lunes, 28 de diciembre de 2009

Fragmentos II


1.- Alguien abusa de un menor, comete una ilegalidad, un crimen; se arrepiente, acude a un sacerdote, confiesa su pecado y es absuelto. Qué forma tan sencilla de devolverle la paz a la conciencia.

2.- Ve, vende cuanto tienes, entrega el dinero a los pobres y sígueme. Perfecto: sigamos esta máxima, sigámosla todos: no existe fórmula más dulce para acabar de una vez con la especie humana. Es por ello, sin duda, que los cristianos rectificaron muy pronto a su Maestro. Desde hace mucho tiempo ellos prefieren acaparar con amorosa fruicíón y repartir con exquisita mesura.

3.- Mirad hacia arriba y vedlos, contemplad los vestidos que los cubren, admirad los palacios en que habitan, deleitaros con la delicadeza y la blancura de sus manos y comprenderéis por qué defienden con tanto empeño la necesidad de intermediarios entre Dios y los hombres.

4.- Procrear, procrear, procrear. ¡Y nada más! ¿Y esta dicen que es la expresión más excelsa de la naturaleza humana? Como no son imbéciles, deben de ser cínicos: nada más que procrear es justamente lo que hacen los animales, que se limitan a ayuntarse y a mantenerse castos hasta el siguiente celo.

5.- Ya lo sé: como no saben nada de sexo (al menos, es lo que se desprende de sus votos) confunden el abuso de menores con el amor a la infancia que proclamaba su Maestro. Sin duda, es por eso que los jefes amparan a los abusadores y no los entregan a la Justicia.

6.- Ahora braman como ciervos en celo, pero ¿dónde estaban durante la dictadura franquista, cuando hasta cincuenta mil (/50.000/) mujeres iban cada año a abortar a Londres? Eran, naturalmente, mujeres de alto standing, como se dice ahora. Venían, confesaban a su director espiritual donde habían dejado la carga, recibían la absolución y hasta otra.

7.- No cesan de hablar de Dios, pero lo que de verdad les interesa es la economía.

8.- Veámoslo desde la óptica de sus propios esquemas: el esposo, un cornudo consentido; la esposa, una adúltera consciente, por más que el fecundador fuese el mismísimo Espíritu Santo; y, como fruto, un solo Hijo, para colmo, bastardo, pues fue engendrado fuera del matrimonio. ¿Este es el modelo de familia que con tan soberbia energía defienden los monseñores?

9.- Las guerras entre cristianos como las que se desatan entre musulmanes, por poner sólo un par de ejemplos, prueban que la religión no ha frenado jamás los enfrentamientos entre los seres humanos. Más bien al contrario: ayudan a exhacerbarlos.

10.- Digámoslo una vez más, aunque parezca una verdad de Perogrullo: la Iglesia no acabó con la Inquisición, ni con la tortura, ni con las hogueras, no acabó con la quema de libros ni con la inclusión de los que no le gustaban en el Índice de libros prohibidos. La libertad de la que hoy disfrutamos tan lindamente fue necesario arrancársela y costó sangre, mucha, mucha sangre.

martes, 22 de diciembre de 2009

Bueyes


1.- Lo que necesitamos no son hombres que sepan pensar, sino bueyes que sirvan para trabajar.

Respuesta del ministro católico, apostólico y romano don Juan Bravo Murillo (1803-1873) cuando le solicitaron licencia para construir una escuela para 600 hijos de obreros. El señor Bravo Murillo perteneció al partido moderado y fue ministro de Fomento y de Hacienda y Presidente del Consejo. Un notable ejemplo de gran español tradicional.



2.- El que tenga un padre, o un hermano, o un hijo impío... no conviva ni ande de acuerdo con él, sino que se disolverá el vínculo carnal a causa de la discordía espiritual... que Cristo sea en ti el vencedor.

Clemente de Alejandría (Mediados siglo II- 211 ó 216)



3.- Los padres se oponen, pero es menester desoírlos... tú, doncella, debes aceptar la obediencia infantil. El que vence a la familia ha vencido al mundo.

San Ambrosio, obispo de Milán. (340-397). Doctor de la Iglesia



4.- El que tiene ansia de bienes eternos no hace caso del padre, ni de la madre, ni de los hijos que tuviere.

Gregorio I, papa (540-604)



5.- Y aunque tu padre se hubiese tendido de través en el quicio de la puerta y tu madre descubriéndose el seno te enseñase los pechos con los que te crió... tú pisotearás a tu padre y pisotearás a tu madre... y correrás sin que se te escape una lágrima a enrolarte bajo las banderas de Cristo.

San Bernardo (1090-1153) Abad del monasterio de Claraval, cisterciense. Predicador de la Segunda Cruzada.



6.- Que todas las bocas entonen tu alabanza, Santa Iglesia, ya que estás limpia del fango y de la suciedad de los partidarios de Marción, el loco furioso; lejos de ti también los embustes y las impurezas de Bardaisan, así como el hedor de los apestosos judíos

San Efrén. (306-373) Doctor de la Iglesia

(El subrayado es de un servidor)

a) Marción fue el creador de la herejía marcionita que, en síntesis distingue entre el Yahve, Dios del Antiguo Testamento, y el Dios Padre del Nuevo, capaz de engendrar a su Hijo.

b) Bardaisan fue Bar Daisan (154-222), padre de la poesía Siria, teólogo, astrólogo y filósofo de la corte de Abgar IX de Edessa. En materia de religión, predicaba un sincretismo entre la fe cristina, la filosofía griega y la astrología babilónica. Esta doctrina fue la forma predominante del cristianismo en Edessa y en el reino osroeno hasta el siglo IV.



7.- ¡Qué desgracia! Nos abalanzamos los unos contra los otros y nos devoramos... y siempre bajo el pretexto de la fe, que sirve de tapadera con su nombre venerable a todas las disputas privadas. Nada tiene de extraño pues el odio que nos profesan los paganos, y lo peor es que ni siquiera podemos afirmar que estén equivocados. Eso es lo que hemos merecido con nuestras luchas fatricidas.

San Gregorio Nacianceno (329-389) Doctor de la Iglesia



8.- He oído a nuestros padres el comentario de que antes, durante las persecuciones, sí había verdaderos cristianos. Pero, ¿cómo vais a convertir infieles ahora? ¿Mediante milagros? Ya no existen. ¿Mediante el propio ejemplo de nuestras acciones? Están totalmente pervertidas. ¿Con el amor? De eso no se encuentra ni rastro.

San Juan Crisóstomo (347-407) Doctor de la Iglesia


domingo, 20 de diciembre de 2009

¡Extra omnes!


Con estas palabras, ¡Extra omnes! (¡Fuera todos!), del Cardenal Marini, Maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias, dio comienzo el 18 de abril del año 2005 el cónclave para la elección de un nuevo papa, tras la muerte del inolvidable Juan Pablo II. El público abandonó la Capilla Sixtina y en ella quedaron encerrados los 115 cardenales electores (los menores de ochenta años) con la obligación de no salir de ella hasta el nombramiento del nuevo pontífice. La elección se lleva a cabo mediante sucesivas votaciones secretas, hasta que uno de ellos consigue los dos tercios de los votos emitidos. Los cardenales son libres de entregar su voto a quien deseen, pero, y esta es una de las varias paradojas que la elección papal encierra, son guiados por el Espíritu Santo, de modo que la eleccion no la hacen propiamente ellos, sino la Tercera Persona de la Trinidad.

El encierro en esta ocasión no duró mucho, sólo dos días. El Espíritu Santo estuvo diligente y los cardenales consiguieron agrupar sus votos a la cuarta votación, de modo que el día 19 de abril de 2005, resultó elegido nuevo papa el alemán Joseph Ratzinger, quien tomó el nombre de Benedicto XVI. No obstante, por si se prolongaba, el encierro estaba bien organizado. Con los cardenales permanecen una monjitas que son las que les preparan la comida y se encargan, en general de la intendencia. Para esta ocasión, si mi fuente no miente, se habían llevado "casi una tonelada de pasta, dos mil trescientas botellas de vino, cuatro mil botellas de cerveza, seis mil botellas de agua mineral, seiscientos kilos de carne y doscientos de pescados, quesos italianos y franceses, harinas para pasteles, etc." (1). Una sencilla división nos daría un promedio de algo así como 8 kg. de pasta; 5 de carne; 1,7 de pescado; 20 botellas de vino; 35 botellas de cerveza y 52 botellas de agua por cardenal. Este abasto se hizo calculando que el cónclave sería corto. No obstante, en caso de necesidad, el encierro cuenta con un torno por el que pueden introducirse alimentos y otras vituallas, tales como medicinas, etc.

A lo largo de la historia, el Espíritu Santo ha resultado ser bastante caprichoso, si es que no juguetón y, si se me permite la licencia, hasta diabólico. En efecto, en los primeros siglos, en medio de las peleas de las distintas sectas y de, en ocasiones, las persecuciones de los emperadores romanos, era el conjunto de los creyentes, sacerdotes y laicos, los que elegían al obispo de una diócesis, incluida la de Roma, cuyo titular aún no había conseguido la categoría de papa. Cada secta o tendencia elegía a su obispo, de manera que en Roma, por ejemplo, ya que aquí llegó a situarse el primado católico, coexistieron, en más de una ocasión, obispos arrianos, donatistas, pelagianos y católicos, cada uno tratando de arrogarse el título de cristianos verdaderos. La tarea del Espíritu Santo era bastante laboriosa, pues tenía que mover la voluntad de un buen número de individuos, cada uno de su padre y de su madre.

En el siglo IV, la facción católica logró ganarse el favor del emperador Constantino y el jefe del Imperio romano elevó al catolicismo a religión del Estado, circunstancia que ampliaron sus sucesores, especialmente Teodosio I y Teodosio II. A partir de entonces, la elección del obispo romano la siguió realizando el pueblo, pero el Espíritu Santo tuvo que influir también sobre la voluntad del emperador, ya que éste se arrogó la ratificación del elegido. Esta situación perduró hasta el siglo VIII, habiendo conseguido en el entre tanto el obispo romano elevarse sobre los demás obispados de la cristiandad y alcanzar la categoría de papa

Entre los siglo IX y X, denominados por la Iglesia siglos de hierro, el obispo de Roma y, en consecuencia, el papa, fue puesto y depuesto por las más poderosas familias romanas, así como por los reyes de los estados europeo en que, tras su caída, se había fragmentado el Imperio Romano. Las luchas entre unos y otros fueron, en ocasiones, terribles para imponer su candidato. Parece evidente que por esta época el Espírituo Santo andaba con ganas de juerga.

En 1059, tras el correspondiente concilio, el papa Nicolás II estableció que la elección del papa debían realizarla sólo los cardenales obispos, si bien estos continuaron siendo elegidos por el pueblo cristiano, al menos nominalmente, ya que quienes en realidad protagonizaban las elecciones eran los nobles y los reyes. La norma no se aplicaría hasta casi un siglo más tarde, en 1130, con la elección de Inocencio II. En 1179, Alejandro III dictamina que el elegido tendría que contar con los dos tercios de los votos de los electores, por lo menos, norma que se mantiene en la actualidad.

Todas estas leyes no permitieron que el Espíritu Santo se tranquilizara. Más bien al contrario. El primer cónclave oficial tuvo lugar en 1241, cuando el jefe de la poderosa familia Orsini, Matteo Rosco Orsini, al frente del pueblo, encerró a los cardenales en la antigua cárcel de Septizonio. A pesar de las numerosas vejaciones a las que estuvieron sometidos, la principal de las cuales fue el ayuno, el Espírito Santo se demoró casi dos meses en inspirar a los cardenales la elección de Celestino IV. Con esta demora, algunos de los cardenales, enfermaron y murieron, circunstancia feliz que los libró de los sufrimientos de este mundo y los condujo directamente al cielo tantas veces soñado y anhelado.

La situación no mejoraría hasta algunos siglos más tarde. Mientras tanto, nobles y reyes, siguieron influyendo en numerosos cónclaves con el fin de torcer la intención del Espíritu Santo, hecho absolutamente imposible, toda vez que el resultado de la elección, sea cual, responde siempre a la voluntad de las Tercera Persona de la Trinidad. Uno de los cónclaves más sonados fue el iniciado en 1268 en Viterbo, bella ciudad medieval italiana de la región del Lazio, no lejos de Roma. Aquí, en el palacio papal, estuvieron encerrados los cardenales nada menos que durante tres años, los que tardaron en elegir a Gregorio X. El Espíritu Santo estuvo tan remolón que el pueblo, cabreado, llegó hasta a desmontar los tejados del palacio, de modo que los cardenales quedaron a la intemperie soportando las inclemencias del tiempo y aun así no había forma de que se pusieran de acuerdo.


(1) Cóclave. Rafael Ortega. Editorial Temas de Hoy

sábado, 12 de diciembre de 2009

San Lucifer


Lucifer es una de las denominaciones con las que habitualmente se conoce al demonio. Sin embargo, a lo largo de la historia, ha existido más de un cristiano que ha llevado este nombre. Es verdad que Lucifer significa, en latín, El que trae la luz, El portador de la luz. No obstante, hay que tener agallas para endilgar a un hijo este nombrecito. Al autor de este blog no le interesa lo más mínimo el demonio. Si Dios, de por si, ya resulta peligroso, cuanto más no lo será este siniestro individuo. El Lucifer al que aquí se hace referencia fue un cristiano y un cristiano importante en el siglo IV de nuestra Era.

No se conoce la fecha del nacimiento de nuestro Lucifer. Lo que se sabe es que llegó a ser obispo de Cagliari y que, en la actualidad, es uno de los santos más venerados en Cerdeña, donde se le conoce como San Lucifero, en italiano, que al oído español le resulta mucho más suave. Lucifer, fue un encarnizado enemigo de los arrianos, que, como se sabe, negaban la consustancialidad o identidad de naturaleza del Hijo con el Padre, dentro del misterio de la Trinidad.

Una de las mentiras más bellas con las que nos adoctrinaron en nuestra infancia fue la de la continuidad histórica de la Iglesia desde el primer papa, Pedro, hasta la actualidad. La verdad de los hechos es bastante distinta. Desde los primeros tiempos, lo que se produjo fue una lucha constante entre distintas facciones que trataban de imponer sus criterios, lucha no sólo dialéctica, sino con las armas, con sangre y con muerte.

En el siglo IV dos poderosas corrientes, cristianas ambas, se enfrentaban con dureza, los arrianos y los católicos, y las fuerzas estaban más igualadas de lo que hoy podemos imaginar. Ambos bandos contaban con importantes teólogos y muchos obispos se inclinaban ora a favor de uno, ora a favor del otro. Los primeros emperadores cristianos se inclinaron por las tesis de Arrio. Constantino, tan alabado por la Iglesia que incluso la oriental lo hizo santo, fue bautizado en su lecho de muerte por un obispo arriano (hecho meticulosamente silenciado por los piadosos docentes actuales cuando enseñan a sus catecúmenos las hazañas del que llaman primer emperador Cristiano, una prenda, por cierto).

En el año 359 y a instancias del obispo de Roma Liberio (352-366) tuvo lugar en Milán uno más de los muchos sínodos y concilios que se celebraban por entonces. El propósito era discutir una vez más la doctrina de Arrio y tratar de conseguir su condena, después de que dicha doctrina hubiera logrado imponerse en dos concilios anteriores. La influencia del emperador Constancio, arriano, frustró, sin embargo, los deseos de Liberio y los obispos presentes firmaron un acta en la que se reconocía la validez de la postura arriana en detrimento de la católica. Sólo cinco obispos se negaron a firmar, entre ellos, Lucifer.

El curso posterior de los acontecimientos hizo que muchos arrianos regresaran al seno de los católicos. Más el obispo Lucifer se negó a perdonarlos. Lucifer fue más lejos aún: se enemistó con Liberio y, en una vuelta a lo que él consideraba el cristianismo primitivo, condenó la riqueza de Roma y su relajación. Se creó así una nueva secta, la de los luciferianos, esencialmente puritana, cuya influencia se extendió por África del norte, Egipto, Palestina y España. Los católicos reaccionaron con dureza. Encabezados por el nuevo obispo de Roma, Dámaso (366-384), condenaron a Lucifer y a sus seguidores y hacha en mano, destrozaron templos luciferianos en Italia, en Egipto y en España. En Roma, mataron al obispo Macario y en España al presbítero Vicente.

El ataque fue tan poderoso que los luciferianos terminaron por extinguirse. Tras su muerte en el 370 ó 371, Lucifer fue, no obstante, considerado santo en Cerdeña y venerado como tal. El asunto concluyó cinco siglos más tarde, concretamente, en 1803, cuando el papa Pío VII elevó oficialmente a Lucifer a los altares. Desde entonces, su fiesta se celebra el 25 de mayo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Fragmentos I



1.- Durante mucho tiempo estuve convencido de que a santos sólo llegaban hombres y mujeres de una bondad cercana al heroismo. No es verdad. Santos son aquellos que, ante todo, se distinguen por su defensa de la iglesia. O aquellos a los que a la Iglesia le conviene presentar como tales. Los interesados en comprobarlo pueden darse un paseo por la historia, desde el temible San Atanasio de Alejandría, incomparable especialista en libelos y difamaciones, hasta el señor Marqués de Peralta, pomposo título que a mayor gloria de Dios persiguió en vida hasta alcanzarlo el fundador del Opus Dei.

2.- De niño me enseñaron que una misa tiene un valor infinito. Si esto es así y si acertamos a comprender correctamente lo que significa el término infinito, ¿no bastaría con una sola misa para salvar a toda la humanidad?

3.- El crucifijo puede ser el emblema de una creencia, puede ser incluso el emblema de la salvación: admitámoslo. Pero hay que tener muy poca lacha para decir que es el símbolo de la libertad. ¿Tendremos, una vez más, que recurrir a la historia? Si lo hacemos, ya conocemos la reacción: no seremos más que unos miserables resentidos.

4.- Si Dios no existe, todo está permitido. Con qué enorme mentira han tratado y tratan de domeñar nuestra inteligencia. Si Dios no existe, es nuestra responsabilidad ante los demás la que se pone de relieve.

5.- Cuanto más se les llena la boca de patria más traidores son a la misma. Cuanto más invocan a Dios, más y más lejos están de él.

6.- El ser humano que mata a otro ser humano es un asesino. Pero los crímenes más horrendos contra la humanidad se han cometido y se siguen cometiendo en nombre de la patria y en nombre de la religión. Y sus autores suelen ser premiados con coronas de laurel y toda clase de alabanzas.

7.- Se diga lo que se diga y se defina como se defina, en la práctica, la Iglesia la constituyen el papa, los cardenales, los obispos y los sacerdotes. Los fieles no tienen nada que hacer en el negocio, más que rezar y obedecer.

8.- Resulta formidable y extraordinariamente aleccionador oír a Monseñor Martínez camino declarar herejes a quienes no se pliegan a los designios de la Conferencia Episcopal. ¡Qué magnífico inquisidor desperdició la historia!

9.- Seamos honrados, siquiera por una vez: no existe la más mínima constancia de que Dios se haya dirigido jamás a ningún hombre. Hay hombres que afirman sin rubor que Dios ha hablado con ellos. Lo que creemos, pues, si es que creemos, no es la palabra de Dios, sino lo que estos hombres dicen que es la palabra de Dios. Ni siquiera los Evangelios, mucho más cercanos y concretos, recogen los hechos y las palabras de Jesús, sino lo que los evangelistas afirman que Jesús hizo y dijo. A quienes creemos, pues, no es a Cristo, sino a los evangelistas, hombres, a fin de cuentas, como nosotros.

10.- El padre nuestro que a mí me enseñaron decía textualmente: perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. En fecha reciente, este ruego ha sido sustituido por el que dice: perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Es evidente: al día de hoy, las deudas no las perdona ni Dios.

viernes, 27 de noviembre de 2009

42 días


Por decenas, si es que no por cientos, pueden contarse los estudios que sobre la pasión y muerte de Cristo se han publicado a lo largo de la historia. La mayoría de ellos, por no decir la práctica totalidad, son tan enjundiosos y tan especializados que a un lector profano, aunque interesado en el asunto, no le resulta nada fácil seguirlos y ha de contentarse con aceptar de buen grado los considerandos que los autores exponen y, como consecuencia, si no se encuentran fallas lógicas, también las conclusiones. Si, por otra parte, tenemos en cuenta que muchos de estos estudios son contradictorios entre sí y que en no pocos otros a lo que aspira el autor es a combatir una posición contraria casi más que a alcanzar resultados netamente objetivos, la confusión del profano no hace más que aumentar.

No hace aún demasiado tiempo, la editorial Aguilar ha publicado un nuevo estudio sobre el tema, realizado en esta ocasión por Miguel Lorente Acosta, estudio que lleva el escueto título de 42 días, título enigmático al que se añade el subtítulo aclaratorio de Análisis forense de la crucifixión y muerte de Jesucristo. Este estudio, sin embargo, aún utilizando y apoyándose en algunos de los anteriores, no tiene nada que ver con ellos, hasta el punto de que resulta excelente tanto por la sencillez y objetividad de la exposición como por la claridad de las conclusiones.

Miguel Lorente, que nació en Almería en 1962, no es teólogo ni especialista en las Escrituras, no ha estudiado arqueología, que sepamos, no conoce el arameo ni el griego clásico, ni siquiera es historiador. ¿Entonces, cuáles son sus méritos? Miguel Lorente es médico forense, doctor en Medicina y profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Y es, precisamente, su profesión la que le ha permitido realizar un brillantísimo análisis, integrando tanto la diversidad de estudios realizados como las distintas posiciones desde la que puede enfocarse el problema. Con un estilo literario limpio, claro, y hasta muy ameno en ocasiones, cosa que no suele ser común en este tipo de ensayos, Lorente lleva a cabo su estudio apoyándose en la Sabana Santa de Turín, que admite como auténtica.

Pues bien, basándose en las pruebas presentes en la Sábana y dando por sentado que el lienzo estuvo realmente en contacto con Jesús, Lorente, con la minuciosidad del forense que es, llega a la conclusión de que Cristo no murió en la cruz y de que, en consecuencia, no resucitó. Existe más de un estudio que ha llegado con anterioridad a un resultado semejante, pero ninguno lo ha hecho con tan exhaustiva objetividad, con tanta honradez ni con tan equidistante y equilibrado punto de vista. Merece la pena leerlo.

Por cierto, el autor se declara creyente, pero no creo que le haya pasado inadvertida la enorme consecuencia de su conclusión, ¿pues no fue nada menos que San Pablo el que dijo al comienzo de la historia que si Cristo no había resucitado la fe cristiana carecía de fundamento?

42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo
Miguel Lorente
Editorial Aguilar. Madrid, 2007




sábado, 14 de noviembre de 2009

La caridad es rentable


La Iglesia católica ha practicado siempre la caridad, excelsa virtud teologal (las otras son la fe y la esperanza) que encuentra su fundamento y justificación en el amor fraterno. La caridad abarca territorios muy amplios. No obstante, si nos situamos únicamente en el campo terrenal, lugar, dígamos, más concreto y también más aséptico, la caridad consiste, principalmente, en socorrer al menesteroso en sus necesidades materiales. En este terreno y como puede deducirse fácilmente, la caridad exige la existencia de pobres. O, dicho de otro modo, sin la existencia de pobres, no sería posible la caridad.

A pesar de que trabaja exclusivamente con pobres y que en esencia consiste en ofrecerle a éstos artículos de consumo o directamente dinero, la caridad resulta sumamente rentable. Y no nos referimos a los réditos espirituales que el católico va atesorando para asegurarse un lugar en el paraíso, sino a la rentabilidad terrena, es decir, a la obtención de beneficios materiales, concretados principalmente en rica y sabrosa pasta. Veamos un ejemplo:

En el siglo XV, la gente del común se moría literalmente de hambre en Europa. Los prestamistas cobraban por su préstamos intereses que iban del 20% al 200%, de modo que ante, pongamos por caso, una mala cosecha o una enfermedad de larga duración, quién era el guapo que se atrevía pedir un préstamo, y con garantía de qué, si la inmensa mayoría de la gente apenas disponía de escasísimas pertenencias personales.

En esta situación, a los franciscanos de Italia, inflamados de caridad, se les ocurrió acudir en socorro de tanta pobre gente. Para ello no salieron a la calle para solicitar el óbolo de los poderosos. Eso ya lo hacían para sus conventos, con no escaso fruto, por cierto. Idearon y pusieron en marcha los que serían conocidos como montes de piedad, instituciones a modo de bancos que tenían por objeto facilitar prestamos a estos necesitados con la garantía exclusiva de bienes personales, tales como ropa o herramientas de trabajo, únicos que eran de su propiedad. La caridad se centraba propiamente en el interés con que se gravaban tales préstamos, el 3% ó el 4%, realmente bajo para la época. El préstamo se concedía, naturalmente, por una cantidad inferior al valor estimado por el prestamista para la prenda que se entregaba como garantía y por un plazo que solía ser de un año, al cabo del cual, el prestatario recuperaba la prenda mediante el pago del principal más los intereses, o el prestamista ponía en venta la prenda en pública subasta.

Choca que una actividad tan puramente mercantil, aunque se estableciera con una intención caritativa, fuese inaugurada, precisamente, por los franciscanos, tan espirituales siempre. Choca más aún el interés cobrado, pues a pesar de su moderación, comparado con el que cobraban los prestamistas oficiales, la Iglesia prohibía el cobro de cualquiera, por insignificante que fuera, considerándolo usura. Y choca, sobre todo, el negocio en sí, pues qué podría empeñar (este es el término común empleado en el negocio, aunque técnicamente se llama también pignorar, infinitamente más fino y aséptico, ¿no es verdad?), qué podría empeñar aquella pobre gente, aparte de una capa heredada del abuelo, un apero de labranza o el anillo de cobre que a la tatarabuela violada por su señor le había regalado el violador y había ido pasando de madres a hijas.

Pues a pesar de todo, o por todo ello junto, el negocio prosperó. ¡Jo, que si prosperó! Entre 1462 y 1490 hizo su aparición en Perusa, Savona, Mantua y Florencia y, en poco más de un siglo, se había extendido por toda Europa. El éxito fue de tal calibre, las ganancias tan superlativas, ya no sólo para la orden franciscana, que, en el siglo XVIII, a los montes de piedad se le añadieron las cajas de ahorro, dando lugar a lo que serían las Cajas de Ahorro y Monte de Pîedad de... determinado sitio, pues casi cada ciudad de Europa llegó a contar con una de estas instituciones, que siempre fueron consideradas (tiene bemoles) ¡¡instituciones benéficas!! (Claro, benéficas para sus promotores).

Como casi todo, a España los montes de piedad llegaron con retraso, pero llegaron, siempre de la mano de la Iglesia o de alguno de sus pastores. En Madrid, por ejemplo, lo fundó en 1702 el capellán de las Descalzas Reales Francisco de Piquer y Rodilla. De cómo sería de bollante el negocio, basta con saber que andando el tiempo, esta humilde institución acabaría convirtiéndose en Caja Madrid, la cuarta entidad financiera de España. En Córdoba lo creó el cabildo catedralicio en 1864, con la herencia de 300.000 reales que para tal fin había dejado el canónico José de Ayuda Medina y Corella. Como Córdoba es más pequeña que Madrid, el Monte de Piedad del Señor Medina, como fue conocido en sus orígenes, sólo dio lugar a Cajasur, una entidad crediticia de pequeñas dimensiones, comparada con Caja Madrid, pero que controla los ahorros de la práctica totalidad de los cordobeses.



















miércoles, 11 de noviembre de 2009

Un pecado gravísimo


-¿Qué clase de pecado es el liberalismo?

-Un pecado gravísimo contra la fe

-¿Por qué?

-Porque consiste en una colección de herejías condenadas por la Iglesia

-¿Es pecado para un católico leer un periódico liberal?

-Puede leer las cotizaciones de bolsa

-¿Qué clase de pecado comete el que vota a un candidato liberal?

-Generalmente pecado mortal


Del Catecismo Nuevo Ripalda, edición de 1927.


Ni una palabra más: el liberalismo filosófico es un crimen de lesa divinidad que carboniza el alma del que lo comete. Ahora bien, la pasta es la pasta, y la pasta (benedicamus Dominum) donde el católico avispado la consigue más a sus anchas es, exactamente, en la bolsa.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

Vírgenes consagradas


Desde la época medieval y hasta bien avanzada la Edad Moderna, se sucedieron en España las emparedadas, mujeres que sin ser monjas ni seguir regla alguna y sólo por amor a Cristo decidían encerrarse de por vida, solas o en grupo, viviendo una vida de oración y, por supuesto, de absoluta castidad. La Iglesia nunca vio con demasiado agrado este movimiento y muchas de aquellas virtuosas beatas tuvieron problemas con el obispo de su diócesis.

¿Quién lo iba a decir? Si en el día de hoy, entrados ya en el siglo XXI, preguntáramos por la calle si existen aún mujeres que dedican a Dios su virginidad, todo el mundo contestaría que sí, que, aunque escasos de vocaciones autóctonas, ahí siguen en pie los conventos de monjas, devotas esposas de Cristo, al que no dudan en ofrecer su vida, muchas de ellas todavía en rigurosa clausura. Pero si se precisara que no se trata de monjas, sino de mujeres seglares que, sin abandonar el mundo, uno de los enemigos clásicos del alma (los otros dos son el demonio y la carne), deciden no tanto ofrecer su vida como, más exactamente, su virginidad, la respuesta, casi sin duda, sería una carcajada tan estruendosa que los oídos del preguntón correrían peligro de estallar.

¡Pues existen!

¿Ahora, en el siglo XXI?

Ahora y aquí mismo, en la tierra de María Santísima, ¿dónde si no?, en esta España nuestra que dicen tan laica y tan ligera de cascos. ¡Qué tiempos! La Iglesia, a la que tan poca gracia le hacían aquellas emparedadas de antaño, las consagra ahora oficialmente, a veces, en pomposas ceremonias celebradas en las catedrales, sin necesidad de profesar en convento alguno ni de realizar otro voto que el de su perpetua virginidad.

Están aquí, sí, entre nosotros, caminan por las calles, pasean por los parques, se entregan a su trabajo, participan en labores sociales ¡y son vírgenes! Algunas ejercen de maestras, otras son médicos y trabajan en hospitales, otras son funcionarias de Hacienda. Unas viven con sus padres, otras solas, otras comparten piso. Visten como cualquier mujer de hoy, alternan con sus amigos, no se apartan del mundo, de modo que no es posible distinguirlas ni por su aspecto ni por el aire de recogimiento y de circunspección que signaba a las antiguas beatas. En lo único en que se distinguen de las demás mujeres con las que nos cruzamos es en que, más allá de sus ocupaciones mundanas, ellas viven entregadas por completo a su Amante, un Amante perfecto, que les perforará el alma con el dardo de su amor, pero nunca, nunca les desgarrará su preciado himen, como acostumbramos a hacer los bestias de los amantes humanos.




jueves, 29 de octubre de 2009

El primer mártir


En el año 303 de nuestra Era, el emperador Diocleciano desató la última gran persecución contra los cristianos dentro del imperio romano. Sólo ochenta y dos años más tarde, la Iglesia Católica, que ya había sido adoptada por Constantino, remató con la muerte su primera persecución formal contra un hereje: Prisciliano.
Prisciliano había nacido en Galicia en el año 350. Estudió en Burdeos en casa de Delphidius, un conocido retórico, con cuya hija Prócula (o Gala, según algunos) se casó. Dueño de una brillante inteligencia, de haber seguido el rigor ortodoxo, Prisciliano pudo haber ocupado las cotas más altas de la iglesia, pero se inclinó hacia el primer cristianismo, en el que confluían ideas gnósticas, maniqueas y judaicas y lo que alcanzó fue su perdición.
No han quedado textos de Prisciliano. Lo que se conoce se debe a las condenas que la doctrina recibió en sucesivos concilios. Parece que lo que Prisciliano perseguía era una vuelta a la organización comunal de los primeros tiempos del cristianismo. Así, predicaba la austeridad y la pobreza, al tiempo que fustigaba a la Iglesia romana para que se desprendiera de sus ya importantes riquezas. Permitía el nombramiento de maestros laicos y situó a la mujer en un plano de igualdad con el hombre, incluyendo su participación activa en la liturgia. Aceptaba el matrimonio de los sacerdotes y clérigos, reconmendando el celibato como una forma de ascetismo. Sus enemigos le achacaban, al parecer falsamente, que negaba el dogma de la Trinidad y la naturaleza humana de Cristo, afirmando que su cuerpo era sólo aparente. Se le acusaba igualmente de sostener que el alma humana se desprendía de la sustancia divina, siendo corrompida en la tierra por el Maligno.
Sea como fuere, el priscilianismo fue tachado de hereje y condenado en el Concilio de Braga de 363. A pesar de ello, Prisciliano prosiguió con la predicación de sus doctrina, que se extendió, primero, por Galicia, el actual Portugal y Andalucía y, después, por el resto de España, por Aquitania y buena parte del imperio romano occidental. Numeros clérigos y obispos lo siguieron. Esta circunstancia exasperó a la Iglesia de Roma y Prisciliano fue detenido en Tréveris (Alemania) en el año 385, llevado ante un tribunal eclesiástico, torturado y decapitado junto a seis de sus discípulos.
Tras la muerte del maestro, sus restos fueron llevados a Galicia, donde cada vez existe un convencimiento mayor de que son ellos y no los del apóstol Santiago los que se veneran en la catedral de Santiago de Compostela. Más o menos soterradamente, el priscilianismo pervivió durante largo tiempo, a pesar de que la Iglesia desecandenó una furibunda persecución de ascetas, anacoretas y, en general, gente sospechosa de seguir sus doctrinas.