domingo 5 de febrero de 2012

La sombra del infierno





La anécdota es conocida. Aun así no me resisto a contarla: En un departamento de tercera del tren correo Cádiz-Madrid, allá por los años sesenta del siglo pasado, viajaba una anciana enlutada, con un canasto de mimbre por todo equipaje. El departamento iba lleno. Entre los pasajeros figuraba un sacerdote, que a poco de ponerse el tren en marcha inició una disertación acerca del infierno. Con precisión de cirujano, el señor cura desgranaba todos y cada uno de los suplicios que en la otra vida padecerían los condenados. El tren llegó a Jerez y el cura cada vez se cebaba más en su audiencia hablándole de llamas, de garfios de calderas. En Sevilla, muchas horas después, aún no había callado el sacerdote. Eternamente, el fuego abrasaría los cuerpos sin destruirlos, eternamente, siempre, siempre. En Lora del Río, la anciana, que había permanecido inmóvil y como concentrada en sus pensamientos, cogió su canasto y se puso de pie. "Padre -dijo- yo no sé si viviremos después de la muerte, lo que sí puedo asegurarle es que el infierno está aquí, en esta vida." Y trabajosamente recorrió el pasillo y se apeó del tren. "Es comunista", gruñó el sacerdote despreciativamente. Y no volvió a abrir la boca en el resto del viaje.


No son pocos los que, como la anciana del tren, no creen en un infierno más allá del que podemos sufrir aquí, en esta vida. Y el primero de todos los incrédulos es el propio Dios, el Dios del Viejo Testamento, el Dios de los cristianos. En el Génesis, capítulo 6, versículos 5 a 8, se lee: Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: "Voy a exterminar al hombre que creé sobre la haz de la tierra; y con el hombre a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho." Pero Noé halló gracia a los ojos de Yavé.


De esta pasaje se deducen claramente tres ideas:


1.- Dios no era tan listo como se dice, pues no supo prever que su mejor criatura le fallaría.


2.- Dios se mostraba infinitamente injusto, pues ¿qué culpa tenían los pobres animales en el fallo, si es que lo hubo, del hombre?


3.- Pero, sobre todo, Dios no tenía preparado infierno alguno, pues, de haberlo tenido, aquel era el lugar al que enviar a los malvados, en lugar de destruirlos.


Y no es sólo esto. Tanto el Levítico como el Deuteronomio son, principalmente, un conjunto de normas dictadas por Dios con sus correspondientes castigos. Ambos libros muestran la imagen de un Dios vengativo y sanguinario hasta la náusea. Sin embargos, todos los castigos son terrenales, enfermedades, plagas, castátrofes naturales, muertes terribles. ¿Hubiera sido sólo así de haber contado con el infierno?


¿Entonces, de dónde sale el infierno? Sale de la Gehenna del fuego, que los autores del Nuevo Testamento citan en diversas ocasiones. Marcos, por ejemplo, afirma: Si tu mano te escandaliza, córtatela: mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga. De versículos como este acabó la Iglesia elaborando su concepción del infierno. Sin embargo, esta Gehenna del fuego no es más que una metáfora utilizada por los evangelistas. En efecto, el término Gehenna, que figura tanto en la tradución griega de la Biblia como en la latina, es un vocablo hebreo referido al valle Hinnom o Ge-Hinnom, a las afueras de Jerusalén. En este lugar se quemaban las basuras de la ciudad, en un fuego casi permanente. Pero además, cuando los israelitas llegaron a la tierra prometida, en las alturas de este valle los cananeos ofrecían a sus dioses sacrificios en los que quemaban niños vivos. Tal hecho quedó grabado negativamente en la memoria de los judíos, hasta el punto de que, en tiempos de Jesús, merecen que lo arrojen a las llamas del Hinnom era un dicho corriente que se decía referido a alguien especialmente malvado.


El concepto cristiano del fuego eterno fue elaborándose poco a poco. Comenzó cuando se tradujo gehenna por infierno. Durante los cinco primero siglos del cristianismo, este infierno fue sólo temporal. Así lo defienden grandes padres de la Iglesia como, entre otros, Orígenes, Gregorio de Nisa o Jerónimo. Fue en el Concilio de Constatinopla del 543 cuando se definió que el infierno era eterno. El primer Concilio de Letrán (1123) lo declaró dogma de fe, amenazando con la prisión, el tormento y hasta la muerte a quien lo negase. A partir de entonces comenzó uno de los negocios más importantes y saneados de la Iglesia, el de las bulas, gracias a las cuales los aterrorizados cristianos podían comprar el rescate de sus almas legando sus riquezas a la Iglesia y contratando la celebración de misas post mortem por su alma. Tal negocio acabaría produciendo la rebelión de Lutero en el siglo XVI, si bien, antes, en 1442, el Concilio de Florencia llegó a declarar que todo el que estuviera fuera de la Iglesia acabaría en el fuego eterno.


Recientemente, el papa Juan Pablo II llegó a afirmar que el infierno no era el lugar físico de los tormentos eternos, sino una metáfora y un estado del alma. Benedicto XVI, sin embargo, ha vuelto a la ortodoxia más cruda, volviendo a asegurar la condena eterna y segura entre horribles sufrimientos para todo aquel que, alejándose de las esenñanzas de la Iglesia, muere en pecado mortal.

viernes 6 de enero de 2012

San Albino Luciani




Hijo de una familia sumamente humilde (su padre recorría media Europa de primavera a otoño trabajando como temporero), Albino nació el diecisiete de octubre de mil novecientos doce en Forno di Canale, hoy Canale D'Agordo, un pueblecito de montaña a unos 120 kilómetros al norte de Venecia.

Lector empedernido desde su más tierna infancia, a los siete años había leído ya las obras completas de Julio Verne, Dickens y Mark Twain.

A los once años ingresó en el seminario de Feltre, ordenándose sacerdote en mil novecientos treinta y cinco.

En mil novecientos cuarenta y seis consiguió el doctorado en teología por la universidad gregoriana con la tesis El Origen del alma humana, en la que trataba de refutar las ideas del sacerdote progresista Antonio Rosmini, cuyo libro Las cinco heridas abiertas de la Iglesia, había sido condenado al Indice de Libros Prohibidos por la jerarquía vaticana.

En mil novecientos cuarenta y siete fue nombrado Vicario General de la diócesis de Belluno. A los treinta y cinco años era un hombre amable, frugal, apacible, pero con una voluntad de hierro. Aún hay quien recuerda al joven vicario recorriendo la diócesis en bicicleta o escalando sus montañas. Durante la guerra recién terminada había simpatizado con la resistencia, a pesar de su actitud entonces claramente conservadora. A partir, no obstante, de su nombramiento como vicario, con el contacto directo con las necesidades de sus fieles, empezó a identificarse con las ideas de Rosmini.

En mil novecientos cincuenta y ocho, Juan XXIII lo nombró obispo de Vittorio Véneto. Para su residencia prefirió el lóbrego castillo de San Martino en lugar de un lujoso apartamento en la ciudad. Como en Belluno, recorría su diócesis en bicicleta, vestido como un sacerdote normal.

En mil novecientos sesenta y dos, da comienzo el concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII. Luciani se identifica plenamente con las tesis más progresista, como la de la libertad religiosa o la recreación de una Iglesia pobre. A estas alturas de su vida, estaba a favor del control de la natalidad mediante el uso de la píldora de progesterona, cuya aprobación estudiaba el concilio.

En mil novecientos sesenta y nueve fue nombrado por Pablo VI patriarca de Venecia. Rechazó el tradicional recibimiento que la ciudad ofrecía a los patriarcas a base de góndolas engalanadas, bandas de música y discursos vacíos de las autoridades e inauguró su episcopado con un simple discurso en el que hacía hincapié en los problemas humanos de Mestre y Marghera, las dos áreas industriales de la ciudad. De nuevo, como en sus cargos anteriores, la gente vio asombrada a su patriarca recorriendo en bicicleta las zonas terrestres de la ciudad vestido como un simple sacerdote.

En mil novecientos setenta y tres fue nombrado cardenal por Pablo VI. En este tiempo ya se conocían los manejos del arzobispo Marcinkus al frente del IOR o Vanco Vaticano, así como sus relaciones con los mafiosos Licio Gelli, Michele Sindona y Roberto Calvi, con quienes realizaba todo tipo de operaciones fraudulentas con extraordinarias ganancias para el Vaticano. Luciani, claramente en contra de estas operaciones, tuvo que sufrir por parte de Marcinkus la venta a Calvi de la Banca Cattolica Véneto, en la que el patriarcado veneciano tenía depositados sus fondos.

El veintiséis de agosto de mil novecientos setenta y ocho, tras la muerte de Pablo VI, Albino Luciani fue elegido papa en el oportuno cónclave. Tomó el nombre de Juan Pablo I. Los cardenales que lo eligieron pensaban que sería un pontífice fácil de manejar. No obstante, desde su nombramiento, Luciani se propuso tres fines principales: Reorganizar las finanzas de la Iglesia, apartando a Marcinkus y acabando con todo tipo de operaciónes fuera de la ley; aprobar el control de natalidad y, sobre todo, poner las fabulosas riquezas de la Iglesia a disposición de los necesitados. Una verdadera revolución que supondría la reforma completa de la Iglesia.

No tuvo tiempo de llevar a cabo ninguno de sus propósitos. Fue asesinado treinta y tres días más tarde de su nombramiento, con la segura intervención, como mínimo, del cardenal Villot, secretario de Estado, que iba a ser cesado al día siguiente, como parte de los revocaciones y medidas que se proponía poner en práctica inmediatamente

No es el único papa que, a lo largo de la historia, ha muerto asesinado. Pero desde el Renacimiento, al menos, hasta el día de hoy, el asesinato de Albino Luciani, Juan Pablo I, prueba de la forma más evidente que la Iglesia católica constituye una organización absolutamente cerrada cuya reforma es de todo punto imposible.

P.D. Existe una errata en el título de esta entrada. Evidentemente, Albino Luciani nunca será declarado santo. La Iglesia que él pretendía no es la que defiende la curia vaticana. Los papas que le siguieron, el hipócrita Juan Pablo II y el cínico Benedicto XVI, no sólo no han querido saber nada de su legado, sino que incluso han renegado del ligero aire fresco que supuso el concilio Vaticano II, para volver a la senda del más tradicional y recio integrismo.

domingo 25 de diciembre de 2011

veinticinco de diciembre


Veinticinco de diciembre. Navidad. Un niño ha nacido en una cueva que, a veces, ha servido de establo. Su madre era virgen antes de concebir a su hijo, siguió siendo virgen tras la concepción y no dejó de ser virgen después del parto. Pastores que guardaban sus rebaños en las proximidades de la cueva, corrieron a adorar al niño, alertados por un ángel. Unos magos de oriente, reyes según algunos, acudieron a adorarle también, precedidos por una estrella que los guiaba. Este niño crecerá atendido amorosamente por su madre. Será un joven fuerte, valoroso y puro. Cuando adquiera la condición de adulto, saldrá a los caminos y predicará una moral novedosa, fundamentalmente austera que atraerá a los débiles y enfurecerá a los poderosos. Hará milagros, muchos, sanará enfermos de variadas dolencias, resucitará muertos. Por todo ello, será perseguido, sufrirá martirio, lo matarán y será enterrado. Sin embargo, tres días más tarde, resucitará. Después de su resurrección, ascenderá a los cielos, en donde se sentará a la diestra del Padre, en compañía del Espíritu, formando la que era, es y será la Trinidad. Sus discípulos y seguidores practicarán un rito que será llamado eucaristía, durante el cual comerán su cuerpo y beberán su sangre bajo las formas del pan y del vino, un rito salvífico que, realizado con fe y limpieza de corazón, les abrirá, tras la muerte, las puertas del cielo.

La mayor parte de los que hayan leído hasta aquí pensarán que, aunque muy resumida, esta es la historia del Niño Jesús, cuyo nacimiento celebran los cristianos hoy. Pero no, esta historia no tiene nada que ver con Jesús, quien sería llamado Cristo, hijo de Dios y Dios al mismo tiempo y cuya figura dio origen al cristianismo. Esta es tal cual la historia de Mitra, un Dios también, de origen persa, anterior a Zaratustra y, por ello, bastantes siglos anterior a Cristo, algo así como diez, e igualmente hijo de Dios y Dios al mismo tiempo, un Dios solar, ampliamente adorado en el imperio romano y cuyo culto pervivió hasta el siglo IV de nuestra Era, hasta que fue aplastado por el cristianismo.

No es el únido Dios que nace, sufre persecución y martirio, muere y resucita. A título de ejemplo, pueden citarse al egipcio Osiris, a los hindúes Shiva y Krishna, al sirio Tammuz, al etrusco Atune, a los griegos Adonis y Dionisos, al romano Baco y a una larga serie que se extiende por la práctica totalidad de los pueblos indo-mediterráneos. Aunque el cristianismo no guarda con las historias concretas de estos dioses las asombrosas semejanzas que guarda con la de Mitra, es evidente, que sus fundamentos básicos vienen a ser los mismos: nacimiento, persecución, martirio, muerte y resurrección.

Deduzca el lector las consecuencias que se derivan de estas semejanzas. Aquí sólo diré que, debido a estas semejanzas, los cristianos fueron acusados repetidamente de simples y aun estúpidos copiones por notables escritores y pensadores del mundo romano, quienes no veían en la pretendida nueva religión sino una copia de las muy abundantes religiones existentes por aquel entonces, pasada, eso sí, por el tamiz judío. ¿Que cómo se defendían los cristianos? He aquí como, lo hacía uno de los más reputados teólogos cristianos de la época, San Justino (100-165), el cual, en su Apología y refiriéndose, concretamente, a la eucaristia afirma:

Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, en la que a nadie le es lícito participar, salvo al que cree (...) porque se nos ha enseñado que es la carne y la sangre del mismo Jesús encarnado (...). Por cierto, que también esto, por remedo, enseñaron los perversos demonios que se hiciera en los misterios de Mitra, pues vosotros sabéis o podéis saber que ellos toman también pan y una copa de vino en los sacrificios de aquellos que están iniciados y pronuncian ciertas palabras sobre ellos.

Como se ve, una justificación de incontestable peso, pues pone de relieve la extraordinaria astucia del demonio, capaz de hacer aparecer la eucaristia cristiana en un culto pagano cientos de años antes no ya de que existiera el cristianismo, sino de que siquiera pudiese ser imaginado.

P.D. Las negritas son mías.

miércoles 21 de diciembre de 2011

Un curita flamenco



¿El silencio es la paz? Si no lo es está muy cerca de ella. En este rincón lejano de la Península, con una conexión estrafalaria a internet, con sólo el teléfono móvil, que apenas sé manejar, me siento a ratos en la gloria y a ratos en el más completo olvido. Me encuentro bien, aunque a veces hecho de menos mi blog, al que sólo puedo entrar de vez en cuando, y el contacto con los amigos del facebook.

Pero no es de mí de quien quiero hablar. O sí. Según se mire. Hoy, mi mujer y yo hemos comido en casa de unos amigos, Antonio y María los llamaremos, porque no he pedido su autorización para dar aquí sus nombres reales. Mientras comemos, vemos el telediario -tontodiario habría que llamarlo- de Canal Sur y, hacia el final, salta la noticia: el cura párroco de un pueblo de Jaén, cuyo nombre se nos escapa con la conversación que mantenemos mientras la tele habla, se ha negado a bautizar a una niñita porque el padrino es homosexual y además está casado, con otro homosexual, naturalmente, por la vía civil, ya que la Iglesia repudia tanto este tipo de matrimonios como la práctica de la homosexualidad.

Inmediatamente, nuestra conversación, que en ese momento se centraba en el gran número de extranjeros, principalmente de habla inglesa, que se encuentran afincados aquí, cambia de rumbo y se traslada a la noticia. Todos estamos de acuerdo en que el citado párroco debe de ser un cura bragao, de aquellos de sotana arremangá y cipote en ristre que se dedicaban con ardor a desenmascarar rojos camuflados durante nuestra posguerra y a zaherir con saña a sus mujeres. Pero a María le parece bien su postura. Si a la Iglesia le resulta abominable la homosexualidad y no admite en su comunión a los homosexuales, sostiene María, se entiende que no admita como padrino de nadie a un homosexual, pues el padrino -tal es la doctrina de la iglesia- es alguien que debe guiar al ahijado por la recta senda de los mandatos eclesiásticos.

Antonio, en cambio, cree que la postura del cura es errónea y, más aún, cerril. Piensa que la Iglesia debería modernizarse y aceptar a todos los que de buena fe se acerquen a ella, independientemente de su condición sexual o civil. De otro modo, afirma Antonio, corremos el riesgo de que la Iglesia quede reducida a un puñado más o menos grande de reaccionarios, lo que puede resultar muy peligroso para el conjunto de la sociedad. Ya sabemos, dice Antonio, cual es la actitud de las ratas cuando se sienten acorraladas y el que no lo sepa, que intente matar a alguna encerrándose con ella en una habitación vacía.

Mi mujer cree que se trata de un asunto del que deberíamos pasar. Allá la Iglesia que haga en este terreno lo que le parezca. Aunque de un tamaño considerable, es su opinión, la Iglesia no deja de ser un club con una reglas determinadas que sus socios deben cumplir, de modo que el que no las cumpla no tiene por qué molestarse si no es admitido en ella. Esta es una noticia que ni siquiera debería aparecer en los medios de comunicación y que, desde luego, creo que nosotros, que nos hemos apartado de la Iglesia, no tenemos ni siquiera derecho a juzgarla en este aspecto. Que haga con sus seguidores lo que le parezca y que admita en su organización a quien le de la gana.

Mi opinión difiere de la de los tres. En primer lugar, a mí no me asusta que los seguidores reales de la Iglesia sean cada vez menos y, al mismo tiempo, cada vez más radicales. Me parece que ese es el sino de la mayor parte de las organizaciones humanas, sea cual sea el fin para el que se cree y una vez que este fin se ha cumplido o se ha desvirtuado. Pocas organizaciones y mucho más si soportan una carga ideológica están dispuesta a disolverse por las buenas. Por otrar parte, el cura de ese pueblo y, en general, la Iglesia en su conjunto, pueden mostrarse tan flamencos como les parezca y aceptar o rechazar a quien quieran, pero yo creo que su actitud sólo sería válida si, al mismo tiempo que flamenquean, rehusaran seguir recibiendo el dinero que vía impuestos reciben de toda la sociedad. En la situación actual, ese cura, como, en nuestro caso y en general, la Iglesia española, se comporta, permítaseme la expresión, exactamente igual que un chulo de putas, que no sólo obliga a su protegida a cumplir determinadas reglas, sino que además la maltrata y se queda con su dinero. Y es precisamente esta aportación económica que la Iglesia recibe de todos los españoles, creyentes y no creyentes, la que nos da todo el derecho a opinar también sobre sus propias normas y la que da derecho a ese homosexual a pedir cuanto menos explicaciones al cura acerca de por qué no es apto para ser padrino en un bautizo, pero sí para rascarse obligatoriamente el bolsillo y contribuir con sus impuestos a pagar, entre otras cosas, el salario del sacerdote. Si la Iglesia fuera realmente un club privado, yo encantado de haberla conocida y allá que se lo cueza como mejor le parezca. Pero no lo es, todos sabemos que no lo es, todos creyentes y no creyentes, tenemos que soportar no sólo el expolio de nuestras carteras para un fin exclusivamente privado, sino el afán siempre opresivo de imponer sus normas particulares al conjunto de toda la sociedad. Todo ello, con independencia, de que a mí, personalmente, me parece increíble que todavía haya homosexuales no ya creyentes, que en eso allá cada cual con su conciencia, sino con ganas de seguir formando parte, aunque sea tangencialmente, de una organización que lleva dos mil años persiguiéndolos con furia variada.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Un concordato de oro





Los multiples y diversos cristianismos que han existido y existen al día de hoy en el mundo han aportado a la humanidad algunos principios de indudable valor. El amor al prójimo, incluidos los enemigos, el perdón, la compasión, son algunos de ellos, los principales. Se trata de valores novedosos en su día que, aunque apenas se hayan puesto en práctica, han contribuido a acrecentar y perfeccionar el acervo moral de los seres humanos. El cristianismo católico ha añadido específicamente un valor más: el afán de supervivencia, el único que, hasta la fecha, ha cristalizado y se ejerce a pleno rendimiento.

Cuando se echa la vista atrás en la historia con mirada imparcial, se descubre pronto que, más allá de sus prédicas, de sus declaraciones, el objetivo fundamental de la Iglesia Católica no ha sido otro que el de sobrevivir. Y ello desde antes de Constantino. Hasta hoy mismo. En aras de este objetivo la jerarquía eclesiástica, que, como vengo sosteniendo en estas entradas, constituye la Iglesia real, no ha dudado en mentir, en traicionar, en aliarse con tiranos y asesinos de todo pelaje, en robar, en matar.

San Agustín señaló que la belleza de la rosa no sería posible sin la existencia del estiércol, un principio, casi un dogma que de manera mucho más que metafórica llevan grabado en la mente todos los que en la Iglesia ejercen algún tipo de poder. Y la mayoría de los que no lo ejercen también. No sólo no importa, sino que es necesario estercolar la vida con toda clase de deyecciones, si el fin consiste en obtener una buena cosecha, naturalmente eterna. Expresado groseramente, esto es lo que el santo obispo de Hipona vino a decir, concretando en una sola frase el pensamiento ya por entonces tradicional en la Iglesia, un pensamiento, no hay que decirlo, por completo contrario a la buena nueva que se trataba de difundir.

Podrían aducirse infinidad de ejemplos como prueba de este afán de supervivencia. Citaré sólo uno de los tiempos modernos: el pacto -concordato le llaman, eufemísticamente- establecido en 1929 entre Pío XI y Mussolini, ejemplar por la situación del mundo y, más aún, de la propia Iglesia, en un grave aprieto económico y, más aún político.

Desde que en 1870 la Iglesia perdiera los llamados Estados Pontificios, los papas, despojados al fin del poder terrenal directo, vivían junto con la curia en el Palacio Vaticano, casi como refugiados políticos. Esta situación perduró nada menos que cincuenta y nueve años, hasta que Pío XI no encontró reparo alguno en firmar un tratado con un hombre que ya llevaba seis años gobernando de manera omnímoda en Italia. La actual opulencia de la Iglesia Católica tiene su raíz en la generosidad de Mussolini, quien, por su parte, buscaba la complicidad plena de los católicos para llevar a cabo sus planes. La Iglesia consiguió que el Vaticano fuera reconocido como estado soberano, un estado ridículo en tamaño, apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, pero, al fin y al cabo, estado, con inmunidad diplomática incluida. Consiguió la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas del país. Consiguió que el único matrimonio válido en Italia fuera el canónico. Consiguió la exención impositiva de sus bienes inmuebles, así como la de los derechos aduaneros para sus ciudadanos, clérigos en su práctica totalidad, naturalmente, por los bienes que importaran del extranjero. Consiguió, por fin, que Mussolini le hiciera donación de 750 millones de liras en metálico, así como otros mil en bonos consolidados del Estado, una cantidad que hoy podría cifrarse en unos cinco mil millones de euros.

Sobrevivir. Sobrevivir. Sobrevivir. Para no ser su reino de este mundo, hay que fijarse en lo que la Iglesia pleitea para encenagarse en él.

viernes 18 de noviembre de 2011

Por qué la Iglesia





Amigos a los que aprecio y me aprecian me preguntan con afecto por qué escribo y siempre críticamente acerca del cristianismo y de la Iglesia Católica, siendo así que, según ellos, y yo también lo creo, todas las religiones vienen a ser más o menos lo mismo. Algunos de estos amigos son creyentes, creyentes pacíficos, aunque, sin duda, poco practicantes, y en su pregunta va implícito un velado reproche. Alguno, que me conoce pero no me estima, no vacila en acusarme de resentimiento.


Aunque hoy los templos católicos se encuentran prácticamente vacíos, la Iglesia conserva en España una influencia que no afecta sólo a sus fieles, sino al conjunto de la sociedad. Se trata de una influencia histórica que al día de hoy no responde a su implantanción real -escaso número de practicantes en relación con el número total de habitantes-, pero que apenas ha perdido efectividad y que, por ello, resulta especialmente lacerante.


Después de dos milenios de implantación, la Iglesia Católica no se ha limitado a transmitir sus dogmas, sus creencias, sino que nos los ha impuesto a todos con mano de hierro, a sangre y fuego. Y no sólo sus dogmas, ha impuesto su moral, sus costumbres, ha modelado nuestras conciencias imbuyéndonos el sentimiento de culpa que tan caro le resulta y tan práctico para ejercer su dominación.


En estos dos milenios, la Iglesia no se ha limitado a proclamar el supuesto mensaje del que ella llama su fundador, sino que ha modelado nuestras mentes, hasta el punto de que al día de hoy y en este país los ateos lo son, en su imensa mayoría, respecto al Dios católico. La práctica totalidad de los españoles hemos sido bautizados nada más venir a este mundo, sin contar, por tanto, con nuestra opinión. Del mismo modo, hemos sido obligados a aprender el catecismo, con severos castigos para los que no conseguían memorizar sus preceptos, a hacer la primera comunión, a casarnos en uno de sus templos y ante uno de sus sacerdotes. Por obligarnos, incluso a morir y a ser enterrados según sus normas nos ha venido obligando hasta hace dos días.


Llevamos nombres cristianos, las calles de nuestras ciudades aparecen rotuladas con el nombre de vírgenes, de santos, de beatos. Empresas mercantiles, hospitales, colegios, instituciones del más variado pelaje llevan este tipo de nombres. Las fiestas, en fin, que celebramos creyentes y no creyentes, son fiestas católicas en su práctica totalidad, lo mismo que los festejos patronales de nuestros pueblos o las romerías.


En España, la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación es más que notable, tanto directamente, a través de la Conferencia Episcopal, como indirectamente, mediante sectas como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo o los célebres Quicos.


En la actualidad, la Iglesia Católica recibe anualmente del Estado Español la fabulosa cantidad de diez mil millones de euros. Se trata, no hace falta decirlo, de un dinero procedente de los impuestos que satisfacen por igual tanto los creyentes como los no creyentes y al que, a pesar de la crisis galopante, la Iglesia no renuncia ni en un euro. Se da la asombrosa paradoja de que el Estado, es decir, todos los españoles abonamos el sueldo de unos profesores que son contratados y despedidos por la propia Iglesia, siguiendo criterios que ella establece en exclusiva.


Y esto no es todo. Cada vez que le parece oportuno, la Iglesia Católica entra en política, y no limitándose a expresar su opinión sobre asuntos más o menos de su incumbencia, cosa a la que tiene pleno derecho, como cualquier otro ente, sino mostrando su apoyo explícito a determinadas formaciones. Mañana, veinte de noviembre, se celebran en España elecciones al Congreso y al Senado. Pues bien, desde hace más de dos meses, obispos y sacerdotes vienen no sólo pidiendo, exigiendo el voto a sus seguidores. No lo exigen para partidos que proclaman la igualdad, el apoyo a los débiles, a los necesitados, hacia los que se inclinaba el que la Iglesia llama su fundador, como se cuenta en los evangelios, sino para un concreto partido de derechas, cuya política no se define precisamente como muy igualitaria.


Para no ser su reino de este mundo, como aseguraba el pretendido fundador, es evidente que la Iglesia muestra una actitud cuanto menos desconcertante. De manera que, con todo este bagaje, díganme, amigos, si hay o no razones para someter a la Iglesia Católica a las mismas críticas a las que sometemos a cualquier otra institución social o política de las que operan a nuestro alrededor. ¿O es que, por ventura, la Iglesia cuenta con algún tipo de salvoconducto que le permite actuar como le place en la más completa impunidad?


miércoles 19 de octubre de 2011

El Santo Rosario (III y último)





El veinticinco de julio, día de la onomástica del cura y víspera de la mi madre, nos íbamos toda la familia al campo, al santuario de Linares, veinte o veinticinco personas entre chicos y grandes. Mi tío el platero (el rico), contrataba un camión y allá que íbamos, el cura en la cabina, junto al conductor, y los demás en la caja, con las vituallas.


Aquel veinticinco de julio, el de mil novecientos cincuenta y ocho, resultó un día memorable en los anales de la familia. A las nueve de la mañana ya estábamos en el santuario asistiendo a la misa que decía mi tío. Luego, tras un abundante desayuno a base de sardinas asadas y tortas de Liberato Iglesias, los más jóvenes subimos al cerro de San Fernando. ¡Ah!, la pina pendiente nos quitó el resuello, pero qué hermoso era el vasto panorama que se contemplaba desde la cumbre, y qué bellas estaban mis primas, sudorosas, arreboladas.


En la bajada, una de ellas tropezó y bajó rodando hasta que unos matojos la detuvieron. No se rompió ningún hueso, pero la pobre mía acabó con los brazos, las piernas y la cara llenos de arañazos y de moraduras. Abajo, no nos hicieron ni caso. Los mayores le habían dado bien al garrafón del vino y contaban chistes verdes, mientras el cura, ligeramente apartado, leía su breviario a la sombra de un olivo. Lo de los chistes lo supimos porque nada más vernos disimularon las risas y siguieron hablando con medias palabras, como si fuéramos tontos y no conociéramos su métodos.


Entonces decidimos ir a bañarnos a una charca que había algo más abajo siguiendo el curso del arroyo. Ahora se apuntaron dos de mis tíos y tres de mis tías. La charca, verdadera piscina natural, era un sitio fantástico, escondido entre adelfas en flor y otros arbustos de ribera. ¡Con qué ganas cojimos el agua! Tanta que uno de mis primos se tiró desde una roca y casi se deja la cabeza en el fondo.


Cerca de las cuatro serían cuando decidimos regresar. Ya estaría a punto el arroz y nosotros teníamos un hambre... Pero no estaba, el arroz, no estaba. Mi tío el barbero se había pasado con lo de la garrafa, se había estrellado en la orilla del arroyo y se había abierto una brecha en la frente. Nada grave, decían, y así debía de ser, porque, aunque tenía un lado de la cara hinchado y la camisa desgarrada y manchada de sangre, roncaba estruendosamente tirado en una manta.


El cocinero, además, se había enfollinado porque su mujer, la hermana de mi madre, había venido con nosotros a la charca. El tipo, extremadamente celoso, decía que su mujer andaba enseñando las piernas y que no guisaba. ¡Jopá, la que se lio! Mi tía sollozaba jurando que no se había bañado, lo que era cierto. "¡Pero qué piernas ni qué niño muerto!", murmuraba mi madre, conteniéndose para no decirle cuatro cosas a su cuñado. Los demás se burlaban del cocinero, unos harteramente, haciendo como si trataran de calmarlo, y otros azuzándolo para que siguiera la fiesta. Sentado en una silla plegable, bajo la sombra de su olivo, el cura sonreía.


La tarde avanzaba y el cocinero no cedía en su enojo, tampoco dejaba cocinar a nadie y el humor de la gente, hambrienta, mohína, se fue agriando rápidamente. Las bromas dieron paso a las maldiciones y más de uno mostró su disposición a partirle la cara al cocinero. Las siete lo menos serían cuando el buen hombre se decidió por fin a cocinar. Pero habíamos quedado con el camión a las ocho y media, de manera que no resulta difícil imaginar cómo salió el arroz y cómo lo comimos.


No hay por qué relatar la vuelta a casa. Más que de un día de campo parecía que regresábamos de un funeral. ¡Y si ya hubiera terminado todo! Pero qué va: todavía nos quedaba rezar el rosario. El señor cura nos lo recordó nada más cruzar la cancela. Y lo rezamos, ya lo creo, en el mismo rincón del patio de todos los días, como corderillos agrupados por el perro del pastor. Aunque más que rezar, aquella noche mascullábamos, de modo que las avemarías sonaban como disparos de escopeta. Pero nadie chistó y nadie dejó de responder hasta la última jaculatoria.


Fotografía: Córdoba. Casa en la que se perpetraban los rosarios veraniegos, mi casa