viernes, 27 de noviembre de 2009

42 días


Por decenas, si es que no por cientos, pueden contarse los estudios que sobre la pasión y muerte de Cristo se han publicado a lo largo de la historia. La mayoría de ellos, por no decir la práctica totalidad, son tan enjundiosos y tan especializados que a un lector profano, aunque interesado en el asunto, no le resulta nada fácil seguirlos y ha de contentarse con aceptar de buen grado los considerandos que los autores exponen y, como consecuencia, si no se encuentran fallas lógicas, también las conclusiones. Si, por otra parte, tenemos en cuenta que muchos de estos estudios son contradictorios entre sí y que en no pocos otros a lo que aspira el autor es a combatir una posición contraria casi más que a alcanzar resultados netamente objetivos, la confusión del profano no hace más que aumentar.

No hace aún demasiado tiempo, la editorial Aguilar ha publicado un nuevo estudio sobre el tema, realizado en esta ocasión por Miguel Lorente Acosta, estudio que lleva el escueto título de 42 días, título enigmático al que se añade el subtítulo aclaratorio de Análisis forense de la crucifixión y muerte de Jesucristo. Este estudio, sin embargo, aún utilizando y apoyándose en algunos de los anteriores, no tiene nada que ver con ellos, hasta el punto de que resulta excelente tanto por la sencillez y objetividad de la exposición como por la claridad de las conclusiones.

Miguel Lorente, que nació en Almería en 1962, no es teólogo ni especialista en las Escrituras, no ha estudiado arqueología, que sepamos, no conoce el arameo ni el griego clásico, ni siquiera es historiador. ¿Entonces, cuáles son sus méritos? Miguel Lorente es médico forense, doctor en Medicina y profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Y es, precisamente, su profesión la que le ha permitido realizar un brillantísimo análisis, integrando tanto la diversidad de estudios realizados como las distintas posiciones desde la que puede enfocarse el problema. Con un estilo literario limpio, claro, y hasta muy ameno en ocasiones, cosa que no suele ser común en este tipo de ensayos, Lorente lleva a cabo su estudio apoyándose en la Sabana Santa de Turín, que admite como auténtica.

Pues bien, basándose en las pruebas presentes en la Sábana y dando por sentado que el lienzo estuvo realmente en contacto con Jesús, Lorente, con la minuciosidad del forense que es, llega a la conclusión de que Cristo no murió en la cruz y de que, en consecuencia, no resucitó. Existe más de un estudio que ha llegado con anterioridad a un resultado semejante, pero ninguno lo ha hecho con tan exhaustiva objetividad, con tanta honradez ni con tan equidistante y equilibrado punto de vista. Merece la pena leerlo.

Por cierto, el autor se declara creyente, pero no creo que le haya pasado inadvertida la enorme consecuencia de su conclusión, ¿pues no fue nada menos que San Pablo el que dijo al comienzo de la historia que si Cristo no había resucitado la fe cristiana carecía de fundamento?

42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo
Miguel Lorente
Editorial Aguilar. Madrid, 2007




sábado, 14 de noviembre de 2009

La caridad es rentable


La Iglesia católica ha practicado siempre la caridad, excelsa virtud teologal (las otras son la fe y la esperanza) que encuentra su fundamento y justificación en el amor fraterno. La caridad abarca territorios muy amplios. No obstante, si nos situamos únicamente en el campo terrenal, lugar, dígamos, más concreto y también más aséptico, la caridad consiste, principalmente, en socorrer al menesteroso en sus necesidades materiales. En este terreno y como puede deducirse fácilmente, la caridad exige la existencia de pobres. O, dicho de otro modo, sin la existencia de pobres, no sería posible la caridad.

A pesar de que trabaja exclusivamente con pobres y que en esencia consiste en ofrecerle a éstos artículos de consumo o directamente dinero, la caridad resulta sumamente rentable. Y no nos referimos a los réditos espirituales que el católico va atesorando para asegurarse un lugar en el paraíso, sino a la rentabilidad terrena, es decir, a la obtención de beneficios materiales, concretados principalmente en rica y sabrosa pasta. Veamos un ejemplo:

En el siglo XV, la gente del común se moría literalmente de hambre en Europa. Los prestamistas cobraban por su préstamos intereses que iban del 20% al 200%, de modo que ante, pongamos por caso, una mala cosecha o una enfermedad de larga duración, quién era el guapo que se atrevía pedir un préstamo, y con garantía de qué, si la inmensa mayoría de la gente apenas disponía de escasísimas pertenencias personales.

En esta situación, a los franciscanos de Italia, inflamados de caridad, se les ocurrió acudir en socorro de tanta pobre gente. Para ello no salieron a la calle para solicitar el óbolo de los poderosos. Eso ya lo hacían para sus conventos, con no escaso fruto, por cierto. Idearon y pusieron en marcha los que serían conocidos como montes de piedad, instituciones a modo de bancos que tenían por objeto facilitar prestamos a estos necesitados con la garantía exclusiva de bienes personales, tales como ropa o herramientas de trabajo, únicos que eran de su propiedad. La caridad se centraba propiamente en el interés con que se gravaban tales préstamos, el 3% ó el 4%, realmente bajo para la época. El préstamo se concedía, naturalmente, por una cantidad inferior al valor estimado por el prestamista para la prenda que se entregaba como garantía y por un plazo que solía ser de un año, al cabo del cual, el prestatario recuperaba la prenda mediante el pago del principal más los intereses, o el prestamista ponía en venta la prenda en pública subasta.

Choca que una actividad tan puramente mercantil, aunque se estableciera con una intención caritativa, fuese inaugurada, precisamente, por los franciscanos, tan espirituales siempre. Choca más aún el interés cobrado, pues a pesar de su moderación, comparado con el que cobraban los prestamistas oficiales, la Iglesia prohibía el cobro de cualquiera, por insignificante que fuera, considerándolo usura. Y choca, sobre todo, el negocio en sí, pues qué podría empeñar (este es el término común empleado en el negocio, aunque técnicamente se llama también pignorar, infinitamente más fino y aséptico, ¿no es verdad?), qué podría empeñar aquella pobre gente, aparte de una capa heredada del abuelo, un apero de labranza o el anillo de cobre que a la tatarabuela violada por su señor le había regalado el violador y había ido pasando de madres a hijas.

Pues a pesar de todo, o por todo ello junto, el negocio prosperó. ¡Jo, que si prosperó! Entre 1462 y 1490 hizo su aparición en Perusa, Savona, Mantua y Florencia y, en poco más de un siglo, se había extendido por toda Europa. El éxito fue de tal calibre, las ganancias tan superlativas, ya no sólo para la orden franciscana, que, en el siglo XVIII, a los montes de piedad se le añadieron las cajas de ahorro, dando lugar a lo que serían las Cajas de Ahorro y Monte de Pîedad de... determinado sitio, pues casi cada ciudad de Europa llegó a contar con una de estas instituciones, que siempre fueron consideradas (tiene bemoles) ¡¡instituciones benéficas!! (Claro, benéficas para sus promotores).

Como casi todo, a España los montes de piedad llegaron con retraso, pero llegaron, siempre de la mano de la Iglesia o de alguno de sus pastores. En Madrid, por ejemplo, lo fundó en 1702 el capellán de las Descalzas Reales Francisco de Piquer y Rodilla. De cómo sería de bollante el negocio, basta con saber que andando el tiempo, esta humilde institución acabaría convirtiéndose en Caja Madrid, la cuarta entidad financiera de España. En Córdoba lo creó el cabildo catedralicio en 1864, con la herencia de 300.000 reales que para tal fin había dejado el canónico José de Ayuda Medina y Corella. Como Córdoba es más pequeña que Madrid, el Monte de Piedad del Señor Medina, como fue conocido en sus orígenes, sólo dio lugar a Cajasur, una entidad crediticia de pequeñas dimensiones, comparada con Caja Madrid, pero que controla los ahorros de la práctica totalidad de los cordobeses.



















miércoles, 11 de noviembre de 2009

Un pecado gravísimo


-¿Qué clase de pecado es el liberalismo?

-Un pecado gravísimo contra la fe

-¿Por qué?

-Porque consiste en una colección de herejías condenadas por la Iglesia

-¿Es pecado para un católico leer un periódico liberal?

-Puede leer las cotizaciones de bolsa

-¿Qué clase de pecado comete el que vota a un candidato liberal?

-Generalmente pecado mortal


Del Catecismo Nuevo Ripalda, edición de 1927.


Ni una palabra más: el liberalismo filosófico es un crimen de lesa divinidad que carboniza el alma del que lo comete. Ahora bien, la pasta es la pasta, y la pasta (benedicamus Dominum) donde el católico avispado la consigue más a sus anchas es, exactamente, en la bolsa.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

Vírgenes consagradas


Desde la época medieval y hasta bien avanzada la Edad Moderna, se sucedieron en España las emparedadas, mujeres que sin ser monjas ni seguir regla alguna y sólo por amor a Cristo decidían encerrarse de por vida, solas o en grupo, viviendo una vida de oración y, por supuesto, de absoluta castidad. La Iglesia nunca vio con demasiado agrado este movimiento y muchas de aquellas virtuosas beatas tuvieron problemas con el obispo de su diócesis.

¿Quién lo iba a decir? Si en el día de hoy, entrados ya en el siglo XXI, preguntáramos por la calle si existen aún mujeres que dedican a Dios su virginidad, todo el mundo contestaría que sí, que, aunque escasos de vocaciones autóctonas, ahí siguen en pie los conventos de monjas, devotas esposas de Cristo, al que no dudan en ofrecer su vida, muchas de ellas todavía en rigurosa clausura. Pero si se precisara que no se trata de monjas, sino de mujeres seglares que, sin abandonar el mundo, uno de los enemigos clásicos del alma (los otros dos son el demonio y la carne), deciden no tanto ofrecer su vida como, más exactamente, su virginidad, la respuesta, casi sin duda, sería una carcajada tan estruendosa que los oídos del preguntón correrían peligro de estallar.

¡Pues existen!

¿Ahora, en el siglo XXI?

Ahora y aquí mismo, en la tierra de María Santísima, ¿dónde si no?, en esta España nuestra que dicen tan laica y tan ligera de cascos. ¡Qué tiempos! La Iglesia, a la que tan poca gracia le hacían aquellas emparedadas de antaño, las consagra ahora oficialmente, a veces, en pomposas ceremonias celebradas en las catedrales, sin necesidad de profesar en convento alguno ni de realizar otro voto que el de su perpetua virginidad.

Están aquí, sí, entre nosotros, caminan por las calles, pasean por los parques, se entregan a su trabajo, participan en labores sociales ¡y son vírgenes! Algunas ejercen de maestras, otras son médicos y trabajan en hospitales, otras son funcionarias de Hacienda. Unas viven con sus padres, otras solas, otras comparten piso. Visten como cualquier mujer de hoy, alternan con sus amigos, no se apartan del mundo, de modo que no es posible distinguirlas ni por su aspecto ni por el aire de recogimiento y de circunspección que signaba a las antiguas beatas. En lo único en que se distinguen de las demás mujeres con las que nos cruzamos es en que, más allá de sus ocupaciones mundanas, ellas viven entregadas por completo a su Amante, un Amante perfecto, que les perforará el alma con el dardo de su amor, pero nunca, nunca les desgarrará su preciado himen, como acostumbramos a hacer los bestias de los amantes humanos.