sábado, 14 de noviembre de 2009

La caridad es rentable


La Iglesia católica ha practicado siempre la caridad, excelsa virtud teologal (las otras son la fe y la esperanza) que encuentra su fundamento y justificación en el amor fraterno. La caridad abarca territorios muy amplios. No obstante, si nos situamos únicamente en el campo terrenal, lugar, dígamos, más concreto y también más aséptico, la caridad consiste, principalmente, en socorrer al menesteroso en sus necesidades materiales. En este terreno y como puede deducirse fácilmente, la caridad exige la existencia de pobres. O, dicho de otro modo, sin la existencia de pobres, no sería posible la caridad.

A pesar de que trabaja exclusivamente con pobres y que en esencia consiste en ofrecerle a éstos artículos de consumo o directamente dinero, la caridad resulta sumamente rentable. Y no nos referimos a los réditos espirituales que el católico va atesorando para asegurarse un lugar en el paraíso, sino a la rentabilidad terrena, es decir, a la obtención de beneficios materiales, concretados principalmente en rica y sabrosa pasta. Veamos un ejemplo:

En el siglo XV, la gente del común se moría literalmente de hambre en Europa. Los prestamistas cobraban por su préstamos intereses que iban del 20% al 200%, de modo que ante, pongamos por caso, una mala cosecha o una enfermedad de larga duración, quién era el guapo que se atrevía pedir un préstamo, y con garantía de qué, si la inmensa mayoría de la gente apenas disponía de escasísimas pertenencias personales.

En esta situación, a los franciscanos de Italia, inflamados de caridad, se les ocurrió acudir en socorro de tanta pobre gente. Para ello no salieron a la calle para solicitar el óbolo de los poderosos. Eso ya lo hacían para sus conventos, con no escaso fruto, por cierto. Idearon y pusieron en marcha los que serían conocidos como montes de piedad, instituciones a modo de bancos que tenían por objeto facilitar prestamos a estos necesitados con la garantía exclusiva de bienes personales, tales como ropa o herramientas de trabajo, únicos que eran de su propiedad. La caridad se centraba propiamente en el interés con que se gravaban tales préstamos, el 3% ó el 4%, realmente bajo para la época. El préstamo se concedía, naturalmente, por una cantidad inferior al valor estimado por el prestamista para la prenda que se entregaba como garantía y por un plazo que solía ser de un año, al cabo del cual, el prestatario recuperaba la prenda mediante el pago del principal más los intereses, o el prestamista ponía en venta la prenda en pública subasta.

Choca que una actividad tan puramente mercantil, aunque se estableciera con una intención caritativa, fuese inaugurada, precisamente, por los franciscanos, tan espirituales siempre. Choca más aún el interés cobrado, pues a pesar de su moderación, comparado con el que cobraban los prestamistas oficiales, la Iglesia prohibía el cobro de cualquiera, por insignificante que fuera, considerándolo usura. Y choca, sobre todo, el negocio en sí, pues qué podría empeñar (este es el término común empleado en el negocio, aunque técnicamente se llama también pignorar, infinitamente más fino y aséptico, ¿no es verdad?), qué podría empeñar aquella pobre gente, aparte de una capa heredada del abuelo, un apero de labranza o el anillo de cobre que a la tatarabuela violada por su señor le había regalado el violador y había ido pasando de madres a hijas.

Pues a pesar de todo, o por todo ello junto, el negocio prosperó. ¡Jo, que si prosperó! Entre 1462 y 1490 hizo su aparición en Perusa, Savona, Mantua y Florencia y, en poco más de un siglo, se había extendido por toda Europa. El éxito fue de tal calibre, las ganancias tan superlativas, ya no sólo para la orden franciscana, que, en el siglo XVIII, a los montes de piedad se le añadieron las cajas de ahorro, dando lugar a lo que serían las Cajas de Ahorro y Monte de Pîedad de... determinado sitio, pues casi cada ciudad de Europa llegó a contar con una de estas instituciones, que siempre fueron consideradas (tiene bemoles) ¡¡instituciones benéficas!! (Claro, benéficas para sus promotores).

Como casi todo, a España los montes de piedad llegaron con retraso, pero llegaron, siempre de la mano de la Iglesia o de alguno de sus pastores. En Madrid, por ejemplo, lo fundó en 1702 el capellán de las Descalzas Reales Francisco de Piquer y Rodilla. De cómo sería de bollante el negocio, basta con saber que andando el tiempo, esta humilde institución acabaría convirtiéndose en Caja Madrid, la cuarta entidad financiera de España. En Córdoba lo creó el cabildo catedralicio en 1864, con la herencia de 300.000 reales que para tal fin había dejado el canónico José de Ayuda Medina y Corella. Como Córdoba es más pequeña que Madrid, el Monte de Piedad del Señor Medina, como fue conocido en sus orígenes, sólo dio lugar a Cajasur, una entidad crediticia de pequeñas dimensiones, comparada con Caja Madrid, pero que controla los ahorros de la práctica totalidad de los cordobeses.



















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