jueves, 29 de octubre de 2009

El primer mártir


En el año 303 de nuestra Era, el emperador Diocleciano desató la última gran persecución contra los cristianos dentro del imperio romano. Sólo ochenta y dos años más tarde, la Iglesia Católica, que ya había sido adoptada por Constantino, remató con la muerte su primera persecución formal contra un hereje: Prisciliano.
Prisciliano había nacido en Galicia en el año 350. Estudió en Burdeos en casa de Delphidius, un conocido retórico, con cuya hija Prócula (o Gala, según algunos) se casó. Dueño de una brillante inteligencia, de haber seguido el rigor ortodoxo, Prisciliano pudo haber ocupado las cotas más altas de la iglesia, pero se inclinó hacia el primer cristianismo, en el que confluían ideas gnósticas, maniqueas y judaicas y lo que alcanzó fue su perdición.
No han quedado textos de Prisciliano. Lo que se conoce se debe a las condenas que la doctrina recibió en sucesivos concilios. Parece que lo que Prisciliano perseguía era una vuelta a la organización comunal de los primeros tiempos del cristianismo. Así, predicaba la austeridad y la pobreza, al tiempo que fustigaba a la Iglesia romana para que se desprendiera de sus ya importantes riquezas. Permitía el nombramiento de maestros laicos y situó a la mujer en un plano de igualdad con el hombre, incluyendo su participación activa en la liturgia. Aceptaba el matrimonio de los sacerdotes y clérigos, reconmendando el celibato como una forma de ascetismo. Sus enemigos le achacaban, al parecer falsamente, que negaba el dogma de la Trinidad y la naturaleza humana de Cristo, afirmando que su cuerpo era sólo aparente. Se le acusaba igualmente de sostener que el alma humana se desprendía de la sustancia divina, siendo corrompida en la tierra por el Maligno.
Sea como fuere, el priscilianismo fue tachado de hereje y condenado en el Concilio de Braga de 363. A pesar de ello, Prisciliano prosiguió con la predicación de sus doctrina, que se extendió, primero, por Galicia, el actual Portugal y Andalucía y, después, por el resto de España, por Aquitania y buena parte del imperio romano occidental. Numeros clérigos y obispos lo siguieron. Esta circunstancia exasperó a la Iglesia de Roma y Prisciliano fue detenido en Tréveris (Alemania) en el año 385, llevado ante un tribunal eclesiástico, torturado y decapitado junto a seis de sus discípulos.
Tras la muerte del maestro, sus restos fueron llevados a Galicia, donde cada vez existe un convencimiento mayor de que son ellos y no los del apóstol Santiago los que se veneran en la catedral de Santiago de Compostela. Más o menos soterradamente, el priscilianismo pervivió durante largo tiempo, a pesar de que la Iglesia desecandenó una furibunda persecución de ascetas, anacoretas y, en general, gente sospechosa de seguir sus doctrinas.