sábado, 21 de noviembre de 2015

La ética del archivero

En una entrevista publicada en el diario Córdoba el 6 de marzo de 2014, a la pregunta acerca del reconocimiento de las distintas culturas que se reflejan en el bien cultural que constituye la Mezquita-Catedral, causa, una de ellas, por la que la ONU reconoció al monumento como Patrimonio de la Humanidad, el actual archivero de dicho templo respondía textualmente: Los árabes salieron de Arabia, con sus tiendas, y al llegar a Siria descubrieron el arte cristiano. Como no tenían otro arte, utilizaron el cristiano, entonces aquí todo lo que hay es arte nuestro.
El archivero mentía y lo hacía no por error o ignorancia, sino a sabiendas, es decir, cometiendo no un pecado venial, sino, dada las trascendencia del asunto así como la importancia del monumento, un pecado mortal.
Tres cosas se aseguran los individuos que profesan la vida religiosa dentro de la Iglesia Católica: las habichuelas, el colchón y el techo, tres elementos esenciales para la vida por los que los seglares en general han de luchar día tras día en la jungla mundana, sin que ninguno de ellos los tengan regularmente asegurados, por mucho empeño que pongan en la lucha. Ahora bien, la Iglesia Católica es una organización piramidal de invencible jerarquización, pero si uno está dispuesto a pasar por las horcas caudinas del superior y a dejar la personalidad propia en la puerta de la Institución, se acabó el problema.
El archivero, que lo es desde 1973, ha manifestado en alguna que otra ocasión que el clero cordobés, más que obediente, es sumiso al obispo (diario Córdoba, 30-7-2003). Con esa capacidad de sumisión, que se encuentra muy por encima de su indudable capacidad intelectual, el archivero supo moverse con exquisita habilidad en las, en ocasiones, tenebrosas aguas de la diócesis cordobesa hasta conseguir el puesto más conveniente para la satisfacción de sus inquietudes, que no son otras que la defensa, con verdad, con mentira y con lo que haga falta, de quien le proporciona los tres elementos de que hablamos más arriba.
Los Estados, incluso los más herméticos, así como la práctica totalidad de la organizaciones humanas hacen públicos los documentos de sus archivos al cabo de un periodo de tiempo más o menos dilatado. Esto es así, porque, públicos o privados, los archivos son, en último término, de todos, pues constituyen elementos principales para conocer nuestra historia. Haciendo gala de la egolatría y el secretismo que la caracterizan, la Iglesia Católica guarda celosamente sus archivos permitiendo el acceso únicamente a los investigadores de su cuerda y haciendo públicos sólo aquellos que le convienen para la defensa de su intereses. El cabildo catedralicio cordobés no podía ser menos, de modo que el archivero ha convertido el archivo catedralicio en una trinchera a la que sólo tienen cabida él y aquellos que, no teniendo empacho en bailarle el agua, él considera conveniente.
En 1998, el gobierno de José María Aznar realizó una modificación de la ley hipotecaria, vigente desde la dictadura franquista, que convertía a los obispos del país en fedatarios públicos, de modo que con su sola fe podían registrar a nombre de la Iglesia bienes inmuebles y rústicos, de uso religioso o no, que hasta entonces tenían la consideración de públicos. De este modo, como se sabe, la Iglesia Católica se ha venido apoderando desde entonces no sólo de templos y ermitas, sino de terrenos, caminos y plazas públicas, como, por ejemplo, la del Pocito, en la barriada de la Fuensanta de la capital cordobesa. En 2006, valiéndose de esta ley, el obispo Juan José Asenjo registró en el Registro de la Propiedad de Córdoba la Mezquita-Catedral a nombre del obispado, por sólo treinta euros, curiosamente el mismo número de  monedas que, según el evangelio, cobro Judas por traicionar a Jesús.
Desde la cesión de Fernando III a la Iglesia en 1236, el obispado cordobés ha pugnado en diversos momentos por desislamizar la Mezquita. En 1489, el obispo Íñigo Manrique destruyó cuatro tramos de la ampliación de al-Hakem II, el mejor espacio del oratorio musulmán, para construir una miserable nave gótica que se usó como capilla mayor. En 1523, otro obispo Manrique, en este caso Alonso, inició las obras de la actual capilla mayor o catedral cristiana, obras que se prolongarían durante dos siglos. Mientras tanto, se fueron construyendo numerosas capillas para enterramiento, generalmente, de nobles. No obstante, en ningún momento se intentó silenciar el mérito de la construcción islámica, ni siquiera quitarle importancia. Este trabajo se iniciaría tras el registro del edificio a nombre del obispado y, más concretamente, tras la llegada en 2010 del obispo ultramontano Demetrio Fernández, quien anda empeñado hasta en borrar el nombre de Mezquita, dejando sólo el de Catedral, exactamente, Santa Iglesia Catedral.
Pero hablábamos del archivero. La catadura ética de este individuo se pone de relieve ya en el título de su libro La persecución religiosa en Córdoba, 1931-1939. Él que, como va dicho, es un fino intelectual, sabe perfectamente que una persecución requiere un plan, un método y una ejecución, y aquí se asesinaron sacerdotes, sí, pero por grupos incontrolados de gente exasperada por la constante cercanía de estos elementos a los caciques y poderosos explotadores de la provincia. También Franco mató sacerdotes que se mantuvieron al lado del pueblo y al señor archivero no se le ocurrió hablar de ello. Ahora que parece actualizarse otra vez el asunto del Estado laico y que buena parte de la población muestra su hartazgo por los abusivos privilegios de que goza la Iglesia, un buen número de católicos se sienten ofendidos y vuelven a traer de nuevo a la palestra la persecución. Y es que nadie como ellos para hacerse pasar por víctimas en cuanto sienten la más mínima amenaza sobre su status.
En 1995, nuestro archivero publicó un monumental volumen con el título La Mezquita-Catedral de Córdoba. Era el tiempo del obispo Javier Martínez Fernández, gran encubridor de pederastas, como está quedando ahora de manifiesto en su nuevo puesto de arzobispo de Granada. Aunque con algunas reticencias y racanerías, en este amplio trabajo el archivero acepta la enorme importancia artística, así como el genio derrochado por los agarenos cordobeses en la construcción de la Mezquita, una importancia que ha sido valorada a lo largo de la historia por infinidad de intelectuales, críticos e historiadores, desde los musulmanes al-Tazi (s. X), al-Idrisi (s. XII), o Ibn Idari (s. XIV), hasta los europeos Ambrosio de Morales, Pedro de Salazar, Antonio Ponz, David Roberst, Pedro de Madrazo, Pascual Madoz, Jovellanos, Levi-Provençal, Henri Terrasse, Gayangos o Manuel Ocaña, por mencionar a algunos.
Esta obra tuvo un considerable éxito, agotándose rápidamente. Como existía una gran demanda de la misma, se hacía necesaria una segunda edición, pero esta no se produjo hasta trece años más tarde, es decir, en 2008, una vez inscrita la Mezquita en el Registro de la Propiedad. Trece años de raro silencio editorial, si se tiene en cuenta que la edición estaba a cargo nada menos que de Cajasur, un silencio que dio lugar a la propagación por los conventículos de la ciudad de rumores en los que se daba cuenta de auténticos navajeos a cuenta de envidias, vetos eclesiales y, sin duda, de la, a juicio de muchos, postura comedida y casi ecuánime del archivero en su estudio y descripción del monumento.
En 2008 habían cambiado bastante los tiempos. La Mezquita ya era de la Iglesia y es probable que el archivero hubiera visto peligrar en aquellos rumores si no sus habichuelas, su colchón y su techo, si su trincherita tan laboriosamente trabajada, de manera que algún arreglo había que hacerle al libro en esta segunda edición. El archivero empezó por modificar sustancialmente su título. Ya no se llamó La Mezquita-Catedral de Córdoba, como se había llamado siempre desde la conquista cristiana de la ciudad. sino La Catedral de Córdoba. A continuación, en una nueva y esplendorosa demostración de su catadura ética y como no era cosa de renovar a fondo el texto, por otra parte, casi meramente descriptivo, el archivero extrajo del saco de su bien adaptable conciencia un extenso prólogo en el que expuso las más aberrantes supercherías, embustes y tergiversaciones que historiador o estudioso del arte haya imaginado nunca.
En este prólogo, toda la gloria constructiva del emirato, primero, y del califato, después, se va literalmente a hacer puñetas. Más aún, el edificio no tiene propiamente nada de musulmán, por más que fueran alarifes musulmanes los que lo construyeran. Fueron los materiales romanos los que dieron forma a la mezquita de Abd al-Rahmán I; más tarde fueron los bizantinos los que realizaron la ampliación que se adjudica a al-Hakem II, y, en fin, que todo tiene tiene su fundamento en Grecia y en el arte cristiano. Y, para culminar el guiso, que la época musulmana no consistió más que un paréntesis en la historia cristiana de la ciudad, establecido entre la mítica basílica de San Vicente y la reaparición de los cristianos en 1236.
Para comprobar cómo miente, a sabiendas, el archivero, basta un sólo ejemplo, entre los muchos que se podrían aducir. A diferencia de lo que ocurre en el cristianismo, que no es necesaria la visión directa del altar en el que se dice la misa, en los oratorios islámicos se busca que los fieles vean directamente el mihrab. Ello exige que, en lugar de los gruesos pilares de los templos cristianos, se utilicen columnas lo más delgadas posible para sustentar la cubierta. Cuando se forman cuadrados o rectángulos con una columna en cada uno de sus vértices, como se hacía habitualmente, es necesario arriostrar estas columnas o de lo contrario no se sostienen adecuadamente, al encontrarse en un equilibrio inestable. Hasta la construcción del primer tramo de la actual Mezquita, que llevó a cabo Abd al-Rahmán primero, las columnas se arriostraban mediante vigas de madera o barras de hierro. La genialidad del alarife que llevó a cabo este tramo consistió en sustituir estos elementos horizontales por arcos que van de una columna a otra, lo que, además, de arriostrar bellísimamente las columnas, permite elevar considerablemente la altura de la edificación, incluso con la construcción de un nuevo arco sobre el primero que, prodigiosamente, viene a descansar también sobre la delicada columna. Qué más da que el arco existiera ya o que las columnas sean romanas, turcas, o yugoslavas. Lo importante es la solución del problema, que es en lo que, en realidad, ha consistido siempre el arte.
El archivero, por supuesto, conoce esto mucho mejor que yo, que soy un modestísimo aficionado, pero miente, porque lo que le interesa no es la plasmación de la verdad, sino la defensa de su Iglesia sea cual sea el medio que se utilice. Seguramente, se ofenderá mucho si llega a leer esta entradita, como se ofenderá más de un católico que quizás la lea. Al archivero no le hace falta, pero estos católicos no tienen más que consultar cualquier manual de arte para informarse adecuadamente al respecto.




sábado, 31 de octubre de 2015

Mi padre estuvo allí

Hace unas semanas, en una subcomisión del Senado relacionada con la ley de la Memoria Histórica, un senador del PP, tipo verriondo, gran carota de pan abogado, cuajado de edad, se retorcía en el asiento sin ocultar su ira mientras le pedía a sus señorías de la izquierda que -cito textualmente- dejarán de dar la murga con la Memoria Histórica, y añadió que ya no quedaban fosas que abrir en España, a no ser -vuelvo a citar textualmente- que pretendan ustedes buscar a García Lorca en los cuatro puntos cardinales del país.
El señor senador mentía y lo hacía a sabiendas, se limitaba a defender mediante la consabida técnica del ataque la inclusión por parte del gobierno de cero euros en el presupuesto de 2016 para la ejecución de esta ley. En España quedan todavía más de mil quinientas fosas pendientes de apertura y entrega de los restos correspondientes a sus familiares, que es lo único que vienen reclamando éstos desde hace décadas, como muy bien se expone en el escalofriante documental de Jordi Gordon Dejadme llorar, estrenado recientemente en el Gran Teatro de Córdoba. Restos, por cierto, porque hay muchos españoles que no lo tienen claro, originados no en acciones de guerra, sino en asesinatos indiscriminados no sólo durante la contienda, sino con posterioridad a la misma.
Al mismo tiempo que el señor senador despotricaba a sus anchas, burlándose airadamente de las víctimas del bando perdedor, en Santander, un cardenal de la Iglesia Católica, venido expresamente de Roma, procedía a elevar a los altares, con la categoría de santos, a otro puñado de sacerdotes asesinados en el bando republicano. Tal consagración pone de relieve que cuarenta años después de la muerte del dictador la Iglesia Católica, pregonera de un evangelio de amor, no sólo no está dispuesta a pedir perdón por su participación en el golpe de Estado que dio ocasión a la guerra, así como, lo que es mucho peor, a mi juicio, su respaldo a la represión que se prolongó en el país durante los treinta y seis años que pervivió el tirano, sino que sigue cavando triunfalmente la trinchera que separa a unas víctimas de las otras.
Yo no tengo ningún familiar asesinado ni durante ni después de la guerra, tampoco he tenido ningún represaliado de algún modo durante la interminable posguerra. Es decir, no tengo el más mínimo interés personal en favor de esas víctimas cuyos restos permanecen aún en fosas clandestinas. Más aún, mi padre hizo la guerra en la legión, un cuerpo de choque conocido por su brutalidad, por lo que mi interés personal, si lo tuviera, estaría más bien a favor del bando vencedor, aunque no fuera más que para justificar a mi progenitor. Sin embargo, no soy neutral, no puedo serlo, entiendo que este país no conocerá la reconciliación en tanto los familiares de esas víctimas enterradas, víctimas también, algunos ya en tercera generación, no reciban, al menos, la mísera reparación que piden, que no es otra, repito, que la de dar un entierro digno a los restos de de sus deudos.
Mi padre, murió en el año 2000, a punto de cumplir ochenta y nueve años. Como he dicho, hizo la guerra en la legión. Lo traigo hoy aquí porque creo que debieron ser muchos los que vivieron una experiencia semejante a la suya, como creo que si esa generación se hubiera decidido a contar sencillamente lo que sentían en lugar de emborronar su conciencia con toda clase muletas y de coartadas, quizás este país fuera hoy muy diferente.
Cuando se produjo el golpe militar que, como se sabe, en Córdoba triunfó rápidamente, mi padre era un ebanista autónomo que tenía un taller en la calle Lucano, tenía veinticuatro años y carecía de adscripción política. Rápidamente fue movilizado y enviado a Sevilla, donde, como tenía el servicio militar reciente, fue enrolado en regulares sin instrucción alguna. Él no hablaba nunca de la guerra. Sólo, después de que yo, ya adolescente, hubiera descubierto una fotografía suya conservada por mi madre, contó vagamente que había desertado de su destino pasándose a la legión, porque los legionarios iban mejor equipados que los regulares, siendo así que éstos estaban en la misma línea de combate que aquéllos y, por tanto, expuestos a idéntico riesgo. De ser cierta esta historia y no tengo por que ponerla en duda, debió producirse, y esto sería deducción mía posterior, en pleno avance de los golpistas sobre Extremadura.
En la legión, mi padre llegó a sargento por méritos de guerra, o sea, que no debió ser ningún pusilánime, sino todo lo contrario. Odiaba a los falangistas. El siguiente hecho me lo contó mi abuelo: mi padre, que escribía con decoro y con una letra preciosa, tenía unas cuantas madrinas de guerra, seis o siete, que le mandaban continuos paquetes, principalmente, de comida. Mi padre les tenía dada la dirección de su casa en Córdoba, que era también la de mi abuelo, a la que llegaban los paquetes con pasmosa cadencia. Tanto paquete llamó la atención de los falangistas, quienes se presentaron un día en casa de mi abuelo pidiendo groseramente explicaciones y exigiendo ver el contenido de los paquetes. Poco después, llegó mi padre con un permiso y al enterarse de lo ocurrido no tuvo más que presentarse en el puesto de mando de los falangistas, que entonces estaba en la calle de la Feria, y pistola en mano armar la de Dios, hasta el punto de que mi abuelo no volvió a ser molestado por nadie. No sé cuánto hay de exageración en este relato, pero en la foto antes mencionada, que sigo conservando, con el uniforme de la legión, capote sobre los hombros, un machete en el frontal de la cintura y el pistolón en el costado, la imagen de mi padre resulta ciertamente imponente.
Con el mismo fervor que a los falangistas odiaba a Franco, nunca supe exactamente por qué. Siendo yo adolescente, recuerdo muchos inicios de discusiones con él en las que, paradójicamente y en mi candidez, yo defendía frenéticamente a Franco, mientras él me interrumpía más o menos rápidamente con un tú qué sabes, seca expresión con la que, mucho tiempo después lo advertiría, me señalaba no sólo mi ignorancia, sino también el deseo de que ojalá no tuviera que saberlo nunca.
Desde que yo puedo recordarlo, mi padre bebía. No era el borracho que llega a su casa dando tumbos y va en busca  de la cama. Él se limitaba a colocarse, lo que resultaba peor, porque el alcohol le cambiaba el carácter y se transformaba en un imbécil de cuya boca no salían más que imbecilidades que muchas veces desembocaban en tremendas discusiones con mi madre. Esta circunstancia me hizo sufrir mucho durante mi niñez, pero con quince, con dieciséis, con diecisiete años yo le montaba unas broncas fenomenales con las que conseguía que durante un tiempo, incluso meses, se olvidara de la bebida. Un día, ya bien cumplidos los sesenta años, inesperadamente, dejó de beber. Se convirtió entonces en un hombre, entrañable, cariñoso, desprendido, el hombre que realmente era. Ya era tarde para mí, porque eran demasiados los desencuentros que había tenido con él, además ya me había casado, no vivía en su casa y no sentía la menor necesidad de acercarme a él.
Bastante antes, yo ya había empezado a leer y a enterarme de la realidad del país, descubrí en una caja de zapatos que mi madre guardaba en el altillo de su armario papeles de mi padre de la época de la guerra. Había allí cartas dirigidas a sus padres, copias, sin duda, de cartas dirigidas a sus madrinas de guerra y, lo más sorprendente, algunos poemas dedicados a la unidad con la que había participado en la guerra: la cuarta bandera de la legión. Aquel descubrimiento me llenó a un tiempo de asombro y de ansias de saber.
Investigando por mi cuenta, puesto que él se negaba a hablar del asunto, tanto que ni siquiera le hice partícipe de mi descubrimiento, puede decirse que logré establecer, creo que con bastante exactitud, el itinerario militar que mi padre había hecho durante la contienda. No fue fácil y me llevó su tiempo, tanto que no lograría completarlo hasta bastante después de la muerte del dictador. Así supe que, entre otras muchas acciones, aquella cuarta bandera había protagonizado la toma de Badajoz e imaginé, lleno de horror, que había participado también en la matanza posterior.
Pasó y pasó el tiempo y, poco a poco, el rencor que yo había acumulado contra mi padre se fue suavizando, ya charlábamos con naturalidad, aunque siempre de temas más o menos intrascendentes, de mi trabajo, alguna anécdota del suyo, cuando aún trabajaba, que yo le había oído ya seis o siete veces, de la muerte de algún conocido y cosas así.
Recuerdo muy bien cómo sucedió: un día, en que fui a visitarlo a su casa nos quedamos él y yo sólos en la habitación, él mencionó como de pasada la guerra, lo dura que había sido la vida después de ésta, dijo, y cómo había tenido que empezar de nuevo, porque, cuando regresó, del taller que un día tuvo no quedaba nada. Al oír en sus labios la palabra guerra, el recuerdo de los papeles que yo había descubierto hacía tanto tiempo en aquella caja de zapatos acudió bruscamente a mi memoria. Entonces, sin pensármelo y movido por no sé qué extraño resorte se lo dije: Tú estuviste allí, ¿verdad?, estuviste en Badajoz y participaste en la matanza. Por eso bebías, ¿no es cierto? Y es por eso que también odiabas a Franco. Mi padre se envaró, desvió su mirada de la mía y la dejó extraviada en un rincón de la habitación, de sus ojos brotaron dos lágrimas que rodaron mansamente por sus mejillas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar y yo no sabía qué hacer. El silencio podía cortarse con un cuchillo, tal era su intensidad. Por un momento pasó por mi mente recriminarle que no hubiera hablado nunca de aquello, que no hubiera descargado el peso que, a la vista de sus lágrimas, debía lastrar su conciencia, pero era tan intensa mi emoción que no podía articular palabra. Por fin, después de un tiempo largo, largo, conseguí levantarme de mi asiento, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro y lo besé en la frente. Mi padre tenía ya más de ochenta años y aquel era el primer beso que le daba desde mi lejanísima infancia.


jueves, 22 de octubre de 2015

La última hoguera

Si habéis estado alguna vez en Sevilla, seguro que no habéis dejado de visitar el barrio de Triana, siquiera sea para conocer los talleres en los que se fabrica la bellísima cerámica sevillana. En este barrio, al pie del puente de Isabel II, nombre oficial que todo el mundo cambia por el de Triana, aquel que tanto lucía cuando lo engalanaban con la bandera republicana, se encuentra desde hace algunos años el mercado de abastos. Este mercado se sitúa en el lugar en el que en su tiempo se levantó un castillo almohade, al que, tras la conquista de Sevilla en 1248, los cristianos dieron el nombre de San Jorge. El castillo, de infame recuerdo, fue sede de la Inquisición desde 1541 hasta 1785.
De este lugar, cubierta la cabeza con la coroza o capirote cónico característico con que adornaban a los reos inquisitoriales, saldría camino de la muerte el 24 de agosto de 1781, a las ocho de la mañana, la sevillana María Dolores López, apodada la Beata Ciega, acusada de molinosista, esto es, seguidora del sacerdote, escritor y teólogo Miguel de Molinos (1628-1696), creador del quietismo, doctrina cercana al budismo que proclama la inmovilidad del alma, su quietud, como el mejor medio para acercarse a Dios.
¿Pero quién era esta Beata Ciega? Desde que en la Edad Media se fue generalizando la confesión auricular, o privada, en sustitución de la penitencia pública, han sido incontables los casos de sacerdotes que trataban de conseguir favores carnales de las damas que se acercaban al confesionario, que no sólo los tiernos infantes son del gusto de la clerecía. Tales sacerdotes, a los que se les daba el apelativo de solicitantes, eran repudiados por la jerarquía, siendo perseguidos y castigados con severidad por la Inquisición, una vez que ésta fue creada, aunque, salvo casos excepcionales, sin llegar a la hoguera. En cualquier caso, el pecador era siempre el solicitante, es decir, el sacerdote. Con el paso del tiempo, así como ahora hay obispos que afirman sin el menor rubor que la culpa de los abusos sexuales es de los niños, que provocan al sacerdote que los comete, la culpa de que los confesores pasaran a mayores con sus confesantas se fue inclinando cada vez más hacia las mujeres, terribles colepoterras que se arrodillaban en el confesionario con el único propósito de provocarlos.
María Dolores López, además de ciega, era, por lo que cuentan las crónicas, una mocita extremadamente fea, eso sí, con un cuerpo de verdadera diosa. Lo único que tenía de beata y por lo que recibió este apodo era porque tocaba el órgano, el que produce música, en algunas iglesias de la capital. La lectura de las actas del proceso al que fue sometida por la Inquisición resulta repugnante por las forma en que se detallan los cargos que contra la muchacha se aducen. Todo en ellas gira, prácticamente, alrededor del sexo, y siempre es la mocita la culpable.
Niña aún, de sólo doce años, sus padres le permiten que se vaya a vivir con su confesor, con quien dormía todas las noches -cuentan las actas- por espacio de cuatro años, con el pretexto caritativo, según decía ella, de quitarle el frío, desorden que apreciaría muy bien el confesor cuando, en su lecho de muerte, suplicaba a los circundantes que evitasen que la ciega se acercase a su cama porque mortificaba su conciencia.
Muerto el confesor, un pobre inocente, cuya salud se quebrantaría con los calentones que le provocaba la experta niña, María Dolores ingresó en un convento de Marchena, donde, según las actas, trataba frecuentemente también con su confesor, al que persuadía de que se hallaba en muy elevado estado de santidad (él) y que era voluntad de Dios que él la ayudase a una rara mortificación como su único remedio y camino para el cielo. Tal era el arrojarse ella en tierra y, descubriendo las carnes, le ponía un pie el confesor en la garganta, mientras rezaban maitines. Y él pobre confesor, tan cándido como un pichoncillo de paloma, qué iba a hacer ante aquella expertísima campeona del vicio, pues rezar y rezar maitines hasta que se le despellejaba el alma.
María Dolores, a la que las actas tratan ya de arpía, no se conformaba con seducir a sus confesores, sino que, en el mismo convento, pervirtió a una monja inocente de costumbres, cometiendo con ella muchas indecencias, diciéndole que nada era pecado siendo sana la intención, de modo que la monjita, completamente entregada, agradecía al Altísimo que le diera la posibilidad de ponerse morada sin tener que pasar después por el confesionario.
Todavía en el mismo convento, la ciega se acercó a la cama de otra monja enferma y la acarició con liviandad, de lo que, resentida ésta, le dijo la tal Dolores que no fuera tan esquiva, que Cristo hubiera agradecido que en la Calle de la Amargura le hiciesen un cariño semejante a aquel, con lo que, como es natural, la inocente enferma no tuvo más remedio que entregarse a la malvada pecadora.
La ciega probaría todos los palos de la baraja. De Marchena, pasó a Lucena (Córdoba), donde otro confesor la admitió en su casa, sin duda, con la misericordiosa intención de dar posada al peregrino. Pero la hábil María Dolores volvió a engañar al confesor haciéndole creer que era voluntad divina que él la azotase para que con cada azote sacase un alma del Purgatorio. Y el confesor, que no tenía nada de sádico y todo de inocente, hale, allá que se sacaba el vergajo y se pasaba la noche entera dándole muchos golpes por todo el cuerpo, de lo que resultó mucho escándalo.
Las actas prosiguen narrando hechos de este tenor. Ya con veinticuatro años se asentó en Sevilla, donde con aquel cuerpazo que estaría en su plena sazón, la ciega, cómo no, engañó a otros dos inocentes confesores, y hubiera precipitado a otros muchos de no haberla examinado el último, a quien tuvo reducido por espacio de doce años, porque, claro, con lo que la muchacha tenía detrás el examen debía ser bien concienzudo, no fuera que el cándido varón se precipitara en el juicio. De nuevo en plan masoquista, María Dolores le pedía que la azotara, asegurándole que, aunque vivía en casa de vecindad, Dios, por su hermanito el Ángel de la Guarda, haría que nadie oyese los azotes. Y el confesor, que no tenía nada de lúbrico y sí mucho de examinador meticuloso, pues, hale, azote va y azote viene y, aunque no se oyesen los ayes de la ciega ni los gemidos del confesor, los vecinos pudieron ver estos ejercicios por las rendijas de la puerta, como también las indecencias y posturas provocativas en que se ponía para que la azotasen, de todo lo cual, como queda de manifiesto, no podía culparse al sacerdote, sino, tal y como cuentan las actas, a la rijosa Dolores, ya que en sus declaraciones confesó que había fingido muchas revelaciones para engañar al confesor.
María Dolores sería detenida mucho tiempo después, el 16 de julio de 1779, ya mayor y, al parecer, retirada de sus pecaminosas actividades, pues se dedicaba a la venta de huevos en su domicilio de la actual calle Puente Pellón, de donde sería trasladada de inmediato al castillo de San Jorge. Aquí permanecería veinticinco meses, siendo sometida a continuos interrogatorios, tortura incluida, por supuesto, hasta que el 24 de agosto de 1781, saldría para el lugar de su ejecución. Los seres humanos tenemos tendencia a disfrutar con la desgracia ajena, a hacer leña del árbol caído, a burlarnos del débil y, en fin, a arrojar nuestras miserias a los que se encuentran en inferioridad de condiciones, de modo que aquel día, desde antes de amanecer, una multitud inmensa, venida incluso de los pueblos de los alrededores de Sevilla, abarrotaba el recorrido que debía realizar la condenada. Tal era el gentío que tuvo que intervenir el ejército para impedir que se hundiera el puente de barcas que existía en el lugar antes de la construcción del de Isabel II, primero fijo de los que actualmente tiene la capital andaluza. La comitiva, con toda la parafernalia que con tanta sabiduría organizaba la Inquisición, cruzó el puente, entró por la puerta de Triana y se detuvo en el convento de San Pablo, desaparecido tras su desamortización, del que queda la iglesia, denominada hoy de la Magdalena. Allí se realizó un simulacro de juicio, con el fiscal leyendo detenidamente las acusaciones y el juez, posteriormente, dictando la sentencia, que no podía ser otra que la quema de la hereje en la hoguera. Desde este lugar, María Dolores, emprendió el camino hacia el quemadero, que se encontraba en el Prado de San Sebastián, a espaldas del actual Pabellón de Portugal, levantado para la Exposición Universal de 1929.
La apabullante comitiva, con el público abarrotando las aceras y, sin duda, zahiriendo a grito pelado a la condenada, pasó a la plaza de San Francisco y de ella a la calle Tetúan. Hasta aquí, María Dolores se había mostrado altiva, permitiéndose incluso el lujo de insultar a quienes la condenaban, pero al alcanzar esta calle, se vino abajo, manifestando entre lágrimas su arrepentimiento y solicitando el perdón. Pero ya no había vuelta atrás, si es que en algún momento del proceso existió esa posibilidad, y a lo más que accedieron los jueces fue a proporcionarle la muerte mediante garrote, antes de proceder a la quema de su cuerpo, ofreciéndole también la oportunidad de confesar en la Capilla de la Cárcel Real, situada por entonces en la esquina de la calle Sierpes.
En esta capilla estuvo la condenada durante tres horas y ya a la taurina hora de las cinco de la tarde, cuando más calor hacia en Sevilla y sin que hubiera disminuido el número de los que seguían el cortejo, María Dolores llegó al quemadero tras recorrer las calles Tundidores, Hernando Colón. Alemanes, Mateos Gago y traspasar la Puerta de Jerez. Allí, entre cánticos y rezos, el verdugo, naturalmente, un seglar, le aplicó el garrote, que, como se sabe, consiste en el estrangulamiento producido mediante un aro aplicado al cuello y un torniquete que presiona en la nuca, y, tras comprobar su defunción, sería subida a la pira donde su cuerpo estuvo ardiendo hasta las nueve de la noche.
Ni la condenada, ni quienes llevaron a cabo la bárbara ceremonia, ni nadie de entre el público pudieron imaginar que aquella sería la última hoguera que encendería la Inquisición en Sevilla. Tampoco pudo imaginarlo Blanco White (1775-1841), quien, con sólo seis años, salió tan asqueado del espectáculo, a pesar de su corta edad, que, tiempo después, su recuerdo resultaría pieza importante para su apostasía de la Iglesia Católica, como cuenta en su Autobiografía, un testimonio que nada tiene que ver ni con la narración profesoral de los historiadores, ni con las actas frías y más o menos asquerosas de los procesos.
Reinaba Carlos III. Faltaban sólo nueve años para que en París se produjera la Toma de la Bastilla, con la que se inició la Revolución Francesa.


sábado, 10 de octubre de 2015

Un monasterio protestante

Si viajáis a Sevilla, haced un hueco en vuestras actividades y acercaos a ver el Monasterio de San Isidoro, en Santiponce, donde está también la célebre ciudad romana de Itálica, a unos diez minutos de la capital
Cuéntase que se cuenta, pero Alá es el más sabio, que en tiempos del rey Almutamid, tan buen poeta como rey -célebre fue su matrimonio con la también poeta Rumaikyya-, andaban los cristianos deseosos de hacerse con los restos de las santas Justa y Rufina, al parecer martirizadas en Sevilla en tiempos de los romanos. A tal efecto, Alfonso VI, rey de Castilla y León, le envió a Almutamid una embajada encabezada por el arzobispo de León, Alvito, hombre piadoso, que tenía fama de santo.
Almutamid recibió al embajador con todos los honores, le ofreció alojamiento en el Palacio de la Barqueta, en cuyo solar se levanta hoy el Monasterio de San Clemente, dándole todas las facilidades para el cumplimento de su misión. Durante un año Alvito  buscó con ahínco en los templos de la época visigoda que aún se conservaban en la ciudad y en cuanto lugar le pareció oportuno. Al cabo de este tiempo y no hallando vestigio alguno de las santas, comunicó a Almutamid que regresaría de inmediato a León, no sin antes agradecerle las atenciones que con él había tenido.
No obstante, la noche anterior a su partida, Alvito tuvo un sueño en el que se le apareció nada menos que San Isidoro, arzobispo de Sevilla durante la dominación visigótica, quien le participó el lugar hasta entonces ignorado donde se encontraban sus restos. Alvito comunicó este sueño a Almutamid, quien, de inmediato, se ofreció a acompañar al obispo al lugar señalado por el santo. Una comitiva partió al punto de la ciudad hacia lo que es hoy el pueblo de Santiponce, levantado sobre parte de las ruinas de la ciudad de Itálica, entonces medio enterrada y cubierta de maleza. Rápidamente localizaron el sitio y, en efecto, allí encontraron una lapida bajo la cual hallaron el sepulcro del santo con su cuerpo dicen que incorrupto.
Almutamid dio su autorización para que aquellos restos fueran trasladados a León. Sin embargo, Alvito no llegó a culminar su embajada, pues, tal y como también le había comunicado el santo, murió al tercer día del descubrimiento de su sepulcro.
Sea o no verdadera esta historia, que lo más seguro es que no lo sea, lo cierto es que un par de siglos más tarde poco más o menos, en 1301, Alonso Pérez de Guzmán, el célebre Guzmán el Bueno, y su esposa María Alonso Coronel fundaron aquí un monasterio con el nombre de San Isidoro del Campo que dio albergue sucesivamente a los cirtecienses y a los jerónimos. Muy pronto alcanzó amplia fama, atrayendo, en primer lugar, a numerosos hijos de judíos conversos que pretendían hacer carrera en el medio eclesiástico. Más tarde, en el siglo XVI, ocupado ya por los jerónimos, pasaría a ser uno de los centros del protestantismo más importante de España, naturalmente, clandestino, ya que el protestantismo estaba fieramente perseguido por la Inquisición.
Fue su prior, el doctor García de Arias, apodado el Doctor Blanco por el color de sus cabellos, el introductor de las ideas reformistas patrocinadas por Lutero. García de Arias, que pasaba por devoto católico, siendo un excelente predicador, inició la Reforma en el monasterio suprimiendo lo que consideraba prácticas supersticiosas, como las oraciones en el coro, el culto a los santos, las misas por los difuntos, las penitencias, etc., reformas que los monjes aceptaron con extraordinario entusiasmo. Tal fue su éxito, que la Reforma se extendió al convento de monjas jerónimas de Santa Paula, así como a un considerable número de sevillanos de distintas clases sociales.
El grupo sería desarticulado por la Inquisición gracias, primero, a una delación y, luego, a la mala suerte. La delación la realizó la beata María Gómez, que se había hecho luterana y que por desavenencias, podíamos decir, conyugales, denunció al licenciado Francisco de Zafra, con quien convivía, y a otras trescientas personas. Dado que la beata no andaba muy bien de la cabeza, la Inquisición no le hizo mucho caso, aunque inició una investigación rutinaria que no dio resultado.
El segundo hecho fue más rocambolesco. Vivía en Sevilla un tal Julianillo Hernández, quien, como luterano, había formado parte de las iglesias reformadas de París, Escocia y Francfort. Este buen hombre, haciéndose pasar por buhonero, introducía en Sevilla libros protestantes camuflados en barriles de arenques o en fardos de encajes de Flandes y telas de Cambray, especialmente el Nuevo Testamento, en traducción al castellano de Pérez de Pineda. Por un error en el reparto, uno de estos libros, Imagen del Antichristo, fue entregado en el domicilio de una dama católica, quien inmediatamente lo entregó a la Inquisición. Al darse cuenta de su error, Julianillo huyó a toda prisa, pero fue capturado en Adamuz (Córdoba) y, posteriormente, quemado, junto con otros muchos protestantes en el auto de fe llevado a cabo en el Prado de San Sebastián, donde se alzaba el siniestro quemadero, el 22 de diciembre de 1560.
Varios monjes de San Isidoro que, por otra parte, era un gran centro intelectual, consiguieron poner tierra de por medio y salir del país. Entre los más afamados de los fugitivos se encuentran Casiodoro de la Reina, Cipriano de Valera, Juan Pérez de Pineda y Antonio del Corro. Casiodoro fue el primer traductor de la Biblia completa al castellano. El texto, que sería revisado por de Valera y publicado en Amsterdam en 1602, fue uno de los mejores de su tiempo en lengua vernácula, un trabajo que no alcanzaría parangón en el campo católico hasta cuatrocientos años más tarde. Esta Biblia, denominada del Oso, por la imagen de un oso intentando atrapar un panal de miel que figura en su portada, y también Reina-Valera, conserva hoy su carácter oficial entre los protestantes de habla castellana.
Con una estampa espectacular, el monasterio es una joya del gótico y el mudéjar. Cuenta con dos iglesias, denominadas las gemelas por su enorme parecido, una mandada construir por Guzmán el Bueno y la otra, anexa a la primera, por su hijo Juan Alonso, que cuenta con un impresionante retablo, obra de Martínez Montañez. Junto a esta iglesia se encuentra el sobrecogedor Claustro de los Muertos, así llamado por haber servido de enterramiento a los monjes. Luego está el Patio de los Evangelistas y el Refectorio, antiguo comedor de los monjes cuyas bóvedas aparecen decoradas con primorosas policromías, mientras de sus muros cuelgan hasta catorce pinturas, todas copias del original, salvo la Santa Cena. Visitables son también la Sacristía, la Sala Capitular y el Reservado, las tres igualmente con magníficas policromías.
En 1835, con la Desamortización, el monasterio perdió su carácter religioso. Los monjes regresaron en 1956, permaneciendo en él hasta 1978. Durante unos años estuvo abandonado, hasta que de él se hizo cargo la Junta de Andalucía, gracias a la cual y tras una concienzuda restauración, el conjunto recuperó el esplendor de su mejores tiempos. Actualmente sirve de sede para la realización de numerosas y variadas actividades de carácter cultural, estando incluido en la Red de Espacios Culturales de Andalucía.

viernes, 25 de septiembre de 2015

El nacimiento de la Inquisición

A principios del siglo III, cuando el creciente cristianismo se enfrentaba aún al acoso de los emperadores romanos, el escritor Tertuliano escribía: Es un derecho, un privilegio de la naturaleza, el que cada uno rinda culto según su deseo.
Un siglo más tarde, en medio de la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, la más contundente de todas, según los historiadores, el también apologista y gran orador Lactancio afirmaba en su Divinae Institutione: Nada pertenece tanto al reino de la libertad como la religión... Ofrendar a los dioses sin desearlo es una injuria. Nosotros, por el contrario, aunque nuestro Dios es el Dios de todos los hombres, tanto si ello les place como si no, nos abstenemos de forzar a nadie a que le adore, y no nos enfurecemos contra quienes no lo hacen. Y algo más adelante, añadía: Sólo en la religión anida la libertad, pues ante todo atañe al libre albedrío.
A la Iglesia sólo le ha preocupado la libertad cuando se ha visto en una posición de inferioridad; cuando su situación es de preeminencia, la libertad pasa a un segundo plano y lo que se impone es la persecución y el exterminio del disidente, de todo el que por acción un omisión se oponga a los directrices de la jerarquía y se atreva a pensar por su cuenta. El catolicismo no se impuso por la fuerza de los argumentos, sino por la del garrote, un garrote que se empleaba tanto para atacar al paganismo como a los miembros de las facciones opuestas. 
Todavía en el mismo siglo IV, en el marco de la lucha entre el papa Dámaso y su contrincante Ursino, el historiador pagano Amiano Marcelino escribe: Las fieras no son tan enemigas del género humano como lo son los cristianos en el odio mortal que sienten los unos por los otros. Sólo en un día del año 366, el enfrentamiento entre estos dos bandos de cristianos produjo 137 muertos únicamente en la basílica lateranense.
Los pregoneros del amor hasta al enemigo, que hasta poco antes eran las víctimas, se estaban convirtiendo rápidamente en verdugos. Hacia el final del siglo, una vez que el emperador Teodosio, que había nacido en Coca, cerca de Segovia, España, mire usted que casualidad, proclamara al catolicismo como religión oficial del Estado, otro pagano, Símaco, se veía obligado a escribir: Todas las cosas están llenas de Dios. Todos alzamos nuestras miradas a las mismas estrellas; un mismo cielo se extiende sobre nosotros; el mismo universo nos circunda. ¿Qué importa cual sea la forma de buscar la verdad? No es un solo sendero el que nos lleva a tan gran secreto. Para entonces, los católicos, facción cristiana triunfadora en la pugna con las distintas tendencias cristianas, perseguían a los paganos con mayor empeño aún que el que los emperadores habían empleado con ellos.
El pensamiento inquisitorial es casi tan antiguo como el propio cristianismo católico, pero será en este siglo IV cuando haga su aparición de forma explícita, a través, principalmente, de San Agustín, considerado por no pocos historiadores como el verdadero padre de la Inquisición. Tanto en sus sermones como en sus obras, esa enorme eminencia de la ortodoxia católica, se muestra taxativamente partidario de la intervención del Estado contra los no cristianos. Persigo porque soy hijo de la Iglesia, llegó a afirmar en un sermón pronunciado en Cesarea, cuyo tema era la imposibilidad de salvación fuera del catolicismo, un argumento que la Iglesia ha defendido por todos los medios a su alcance hasta prácticamente nuestros días, cuando la realidad social del mundo de hoy la empuja de nuevo a enarbolar la bandera de la libertad. Apoyándose en el Antiguo Testamento e interpretando a su capricho la parábola del banquete que Lucas consigna en su evangelio (14, 1-24), San Agustín sostenía la opinión de que donde fracasaba la persuasión, podría ser eficaz la persecución.
Pero la Inquisición como organización establecida específicamente para perseguir y condenar al disidente tardaría aún bastante en llegar y sería obra del cristianismo occidental, ya que el oriental, denominado ortodoxo, seguiría su propio camino alejado de Roma a partir de 1054. Simoniacos, marcionitas, gnósticos, maniqueos, donatistas, arrianos, son algunos, sólo algunos de los cristianismos considerados heterodoxos a los que la facción católica se fue enfrentando a lo largo de los primeros siglos, pero, aparte hechos puntuales, no por ello menos llamativos, tales disputas, con la Iglesia aún en una posición no suficientemente consolidada, se fueron resolviendo mediante el concurso de los concilios y/o la ayuda del emperador y sus fuerzas coercitivas.
Más adelante, extinto ya el imperio romano y con la Iglesia como su práctica heredera en Europa la jerarquía encontró un arma formidable que le vino de perilla para acallar a los respondones individuales, incluidos príncipes, reyes y emperadores que buscaban con ahínco despojarse de la tutela de una institución que pretendía tener no sólo las llaves del cielo, sino también las de la tierra.  Dicha arma fue la excomunión, que constituía no sólo la expulsión del excomulgado del seno de la Iglesia, sino también su exclusión social y, en el caso de reyes o emperadores, la desafección de sus súbditos.
Sin embargo, con el paso del tiempo, este arma fue quedando obsoleta cuando aquellos que la recibían empezaron a hacer caso omiso de ella, importándoles una higa la condena, apañándose al mismo tiempo para superar sus efectos. De este modo, entre los siglos XII y XIII harán su aparición dos grupos que se oponían frontalmente al dominio absoluto que pretendía ejercer la Iglesia, tanto en el orden puramente religioso como en el moral y hasta en el económico: los valdenses y los cátaros o albigenses, nombre que también recibieron por encontrarse en la ciudad de Albi (Francia) el grupo más numeroso.
Ambos grupos, tachados inmediatamente de sectas por las autoridades religiosas, conocieron un rápido crecimiento, especialmente los cátaros, que no conseguían atajar ni concilios, ni excomuniones ni medidas tan extremas como la proscripción o la pena de muerte. Tanto y tanto crecieron los cátaros que, al final, se organizó contra ellos una cruzada que duró de 1209 a 1229 y que produjo decenas de miles de muertos. Aun así, no se acabó con ellos, de modo que entonces dio comienzo una búsqueda sin tregua de elementos heréticos, con la consiguiente detención de muchos de ellos, seguida de los correspondientes juicio y condena.
En 1228, el papa Lucio III, emitió la bula Ad abolendam mediante la que procedía a la creación de una primera Inquisición, al determinar el procedimiento jurídico para interrogar, enjuiciar y, en su caso, condenar al acusado, un acusado, por otra parte, que tenía escasísimas posibilidades de escapar con bien, pues la misma bula ofrecía una recompensa de dos marcos por cada cátaro capturado. Siguiendo el dictado papal, el concilio de Tolosa de 1229 creó un tribunal eclesiástico controlado por los obispos, nombrando como presidente del mismo al francés y fraile dominico Robert Brugue, que sería el primer inquisidor de la historia. Esta inquisición estuvo limitada a los países en que se había manifestado la herejía con mayor intensidad, Francia e Italia, principalmente.
Los dominicos, cuyo nombre no deriva del de su fundador, santo Domingo de Guzmán, como creen muchos, sino de la expresión latina Domini Canes, que en castellano corriente y moliente significa los Perros del Señor, tendrían un nunca bien ponderado protagonismo en la nueva institución que acababa de nacer, convirtiéndose, efectivamente, en verdaderos perros, pero perros de presa dispuestos siempre a lanzarse al cuello de sus víctimas, con el único propósito, eso sí, de conseguir su salvación eterna.
Las hogueras en que ardían los herejes alcanzaron tal magnitud que en 1231 el papa, en este caso Gregorio IX, en un intento de moderar el celo de los inquisidores, dispuso que cada inquisidor dominico tuviera un colega franciscano, con el fin, afirma el propio papa de que la dulzura de este último temple la demasiado grande severidad del otro. Al mismo tiempo, dio a la institución un carácter general, poniéndola exclusivamente bajo control del papado. Así nació la llamada Inquisición Pontificia.
Los franciscanos debieron poner tanta miel en el interrogatorio de los acusados, a los que no se les permitía tener abogado, que en 1252 Inocencio IV, mediante la bula Ad extirpanda, introdujo el uso de la tortura, que, por supuesto, era ejecutada por elementos seglares, ya que como bien se sabe, porque la Santa Sede y sus teólogos no se han cansado de repetirlo, la Iglesia aborrece la sangre.
El Interrogatorio debía desarrollarse entonces, más o menos, del modo siguiente: un verdugo iría moliendo a vergajazos al acusado, mientras el dominico le iba haciendo preguntas y el franciscano untaba algún menjunje balsámico en sus heridas. Luego, a la hoguera con él, que, quién lo duda, dispondría y encendería el mismo verdugo, sólo o en compañía de otros. Los que se salvaban del fuego no se iban de rositas, sino que solían ir condenados a prisión. En aquellos primeros tiempos hubo tres tipos de condenas: largus, en la que el preso disponía de cierta libertad de movimientos; strictus, en la que el reo era encadenado en un espacio reducido y con poca comida, y strictissimu, que era peor que la hoguera, porque el reo era encadenado en un espacio reducido, sin luz y con un mendrugo que le arrojaba el carcelero cuando se acordaba, de modo que en poco tiempo era presa de la locura, de la que sólo lo libraba la muerte. Todo, como se ve, perfectamente pautado y regulado, que en esto no existe ni ha existido una organización humana que se acerque siquiera a la Iglesia católica.

Para saber más: Historia de la Inquisición española. Joseph Martin Walker
                          Historia Crítica de la Inquisición española. Juan Antonio Llorente
                          Henry Charles Lea. Historia de la Inquisición.
                          Diccionario de los papas. Juan Dacio
                          

sábado, 12 de septiembre de 2015

¡Oh, los profetas!

Desde hace bastante tiempo mi primera lectura del día es un pasaje de la Biblia.  Hubo una época en que escuchaba a diario a Antonio Herrero, aquel ¿comunicador? que incendiaba las primeras horas de la mañana a través de las antenas de la COPE y que se ahogó en su propia bilis en una playa de Marbella. Sonaba el despertador, encendía la radio y allí estaba el muchacho vomitando vitriolo, salfumán, amoniaco, todo lo que, en fin, a él le parecía lo mejor para sacar lustre y esplendor a la patria. Al conjuro de su voz, saltaba de la cama como si me hubiera picado una víbora, me afeitaba y me duchaba, desayunaba como los pavos, en la mesa de la cocina, y salía de mi casa bufando y echando chispas. Luego, seguía escuchando al caballero en el coche, camino del trabajo y cuando llegaba a la oficina yo no era ya un hombre, era un miura repartiendo cornás a todo lo que se movía.
Cuando don Antonio la diñó experimenté un vacío existencial que a poco me lleva al suicidio. Faltó un tris para que me despidieran del trabajo, tal era mi abulia, mi melancolía. A punto estuve de acudir a un psiquiatra, pero entonces redescubrí la Biblia, que había leído a trozos de niño y mi vida dio un vuelco de ciento  ochenta grados. Ah, no hay nada más tonificante ni que eleve más el ánimo de un individuo, al menos de un leptosomático esquizotípico como yo. Ya podía quedarse don Antonio en el cielo por toda la eternidad, sahumando con su vomitivo verbo el trono del Creador, con el Creador sentado en él, que yo con la lectura de un puñado de versículos mientras tomo mi desayuno cargo las pilas de energía vital para todo el día y aun para parte de la noche.
En la Biblia no encontrará usted salfumán ni ninguna de esas rimbombantes porquerías que con la coartada de la limpieza atentan más que nada contra el buen gusto. En la Biblia encuentra uno algo más puro, más viril: venganza, por encima de todo, venganza. Venganza de Dios sobre su pueblo, por alguna de las muchas, continuas marrullerías y traiciones que éste comete contra Aquél y venganza del pueblo sobre quienes lo derrotaron en una batalla, invadieron sus tierras o lo condujeron al destierro. Especialmente en los profetas.
Los profetas son unos tipos fantásticos. Prácticamente, no vaticinan más que calamidades y desgracias, unas veces para su pueblo, otras para pueblos enemigos. No hay en ellos ni una gotita siquiera de amor, qué digo de amor, ni de piedad, ni de compasión. Nada. Todo destrucción y sangre. Sólo cuando ya han soltado toda la bilis llegan y ¡plaf!, dejan escapar un pequeño eructo de esperanza, porque la vida sigue, a pesar de las profecías, y los judíos, a la vista está, lograron sobrevivir a todos los desastres que le sobrevinieron. Sin el menor sonrojo afirman que es el mismísimo Dios el que habla por su boca, aunque, faltaría más, de este hecho no ofrecen más prueba que su palabra.
Ahora bien, sea o no sea Dios el que hable por su boca, a través de sus profecías lo que los profetas ponen de manifiesto es que entre este Dios y su pueblo existe una inagotable relación de amor-odio, incluso más, una relación sado-masoquista que fluye constantemente de abajo arriba y de arriba abajo: da la impresión de que el pueblo transgrede las normas divinas sólo para joder a Dios y que Éste se revuelve contra el pueblo no para castigarlo con la moderación propia de la justicia, sino para saciar su ira, es decir, sádicamente. Sin embargo, a Dios parece que le gusta el juego, pues, en lugar de acabar de una vez con un pueblo insonrible que no cesa de rebelársele, aun  a sabiendas de lo que le espera, deja vivos a unos cuantos, sin duda, con el propósito de que crezca y se multiplique de nuevo y la rueda siga y siga girando. O lo que es lo mismo, que los hombres bíblicos andan siempre necesitados de Dios, pero Dios, a su vez, los necesita tanto o más a ellos.
De entre todos los profetas, mis preferidos son Ezequiel y Jeremías. A los dos les tocó vivir, hacia el 597 antes de nuestra Era, la invasión asiria y el exilio forzoso de buena parte de la población a tierras caldeas y los dos se volvieron literalmente del revés con tales hechos.
Ezequiel es magnífico. Se pasa la vida anunciando al pueblo desgracias y castigos a cual más furibundo, tan furibundos que, más que temor, casi despiertan la risa. Qué enorme estreñimiento debía de padecer el tío. Eso y una úlcera de estómago candente como un volcán. Su descripción de la gloria de Dios, así como del carricoche que transporta a los ángeles ha dado pie a más de uno a pensar que este hombre no trataba con Dios, sino con extraterrestres. Luego está la invención de ese título genial, Hijo del hombre, que más adelante los evangelistas le adjudicarían por la cara, esto es, sin citar la fuente, a Jesús. La historia simbólica de Israel que narra en el capítulo dieciséis de su libro es, por el uso de las imágenes que el autor utiliza, así como el asqueroso machismo que pone en boca de Dios, uno de los textos más repugnantes de toda la Biblia, y mire usted que la Biblia no destaca precisamente por su pudor. Léalo usted, que seguro que tiene una Biblia en su casa, y si no, pídasela a su vecino, que el sí que la tiene, y verá como no hay en mis palabras ni miajita de exageración.
Jeremías es el tío de la maldición y del lamento. Cómo sería de llorón el buen hombre, que una parte de su libro está consagrada, nunca mejor empleada esta palabra, a la llantina, cinco largas lamentaciones en forma poética que suman en total quinientos veintiocho versos, al menos, según la Biblia de Jerusalén, que es la versión que yo manejo. En sus maldiciones o en sus oráculos, que viene a ser lo mismo, es redondo como una esfera perfecta, pero eso sí, una esfera plagada de colmillos como los de los remotos tigres-sable. Pondré algún ejemplo: Contra Egipto: Aquel día será para el Señor Yahvé/ día de venganza para vengarse de sus adversarios./ Devorará la espada y se hartará/ y se abrevará de su sangre (46, 10). Contra Moab: Maldito quien haga el trabajo de Yahvé con dejadez, y maldito el que prive a su espada de sangre (48, 10). Contra Edom: Porque por mí lo he jurado -oráculo de Yahvéh- que en desolación, en oprobio, en yermo y en maldición se convertirá Bosra, y todas sus ciudades se convertirán en ruinas eternas (49, 13). Contra las ciudades sirias: En verdad, caerán sus jóvenes escogidos en sus plazas/ y todos los guerreros perecerán aquel día/ Prenderé fuego a la muralla de Damasco/ y consumirá los alcázares de Ben-Hadad (49, 26-27). Y así contra todos los pueblos de los alrededores, incluidas las tribus árabes, a cuyos habitantes denomina como los que se afeitan las sienes (49, 33), quienes todavía, pobrecicos míos, habrán de esperar sus casi mil años para que los redima Mahoma.
Ni en uno ni en otro profeta hay apenas alegorías, sus oráculos son directos y certeros, claros como el agua, pero son legión los exégetas que en su afán por edulcorar tanta mala leche no le encuentran tres pies al gato, le encuentran veintitrés. Y ahí los tiene usted, mascando y mascando y mascando con el propósito de que sus lectores o sus escuchadores no opongan las más mínima resistencia para deglutir sus elucubraciones.

domingo, 30 de agosto de 2015

Los cojones de mi tío

Agosto. Un año más el mes termina dejando en mi ánimo una oscura zozobra. No ha sido grato el verano, este año no, y quizás debiera estar deseando que acabara a ver sin con él se van también las interminables dolencias que no matan, pero que aplanan y llenan de turbiedad la vida. Sin embargo, los días se van acortando inexorablemente, la luz pierde su brillo a ojos vista, pronto llegará el tiempo de los mal arropaos, que repetía año tras año mi madre tan pronto como, hacia el ocho de septiembre, empezaban las tormentas, como si nosotros anduviéramos sobrados, y a mí me embarga ya, antes de su llegada, la melancolía de todos los otoños y, como en ninguna otra época del año, reaparecen una y otra vez en mi memoria recuerdos unas veces alegres y otras tristes de la infancia. O es que me estoy haciendo viejo y ya casi sólo empiezo a encontrar placer en recordar.
Por aquel entonces no había reunión familiar durante la que en algún momento de la charla alguno de los adultos no exclamara con voz de alarma: ¡shiii, que hay ropa tendida!
La ropa tendida éramos nosotros, los niños, mis primos y yo que, apartados de la reunión, jugábamos, los varones, al parchís o a los botones en la mesa grande con tablero de formica que había en la galería, y las niñas a las casitas o a los cromos.
Era oír aquella expresión y, al menos los varones, ya teníamos las orejas como las liebres; seguíamos jugando como si tal cosa, pero a partir de aquel momento no perdíamos palabra de la conversación. Alguien contaba el último chascarrillo verde oído en el bar o se hacía eco de algún chismorreo subido de tono referido a algún vecino o conocido del barrio. A veces las historias venían de lejos, de cuando ellos eran jóvenes y nosotros ni siquiera existíamos. Casi siempre eran los hombres los que hablaban, mientras las mujeres escuchaban, con caras en las que se mezclaban casi por igual la expectación, el asombro, la burla y la incredulidad, notas que acababan sustituidas por carcajadas en sordina, esto es, con las manos en la boca y conteniendo el aliento.
Hablaban con medias palabras, de modo que muchas cosas se nos escapaban, aunque tratábamos de entenderlas a fuerza de imaginación. Tal nos ocurrió, por ejemplo, con el término molongo, que, al parecer, era algo que los negros de una tribu africana le daban a los blancos que caían en sus manos, sin duda, algún tipo de fruta o algo así. La palabreja surgió de un chascarrillo que contó mi tío Rufino y llegó a alcanzar una enorme celebridad en la familia. Que le den molongo, escuchábamos una y otra vez de boca de alguno de los adultos, refiriéndose a algún vecino, a algún conocido o algún compañero del trabajo. Eso, que le den molongo, remachaban casi todos los presentes sin dejar de reír, de donde acabamos por deducir que debía tratarse de una cosa muy agradable. Cuando no estaba delante, al cura le daban molongo casi todos los días y no una vez, sino muchas.
Un término que entendimos enseguida fue el de trastivaya. No cabía duda, aquello era una moneda que los hombres les daban a sus mujeres para que la echaran a la alcancía. También lo repetían a menudo. ¡Y esta noche, trastivaya!, exclamaba alguno de mis tíos, a lo que su señora replicaba: ¡no será verdad!
Sin embargo, había expresiones más enrevesadas que no conseguimos entender. Por ejemplo, quitarse el fraile la capucha. Cuando la empleaban se referían siempre a hombres, pero a hombres normales y corrientes, no a frailes, que hubiera sido lo correcto. Decían: Ese, pero si ese el fraile ya no puede quitarse la capucha, y nos quedábamos completamente a dos velas. Tampoco conseguimos averiguar entonces qué quería decir que el marido de Manolita Maldonado, una vecina muy dicharachera de la calle Alcántara, usaba sombrero con mangas, porque el hombre, desde luego, iba siempre con sombrero, pero con un sombrero absolutamente normal.
Aquellas reuniones tenían lugar mayormente en verano, a la caída de la tarde y hasta la hora de la cena, allá sobre las once de la noche. En agosto, cuando mi tío el cura venía a pasar quince días con nosotros, acompañado de su sobrina, de mi tía Carmela, la hermana de mi madre, de su marido, Servando, y de mis primas Laura y Adelaida, la familia se reunía prácticamente al completo. Sólo faltaba mi tío Eulogio, que había muerto joven, de tuberculosis, causada por una vida disipada, esto es, para mis primos y para mí, que se había ido evaporando hasta convertirse en una sombra.
El cura era el señor de Linares. ¿Qué edad tendría? Cincuenta años, no muchos más. Alto y muy derecho, con las gafas de cristales ahumados cabalgando sobre una nariz recta y bien proporcionada, la voz ronca de fumador empedernido, la impecable sotana y las manos como si acabara de salir de la manicura. Cuando se envolvía en el manteo y se calaba el sombrero de teja adquiría un aire aristocrático que impresionaba. Durante aquellos días, los adultos sólo hablaban de él, cuando él no estaba.
El cura salía todas las tardes para reunirse con algunos canónigos de la catedral, amigos, al parecer, desde los tiempos del seminario. Entonces las bocas de los mayores echaban pestes, eso sí, siempre con el cuidado de la ropa tendida, lo despellejaban a conciencia, hasta dejarlo en los puros huesos. Allí salían trapos llenos de verdadera pringue que se remontaban a los años de la prehistoria. Y el que más largaba era mi tío Servando. Qué boquita tenía el hombre. Bajito, casi escuchimizado, el pelo bien pegado al cráneo a base de brillantina, tenía todo el tipo de un saltimbanqui. ¡Y cómo rajaba del primo de su señora! No podía decirse que lo odiara, pero lo que es afecto no le tenía ninguno. En realidad largaba de todo el mundo y en todas partes. Se iba al bar Azul con mi padre y dos de mis tíos, se zumbaba un par de medios y cuando volvía no había quien lo parara. Durante la guerra, a punto estuvo de que se lo llevaran en el coche de don Bruno por culpa de la agilidad de su mojarra. Un milagro de la Virgen del Perpetuo Socorro decían que lo salvó. Eso y la rápida intervención de su padre, jefe de no sé qué en el Ayuntamiento.
-Ya está bien, Servan, ya está bien -le decía mi tía Carmela, su mujer.
-Vamos, hermana -intervenía mi tío Rufino, que había conseguido reunir una fortunita gracias a la platería, por lo que pasaba por ser el listo de la familia- deja que se desahogue, que el curita tiene tres días con pasado mañana -y soltaba una carcajada de puro cachondeo que el único que no captaba era mi tío Servando.
Aquel año, 1958, cuando llegó agosto, los de Linares hicieron su aparición puntualmente, como siempre, pero no eran los mismos de todos los años. Parecían mustios y como envueltos en un halo de tinieblas. El cura, mostraba un gesto desencajado que no cuadraba con su otrora imagen reposada y señorial. Los demás, incluidas mis primas y la sobrina del cura, no le iban a la zaga, aunque en ellos el gesto era más bien huraño.
Durante el día, los silencios predominaban sobre las animadas conversaciones y las risas casi continuas de otros años. Mi madre y mi tía Carmela cuchicheaban en la cocina y cuando yo aparecía callaban y hacían como si estuvieran trajinando con la comida. Mi tío Servando se iba al bar y cuando volvía, después de zumbarse sus dos medios de rigor, no decía esta boca es mía, sino que se sentaba en un extremo de la galería y se quedaba allí muy quieto y muy serio, como si se le hubiera muerto alguien muy querido y encima le hubieran cortado la lengua. ¡Él, que no callaba ni debajo del agua!
A medio día, un rato antes de comer, el cura y él se encerraban en la habitación del cura y allí se pasaban los dos sus buenos veinte minutos que, a mí, sobre todo, que andaba con un mosqueo de tres pares de narices, me resultaban una eternidad. Al cabo de ese tiempo, salía mi tío Servando, pálido, descompuesto, tal que si hubiera visto a un fantasma. El cura salía después, ya para sentarse a la mesa, visiblemente relajado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Yo no salía de mi asombro. ¿Qué hacían allí los dos? ¿Por qué salía mi tío Servando con aquella cara de ratón angustiado? ¿Habían invertido los papeles y era mi tío el que confesaba al cura? Imposible preguntarle a los mayores, y mis primas o no sabían nada o, mejor, se negaban a informarme, en una especie de raro pudor que a mí me parecía percibir en sus evasivas.
Por la tarde, el cura no salía y las reuniones con toda la familia se tornaron tan lánguidas como aburridas. Algo flotaba en el ambiente, una especie de piñata invisible, a la que trataba de golpear mi tío Rufino con sus sonrisitas de medio lado y a la que no acertaba consiguiendo que su contenido saltara por los aires no por falta de puntería, sino por la presencia del cura.
Esta situación duró exactamente seis días. Al séptimo, el cura salió y además salió temprano, a ver a sus canónigos, de modo que la reunión familiar se inició antes de que llegara mi tío Rufino con su mujer y sus tres hijos y aquella tarde nadie levantó la voz para avisar que había ropa tendida.
-¡A ver a sus canónigos! -bramó mi tío Servando nada más el cura desapareció por la puerta de la calle-. ¡A la Virgen de Fátima es a la que va a ver!
-¡Cómo que este hombre...! -se lamentó mi tía Carmela-. ¡No le tiene ningún respeto ni a la tonsura ni a la sotana!
Y allí se lío la gorda. ¿Tonsura? ¿Sotana? Un crápula, eso era lo que era. La tonsura y la sotana no eran más que un disfraz, cebos para atrapar incautas. Incautas y menos incautas. En cierta ocasión tuvo que saltar una tapia con la sotana a medio poner para escapar de un marido regresado inesperadamente de un viaje. Eso lo sabía todo el barrio del Alcázar viejo. Y mi padre añadió que lo había visto salir, y no una vez, de una casa, ya me entendéis, de la calle Fitero, con la teja calada hasta los ojos y el manteo cubriéndole la cara. Iría a dar la comunión a algún enfermo. Sí, con el fraile. O a que le dieran molongo, de aquel golfo se podía esperar cualquier cosa.
¡Madre del divino consuelo! Nunca había disfrutado yo tanto en ninguna de aquellas reuniones. Cuando más ásperas, más iracundas eran las voces hizo su aparición mi tío Rufino con su mujer y con sus hijos.
-Caramba, cuñao -exclamó a modo saludo, dirigiéndose a mi tío Servando-, me he enterado que estás hecho todo un experto en reparaciones nabales -y soltó una estruendosa carcajada.
-¡Un experto...! ¡Maldita sea! ¿Es que tú también vas a venir con cachondeos?
-Pero, a ver, hombre, cuéntame qué es lo que le pasa exactamente al cura.
-¡Que te lo cuente tu hermana, que es la que tendría que estar haciendo la faena!
-Sí, hombre -replicó mí tía Carmela-, que me voy a meter yo en ese berenjenal.
-¿No es tu primo? ¡Pues tu eres la que tendrías que estar haciéndolo!
-¿Pero qué le pasa, hombre? -insistió mi tío Rufino, como si no lo supiera
-¿Que qué le pasa? -bramó mi tío Servando elevándose sobre la punta de los pies- ¡Qué a saber dónde se ha metido que le han salido unos granos en los cojones y tengo que ser yo, yo, el que lo cure!
-¡Ja, ja, ja, ja! -la carcajada de mi tío Rufino se elevó sobre los muros del patio y debió de oírse hasta en la estación del ferrocarril- ¿Y cómo lo curas, con los deditos o con la lengua? ¡Ja, ja, ja!
-¡Con la punta del nabo, con eso lo curo! ¡Pero se acabó, se acabó, desde mañana se va a curar él o que lo cure su tía!
-Tonto, no -siguió con el cachondeo mi tío Rufino-, aprovecha y de paso le das un poquito de molongo.
Al día siguiente, a la hora de siempre, el cura se metió en su habitación. Detrás de él, como un corderillo indefenso, volvió a entrar una vez más mi tío Servando.  Y hasta que se fueron yo no dejé de preguntarme si, además de curarlo, mi tío Servando le daría también el molongo que le había recomendado mi tío Rufino.