jueves, 10 de diciembre de 2009

Fragmentos I



1.- Durante mucho tiempo estuve convencido de que a santos sólo llegaban hombres y mujeres de una bondad cercana al heroismo. No es verdad. Santos son aquellos que, ante todo, se distinguen por su defensa de la iglesia. O aquellos a los que a la Iglesia le conviene presentar como tales. Los interesados en comprobarlo pueden darse un paseo por la historia, desde el temible San Atanasio de Alejandría, incomparable especialista en libelos y difamaciones, hasta el señor Marqués de Peralta, pomposo título que a mayor gloria de Dios persiguió en vida hasta alcanzarlo el fundador del Opus Dei.

2.- De niño me enseñaron que una misa tiene un valor infinito. Si esto es así y si acertamos a comprender correctamente lo que significa el término infinito, ¿no bastaría con una sola misa para salvar a toda la humanidad?

3.- El crucifijo puede ser el emblema de una creencia, puede ser incluso el emblema de la salvación: admitámoslo. Pero hay que tener muy poca lacha para decir que es el símbolo de la libertad. ¿Tendremos, una vez más, que recurrir a la historia? Si lo hacemos, ya conocemos la reacción: no seremos más que unos miserables resentidos.

4.- Si Dios no existe, todo está permitido. Con qué enorme mentira han tratado y tratan de domeñar nuestra inteligencia. Si Dios no existe, es nuestra responsabilidad ante los demás la que se pone de relieve.

5.- Cuanto más se les llena la boca de patria más traidores son a la misma. Cuanto más invocan a Dios, más y más lejos están de él.

6.- El ser humano que mata a otro ser humano es un asesino. Pero los crímenes más horrendos contra la humanidad se han cometido y se siguen cometiendo en nombre de la patria y en nombre de la religión. Y sus autores suelen ser premiados con coronas de laurel y toda clase de alabanzas.

7.- Se diga lo que se diga y se defina como se defina, en la práctica, la Iglesia la constituyen el papa, los cardenales, los obispos y los sacerdotes. Los fieles no tienen nada que hacer en el negocio, más que rezar y obedecer.

8.- Resulta formidable y extraordinariamente aleccionador oír a Monseñor Martínez camino declarar herejes a quienes no se pliegan a los designios de la Conferencia Episcopal. ¡Qué magnífico inquisidor desperdició la historia!

9.- Seamos honrados, siquiera por una vez: no existe la más mínima constancia de que Dios se haya dirigido jamás a ningún hombre. Hay hombres que afirman sin rubor que Dios ha hablado con ellos. Lo que creemos, pues, si es que creemos, no es la palabra de Dios, sino lo que estos hombres dicen que es la palabra de Dios. Ni siquiera los Evangelios, mucho más cercanos y concretos, recogen los hechos y las palabras de Jesús, sino lo que los evangelistas afirman que Jesús hizo y dijo. A quienes creemos, pues, no es a Cristo, sino a los evangelistas, hombres, a fin de cuentas, como nosotros.

10.- El padre nuestro que a mí me enseñaron decía textualmente: perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. En fecha reciente, este ruego ha sido sustituido por el que dice: perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Es evidente: al día de hoy, las deudas no las perdona ni Dios.

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