellas muchachas eran cinco del ramillete de mis sietes primas a las que -mire usted que indecorosas- se les había ocurrido acudir a la boda en manga corta, sin tener la precaución, al menos, de entrar con el socorrido manguito que se ponían la mayoría de las mujeres y que se quitaban a toda prisa en cuanto que salían de la iglesia. Se levantaron con la cabeza gacha y las lágrimas asomando a sus ojos y abandonaron el templo igual que delincuentes, entre el más absoluto silencio y la consternación general. Nadie osó levantarse para acompañarlas, nadie chistó, nadie fue capaz siquiera de alzar la cabeza y arrojarle al cura, al menos, la mirada que se merecía.

viernes, 1 de octubre de 2010

Miserias del teismo




Los teistas son seres humanos abonados al teísmo. El teismo es la doctrina filosófica que sostiene la existencia de un Dios personal al que otorgan toda una serie de cualidades que, resumiendo, podrían concretarse en la Excelencia suma, o Excelencia infinita.

En España, desde los mal llamados Reyes Católicos (¿pues cuál de ellos no lo ha sido?) hasta hace bien poco, el teísmo ha sido la doctrina filosófica oficial. Se trata, por otra parte, de la filosofía que defiende la Iglesia Católica.

La filosofía teista es meramente conceptual, sus argumentos, como no puede ser de otro modo dado el objeto de sus indagaciones, carecen de prueba evidente. Propio del filósofo, por otra parte, es el pensamiento sofisticado y más propio aún la expresión cuanto más sofisticada mejor de este pensamiento. Y en esto los teistas han sido y siguen siendo maestros. Las frases oscuras, las sintaxis compleja, el puntillimo hasta en el más insignificante de los detalles, estas han sido y son sus armas principales.

Ahora bien, nada de esto quita para que los teistas tengan todo el derecho del mundo a defender la doctrina que profesan, a considerar como pruebas las que a ellos les parezcan convenientes y, cómo no, a proclamarlas por cuantos medios legales estimen oportuno. Es este un derecho que pueden ejercer no en virtud de ninguna preeminencia, ni intelectual ni de ningún otro tipo, sino como resultado de formar parte de una sociedad laica y, por lo tanto, libre, la sociedad que aún a su pesar, estamos consiguiendo poco a poco.

Los teistas, sin embargo, arratran consigo dos miserias principales de las que a estas alturas de los siglos deberían avergonzarse y por las que tendrían que pedir perdón al resto de los mortales que no compartimos sus postulados.

La primera de ellas es ese afán inmoderado de imponer a todos sus creencias. En España, mucho más que otros lugares, hemos sufrido este afán hasta hace bien poco. Han sido casi quinientos años de imposición feroz, monolítica, de la que no había modo de defenderse, pues cualquiera que osara insinuar siquiera su disidencia, acababa pagándolo en ostracismo, en cárcel, en tortura o en hoguera, por este orden. Ahora, los teistas hablan mucho de libertad y, para mayor escarnio, afirman defenderla. Ahora que perdieron el monopolio de la verdad. Bien harían en mirar atrás un instante y en guardar, como mínimo, un minuto de silencio por los muertos caídos bajo su dictadura.

La segunda de las miserias de los teistas es aún más seria. Consiste, pues de esta no se han despojado aún, en su oposición al avance del conocimiento humano. Si por los teistas fuera, la tierra aún sería plana, el sol giraría alrededor de ella, nunca se hubiera construido un pantano, las vacunas no existirían, etc, etc, etc., pues casi puede decirse que no existe descubrimiento científico que no los haya tenido a ellos enfrente dispuestos a aplastarlo. Hoy mismo sienten terror ante el desarrollo de la genética, por poner un simple ejemplo, y, en buena medida, continúan sin aceptar la teoría, hoy ya evidencia, de la evolución.

jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Erradicar la pobreza?




Reciententemente, le han concedido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a Manos Unidas. Resulta, cuando menos, sorprendente. Aunque, quizás, no tanto, si se tiene en cuenta que con anterioridad ya habían recibido este mismo premio Cáritas (1999) y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (2005). Todas estas organizaciones tiene el severo hándicap de no ser independientes, sino que forman parte de la Iglesia Católica y dependen, en último término, de un Estado autocrático, el Vaticano, que trata de conseguir que sus criterios morales se impongan como leyes en los países a los que tiene acceso.


Manos Unidas, en concreto, fue fundada en 1960 por un grupo de Mujeres de Acción Católica. Su personalidad es jurídica, canónica y civil. Pertenece al Consejo Pontificio Cor Unum fundado por Pablo VI en 1971. Forma parte de la Alianza de Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Solidaridad, cuyas catorce organizaciones se sitúan en Europa y en Norteamérica, dependiendo cada una de la Conferencia Episcopal de su país.


Entre los principales fines hacia los que se orienta Manos Unidas, figuran la lucha contra el hambre, la miseria, la enfermedad y la falta de instrucción, la erradicación de las causas que los producen y la erradicación también de la crisis de valores humanos y cristianos.


Por último, Manos Unidas encuentra su fundamento en el Evangelio y en la doctrina social de la Iglesia.

Habrá quien piense que siempre será mejor algo que nada y que cuando una persona tiene hambre, si alguien le da un trozo de pan, al menos, ese día ha recibido una ayuda. Es posible. No obstante, no se puede olvidar la actitud de la Iglesia Católica en asuntos tan importantes como, por ejemplo, la prohibición del preservativo en países infestados de SIDA, como un buen número de los africanos, precisamente, los más atrasados, o su constante llamamiento a la procreación, en un mundo que tiene en la superpoblación uno de sus más agudos problemas, problema que, igualmente, recae, sobre los países más pobres.


Pero es que además, a la Iglesia no le interesa acabar con la pobreza, por eso nunca hará nada para erradicarla. Para justificar esta afirmación basta con echar una rápida ojeada sobre el mundo. En los países subderrasollados, prácticamente toda África y casi toda Sudamérica, además de bastantes de Asia, hasta el 98% de las personas se declaran creyentes en Dios, en tanto este porcentaje, según una encuesta de 2004, se queda en el 15% en Suecia o en el 20% en Dinamarca, países que encabezan a los que cuentan con más ateos, que son los más ricos del globo. La evolución de la pobreza a la riqueza comparada con la creencia en Dios se ve en numerosas encuestas realizadas durante la cuarta década del siglo XX. En una practicada en la misma Suecia en 1947, recién terminada la Guerra Mundial, el 83% de los suecos creía en Dios. A principios de los años noventa, cuando Suecia se había convertido en uno de los países más desarrollados de la tierra, ese porcentaje había caído nada menos que al 38%.


En una palabra: a mayor bienestar económico menos fe en Dios, eso es lo que se desprende de cuantos estudios se llevan a cabo, de manera que ¿cómo narices le va a interesar a la Iglesia Católica acabar con la pobreza? A la Iglesia le interesan personajes como la madre Teresa de Calcuta (1910-1997), embarcado exclusivamente en el consuelo de los dolientes, pero les causa alergia gente como Vicente Ferrer (1920-2009), capaces de intervenir en la economía para conseguir que un gran número de parias vivan del producto de su trabajo después de convertir un desierto indú en un vergel. Teresa de Calcuta fue beatificada por Juan Pablo II en 2003, seis años sólo después de su muerte. Vicente Ferrer tuvo que abandonar la Compañía de Jesús y la Iglesia para llevar a cabo su proyecto



P.D. Lo datos de las encuestas están tomados del libro: Introducción al ateismo, de Michael Martín (Ed.). Editorial Akal, 2010, en el que se ofrece un amplio estudio de este asunto.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Fragmentos




1.- No ya la ciencia, cualquier labriego, cualquier albañil, cualquier recovero o recovera, etc, han hecho más por la humanidad que toda esa legión de clérigos tan sabios ellos, tan filósofos, tan cercanos a Dios y tan conocedores de su esencia, y entre los que habría que citar, en los primeros puestos, a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino.


2.- Escuchad con atención, analizad con cuidado sus proclamas. Tened en cuenta que los que se cubren con el manto de la moderación o del progreso sólo se diferencia de los tradicionales en la táctica. La estrategia es la misma para todos: someter al mundo al yugo de su Iglesia.


3.- La Iglesia ha reformado recientemente el Código de Derecho Canónigo (15-7-2010) para endurecer algunas faltas. ¡Bien! Ahora, junto a la pederastia, la Iglesia incluye la ordenación de mujeres entre los pecados más graves. ¡Zuperió!, dijo el castizo.


4.- Ya está bien. Esto habría que hacerlo valer en alguna parte, ¿no? La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) (junio 2010) señala que en materia religiosa y porcentualmente la población española se distribuye del modo siguiente:

75% se declaran católicos, pero de ellos sólo el 20% se declaran practicantes.

23% se declaran ateos o agnósticos.

2% se declaran miembros de otras religiones.

Esto significa que de una población de cuarenta y seis millones:

920.000 pertenecen a otras religiones.

6.900.000 son católicos practicantes, es decir, católicos de verdad.

10.580.000 son ateos o agnósticos. (3.680.000 más que católicos practicantes)

34.500.000 se dejan llevar, aunque con su actitud siguen engordando las arcas de la Iglesia Católica.


5.- Digo yo que por qué se queja tanto el Papa del aumento creciente del número de ateos y por qué continúa condenándolos tan furibundamente. ¿No debería mirar para adentro y hacer también una poquita de autocrítica? La mayoría de los ateos son fugados de su Iglesia, al menos, en Europa.

lunes, 13 de septiembre de 2010

En el nombre de Dios


Hay días en que a uno se le revuelve el corazón y el alma y, sobre todo, el estómago, días en que uno reniega del lugar en el que nació y más aún de la cultura en la que lo educaron.

Leyendo lo publicado recientemente sobre la pederestia de eclesiásticos en Bélgica, el asco me ha revuelto de verdad las tripas, me ha encendido de ira, siendo así que yo soy un tipo más bien calmo y meditativo.

Se calcula que entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado, unos 320 pederastas han podido abusar de hasta 800 niños y niñas de entre dos y doce años. Trece de estos niños llegaron al suicidio, al no poder superar el tormento sufrido. La mayoría de los colegios e internados católicos belgas cuentan con algún pederasta entre sus filas, debidamente encubierto.

Hay casos realmente espeluznantes, como el del bellaco que sodomizaba a un niño de ¡cuatro años! y luego le decía que su padre le haría lo mismo si se lo contaba. O el del obispo que abusaba de su sobrino y luego, cuando lo descubrieron, sobornó a la familia para que no lo denunciarán hasta que el delito prescribió (es decir, que saben de sobra que es un delito, no sólo un pecado, por eso lo encubren). ¡Y la familia aceptó el soborno!

Para comprender la magnitud del sufrimiento de las víctimas hay que tener en cuenta que Bélgica es un país sumamente católico y que, como es lógico, a los colegios e internados religiosos acuden los hijos de las familias más prácticantes. Independientemente de su situación intrínseca de dominio, esta circunstancia ha jugado de manera esencial en favor del pederasta y en contra de las víctimas. En efecto, de una parte, los padres no habrían creído jamás que un sacerdote católico pudiera abusar de sus hijos y, de otra, los hijos, criados en un ambiente tan malsano, no fueron capaces de revelarles la tortura a la que estaban sometidos. Muchas de las víctimas manifiestan ahora ante sicólogos y especilistas que este fue, precisamente, uno de sus mayores sufrimientos (sufrimientos y torturas, por cierto, que ríase usted de la pasión y crucifixión de Cristo).
En el colmo del horror, a los obispos belgas, reunidos en sacrosanto cónclave y convenientemente asistidos por el Espíritu Santo, tanta miseria no los mueve no ya a entregarse a la justicia o cuando menos a dimitir por haber encubierto a los pederastas, sino ni siquiera a pedir perdón. Y en la estratosfera de la hipocresía afirman que están dispuestos a crear un centro para ofrecer una atención personal a las víctimas... para restablecer la dignidad de las víctimas y ayudarlas a convivir con el sufrimiento. (¿Qué pretenden, seguir aprovechándose de ellas? ¡Qué ensoberbecido hay que estar y qué canalla hay que ser para llegar a esto!)
Y mientras tanto el papa, ese señor de la foto de tan beatífica cara (dura), llega a Inglaterra después de culpar a la prensa del escándalo, de culpar a los que denuncian y se atreven a tirar de la manta, de culparnos a todos que, en realidad, es lo único que él y toda su Iglesia saben hacer, pringarnos, enmierdarnos de culpa para que no podamos salir de ella y ellos continúen viviendo magníficamente a nuestra costa. Dos mil años llevan llenando el mundo de culpa y todavía no se dan por satisfechos.
Post Data: Las familias católicas deberían sacar la moraleja de este asunto: ojo con vuestros hijos si lo lleváis a un colegio religioso. Preveniros antes de lo que puede esperarle. Y (permitidme compensar mi indignación con una pizca de grosería) no le miréis sólo la cara para saber si ocultan algo, miradle también el culo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

De como aprendí a amar la confesión


¿Qué edad tendría? ¿Dieciésis, diecisiete años? La memoria, a veces, es incapaz de precisar determinados detalles. Pero no, seguro, los diecisiete no los había cumplido aún. ¡Resultó tan largo el calvario, tan tortuoso! No es empresa fácil romper las amarras cuando desde la más tierna edad te han atado férreamente al muelle. En medio de la tormenta, la brújula llevaba ya bastante tiempo señalando la dirección a seguir, pero aún la aguja no se había detenido del todo, todavía seguía oyendo misa los domingos y todavía me acercaba al confesionario a contarle al cura mis pecados. Pero cada vez distanciaba más una confesión de otra y, además, cuando lo hacía, cambiaba de iglesia y de cura.

Ocurrió un domingo a eso de las diez menos diez de la mañana, poco más o menos, en la iglesia de San Pablo. Recuerdo la hora porque yo había ido con el propósito de oír la misa de las diez y con el propósito de confesarme y de comulgar. Para el que no la conozca, la iglesia de San Pablo es de estilo gótico, grande y umbría, y los confesionarios, en las naves laterales, quedaban en una semioscuridad que a mí me parecía protectora. La regían y la rigen los Misioneros del Corazón de María.

Había varios de ellos confesando, cada uno en su confesionario. Al que yo me acerqué era un cura no muy mayor, de unos treinta y cinco años, tal vez, no mucho más. Las mujeres confesaban en los laterales del confesionario, a través de una ventanita cerrada con una celosía, de tal manera que su rostro apenas era visible para el cura (de los trucos para evitar esta separación ya hablaremos otro día). Pero los hombres confesábamos por delante, a pecho descubierto, cara a cara con el auditor y sin separación alguna. Me arrodillé ante él y murmuré el consabido:

-Ave María Purísima

-Sin pecado concebida -respondió el cura. Y me rodeó el cuello con su brazo y acercó su cara a la mía hasta situar su boca a menos de dos centímetros de mi oreja-. ¿Cuándo fue tu última confesión?

-Hace... -le dije el tiempo, dos meses o tres, no lo recuerdo.

¿Y de qué te acusas, hijo?

¿Yo? ¿De qué me iba a acusar yo? De lo de siempre.

-Me he masturbado, padre.

Ahora el cura tendría que preguntarme cuántas veces. Y eso fue lo que me preguntó.

-¿Cuántas veces, hijo?

A mí su abrazo me empezaba a resultar un tanto molesto. Su olor, además, un olor suavísimo, a esencias de pura santidad, supongo, se me había entrado hasta lo más hondo de la nariz causándome una sensación muy rara, como de vértigo. Pero se las dije:

-Muchas veces, padre, no recuerdo el número.

Ahora el cura tendría que decirme: ¿De qué otro pecado te acusas?. Pero lo que dijo fue:

¿Y cuándo te masturbas en qué piensas, hijo mío?, ¿cómo lo haces?

Me eché ligeramente hacia atrás, acerqué mi boca a su oído y se lo dije bajito, le dije:

-¡Yo me cago en tu puta madre!

Me levanté sin aspavientos y salí a paso rápido de la iglesia.

Fue definitivo. Nunca más he vuelto a acercarme a un confesionario. Y si he vuelto a entrar en una iglesia ha sido como turista o para asistir a algún acto de carácter social, como una boda o un entierro.

martes, 7 de septiembre de 2010

Las puertas del infierno




"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Simón Pedro le contestó: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo." Tomando entonces la palabra Jesús le respondió: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella."

Mateo, capítulo 16, versículos 15 a 18.

Estas últimas palabras del pasaje evangélico, las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, han constituido una de las maldiciones más severas que han caído jamás sobre el mundo, especialmente sobre el mundo occidental que es donde se ha desarrollado con mayor amplitud la Iglesia Católica.

Resulta altamente sospechoso que tales palabras, las más tremendas de cuantas aparecen en los evangelios canónicos, sólo las cite Mateo, siendo así que la escena se repite en Marcos y en Lucas. Da que pensar, como creen bastantes eruditos, que se trata de una interpolación llevada a cabo por algún copista avispado. Pero, a efectos del resultado, esto, en realidad, no importa mucho.

Cualquiera diría que esta frase constituye una promesa o, si se quiere, una especie de conjuro que garantizaría la pervivencia de la Iglesia por los siglos de los siglos. Pues no, los jefes de la nueva institución la entedieron como una orden, interpretando que si una de las características de la Iglesia iba a ser su durabilidad, lo que Cristo había querido decir era que no podía consentirse que las puertas del infierno la asaltaran y la destruyeran. ¿Y quiénes formaban parte de las puertas del infierno? Muy sencillo: todos los que por acción u omisión mostraban su desacuerdo con las normas que imponía la nueva religión.

De este modo, los que más adelante se llamarían a sí mismos católicos, acabaron con los numerosos grupos -docetistas, adopcionistas, marcionistas, nicolaístas, etc- surgidos a poco de la desaparición del Nazareno, que se reclamaban igualmente cristianos y que interpretaban las enseñanzas de Cristo de modo diferente. Por acabar, los católicos acabaron hasta con el por ellos llamado paganismo. Este hecho culminó en el siglo IV, momento en que, convencido Constantino, el catolicismo triunfante fue proclamado religión única del Estado romano.

A partir de este momento, las puertas del infierno ya no conocieron tregua. El primer mártir producido por la nueva religión fue Prisciliano, ejecutado, como se sabe, en Tréveris en el 385. Desde entonces, la sangre manó a raudales durante siglos. Arrianos, pelagianos, donatistas, conocieron el rigor de los grandes detentadores de la verdad. Y a medida que crecía y crecía el poder de los papas, mayor caudal adquirían los ríos de sangre: las cruzadas, los cátaros, la inquisicion, los husitas, cuyo jefe, el checo Juan Hus (1370-1415), fue atraído al concilio de Constanza para que expusiera su doctrina y, antes de que llegara a abrir la boca, lo quemaron en la hoguera... ¡Tanta muerte, tanta desolación!

Y no han parado. Hoy ya no queman a nadie (no porque no quieran, sino porque no pueden), pero siguen apartando de su camino a todo el que se atreve a levantar la voz. Úna de las últimas víctimas ha sido el teólogo franciscano José Arregui, quien se ha visto obligado a colgar los hábitos por sus enfrentamientos doctrinales con la jerarquía y, más concretamente, con el obispo de Bilbao José Ignacio Munilla.

Las puertas del infierno, esa es la clave. Todo está permitido: traicionar, matar, extorsionar, conspirar, malversar, encubrir pederastas, declarar cruzadas, apoyar a tiranos, callar ante genocidios... Todo. Siempre que se haga en defensa de la Iglesia. Repasad la historia: hoy como ayer, para la jerarquía eclésiástica, con el papa a la cabeza, y para muchos católicos de a pie, el mayor bien de este mundo, si es que no el único, es la Iglesia católica. Todo lo demás, pertenece al reino de las tinieblas, a las puertas del infierno.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Esa jauría



El científico Stephen Hawking ha manifestado su convicción de que Dios no existe, e inmediatamente toda una jauría de meapilas, pensadores bonitos, entre los que cabe citar en primer término a los denominados teólogos, y clérigos con y sin tonsura, se han lanzado a degüello sobre el gran astrófisico inglés.
¡Vaya! Ahora resulta que de Dios no van a poder hablar más que sus partidarios. Ellos, por lo que se ve, pueden meterse en cuantos charcos les parezcan oportunos, como, por ejemplo, el matrimonio homosexual o el aborto, por citar dos asuntos de actualidad, pero los demás, los que procuramos caminar sin paraguas alguno que nos proteja, debemos meternos la lengua donde nos quepa.
Stephen Hawking, sin embargo:
-No ha dicho en ningún momento que piense crear una religión cuyos sacerdotes, además de ser sólo hombres, tengan la sartén por el mango y vivan, la mayoría fenomenalmente, a costa de los fieles (y, en algunos países, de los que no lo son; veáse España).
-No ha dicho que piense crear Inquisición alguna con el propósito de perseguir y llevar a la hoguera o a la lapidación a los que no estén de acuerdo con él.
-No ha dicho que necesite la espada o el fusil de poder civil alguno para imponerle a nadie su hipótesis.
Por otra parte, físicamente y aparte su prodigioso cerebro, Hawking es una piltrafa humana. Aquejado desde su juventud de esclerosis lateral amiotrófica se encuentra prácticamente paralizado desde hace mucho tiempo, no puede hablar, si no es mediante ordenador y un complicado juego de mandos, no puede expresarse, salvo con el pensamiento, y necesita delicados y continuos cuidados médicos. Es decir, es el sujeto tipo para depositar su esperanza en otra vida sin ataduras, sin enfermedades ni dependencias, sin dolor, una vida alada de placer y de dicha. Y no, obstante, no se conforma, sino que movido por sus estudios y por los descubrimientos científicos de los últimos años llega a la conclusión que llega y no se resigna a callársela. En estas condiciones, ¡algún valor habrá que otorgarle a su hipótesis! Al menos, el del los dos cojones (con perdón) para asumirla y exponerla.
El asunto real es que por aquí hay mucha gente viviendo a costa de Dios, mucha, pero mucha, mucha, mucha. Y mover los cimientos del kiosco es algo que los pone verdaderamente de los nervios.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Así en la guerra como en la paz




1.- En la guerra no sólo es lícito, sino encomiable dar muerte a los enemigos.


San Atanasio (295-373)

Patriarca de Alejandría y feroz combatiente contra los arrianos, causa por la que sufrió diferentes destierros. Padre de la Iglesia.


2.- Difícilmente se erradica lo que los espíritus que empiezan a instruirse han asimilado.


San Jerónimo (345-420)

Doctor de la Iglesia. Secretario del papa San Dámaso. Un hombre que lo tenía claro.


3.- Nadie puede ignorar que la Iglesia es una sociedad desigual en la que Dios ha destinado a unos a mandar y a otros a obedecer; estos últimos son los laicos, los otros los esclesiásticos.


Papa Gregorio XVI (1831-1846)

Por si alguno no lo tiene claro todavía. Este axioma, enunciado hace 164 años se mantiene en vigor en la actualidad, salvo que porque lean el evangelio y la epístola en la misa y poco más los laícos crean otra cosa.


4.- Sería mejor morir sin los últimos sacramentos que recibirlos de manos de un jesuita.


Sr. Marqués de Peralta

Fundador del Opus Dei

Una diáfana prueba (las hay a cientos) de la unión y la fraternidad que impera entre las distintas órdenes religiosas católicas.


5.- (La Iglesia precisa) de la autoridad civil con la ley y la fuerza. No bastará la obra de la Iglesia, que exhorta, es necesario que detrás del predicador, que señala los castigos eternos, se deje ver la espada del poder público, que amenaza con el castigo temporal.


Padre G. Crisógono

Grandeza, ruina y resurgimiento de España. San Sebastián, 1941. Pag. 207


No se puede decir más claro ni con menos palabras. En último término, la religión no la impone ni la palabra ni el ejemplo, la impone la espada del poder público. Habían ganado una guerra, habían conseguido que se eliminara lo que ellos llamaban la cizaña y aún no les parecía suficiente. Tenían que conseguir que cada españolito cumpliera sus normas aunque fuera a punta de pistola. Esta es la razón por la que ahora, por ejemplo, no se conforman con que, de acuerdo con sus creencias, el aborto sea sólo un pecado; tiene que ser también un delito y un delito que afecte a todo el mundo