domingo, 20 de diciembre de 2009

¡Extra omnes!


Con estas palabras, ¡Extra omnes! (¡Fuera todos!), del Cardenal Marini, Maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias, dio comienzo el 18 de abril del año 2005 el cónclave para la elección de un nuevo papa, tras la muerte del inolvidable Juan Pablo II. El público abandonó la Capilla Sixtina y en ella quedaron encerrados los 115 cardenales electores (los menores de ochenta años) con la obligación de no salir de ella hasta el nombramiento del nuevo pontífice. La elección se lleva a cabo mediante sucesivas votaciones secretas, hasta que uno de ellos consigue los dos tercios de los votos emitidos. Los cardenales son libres de entregar su voto a quien deseen, pero, y esta es una de las varias paradojas que la elección papal encierra, son guiados por el Espíritu Santo, de modo que la eleccion no la hacen propiamente ellos, sino la Tercera Persona de la Trinidad.

El encierro en esta ocasión no duró mucho, sólo dos días. El Espíritu Santo estuvo diligente y los cardenales consiguieron agrupar sus votos a la cuarta votación, de modo que el día 19 de abril de 2005, resultó elegido nuevo papa el alemán Joseph Ratzinger, quien tomó el nombre de Benedicto XVI. No obstante, por si se prolongaba, el encierro estaba bien organizado. Con los cardenales permanecen una monjitas que son las que les preparan la comida y se encargan, en general de la intendencia. Para esta ocasión, si mi fuente no miente, se habían llevado "casi una tonelada de pasta, dos mil trescientas botellas de vino, cuatro mil botellas de cerveza, seis mil botellas de agua mineral, seiscientos kilos de carne y doscientos de pescados, quesos italianos y franceses, harinas para pasteles, etc." (1). Una sencilla división nos daría un promedio de algo así como 8 kg. de pasta; 5 de carne; 1,7 de pescado; 20 botellas de vino; 35 botellas de cerveza y 52 botellas de agua por cardenal. Este abasto se hizo calculando que el cónclave sería corto. No obstante, en caso de necesidad, el encierro cuenta con un torno por el que pueden introducirse alimentos y otras vituallas, tales como medicinas, etc.

A lo largo de la historia, el Espíritu Santo ha resultado ser bastante caprichoso, si es que no juguetón y, si se me permite la licencia, hasta diabólico. En efecto, en los primeros siglos, en medio de las peleas de las distintas sectas y de, en ocasiones, las persecuciones de los emperadores romanos, era el conjunto de los creyentes, sacerdotes y laicos, los que elegían al obispo de una diócesis, incluida la de Roma, cuyo titular aún no había conseguido la categoría de papa. Cada secta o tendencia elegía a su obispo, de manera que en Roma, por ejemplo, ya que aquí llegó a situarse el primado católico, coexistieron, en más de una ocasión, obispos arrianos, donatistas, pelagianos y católicos, cada uno tratando de arrogarse el título de cristianos verdaderos. La tarea del Espíritu Santo era bastante laboriosa, pues tenía que mover la voluntad de un buen número de individuos, cada uno de su padre y de su madre.

En el siglo IV, la facción católica logró ganarse el favor del emperador Constantino y el jefe del Imperio romano elevó al catolicismo a religión del Estado, circunstancia que ampliaron sus sucesores, especialmente Teodosio I y Teodosio II. A partir de entonces, la elección del obispo romano la siguió realizando el pueblo, pero el Espíritu Santo tuvo que influir también sobre la voluntad del emperador, ya que éste se arrogó la ratificación del elegido. Esta situación perduró hasta el siglo VIII, habiendo conseguido en el entre tanto el obispo romano elevarse sobre los demás obispados de la cristiandad y alcanzar la categoría de papa

Entre los siglo IX y X, denominados por la Iglesia siglos de hierro, el obispo de Roma y, en consecuencia, el papa, fue puesto y depuesto por las más poderosas familias romanas, así como por los reyes de los estados europeo en que, tras su caída, se había fragmentado el Imperio Romano. Las luchas entre unos y otros fueron, en ocasiones, terribles para imponer su candidato. Parece evidente que por esta época el Espírituo Santo andaba con ganas de juerga.

En 1059, tras el correspondiente concilio, el papa Nicolás II estableció que la elección del papa debían realizarla sólo los cardenales obispos, si bien estos continuaron siendo elegidos por el pueblo cristiano, al menos nominalmente, ya que quienes en realidad protagonizaban las elecciones eran los nobles y los reyes. La norma no se aplicaría hasta casi un siglo más tarde, en 1130, con la elección de Inocencio II. En 1179, Alejandro III dictamina que el elegido tendría que contar con los dos tercios de los votos de los electores, por lo menos, norma que se mantiene en la actualidad.

Todas estas leyes no permitieron que el Espíritu Santo se tranquilizara. Más bien al contrario. El primer cónclave oficial tuvo lugar en 1241, cuando el jefe de la poderosa familia Orsini, Matteo Rosco Orsini, al frente del pueblo, encerró a los cardenales en la antigua cárcel de Septizonio. A pesar de las numerosas vejaciones a las que estuvieron sometidos, la principal de las cuales fue el ayuno, el Espírito Santo se demoró casi dos meses en inspirar a los cardenales la elección de Celestino IV. Con esta demora, algunos de los cardenales, enfermaron y murieron, circunstancia feliz que los libró de los sufrimientos de este mundo y los condujo directamente al cielo tantas veces soñado y anhelado.

La situación no mejoraría hasta algunos siglos más tarde. Mientras tanto, nobles y reyes, siguieron influyendo en numerosos cónclaves con el fin de torcer la intención del Espíritu Santo, hecho absolutamente imposible, toda vez que el resultado de la elección, sea cual, responde siempre a la voluntad de las Tercera Persona de la Trinidad. Uno de los cónclaves más sonados fue el iniciado en 1268 en Viterbo, bella ciudad medieval italiana de la región del Lazio, no lejos de Roma. Aquí, en el palacio papal, estuvieron encerrados los cardenales nada menos que durante tres años, los que tardaron en elegir a Gregorio X. El Espíritu Santo estuvo tan remolón que el pueblo, cabreado, llegó hasta a desmontar los tejados del palacio, de modo que los cardenales quedaron a la intemperie soportando las inclemencias del tiempo y aun así no había forma de que se pusieran de acuerdo.


(1) Cóclave. Rafael Ortega. Editorial Temas de Hoy

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me parece que la ceremonia deberia ser mas frugal y modesta respecto a la comida, algo como Cristo hubiera hecho con humildad; algo de pescado y agua por ejemplo.
No esa enorme y pomposa cantidad de comida que realmente los aleja de Dios y del Espiritu Santo.