La anécdota es conocida. Aun así no me resisto a contarla: En un departamento de tercera del tren correo Cádiz-Madrid, allá por los años sesenta del siglo pasado, viajaba una anciana enlutada, con un canasto de mimbre por todo equipaje. El departamento iba lleno. Entre los pasajeros figuraba un sacerdote, que a poco de ponerse el tren en marcha inició una disertación acerca del infierno. Con precisión de cirujano, el señor cura desgranaba todos y cada uno de los suplicios que en la otra vida padecerían los condenados. El tren llegó a Jerez y el cura cada vez se cebaba más en su audiencia hablándole de llamas, de garfios de calderas. En Sevilla, muchas horas después, aún no había callado el sacerdote. Eternamente, el fuego abrasaría los cuerpos sin destruirlos, eternamente, siempre, siempre. En Lora del Río, la anciana, que había permanecido inmóvil y como concentrada en sus pensamientos, cogió su canasto y se puso de pie. "Padre -dijo- yo no sé si viviremos después de la muerte, lo que sí puedo asegurarle es que el infierno está aquí, en esta vida." Y trabajosamente recorrió el pasillo y se apeó del tren. "Es comunista", gruñó el sacerdote despreciativamente. Y no volvió a abrir la boca en el resto del viaje.
No son pocos los que, como la anciana del tren, no creen en un infierno más allá del que podemos sufrir aquí, en esta vida. Y el primero de todos los incrédulos es el propio Dios, el Dios del Viejo Testamento, el Dios de los cristianos. En el Génesis, capítulo 6, versículos 5 a 8, se lee: Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: "Voy a exterminar al hombre que creé sobre la haz de la tierra; y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho." Pero Noé halló gracia a los ojos de Yavé.
De esta pasaje se deducen claramente tres ideas:
1.- Dios no era tan listo como se dice, pues no supo prever que su mejor criatura le fallaría.
2.- Dios se mostraba infinitamente injusto, pues ¿qué culpa tenían los pobres animales en el fallo, si es que lo hubo, del hombre?
3.- Pero, sobre todo, Dios no tenía preparado infierno alguno, pues, de haberlo tenido, aquel era el lugar al que enviar a los malvados, en lugar de destruirlos.
Y no es sólo esto. Tanto el Levítico como el Deuteronomio son, principalmente, un conjunto de normas dictadas por Dios con sus correspondientes castigos. Ambos libros muestran la imagen de un Dios vengativo y sanguinario hasta la náusea. Sin embargos, todos los castigos son terrenales, enfermedades, plagas, castátrofes naturales, muertes terribles. ¿Hubiera sido sólo así de haber contado con el infierno?
¿Entonces, de dónde sale el infierno? Sale de la Gehenna del fuego, que los autores del Nuevo Testamento citan en diversas ocasiones. Marcos, por ejemplo, afirma: Si tu mano te escandaliza, córtatela: mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga. De versículos como este acabó la Iglesia elaborando su concepción del infierno. Sin embargo, esta Gehenna del fuego no es más que una metáfora utilizada por los evangelistas. En efecto, el término Gehenna, que figura tanto en la tradución griega de la Biblia como en la latina, es un vocablo hebreo referido al valle Hinnom o Ge-Hinnom, a las afueras de Jerusalén. En este lugar se quemaban las basuras de la ciudad, en un fuego casi permanente. Pero además, cuando los israelitas llegaron a la tierra prometida, en las alturas de este valle los cananeos ofrecían a sus dioses sacrificios en los que quemaban niños vivos. Tal hecho quedó grabado negativamente en la memoria de los judíos, hasta el punto de que, en tiempos de Jesús, merecen que lo arrojen a las llamas del Hinnom era un dicho corriente que se decía referido a alguien especialmente malvado.
El concepto cristiano del fuego eterno fue elaborándose poco a poco. Comenzó cuando se tradujo gehenna por infierno. Durante los cinco primero siglos del cristianismo, este infierno fue sólo temporal. Así lo defienden grandes padres de la Iglesia como, entre otros, Orígenes, Gregorio de Nisa o Jerónimo. Fue en el Concilio de Constatinopla del 543 cuando se definió que el infierno era eterno. El primer Concilio de Letrán (1123) lo declaró dogma de fe, amenazando con la prisión, el tormento y hasta la muerte a quien lo negase. A partir de entonces comenzó uno de los negocios más importantes y saneados de la Iglesia, el de las bulas, gracias a las cuales los aterrorizados cristianos podían comprar el rescate de sus almas legando sus riquezas a la Iglesia y contratando la celebración de misas post mortem por su alma. Tal negocio acabaría produciendo la rebelión de Lutero en el siglo XVI, si bien, antes, en 1442, el Concilio de Florencia llegó a declarar que todo el que estuviera fuera de la Iglesia acabaría en el fuego eterno.
Recientemente, el papa Juan Pablo II llegó a afirmar que el infierno no era el lugar físico de los tormentos eternos, sino una metáfora y un estado del alma. Benedicto XVI, sin embargo, ha vuelto a la ortodoxia más cruda, volviendo a asegurar la condena eterna y segura entre horribles sufrimientos para todo aquel que, alejándose de las esenñanzas de la Iglesia, muere en pecado mortal.



