miércoles, 4 de noviembre de 2009

Vírgenes consagradas


Desde la época medieval y hasta bien avanzada la Edad Moderna, se sucedieron en España las emparedadas, mujeres que sin ser monjas ni seguir regla alguna y sólo por amor a Cristo decidían encerrarse de por vida, solas o en grupo, viviendo una vida de oración y, por supuesto, de absoluta castidad. La Iglesia nunca vio con demasiado agrado este movimiento y muchas de aquellas virtuosas beatas tuvieron problemas con el obispo de su diócesis.

¿Quién lo iba a decir? Si en el día de hoy, entrados ya en el siglo XXI, preguntáramos por la calle si existen aún mujeres que dedican a Dios su virginidad, todo el mundo contestaría que sí, que, aunque escasos de vocaciones autóctonas, ahí siguen en pie los conventos de monjas, devotas esposas de Cristo, al que no dudan en ofrecer su vida, muchas de ellas todavía en rigurosa clausura. Pero si se precisara que no se trata de monjas, sino de mujeres seglares que, sin abandonar el mundo, uno de los enemigos clásicos del alma (los otros dos son el demonio y la carne), deciden no tanto ofrecer su vida como, más exactamente, su virginidad, la respuesta, casi sin duda, sería una carcajada tan estruendosa que los oídos del preguntón correrían peligro de estallar.

¡Pues existen!

¿Ahora, en el siglo XXI?

Ahora y aquí mismo, en la tierra de María Santísima, ¿dónde si no?, en esta España nuestra que dicen tan laica y tan ligera de cascos. ¡Qué tiempos! La Iglesia, a la que tan poca gracia le hacían aquellas emparedadas de antaño, las consagra ahora oficialmente, a veces, en pomposas ceremonias celebradas en las catedrales, sin necesidad de profesar en convento alguno ni de realizar otro voto que el de su perpetua virginidad.

Están aquí, sí, entre nosotros, caminan por las calles, pasean por los parques, se entregan a su trabajo, participan en labores sociales ¡y son vírgenes! Algunas ejercen de maestras, otras son médicos y trabajan en hospitales, otras son funcionarias de Hacienda. Unas viven con sus padres, otras solas, otras comparten piso. Visten como cualquier mujer de hoy, alternan con sus amigos, no se apartan del mundo, de modo que no es posible distinguirlas ni por su aspecto ni por el aire de recogimiento y de circunspección que signaba a las antiguas beatas. En lo único en que se distinguen de las demás mujeres con las que nos cruzamos es en que, más allá de sus ocupaciones mundanas, ellas viven entregadas por completo a su Amante, un Amante perfecto, que les perforará el alma con el dardo de su amor, pero nunca, nunca les desgarrará su preciado himen, como acostumbramos a hacer los bestias de los amantes humanos.




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