sábado, 12 de diciembre de 2009

San Lucifer


Lucifer es una de las denominaciones con las que habitualmente se conoce al demonio. Sin embargo, a lo largo de la historia, ha existido más de un cristiano que ha llevado este nombre. Es verdad que Lucifer significa, en latín, El que trae la luz, El portador de la luz. No obstante, hay que tener agallas para endilgar a un hijo este nombrecito. Al autor de este blog no le interesa lo más mínimo el demonio. Si Dios, de por si, ya resulta peligroso, cuanto más no lo será este siniestro individuo. El Lucifer al que aquí se hace referencia fue un cristiano y un cristiano importante en el siglo IV de nuestra Era.

No se conoce la fecha del nacimiento de nuestro Lucifer. Lo que se sabe es que llegó a ser obispo de Cagliari y que, en la actualidad, es uno de los santos más venerados en Cerdeña, donde se le conoce como San Lucifero, en italiano, que al oído español le resulta mucho más suave. Lucifer, fue un encarnizado enemigo de los arrianos, que, como se sabe, negaban la consustancialidad o identidad de naturaleza del Hijo con el Padre, dentro del misterio de la Trinidad.

Una de las mentiras más bellas con las que nos adoctrinaron en nuestra infancia fue la de la continuidad histórica de la Iglesia desde el primer papa, Pedro, hasta la actualidad. La verdad de los hechos es bastante distinta. Desde los primeros tiempos, lo que se produjo fue una lucha constante entre distintas facciones que trataban de imponer sus criterios, lucha no sólo dialéctica, sino con las armas, con sangre y con muerte.

En el siglo IV dos poderosas corrientes, cristianas ambas, se enfrentaban con dureza, los arrianos y los católicos, y las fuerzas estaban más igualadas de lo que hoy podemos imaginar. Ambos bandos contaban con importantes teólogos y muchos obispos se inclinaban ora a favor de uno, ora a favor del otro. Los primeros emperadores cristianos se inclinaron por las tesis de Arrio. Constantino, tan alabado por la Iglesia que incluso la oriental lo hizo santo, fue bautizado en su lecho de muerte por un obispo arriano (hecho meticulosamente silenciado por los piadosos docentes actuales cuando enseñan a sus catecúmenos las hazañas del que llaman primer emperador Cristiano, una prenda, por cierto).

En el año 359 y a instancias del obispo de Roma Liberio (352-366) tuvo lugar en Milán uno más de los muchos sínodos y concilios que se celebraban por entonces. El propósito era discutir una vez más la doctrina de Arrio y tratar de conseguir su condena, después de que dicha doctrina hubiera logrado imponerse en dos concilios anteriores. La influencia del emperador Constancio, arriano, frustró, sin embargo, los deseos de Liberio y los obispos presentes firmaron un acta en la que se reconocía la validez de la postura arriana en detrimento de la católica. Sólo cinco obispos se negaron a firmar, entre ellos, Lucifer.

El curso posterior de los acontecimientos hizo que muchos arrianos regresaran al seno de los católicos. Más el obispo Lucifer se negó a perdonarlos. Lucifer fue más lejos aún: se enemistó con Liberio y, en una vuelta a lo que él consideraba el cristianismo primitivo, condenó la riqueza de Roma y su relajación. Se creó así una nueva secta, la de los luciferianos, esencialmente puritana, cuya influencia se extendió por África del norte, Egipto, Palestina y España. Los católicos reaccionaron con dureza. Encabezados por el nuevo obispo de Roma, Dámaso (366-384), condenaron a Lucifer y a sus seguidores y hacha en mano, destrozaron templos luciferianos en Italia, en Egipto y en España. En Roma, mataron al obispo Macario y en España al presbítero Vicente.

El ataque fue tan poderoso que los luciferianos terminaron por extinguirse. Tras su muerte en el 370 ó 371, Lucifer fue, no obstante, considerado santo en Cerdeña y venerado como tal. El asunto concluyó cinco siglos más tarde, concretamente, en 1803, cuando el papa Pío VII elevó oficialmente a Lucifer a los altares. Desde entonces, su fiesta se celebra el 25 de mayo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

por favor!!! sin palabras