viernes, 7 de junio de 2013

Agua amarga


La lectura de la Biblia debería ser de obligado cumplimiento en todos los colegios publicos y privados, así como en los centros de trabajo y, por supuesto, en todas las parroquias y lugares de culto o no católicos. Pero no meramente las historietas de la creación, de Abraham, de Moisés, de David y Goliat y poco más, que a los que ya somos mayorcitos nos endilgaban en el colegio como Historia Sagrada, sino toda, libro a libro y capítulo a capítulo. No existe mejor modo de conocer el origen, la realidad y el trasfondo de la religión católica, motivo por el que la Iglesia mantuvo prohibida dicha lectura hasta la aparición de Lutero y al día de hoy no le agrada lo más mínimo que se haga.
Es propósito de este humilde blog proceder poco a poco a tal lectura, procurando situar el texto en la época que le corresponde con los comentarios que estimemos pertinentes, siempre basados en estudios de carácter científico.
Un buen comienzo puede ser Números, cuarto libro del Pentateuco, y de tal texto los versículos once a treinta y uno del capítulo cinco. Resumiendo en parte con el fin de no alargar demasiado la entrada, en tales versículos se dice lo que sigue: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado: ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida, si el marido es atacado de celos y recela de su mujer que, efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado; ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente... El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahvé... El sacerdote tendrá en sus manos las aguas amargas y funestas... conjurará a la mujer y le dirá: "si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado... se inmune a estas aguas amargas y funestas. Pero... si te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido... que Yahvé te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo... Que entren estas aguas de la amargura en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer... ha engañado a su marido... se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer maldita en medio de su pueblo. Pero si la mujer no se ha manchado... estará exenta de toda culpa y tendrá hijos."
Como se ve, estamos ante una ordalía o juicio de Dios, salvaje ritual que ya aparece por primera vez en el código de Hamurabi, del que, con aportaciones propias, lo copiaron los hebreos a través de los babilonios y los hititas y que, más tarde, reaparecería con fuerza en la Edad Media, con la conformidad explícita de la Iglesia Católica.
El texto bíblico es lo suficientemente duro como para acabar con el mito del Dios bondadoso que, según sostiene la Iglesia, lo inspiró. No obstante y a pesar de su dureza, el texto biblico no detalla la realidad del rito que relata, realidad mucho más dura aún. Para empezar, si la mujer se declaraba culpable se la obligaba a firmar la renuncia a la dote que aportó al matrimonio, materializándose el divorcio. Este hecho obligaba a la mujer al abandono del hogar conyugal y de sus hijos, si los tenía, encontrándose, además, con el rechazo de su familia paternal y de su pueblo, circunstancia que la arrastraba a la más absoluta miseria.
Pero si se declaraba inocente, las consecuencias eran aún peores. En efecto, el sacerdote, ayudado por un par de esbirros, la obligaba a beber las menciondas aguas amargas, un brebaje compuesto por azulete o añil, que le daba color, cal viva, carbonato potásico y anhidrido arsenioso, cuya ingestión significaba indefectiblemente una muerte horrenda, con desgarradura de las mucosas del aparato digestivo, calambres, vómitos y deposiciones que concluían en asfixia. El anhídrido arsenioso podía ser sustituido por el veneno de la víbora Gariba, muy abundante en el desierto del Sinaí. Los efectos de esta segunda composición eran semejantes a los de la primera.
Como se sabe, a la hora de contraer matrimonio, las mujeres judías aportaban una dote que podía ser importante. Igualmente, en el judaísmo tradicional existía el repudio de la mujer por parte del marido, lo que era lo mismo que el divorcio. En la Ketubah o contrato matrimonial quedaba especificado que en caso de repudio el marido se obligaba a devolverle a la mujer la dote más una cantidad que, en ocasiones, podía llegar al cien por cien de dicha dote. Se daba la circunstancia de que muchos judíos buscaban casarse con mujeres importantes, cuya dote era cuantiosa, con el único propósito de quedarse con ésta. Para ello, pasado un tiempo prudencial, acusaban a la esposa de adulterio, con el resultado de bien la muerte de la mujer, si se declaraba inocente, o su ostracismo, que venía a ser una muerte en vida, con lo que el esposo conseguía su objetivo.
Claro es que para que la ordalía mantuviera su prestigio era necesario que, de cuando en cuando, la mujer condenada a las aguas amargas no sufriera daño alguno. Esto se conseguía sustituyendo el anhídrido arsenioso o el veneno de la Gariba por una sustancia inocua. Tal cambio pasaba desapercibido para la multitud que solía asistir a este rito, puesto que el brebaje continuaba manteniendo el color azul que le daba el añil. Los sacerdotes tenían, además, de este modo la oportunidad de practicar chantaje sobre la familia paternal de la mujer, circunstancia que debió producirse más de una vez.
Ni que decir tiene que el derecho del hombre a repudiar a su mujer no lo tenían las mujeres con respecto a sus maridos. Igualmente, los hombres podían ponerle a sus conyuges tantos cuernos como desearan, en la seguridad de que jamás serían sometidos a esta ordalía, que se aplicaba sólo a la mujeres y que, a diferencia de sus pueblos vecinos, los judíos solo aplicaron en el caso del adulterio de la mujer, real o supuesto.
Un ejemplo de crueldad, pero también del machismo descarnado que a cada paso aparece en los distintos libros de la Biblia con absoluta naturalidad.
Números, como los otro cuatro libros del Pentateuco, es un libro canónico, es decir, aceptado en su totalidad por la Iglesia Católica, todavía hoy, en el pontíficado de Francisco I.

Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Caballo de Troya 1.- J.J. Benítez
La Biblia y el legado del antiguo Oriente.- García Cordero
Las negritas son nuestras

domingo, 2 de junio de 2013

El drama del aborto

El caso de la chiquita salvadoreña en grave riesgo de morir si lleva a término un embarazo en el que al feto le falta medio cerebro y a la que las autoridades salvadoreñas prohíben el aborto ha conmocionado a la opinión publica de todo el mundo.
 El arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, presidente también de la Conferencia Episcopal del país, ha mostrado su pleno acuerdo con el fallo del tribunal constituticional con declaraciones más propias de un criminal nazi que de la alta autoridad de una organización que tiene entre sus principales eslóganes el amor al prójimo y el perdón. (Por cierto, en google pueden verse decenas de fotografías del señor arzobispo, un hombre joven, de sólo cincuentas y tres años, en ninguna de las cuales aparece no ya riendo, sino ni siquiera sonriendo.)
A menudo escuchamos a sesudos varones, muchos de ellos psicólogos, y también a alguna que otra señora calificar el aborto de drama para la mujer, asegurando para quien lo practica variadas secuelas psicológicas perdurables de por vida. Me temo que estas son también declaraciones completamente falsas, propias de quien ni siquiera le importa mentir con tal de impedir que la mujer sea enteramente libre para tomar decisiones que sólo a ella le incumben. No hablo por hablar. Mantego relación de amistad con cinco mujeres que, en un momento dado, decidieron abortar, después de un embarazo no deseado. Contaré brevemente la historia de tres de ellas, cambiando sus nombres, pues no es mi intención crearles ningún posible problema después de tanto tiempo.
La primera, de nombre Cristina, tenía veintiséis años y estaba felizmente casada. Corría el año 1972. Cristina tenía una niña de un año y, de momento no deseaba tener más, por lo que, no sin dificultades, consiguió de su ginecólogo que le receptara la píldora anticonceptiva. Una brusca dolencia la obligó a dejar temporalmente esta píldora, momento en que quedó embarazada. Cuando aún no lo sabía, le practicaron una radiografía de vientre como parte del estudio de su dolencia. Las radiografías, como se sabe, pueden producir malformaciones en el feto, sobre todo en las primeras semanas de gestación, por lo que, tan pronto como advirtió que estaba embarazada, Cristina temió las consecuencia de la prueba médica y se decidió por el aborto, decisión que contó con el apoyo del marido. Y aquí empezó el drama. Igenuamente se dirigió, en primer lugar, a su ginecólogo, quien ni siquiera toleró la insinuación del aborto. ¿Qué hacer? En Córdoba no conocían a nadie que pudiera practicar la operación clandestinamente. Tendría que salir al extranjero. ¿Pero adónde? Por fortuna, ella y su marido trabajaban los dos, por lo que no tenían problema económico. Pero carecían de contactos y de información alguna y no sabían cómo conseguirla. Los días pasaban y la angustia de Cristina era cada vez mayor. Después de mucho buscar, guardando enérgicamente el secreto, a través de la amiga de una amiga de una amiga consiguió una dirección: Casablanca (Marruecos) ¿Casablanca? Un hospital marroquí. Después de muchas dudas y vacilaciones, Cristina, que sabía francés, logró hablar con el médico que practicaría la operación así como una cita. Y allá que fueron los dos: dejaron a la niña con la abuela y, sin decir nada a nadie, por supuesto, partieron rumbo a Málaga un viernes, de allí en avión a Casablanca, operación el sábado y regresó a España y a Córdoba el domingo. El marido, Fernando, me contaba que Cristina iba aterrorizada, pero que el que temblaba de verdad era él. ¿Qué haría si ella moría en el quirófano o a consecuencia de la intervención? Aquella era la pregunta que lo torturaba.
A sus veintidos años, Amalia estudiaba una carrera, vivía con sus padres y tenía novio. Año 1981. Era una mujer avanzada, por lo que practicaba el sexo con su novio cada vez que a los dos les apetecía. Todavía resultaba difícil para una soltera conseguir la píldora anticonceptiva. Incluso los preservativos para el hombre no eran fáciles de encontrar. Por tal motivo y, aunque ponían un gran cuidado, terminó quedando embarazada. Amalia no quería tener aquel hijo, que cambiaría por completo el rumbo de su vida, y el novio la apoyó. Y aquí de nuevo el drama. Ningún sitio que supieran en España, los días pasando como golpes de gong y la tortura cada vez mayor. Por fin el novio consiguió contactar con una amiga que residía en Londres y esta lo organizó todo para que a Amalia le practicaran el aborto. Viaje de ella sola (el novio trabajaba y no logró obtener permiso) engañando a todo el mundo, incluida la familia, intervención quirúrgica en una clínica londinense y regreso a Córdoba, todo ello en un fin de semana. En este caso, los protagonistas tampoco tenían problema con la economía.
Diecisiete años tenía Amadora en 1983, cuando, con ninguna experiencia y, por supuesto, con nula educación al respecto, tuvo su primer contacto sexual con un muchacho un año mayor que ella, con la mala suerte de que quedó embarazada. Este sí fue un buen drama. Amadora tenía una hermana mayor, Lucía, estudiante de derecho, a la que la muchachita le contó su percance y a la que le pidió su ayuda para abortar. Ninguna de las dos tenía dinero y el muchacho que embarazó a Amadora tampoco. Lucía se volcó con su hermana. Por sus contantos con una asociación feminista, de las que surgieron en la época, consiguió la dirección de una clínica en Salamanca, en donde, al parecer y clandestinamente, realizaban la operación por la nada despreciable cantidad entonces de 25.000 pesetas. Lograron reunir el dinero gracias a su amistades y un buen día, después de obtener la correspondiente cita y engañando a la familia, partieron en tren hacia Salamanca. ¿Solucionado? ¡Qué disparate! En la clínica vieron que Amadora iba de catorce semanas en lugar de las doce que ellos admitían y se negaron a practicar la operación. ¿Qué hacer? Imaginemos el estado de ánimo de las dos hermanas. Tal vez, ante la tremenda decepción que se pintó en sus rostros, una de las enfermeras que las atendió les dio una dirección de una clínica en Portugal donde le practicarían la operación. Aquella misma tarde cogieron un tren para el país vecino, llegando al lugar a la caída de la noche. Pasaron ésta en la estación, porque no tenían dinero para un alojamiento. Al día siguiente un taxi las llevó a la clínica y aquel mismo día le practicaron el aborto a Amadora. Pero cuando pagaron, vieron que no les quedaba dinero para volver. Tuvieron, sin embargo, suerte. Una chica portuguesa, que había abortado al mismo tiempo que Amadora, enterada del problema, no sólo las alojó en su casa, sino que les dejó el dinero para los billetes de vuelta a Córdoba. Todo ello en tres días que se le hicieron interminables.
Las otras dos mujeres, Isabel y Encarnita, abortaron después del ochenta y cinco, no en Córdoba, pero sí en España, aduciendo motivos de orden psicológico, el agujero que, en efecto, tenía la ley de aquel año, gracias al cual tantas mujeres que lo deseaban pudieron abortar sin más cortapisa que la del secreto.
Con las cinco hablo de cuando en cuando. Ninguna, pero especialmente las tres primeras, quisieran repetir la experiencia, pero no por el aborto en sí, sino por el sufrimiento que padecieron antes de llevarlo a cabo. Ninguna se ha arrepentido hasta hoy y a ninguna le ha quedado secuela psicológica alguna relacionada con este hecho. O, lo que es lo mismo, que el aborto efectivamente es un drama, pero únicamente cuando está prohibido, pues, digan lo que digan las leyes, diga lo que diga la hipócrita moral al uso, la mujer que quiere abortar acaba consiguiéndolo de un modo u otro en la inmensa mayoría de los casos, corriendo los riesgos que sean necesarios, incluido el de la propia muerte.

sábado, 25 de mayo de 2013

Así nació el monacato cristiano


Como tantas cosas del cristianismo, si es que no la misma religión, el monaquismo también nació en Egipto, siglo IV. Primero, muchos hombres y mujeres, convencidos de que, tal y como anunciaba el evangelio, el fin del mundo era inmediato, se retiraron al desierto a expiar sus pecados en completa soledad. La historia de estos eremitas es terrible y da fe de hasta donde puede llegar el ser humano cuando sucumbe al fanatismo religioso.
San Pacomio fue uno de estos eremitas, aunque con más vista, no en vano su nombre deriva del copto Pa-ahom, que significa el del águila. Aunque otros lo hacen derivar del griego y entonces significaría el robusto. Pero habiendo nacido en Esneh, localidad del Alto Egipto en 286, cabe pensar que la derivación del copto parece la más auténtica. En cualquier caso, águila o robusto, o ambas cosas a un tiempo, este buen hombre fue el primero que agrupó a los eremitas en monasterios.
Su trayectoria vital aparece en diferentes Vidas escritas en varios dialectos coptos y todas ellas, que coinciden en lo esencial, narran los numerosos prodigios que la acompañaron. Por ejemplo: hijo de paganos, su infancia discurrió bajo el paganismo, pero Pacomio jamás adoró a los ídolos, como lo prueba el hecho de que cuando bebía el vino de los sacrificios lo vomitaba sin proponérselo. Fue soldado en el ejército romano de Majencio, perderdor, como se sabe, en su pugna con Constantino. Como soldado tuvo noticia de la existencia de los cristianos y quedó prendado de la gallardía con que éstos iban al martirio así como de su caridad. Su impresión fue tal que en cuanto que se licenció del derrotado ejército, se largó al desierto. Allí, deseoso de aprender las técnicas ascéticas, se acercó a la cueva de un tal Palamón, quien, después de mucho hacerse rogar, lo recibió con un discurso que solía acojonar a la mayoría de los que por allí se acercaban. La cosa que tú buscas -le dijo- no es una cosa cualquiera. Muchos hombres han venido ya por esa cosa y no la han encontrado... En verano, yo ayuno todos los días y, en invierno, como cada dos días. Yo no tomo más que agua, pan, sal y duermo raramente.
Pacomio aceptó y pasó siete años ejercitándose en la penitencia, haciendo hincapié en permanecer despierto, pues el sueño, según estos mozos, arrastra al hombre a un mundo de ilusiones, el mundo de Satán. Hasta tal punto llegaba esta norma que no era, precisamente, la más penosa del programa, que los eremitas dormían lo mínimo y nunca tendidos, sino sentados, en cuclillas o incluso de pie, como los caballos, sólo que apoyados en un muro o en una roca. Pacomio trabajó además la obediencia, la humildad y, sobre todo, los ayunos. Practicaba lo que Lacarriere llama estacionarismo, que consistía en pasarse horas y horas rezando con los brazos en cruz.
Transcurridos estos siete años, el muchacho se independizó, yéndose a vivir en soledad a una antigua fosa. Las distintas Vidas cuentan cómo allí le ocurrían cosas como ponerse sobre un ladrillo a rezar y a llorar con los brazos en cruz, hasta que el ladrillo se deshacía a consecuencia de sus lágrimas y su sudor. Que ya tuvo que llorar y que sudar el muchacho, aunque los ladrillos en aquella época fuesen en realidad adobes. Cierto día salió andando por el desierto hasta que llegó a un poblado junto al Nilo, por nombre Tabennesi. Allí se puso a orar como solía hasta que se le apareció un ángel que le dijo: Pacoooomiooo, instálate aquíííí. Una multitud de hombres vendrá a ti y darán provecho a sus almas. Algunas versiones de su vida afirman que el ángel le dio a Pacomio la Regla de sus futuros cenobios.
Gracias al ángel, Pacomio descubrió que la penitencia podía realizarse mucho mejor en comunidades que en soledad y allí, en Tabennesi, fundó su primer monasterio. Luego vinieron ocho más de hombres, como el primero, y dos de monjas, hasta su muerte ocurrida en 348, durante una epidemia de peste. Una muerte bastante tonta, por cierto, si se tienen en cuenta los prodigios que acompañaron al santo en vida.
Un monasterio pacomiano, según su regla, se organizaba a través de cuatro escalones: la célula, formada por tres monjes; la casa, compuesta por treinta y seis; la tribu, con ciento cuarenta; y el monasterio propiamente dicho, que contaba con mil cuatro cientos monjes. A esta clasificación se añadía otra de carácter secreto, misterioso y que, al parecer, consistía en dividir a los monjes de cada monasterio en veinticuatro grupos de acuerdo con las veinticuatro letras del alfabeto griego, que era el que se empleaba en la escritura copta. Un sistema, sin duda relacionado con la gnosis egipcia, que, en aquel momento, ya había sido condenada por la Iglesia.
 Los monjes practicaban duramente la accesis. Por ejemplo, como el propio Pacomio había hecho durante su formación, no dormían tendidos y apenas lo hacían dos o tres horas diarias, ayunaban, oraban y se disciplinaban. Pero también trabajaban, cada uno según sus conocimientos y capacidades, hasta el punto de que bien pronto los monasterios se convirtieron en verdaderos centros fabriles que contaban con sus propios barcos para, a través del Nilo, llevar sus productos a los mercados.
Los monjes eran en su mayoría campesinos egipcios que escapaban así del dominio de los ejércitos romanos y de su condición de semiesclavos, aunque es verdad que para ser aceptado en el monasterio había que demostrar suficiente fortaleza de espíritu, a través de una larga espera a las puertas del mismo, a la intemperie, sin comida ni bebida y sufriendo continúas vejaciones de los profesos. Pero aquellos campesinos, jornaleros les llamaríamos hoy, estaban avezados al sufrimiento y aquellas esperas no constituían una prueba demasido onerosa para ellos.
La Iglesia siempre se ha jactado de la creación del monaquismo y de la vida contemplativa, llegando a llamar a los monjes centinelas de la oración, como hace todavía hoy el inconmensurable Demetrio Fernández, obispo de Córdoba. Esto tampoco es verdad. En Egipto y desde tiempo inmemorial existían numerosos monasterios con sus correspondientes monjes dedicados al dios Serapis. El más importante de ellos se encontraba en Alejandría, ciudad de la que el dios era patrón y protector. Este monasterio, que tenía un templo de excepcional magnificencia, como cuentan las crónicas, fue bárbaramente destruido, con sus monjes dentro, por hordas de cristianos azuzados por el patriarca Teófilo. Pacomio se inspiró en estos monasterios para fundar los suyos, ya con reglas nuevas y propias.
Por otra parte, el desierto tuvo desde lo más remoto un poderoso atractivo para los egipcios. Hombres con la mente siempre puesta en la otra vida, muchos de ellos se retiraban a las abruptas soledades, entregándose a la meditación y a la ascesis mientras aguardaban el momento de su partida. Asombroso parecido, además, con los capataces de la época de las pirámides mantenían los priores o jefes de las casas, quienes, como aquéllos, dirigían con la mano y con el ojo el trabajo de los monjes.
Fuentes:
El monacato cristiano.- David Knwles. Ediciones Guadarrama 1969
Los hombres ebrios de Dios.- John Lacarriere. Edit. Ayma, 1964
Historia de la Iglesia.- José Orlandis. Ediciones Palabra. 1995
 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Y ahora vamos a hablar de sexo

Y vamos a hablar claro.
Treinta pares de orejas enhiestas, como las de las liebres. Universidad Laboral de Córdoba. Último curso. Dieciocho años más o menos y calientes a todas horas, más que la chimenea de un alto horno. Primavera. A través de las ventanas, el cielo azul y la espesa arboleda del parque que se extendía a lo largo de los colegios. Bandadas de escandalosos gorriones se perseguían entre las ramas. El biscuter del profesor de matemáticas aparcado en el borde de la acera. Un espectáculo verlo subir y, mucho mejor, bajar del vehículo, con su esplendorosa humanidad de alrededor de ciento cuarenta kilos de peso, mínimo. Hasta apuestas hacíamos para ver cuándo se quedaba atascado y tenía que entrar a clase con el cochecito de juguete a modo de salvavidas. No recuerdo su nombre. Sólo que era enorme. Se ponía a explicar de cara a la pizarra tapando las formulas con su formidable orondez. Cuando terminaba volvía la cabeza y preguntaba: ¿Os habéis enterado? Y nosotros: Síííííí. Y el muy... borraba lo que había escrito sin darnos tiempo no ya a copiarlo, sino ni siquiera a verlo.
Pero a lo que íbamos.
Pronto saldréis a la vida, empezaréis a trabajar, os echaréis novia, formaréis una familia.
Clase de religión. Profesor, el padre Zabalza, un dominico no muy alto, pero bien conformado, apuesto, guapetón, buen pelotero y con fama de ligón entre la legión de limpiadoras y cocineras que atendían al servicio, gran parte de ellas lindas muchachas en flor. Aunque el verdadero ligón era el hermano... ¡Vaya! ¡También olvidé su nombre! Un tipo berriondo, al que llamábamos El Bombilla, porque la tonsura natural le abarcaba toda la cabeza, a excepción de una tirilla de pelo que le llegaba de oreja a oreja pasando por la nuca, y que iba detrás de las muchachas mayorcitas, veinticinco, treinta años como mucho, como los becerros detrás de la teta de su madre.
¿Pero vamos  o no vamos?
Trabajar ya éramos bastantes los que lo hacíamos, en verano, en las más diversas ocupaciones. Novia no eran pocos los que la tenían. Más de uno y más de dos habían ido de putas, ellos mismos lo contaban. A ver por donde nos salía el buen dominico.
Aquella novia con la que terminaríamos casándonos iba a ser la mujer más importante de nuestra vida. Tan importante como nuestra madre, circunloquiaba el fraile. Por ello teníamos que poner el mayor cuidado en elegirla. La belleza, la simpatía, constituían aspectos positivos, pero ni mucho menos los más relevantes. La importancia de aquella mujer se encontraba en que sería la madre de nuestros hijos, sublime motivo por el que deberíamos valorar ante todo sus cualidades morales. Debería ser noble, recta, con una gran capacidad de sacrificio y de amor. Una mujer, en resumen, como nuestra madre, ya lo había dicho. O, mejor aún, como la Virgen María, capaz de renunciar a los atractivos mundanos y de entregarse por entero para alumbrar al Salvador del mundo.
Vale, bien, muy bien, ¿pero y el sexo?, ? ¿no era de él de lo que íbamos a hablar?
Tranquilos, muchachos, la impaciencia es la madre de la mayoría de los errores humanos.
A través de las ventanas, las hojas de la catalpa, de un verde aterciopelado, las agujas de los abetos, ¿vamos a contarlas una a una?, los ramos preciosos de las adelfas, blancos, amarillos, fucsia. Por el centro de la calzada, meditabundo, el profesor de Formación del Espíritu Nacional, un imbécil, pelo blanco, camisa azul, al que se le saltaban las lágrimas cada vez que nombraba a José Antonio, y lo nombraba algo así como quince o veinte veces por clase de cincuenta minutos.
Nada, que se nos va el santo al cielo y no estamos en lo que estamos. El dominico perorando a sus anchas desde la cumbre de la tarima. Las mujeres son flores delicadas, decía en aquel momento, todos ya cansados de escucharlo y deseando que la clase terminara. A una mujer, continuaba con su sermón el pelotero, no había que preguntarle por el seso, por la inteligencia, sino por su decoro, por su modestia, por su honestidad, por sus dotes para dirigir y administrar una casa. Lo que las mujeres buscaban en los hombres no era tanto amor como seguridad, fortaleza, una sombra bajo la que cobijarse. Esto era lo que, en primer lugar, las diferenciaba de nosotros. Ahora bien, el amor era necesario, constituía la argamasa primera que sellaba la unión de la pareja.
Pero bueno, vamos a ver, ¿hay sexo o no hay sexo?
Ahora va, ahora va.
Los hombres éramos rudos, las mujeres suaves, delicadas. Esto era necesario que lo comprendiéramos para saber cómo teníamos que tratarlas. Nosotros éramos el ímpetu, el dinamismo; ellas, por el contrario, la pasividad, la calma. La tensión se apoderaba de nosotros con harta  frencuencia. Las mujeres, en cambio, eran como el mar, tenían sus mareas al ritmo que les marcaba una naturaleza mucho más tranquila. En una palabra, éramos más ardientes que ellas, motivo por el que corríamos el riesgo de importunarlas con nuestras exigencias, hasta el punto de poner en riesgo no la unión de la pareja, porque el matrimonio era para toda la vida, pero sí la paz y la armonía del hogar. Debéis saber -la voz ahora ligeramente aflautada del fraile- debéis saber y tenerlo muy presente en el futuro que, después de la unión conyugal, una mujer tarda dos meses e incluso más en volver a tener deseo.
¿Qué, cómo, cuándo, dónde? Un coro de voces repentinamente excitadas. ¿Dos meses? ¿Qué decía el padre cura?
Dos meses. He dicho dos meses, sí. O más. Y durante ese tiempo el hombre debe respetarla y mantenerse casto hasta que ella esté de nuevo propicia.
¡Pero bueno! ¿Quién? ¿Por qué? ¿De qué manera? Un revuelo de preguntas, de opiniones, de quejas, alguna maldición por lo bajo y, por encima del alboroto, una voz, la de un asturiano recio, un hombre ya, con cara y voz y modales de hombre: ¿Dos meses acostado junto a una mujer y sin poder tocarla? ¡No es justo! Usted lo tiene más fácil, a fin de cuentas, usted duerme solo.
El sacerdote sonrió, alzó la mano como para pedir silencio y responder al asturiano. Pero en aquel momento sonó el timbre que indicaba el final de la clase y lo que hizo fue despedirse y abandonar el aula hasta el próximo día. Las clases prosiguieron hasta el final del curso, pero aunque se lo insinuamos en más de una ocasión, nunca más se volvió a hablar del tema.

lunes, 29 de abril de 2013

Hipócritas

1.- ¿Qué le ocurre a la Iglesia católica con el sexo? ¿Por qué sus mayores desvelos se encaminan siempre hacia asuntos con él relacionados: el divorcio, el matrimonio homosexual, el aborto, etc.? ¿Es la represión a la que se someten, que obnubila las mentes y ciega los entendimientos? ¿O se trata más bien del puro sadismo de quienes pretenden hurtarle al ser humano uno -quizás el mayor- de los pocos placeres que la vida nos ofrece? San Pablo, que era chiquitillo, feo y dicen que epiléptico y, por tanto, con casi nulos atractivos para las mujeres, situaba la castidad por encima de todas las virtudes, después de la caridad, considerando el matrimonio como un mal menor, para los que no eran capaces de soportar el ardor de la carne. ¿Viene todo de él? Si es así, dos mil años de historia no sólo no han logrado cambiar este pensamiento, sino que lo han agravado con una intransigencia que no tiene parangón en el pensamiento humano.
2.- ¿Me pregunto qué hace el papa, qué hacen los cardenales, qué hace el señor Rouco Varela condenando el aborto? Lo he dicho ya alguna vez y lo repito: los hombres que se atreven a emitir un dictamen (no digamos ya a legislar) acerca del aborto juegan sucio, hacen trampas, son como los tahures que se enfrentan a sus contrincantes en el poker con las cartas marcadas. ¿Motivo? ¿Qué más motivo quieren su santidad y sus eminencias reverendísimas que el hecho archidemostrado de que el hombre jamás se encontrará en el dilema de si abortar o no, puesto que hasta ahora, que sepamos, no tiene la posibilidad de sufrir un embarazo? Hay que ser un fullero de una categoría monumental para condenar aquello que por mucho que quieras nunca tendrás la oportunidad de realizar. Hay que ser un canalla.
3.- Defensa de la vida. Eso llaman a la condena del aborto. Y se quedan tan satisfechos. Hombres cultos, con estudios graves, profundos, ¿y no advierten que esa expresión, defensa de la vida, encierra una idea tan general que, en realidad, no dice nada? ¿O es que nuestros santos padres están dispuestos a sufrir sin oponer resistencia un ataque de pulgas, o de garrapatas, o de bacterias Gram positivas o Gram negativas, por poner sólo algunos ejemplos insignificantes? Todos estos bichitos tienen vida, forman parte de la vida y, sin embargo, no hay padre de la Iglesia que no se revuelva contra ellos. ¿Entonces? Hombres tan doctos y bien alimentados,  ¿no comprenden que al que hay que defender es al individuo, a los seres concretos que pueblan este mundo?
4.- Defensa de la vida mientras los individuos se van muriendo a chorros en brazos de la miseria producida por las desigualdades y los desequilibrios económicos, en realidad por la codicia de unos pocos que se apoderan con toda clase de artimañas de los bienes que deberíamos disfrutar entre todos. Nada menos que diecisiete mil (17.000) niños mueren diariamente en el mundo de inanicción, es decir, de hambre, sin que la Iglesia católica mueva un sólo dedo por ellos. En España, sin ir más lejos, cuánta gente, incluidos niños bien pequeños, están entrando en lo que eufemísticamente se llama exclusión social, que no es otra cosa que la pobreza extrema provocada por una crisis económica que en realidad es una estafa. ¿Alguien oye al señor Rouco Varela o alguno de sus corifeos levantar su mayestática voz en defensa de la vida de estos seres humanos? El obispo de Alcalá habla todos los días de los homosexuales como si hubiera perdido la razón; pero de los que día tras día están perdiendo sus viviendas y quedándose en la calle, esa es una tarea que compete directamente a Dios, al que deben dirigirse los afectados. Y que no me vengan con la historia de Cáritas. Porque Cáritas, que está haciendo una buena labor asistencial, aunque orgánicamente depende de los obispos, no recibe de la Iglesia más que el dos por ciento de su presupuesto. El resto les llega de las subvenciones del gobierno, es decir, del dinero de todos los españoles, y de las aportaciones de particulares, católicos o no. He aquí la primera pata de la hipocresía eclesiástica
5.- La segunda pata de la hipocresía eclesial es mucho más grave aún. ¿Más grave? Veámoslo: sus eminencias condenan el aborto bajo la afirmación rotunda de que se trata de un crimen, de un atentado contra la vida, de un asesinato. Condenan la supresión de un puñado de células, de un proyecto de individuo, si se quiere, y al mismo tiempo no tienen inconveniente en situarse a favor de la pena de muerte, es decir, de la eliminación de un ser humano completo, hecho y derecho, en el pleno disfrute de su ciclo vital. La Iglesia no ejecuta a nadie, pero el Vaticano sigue siendo uno de los pocos Estados del mundo que aún defienden la pena de muerte. El catecismo de la Iglesia católica actualmente en vigor dice textualmente: La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable (estaría bueno que se cargaran al primero que encontraran por la calle), el recurso a la pena de muerte. Y con la tradicional habilidad diplomática de la curia añade: si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.
6.-. ¿Es posible que reconocidos intelectuales como son las mayoría de los dirigentes de la Iglesia no se hayan percatado de esta flagrante contradición? No, yo creo que no es posible. Creo más, creo que en la actualidad el sistemático ataque al aborto se debe a distintas razones que nada tienen que ver con la defensa de la vida. La primera es el tradicional, el visceral desprecio de la Iglesia hacia la mujer, desprecio justificado por, según cuenta la Biblia, haber sido una mujer la culpable de la pérdida del paraíso y del estado de infelicidad del mundo. Ya no discuten en sesudas sesiones teológicas si las mujeres tienen o no alma, pero las siguen considerando sujetos de segunda categoría, incapaces de tomar decisiones por sí mismas, sin la guía y el control de un hombre. Otra razón se centra en el afán de seguir controlando las conciencias como forma de mantener y asegurar el poder, un afán que viene acompañando a la Iglesia desde el origen de los tiempos. Una tercera consiste en la condena sin paliativos del sexo en cualquier variante que no sea la de la reproducción. En España tienen una razón más: mientras se habla del aborto, de los homosexuales, mientras se montan manifestaciones y tertulias televisivas no se habla de lo que verdaderamente interesa, de un Concordato que hace aguas desde el mismo momento de su firma, de las subvenciones públicas que la Iglesia recibe, de la exacción de impuestos, como el IBI o el IVA, de las inmatriculaciones fraudulentas de edificios que fueron y son públicos, de las inmensas riquezas que la Iglesia guarda para sí y explota en su exclusivo beneficio.
 

lunes, 22 de abril de 2013

De cómo descubrí el poder del semen

¿Qué hubiera sido de mí sin la existencia de los salesianos? Todavía hoy, después de tantos años, me lo sigo preguntando. Casi todo lo que soy y casi todo lo que sé, a ellos se lo debo. De ellos aprendí, por ejemplo, el concepto de clase social y las distintas clases que existían en el mundo, así como la distancia que media entre unas y otras. Aprendí que los pobres deben estar a un lado y los ricos a otro, ambos ganándose el cielo a destajo, los pobres a fuerza de sufrimiento y de resignación y los ricos a fuerza de practicar la caridad con los pobres.
¡Ah, la caridad! ¡Cuánto le gusta la caridad a la Iglesia! Gracias a la teologal virtud, de tarde en tarde, alguno de los de la clase de los pobres consigue escapar de ella y dar el salto a la de los ricos. ¿Saben lo que ocurre entonces? Que el nuevo rico se olvida de su antigua clase y se pasa a defender con uñas y dientes a los que lo encumbraron. Dicen, pero Alá es el más sabio, que algo así le ocurrió y le ocurre al actual alcalde de Córdoba.
En los salesianos los pobres y los ricos estábamos convenientemente separados incluso desde antes de entrar al colegio, pues los ricos hacían su entrada a través de una puerta de gran amplitud que comunicaba con un amplio y luminoso patio, en tanto los pobres lo hacíamos a través de un portillo distante veinte o veinticinco metros del acceso de los ricos y que comunicaba con un humilde campo de fútbol anexo a algunas de las aulas. Una reja metálica separaba interiormente las zonas de unos y de otros. Entre los ricos había además dos clases. Estaban los internos, que eran los más pudientes, y los externos, un grado por debajo de aquellos. A los internos  los pobres los llamábamos bellotos, porque se cubrían con un babi de color pardo semejante al de las bellotas. Los externos, por su parte, llevaban un babi blanco de color azul, motivo por el que les llamábamos taxistas, ya que éstos, por aquel entonces, solían llevar una camisa blanca con el cuello igualmente azul. Los pobres vestíamos de calle y, que yo recuerde, los ricos no nos habían puesto ningún mote.
Por aquel entonces yo andaba ya por los catorce años y era un niño más que nada enclenque, tan encleque que aún no eyaculaba, cuando todos mis amigos, alguno incluso más joven que yo, lo hacían. Verán, aunque es verdad que yo experimentaba un cierto complejo de inferioridad, este hecho no resultaba tan negativo, pues me permitía masturbarme a discreción sin dejar huella de mi pecado. Sabía bastantes cosas del sexo. Todas, menos que la masturbación era dañina además de un pecado horrible, aprendidas en la calle. Con bastante aproximación sabía cómo nacían los niños, pero desconocía que fuera en concreto el semen el que dejaba embarazada a una mujer.
Además de enclenque y de buen automasturbador, yo era también un niño bastante religioso. Hasta llegue a ganar un concurso sobre la Santa Misa. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Aunque a decir verdad no creo que haya mucha diferencia entre el tipo de ayer y el tipo de hoy, pues aunque me esforzaba y procuraba cumplir con el ordenamiento religioso, mi fe de entonces, aunque yo no lo advirtiera, era la misma de hoy: ninguna. En cualquier caso, yo confesaba y comulgaba con bastante frecuencia, como buena parte de los niños de la época.
Cierto domingo, antes de la misa, me acerqué a confesar con uno de los padres del colegio. No voy a decir su nombre, porque ya murió y no entra en mi intención tocar su fama. Era un buen hombre. De cuando en cuando soltaba hostias monumentales, pero sus intenciones eran buenas. Los niños pobres, ya se sabe, aunque confesáramos y comulgáramos regularmente, no dejábamos de ser unos golfos a los que era necesario encauzar como fuera por el buen camino. Los niños ricos estaban hechos de una pasta mucho más delicada, por lo que había que tratarlos con sumo cuidado, sin olvidar nunca que sus padres eran los que, principalmente, mantenían el colegio.
Tras el ave María purísima de rigor, confesé mis pecados, uno sólo: la masturbación. Y ahí me pilló el buen cura. Y cuando haces esa cochinada -me dijo- ¿expulsas ya un liquidito blancuzco y pastoso? No lo dudé un segundo. -repliqué sin vacilar. No iba a ser yo menos que mis amiguetes. ¿Para qué dije tal? Todo el mundo conoce el chiste. En aquel momento, yo lo viví en carne propia. La masturbación dejó de ser una cochinada para convertirse en el más terrible de los pecados, porque de aquel líquido, ¡de aquel! era del que nacían los niños. Cada vez que me masturbaba, pues, mataba a alguien, Dios sabría a quién, pero bien podría ser un ciéntifico, un gran hombre de letras, un gobernante...
Aunque aún no eyaculaba, ¡qué mal cuerpo se me quedó! De momento, no dejé el vicio. Luego, cuando casi enseguida empecé a eyacular, tampoco. Pero confieso que cierta mala conciencia sí que tuve durante un tiempo cada vez que me masturbaba. Mucho después, cuando oí por primera vez el chiste famoso, lamenté, en primer lugar, no haber hecho yo lo mismo que el muchachito aquel y, en segundo lugar, comprendí que el mal rollo que me largó el cura no respondía a una idea suya, sino a la actitud indecente y generalizada de la Iglesia ante este asunto.

lunes, 15 de abril de 2013

Acerca de la pobreza

Dando por buenos, es decir, por auténticos, los evangelios canónicos, que ya es tener buena fe, pues de sobra es conocido que fueron aceptados como tales en el siglo IV, después de un largo proceso de copias, supresiones e interpolaciones, dándolos por buenos digo, nadie pondrá en duda que tales textos consisten en un amplio batiburrillo o cajón de sastre en el que cabe casi cualquier cosa, incluida una amplia variedad de interpretaciones.
Leyendo los evangelios, no es difícil deducir, en primer lugar, que el Cristo que en ellos aparece no era ningún lince en materia de economía. Para comprobarlo basta ver la recomendación que el supuesto Mesías le da al joven rico que le pide consejo para lograr la vida eterna ...vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, (Mat. 19, 16-22) consejo que de ser seguido al pie de la letra empobrecería de inmediato al vendedor, sin aliviar, más que temporalmente, la pobreza de los pobres. O el abandono en la Providencia (Mat. 6, 25-34), prodigio de desinterés económico en el que ni la propia Iglesia ha creído jamás.
En segundo lugar, tampoco cabe poner en duda la inclinación de Cristo hacia los pobres, aunque, al mismo tiempo, no tenía inconveniente en compartir mesa y mantel con un hombre rico ni en mostrar su conformidad con los impuestos del Estado, sin tener en cuenta las características de este Estado (totalitario, invasor, justo, injusto, etc.) Como no le importaba contradecirse, para, tras comer con el rico, condenar la riqueza y anunciar las dificultades de los ricos para alcanzar el reino de los cielos. En cualquier caso, la aportación doctrinal de Cristo en favor de los pobres es la limosna o, lo que es lo mismo, la caridad, que, como bien se sabe, puede suavizar la pobreza en un momento concreto, pero jamás eliminarla. Claro que difícilmente iba a pensar Cristo en eliminar la pobreza, cuando en reiteradas ocasiones no vacila en exaltarla, una exaltación que resulta especialmente patética a la luz de la actitud posterior de la Iglesia para ignorar a su  Maestro.
En efecto, siguiendo, sin duda, los vericuetos mentales de su pretendido Fundador, la Iglesia interpreta estas enseñanzas con una enorme habilidad, distinguiendo entre la institución y las personas que la forman. Al día de hoy, la Iglesia es una institución inmensamente rica. Su riqueza va desde bienes inmuebles (sólo en Roma es dueña del 30% de los edificios públicos y privados de la ciudad), a inversiones de todos los colores, pasando por un inmobilizado inconmensurable formado por edificios de culto y obras de arte, un enorme número de ellas realizadas en metales preciosos. Tales riquezas las ha conseguido la Iglesia a lo largo de los siglos con la coartada del culto a Dios, que requiriría espacios y utensilios de primerísimo nivel, y con la coartada del mantenimiento de la propia institución. Pues bien, a pesar de tan descomunal riqueza, los eclesiásticos, esto es, los miembros de la jerarquía que dirige y controla la Iglesia, así como los clérigos y religiosos y religiosas que pertenecen a sus distintas organizaciones se tienen a sí mismos por realmente pobres, teniendo muchos de ellos incluso voto de pobreza, como los miembros de la mayoría de las órdenes religiosas, no importa que sean extraordinariamente ricas.
Esta contradicción constituye naturalmente una falacia de superior categoría. Veamos: el nuevo papa, Francisco, parece ser, como Cristo y a diferencia de sus antecesores inmediatos, un hombre preocupado por los pobres. Se cuenta, y algunos de sus discursos iniciales así parecen indicarlo, que está dispuesto a renovar la Iglesia para orientarla más hacia los pobres. Dicho así, suena hasta bonito. Ahora bien por más que él mismo se proponga ser pobre, Francisco no puede escapar de la riqueza. Para empezar y desde el punto de vista material, Francisco tiene la vida resuelta desde el mismo momento en que se hizo sacerdote. La propia institución lo ampara, lo protege y le garantiza el sustento diario, un techo bajo el que cobijarse y el lecho en el que descansar, cosa que en modo alguno les ocurre a los cientos de millones de personas que oficialmente pasan hambre en el mundo o a los cientos de miles de desahuciados que se han producido en los últimos años en España, por poner un caso de plena actualidad. A Francisco nadie le quitará  nunca su vivienda ni se verá obligado a dormir en la calle.
Discutía en cierta ocasión este asunto con mi hermana, monja de las Esclavas, una de las congreciones más ricas de España. Yo le hacía ver amigablemente que la riqueza de su orden constituía a mi juicio una traición flagrante a los principios contenidos en el evangelio. Le añadí que profesando en aquella orden se había garantizado dos cosas, la seguridad material y vivir en el lujo, con lo que, con su permiso, me permitía dudar seriamente de que su vocación, como ella la llamaba, no fuera realmente miedo a vivir la vida. Mi hermana no se enfadó, todo lo contrario, con la mayor desfachatez (dicho cariñosamente), me contestó que en absoluto, que los buenos colegios que la congregación tenía estaban para el confort de las alumnas (de pago, por supuesto) y que ellas, las monjas se iban muchas noches a la cama con un platito de lenjetas o con unas sardinas fritas por toda cena.
El cinismo que había desarrollado mi hermana, del que carecía en la adoslecencia, antes de aficionarse a las monjas, constituye al día de hoy el primer patrimonio y el arma principal de la que se valen los católicos para defender a su Iglesia. Porque, además, no se trata de de estar a favor de los pobres, sino de estar en contra de la pobreza. Por citar dos ejemplos recientes: a favor de los pobres estaba la madre Teresa de Calcuta, tan alabada por su amigo Juan Pablo II, cuyo único cometido consistía en dar de comer al hambriento y ayudarlo a bien morir; en contra de la pobreza estaba Vicente Ferrer, quien consiguió, y ahora lo siguen haciendo sus sucesores, llenar de vida una región de la India condenada al hambre y a la desesperación. Claro que para llevar a cabo su obra Vicente Ferrer tuvo que abandonar la orden a la que pertenecía, los jesuitas, y la propia Iglesia. En la exaltación de la pobreza, que no es lo mismo que estar en contra del consumismo o el conformarse con lo que se tiene, es donde desbarra de manera incluso sublime el Cristo que retratan los evangelios.
¿Estará el papa Francisco realmente interesado en luchar contra la pobreza, o se limitará a lavarles los pies el Jueves Santo a una docena de desgraciados? Preso de la doctrina evangélica, ¿vivirá la pobreza en medio del esplendor, el lujo y la máxima riqueza, con el mismo cinismo del que daba muestras mi hermana, o estará dispuesto a participar en los programas que ya existen para poner fin al hambre en el mundo, como primer paso para la erradicación definitiva de la pobreza? Me temo que, una vez más, no estamos más que ante bellas palabras que no llevan a ningún sitio.