miércoles, 14 de junio de 2017

¿Algo?

Un Estado dentro de otro Estado es como tener un roncha en la mismísima rabadilla: por mucho que te rasques, no sólo no consigues aplacar el picor, sino que la vejiga se te alborota y, si no paras pronto, acabas literalmente meándote encima (podría decir miccionándote encima, pero creo que el verbo mear se entiende mucho mejor y yo, modestamente, aspiro a que todo el mundo entienda mis sermones).
El papa Francisco habla y habla y no para de hablar. Es argentino, no vamos a pretender que sea mudo. Cuando salió elegido y empezó a largar esas cosas tan lógicas y razonables que echaba por su boca, yo me dije: "¡Joder, vaya infarto de miocardio que va a sufrir el buen hombre! Este va a durar menos que Juan Pablo I, al que no tuvieron empacho en infartar a los treinta y tres días de pontificado alarmados por los cambios que se proponía realizar de forma inmediata." Pero mi alarma estaba injustificada: Francisco morirá naturalmente cuando le llegue su hora, porque lo suyo es exclusivamente el verbo o, lo que viene a ser lo mismo, puro humo. Por ejemplo: en más de una ocasión ha zaherido con fuerza el dinero negro: bien, pues ya podía decirle al obispo de Córdoba, por poner un caso, que declare cuánto ingresa al año por la visita de los turistas  a la Mezquita y que pague el correspondiente IVA por el monumental negocio que tiene montado. Porque el obispo cordobés se empeña cada día en borrar el nombre de mezquita y llamar al edificio sólo catedral, aunque con lo que gana una pasta, un mínimo de nueve millones de euros al año, es con la Mezquita, que es lo que vienen a ver los turistas; la catedral, dicho en francés llano para no herir los castos y susceptibles oídos católicos es, a pesar de su grandiosidad, una solemne merde; y no lo digo yo, lo dijo Carlos I de España y V de Alemania cuando descubrió el error que había cometido al autorizar al obispo Manrique la construcción del armatoste catedralicio dentro de la Mezquita: "Habéis destruido una obra única para levantar un edificio de los que hay un follón en toda Europa mucho mejores que ese" (más o menos, porque cito de memoria).
Pero hablábamos de un Estado dentro de otro Estado. El catolicismo puede que sea una religión (hay quien sostiene que es un formidable negocio), pero el Vaticano, del que depende todo el tinglado, es un Estado, minúsculo, el más pequeño de la tierra, pero Estado, cuyo jefe, como bien se sabe, es el papa. Desde muy antiguo, este Estado, que en otro tiempo fue bastante mayor, aunque nunca demasiado grande, siempre ha pretendido no sólo actuar dentro de los demás Estados, sino, además, estar por encima de ellos. En este sentido fue, probablemente, Bonifacio VIII el que más lejos llegó, cuando afirmó sin cortarse que el papa estaba por encima del rey, pues no en vano el papa era el vicario de Dios, es decir, el vicediós, en tanto el rey no pasaba de ser un mandado. La historia ha corrido mucho desde entonces y la mayoría de los Estados occidentales, que es donde el catolicismo ha tenido tradicional y principalmente su adeptos, se sacudieron este auténtico yugo, poniendo a la Iglesia en su sitio. España, sin embargo, prefirió y prefiere seguir uncida a la carreta, como un perfecto buey incapaz de revolverse contra el carretero que no deja de aguijonearlo.
En efecto, entre las muchas pruebas que pueden aportarse para autentificar esta afirmación, hay una que, a mí juicio, resulta sobrecogedora: El Instrumento de Ratificación de España al Acuerdo entre la Santa Sede (tiene guasa llamar Santo al Estado Vaticano) y el Estado Español, firmado ¿en España?, no hombre, no, en el Vaticano, que hasta aquí llega nuestra calidad de bueyes, el 28 de julio de 1976. Según este instrumento, los miembros del Estado Vaticano en España no pueden ser juzgados por jueces españoles, sin contar con la anuencia de las autoridades vaticanas, de modo que si un sacerdote comente un delito, se debe comunicar tal hecho a su obispo, y si es un obispo o un cardenal los que lo cometen, se debe poner en conocimiento del papa. O sea, un Estado campando a sus anchas dentro de otro Estado.
Sin embargo, en honor a la verdad, algo parece estar cambiando últimamente: en este momento hay varios obispos a punto de sentarse en el banquillo de los acusados por diversos supuestos delitos, entre otros, el obispo de Cuenca, José María Yanguas, y el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, por el caso Lumen Dei; el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, por el espionaje a una exnotaria del Tribunal Interdiocesano, y el obispo emérito de Cádiz, Antonio Ceballos, por el caso ERE, sí, también la Iglesia pringada en este caso que mantiene a Andalucía en la división de honor de la corrupción. Y van a ir a juicio, sin más, no porque el Estado Español, bien humillada la testuz, no haya comunicado los presuntos delitos al Vaticano, sino porque éste ha respondido con el silencio, sin hacer uso de sus atribuciones.
 "Algo es algo", dice mi amigo Sancho Dávila, que, entre otras cosas, tiene que soportar el paso por la puerta de su casa de más de cien procesiones al año, "claro que, aunque el silencio se interprete como una afirmación, nada habrá cambiado mientras no se ponga fin a todo este tipo de acuerdos, incluido el Concordato del 78. Pero tengo para mí que al paso que vamos eso no lo vamos a alcanzar por lo menos hasta el siglo XXX. Claro que para entonces a lo mejor ya no existen ni la Iglesia ni España."


P.S.- Las imágenes corresponden, arriba a abajo, al arzobispo de Oviedo, el obispo de Cuenca, el arzobispo de Zaragoza y el obispo emérito de Cádiz.

lunes, 1 de mayo de 2017

SENTIMIENTOS
 
 
Últimamente, los católicos se ofenden mucho cuando alguien hace chascarrillos acerca de sus creencias o cuando de manera más  menos humorística o seria protesta por los insultantes privilegios de la Iglesia en un país aconfesional o parodia, sin otro ánimo que el de producir risa, alguna de sus crepusculares y abracadabrantes ceremonias, como, por ejemplo, las procesiones de Semana Santa.
Y el caso es que las leyes los amparan ¡En un Estado aconfesional! Cuando se produce uno de tales hechos, siempre hay una Asociación de Abogados Cristianos o una Asociación de Viudas de la Coruña o una Asociación de Católicos con Escalpelo y Botafumeiro que, quizás hasta las trancas de incienso, salen embistiendo como los toros y se plantan en el juzgado a poner la correspondiente denuncia. Y siempre encuentran un juez o una jueza dispuestos a aceptarla.
Ahí está el asunto de la Procesión del Santo Coño Insumiso. Tras la correspondiente denuncia, la jueza archivó el caso, al considerar que "no creer en los dogmas de una religión y manifestarlo públicamente entra dentro de la libertad de expresión." Sin embargo, hace sólo un par de semanas la Audiencia Provincial de Sevilla ha ordenado reabrir el caso invocando el artículo 525 del Código Penal, porque la procesión, dice textualmente el auto, "constituye un escarnio al dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María." 
Me pregunto por qué el sentimiento religioso sigue siendo en este país más importante que, pongamos por caso, el sentimiento poético, o el sentimiento amoroso, o el sentimiento filial. Porque, vamos a ver, señores de la Audiencia, ese dogma al que ustedes se refieren puede ser muy importante para los católicos, pero, sin ánimo alguno de ofensa, para mí y para un cuantioso número de españoles el que una mujer mantenga su himen incólume antes del parto, en el parto y después del parto no deja de ser una superchería o, como mucho, un cuento de hadas y, desde luego, si esta afirmación hiere el sentimiento de algún católico, circunstancia que no entra en mi ánimo, yo debo decirle que su sentimiento me parece infinitamente inferior que los tres que he señalado más arriba.
Cuando don Fermín Epaminondas Juárez, prócer de las montañas cántabras, publicó su primer libro de poesía, un conjunto de cincuenta y dos sentidas odas dedicadas, precisamente, a la Virgen María, los críticos regionales, carcomidos, sin duda, de envidia por la rara perfección de los poemas, pusieron el libro de hojita de perejil, hiriendo con ello profundamente el sentimiento poético de don Fermín, el cual no logró encontrar amparo ante semejante ataque en instancia alguna, mucho menos, señores de la Audiencia Provincial de Sevilla, en ningún juzgado, a pesar de las correspondientes denuncias por él interpuestas.
-Tu mujer te pone los cuernos -le dijo hace un par de meses Alonso Medrano a su vecino Rogelio Martín-. Se está acostando con medio barrio. Te lo digo porque en estos casos el cabrón es el último que se entera.
-¡Mientes! -se revolvió Rogelio, que adoraba a su mujer y sabía que ésta le correspondía plenamente.
-¿Que miento? Yo mismo me he acostado con ella y puedo decirte que tiene...
Tal vez se tratara sólo de una broma, pero Rogelio no pudo oír más; se abalanzó sobre Medrano y le lleno la cara de hostias. Inmediatamente se dirigió al juzgado donde puso una denuncia por ofensa a sus sentimientos amorosos y por calumnias. ¿El resultado? Seis meses de cárcel para el denunciante y seis mil euros de multa por las lesiones inferidas en la cara de Medrano, que la verdad es que al tipo se la había puesto Rogelio como un pan abogado. Este no es un caso lejano, ocurrió aquí mismo, en el barrio de Las Margaritas.
A mi juicio, el sentimiento filial es mucho más sagrado que el sentimiento religioso. El amor que un hijo siente hacia su madre sólo es superado por el que la madre siente por el hijo. Pues bien, el de Luisito Ordóñez, alumno de los Maristas, sufrió grave menoscabo cuando Arturo Marín, hijo de un conocido publicista de la prensa local, le espetó que su madre era puta. No se lo dijo como un insulto, no, sino como una información veraz y contundente.
-Sí, sí -le remachó-, Mientras tú estás aquí, en el colegio, tu madre ejerce su oficio en una casa de la calle Bataneros. ¡Hasta mi padre es cliente suyo! -se recochineó Arturo.
Luisito no dijo ni media palabra, pero del puñetazo que le arreó a Arturo se le quebró la nariz y le saltaron dos dientes. ¿Resultado? Luisito expulsado del colegio, y su sentimiento filial como el mocho de una fregona.
Señores jueces: con toda la tela que hay para cortar en este país y ustedes perdiendo su tiempo en gilipolleces. ¿No les parece que ya va estando bien?
Sin embargo, la pregunta es por qué las ofensas al sentimiento religioso siguen incluidas en el Código Penal español. Pero a esta pregunta trataré de dar respuesta otro día.
 
 


sábado, 21 de noviembre de 2015

La ética del archivero

En una entrevista publicada en el diario Córdoba el 6 de marzo de 2014, a la pregunta acerca del reconocimiento de las distintas culturas que se reflejan en el bien cultural que constituye la Mezquita-Catedral, causa, una de ellas, por la que la ONU reconoció al monumento como Patrimonio de la Humanidad, el actual archivero de dicho templo respondía textualmente: Los árabes salieron de Arabia, con sus tiendas, y al llegar a Siria descubrieron el arte cristiano. Como no tenían otro arte, utilizaron el cristiano, entonces aquí todo lo que hay es arte nuestro.
El archivero mentía y lo hacía no por error o ignorancia, sino a sabiendas, es decir, cometiendo no un pecado venial, sino, dada las trascendencia del asunto así como la importancia del monumento, un pecado mortal.
Tres cosas se aseguran los individuos que profesan la vida religiosa dentro de la Iglesia Católica: las habichuelas, el colchón y el techo, tres elementos esenciales para la vida por los que los seglares en general han de luchar día tras día en la jungla mundana, sin que ninguno de ellos los tengan regularmente asegurados, por mucho empeño que pongan en la lucha. Ahora bien, la Iglesia Católica es una organización piramidal de invencible jerarquización, pero si uno está dispuesto a pasar por las horcas caudinas del superior y a dejar la personalidad propia en la puerta de la Institución, se acabó el problema.
El archivero, que lo es desde 1973, ha manifestado en alguna que otra ocasión que el clero cordobés, más que obediente, es sumiso al obispo (diario Córdoba, 30-7-2003). Con esa capacidad de sumisión, que se encuentra muy por encima de su indudable capacidad intelectual, el archivero supo moverse con exquisita habilidad en las, en ocasiones, tenebrosas aguas de la diócesis cordobesa hasta conseguir el puesto más conveniente para la satisfacción de sus inquietudes, que no son otras que la defensa, con verdad, con mentira y con lo que haga falta, de quien le proporciona los tres elementos de que hablamos más arriba.
Los Estados, incluso los más herméticos, así como la práctica totalidad de la organizaciones humanas hacen públicos los documentos de sus archivos al cabo de un periodo de tiempo más o menos dilatado. Esto es así, porque, públicos o privados, los archivos son, en último término, de todos, pues constituyen elementos principales para conocer nuestra historia. Haciendo gala de la egolatría y el secretismo que la caracterizan, la Iglesia Católica guarda celosamente sus archivos permitiendo el acceso únicamente a los investigadores de su cuerda y haciendo públicos sólo aquellos que le convienen para la defensa de su intereses. El cabildo catedralicio cordobés no podía ser menos, de modo que el archivero ha convertido el archivo catedralicio en una trinchera a la que sólo tienen cabida él y aquellos que, no teniendo empacho en bailarle el agua, él considera conveniente.
En 1998, el gobierno de José María Aznar realizó una modificación de la ley hipotecaria, vigente desde la dictadura franquista, que convertía a los obispos del país en fedatarios públicos, de modo que con su sola fe podían registrar a nombre de la Iglesia bienes inmuebles y rústicos, de uso religioso o no, que hasta entonces tenían la consideración de públicos. De este modo, como se sabe, la Iglesia Católica se ha venido apoderando desde entonces no sólo de templos y ermitas, sino de terrenos, caminos y plazas públicas, como, por ejemplo, la del Pocito, en la barriada de la Fuensanta de la capital cordobesa. En 2006, valiéndose de esta ley, el obispo Juan José Asenjo registró en el Registro de la Propiedad de Córdoba la Mezquita-Catedral a nombre del obispado, por sólo treinta euros, curiosamente el mismo número de  monedas que, según el evangelio, cobro Judas por traicionar a Jesús.
Desde la cesión de Fernando III a la Iglesia en 1236, el obispado cordobés ha pugnado en diversos momentos por desislamizar la Mezquita. En 1489, el obispo Íñigo Manrique destruyó cuatro tramos de la ampliación de al-Hakem II, el mejor espacio del oratorio musulmán, para construir una miserable nave gótica que se usó como capilla mayor. En 1523, otro obispo Manrique, en este caso Alonso, inició las obras de la actual capilla mayor o catedral cristiana, obras que se prolongarían durante dos siglos. Mientras tanto, se fueron construyendo numerosas capillas para enterramiento, generalmente, de nobles. No obstante, en ningún momento se intentó silenciar el mérito de la construcción islámica, ni siquiera quitarle importancia. Este trabajo se iniciaría tras el registro del edificio a nombre del obispado y, más concretamente, tras la llegada en 2010 del obispo ultramontano Demetrio Fernández, quien anda empeñado hasta en borrar el nombre de Mezquita, dejando sólo el de Catedral, exactamente, Santa Iglesia Catedral.
Pero hablábamos del archivero. La catadura ética de este individuo se pone de relieve ya en el título de su libro La persecución religiosa en Córdoba, 1931-1939. Él que, como va dicho, es un fino intelectual, sabe perfectamente que una persecución requiere un plan, un método y una ejecución, y aquí se asesinaron sacerdotes, sí, pero por grupos incontrolados de gente exasperada por la constante cercanía de estos elementos a los caciques y poderosos explotadores de la provincia. También Franco mató sacerdotes que se mantuvieron al lado del pueblo y al señor archivero no se le ocurrió hablar de ello. Ahora que parece actualizarse otra vez el asunto del Estado laico y que buena parte de la población muestra su hartazgo por los abusivos privilegios de que goza la Iglesia, un buen número de católicos se sienten ofendidos y vuelven a traer de nuevo a la palestra la persecución. Y es que nadie como ellos para hacerse pasar por víctimas en cuanto sienten la más mínima amenaza sobre su status.
En 1995, nuestro archivero publicó un monumental volumen con el título La Mezquita-Catedral de Córdoba. Era el tiempo del obispo Javier Martínez Fernández, gran encubridor de pederastas, como está quedando ahora de manifiesto en su nuevo puesto de arzobispo de Granada. Aunque con algunas reticencias y racanerías, en este amplio trabajo el archivero acepta la enorme importancia artística, así como el genio derrochado por los agarenos cordobeses en la construcción de la Mezquita, una importancia que ha sido valorada a lo largo de la historia por infinidad de intelectuales, críticos e historiadores, desde los musulmanes al-Tazi (s. X), al-Idrisi (s. XII), o Ibn Idari (s. XIV), hasta los europeos Ambrosio de Morales, Pedro de Salazar, Antonio Ponz, David Roberst, Pedro de Madrazo, Pascual Madoz, Jovellanos, Levi-Provençal, Henri Terrasse, Gayangos o Manuel Ocaña, por mencionar a algunos.
Esta obra tuvo un considerable éxito, agotándose rápidamente. Como existía una gran demanda de la misma, se hacía necesaria una segunda edición, pero esta no se produjo hasta trece años más tarde, es decir, en 2008, una vez inscrita la Mezquita en el Registro de la Propiedad. Trece años de raro silencio editorial, si se tiene en cuenta que la edición estaba a cargo nada menos que de Cajasur, un silencio que dio lugar a la propagación por los conventículos de la ciudad de rumores en los que se daba cuenta de auténticos navajeos a cuenta de envidias, vetos eclesiales y, sin duda, de la, a juicio de muchos, postura comedida y casi ecuánime del archivero en su estudio y descripción del monumento.
En 2008 habían cambiado bastante los tiempos. La Mezquita ya era de la Iglesia y es probable que el archivero hubiera visto peligrar en aquellos rumores si no sus habichuelas, su colchón y su techo, si su trincherita tan laboriosamente trabajada, de manera que algún arreglo había que hacerle al libro en esta segunda edición. El archivero empezó por modificar sustancialmente su título. Ya no se llamó La Mezquita-Catedral de Córdoba, como se había llamado siempre desde la conquista cristiana de la ciudad. sino La Catedral de Córdoba. A continuación, en una nueva y esplendorosa demostración de su catadura ética y como no era cosa de renovar a fondo el texto, por otra parte, casi meramente descriptivo, el archivero extrajo del saco de su bien adaptable conciencia un extenso prólogo en el que expuso las más aberrantes supercherías, embustes y tergiversaciones que historiador o estudioso del arte haya imaginado nunca.
En este prólogo, toda la gloria constructiva del emirato, primero, y del califato, después, se va literalmente a hacer puñetas. Más aún, el edificio no tiene propiamente nada de musulmán, por más que fueran alarifes musulmanes los que lo construyeran. Fueron los materiales romanos los que dieron forma a la mezquita de Abd al-Rahmán I; más tarde fueron los bizantinos los que realizaron la ampliación que se adjudica a al-Hakem II, y, en fin, que todo tiene tiene su fundamento en Grecia y en el arte cristiano. Y, para culminar el guiso, que la época musulmana no consistió más que un paréntesis en la historia cristiana de la ciudad, establecido entre la mítica basílica de San Vicente y la reaparición de los cristianos en 1236.
Para comprobar cómo miente, a sabiendas, el archivero, basta un sólo ejemplo, entre los muchos que se podrían aducir. A diferencia de lo que ocurre en el cristianismo, que no es necesaria la visión directa del altar en el que se dice la misa, en los oratorios islámicos se busca que los fieles vean directamente el mihrab. Ello exige que, en lugar de los gruesos pilares de los templos cristianos, se utilicen columnas lo más delgadas posible para sustentar la cubierta. Cuando se forman cuadrados o rectángulos con una columna en cada uno de sus vértices, como se hacía habitualmente, es necesario arriostrar estas columnas o de lo contrario no se sostienen adecuadamente, al encontrarse en un equilibrio inestable. Hasta la construcción del primer tramo de la actual Mezquita, que llevó a cabo Abd al-Rahmán primero, las columnas se arriostraban mediante vigas de madera o barras de hierro. La genialidad del alarife que llevó a cabo este tramo consistió en sustituir estos elementos horizontales por arcos que van de una columna a otra, lo que, además, de arriostrar bellísimamente las columnas, permite elevar considerablemente la altura de la edificación, incluso con la construcción de un nuevo arco sobre el primero que, prodigiosamente, viene a descansar también sobre la delicada columna. Qué más da que el arco existiera ya o que las columnas sean romanas, turcas, o yugoslavas. Lo importante es la solución del problema, que es en lo que, en realidad, ha consistido siempre el arte.
El archivero, por supuesto, conoce esto mucho mejor que yo, que soy un modestísimo aficionado, pero miente, porque lo que le interesa no es la plasmación de la verdad, sino la defensa de su Iglesia sea cual sea el medio que se utilice. Seguramente, se ofenderá mucho si llega a leer esta entradita, como se ofenderá más de un católico que quizás la lea. Al archivero no le hace falta, pero estos católicos no tienen más que consultar cualquier manual de arte para informarse adecuadamente al respecto.




sábado, 31 de octubre de 2015

Mi padre estuvo allí

Hace unas semanas, en una subcomisión del Senado relacionada con la ley de la Memoria Histórica, un senador del PP, tipo verriondo, gran carota de pan abogado, cuajado de edad, se retorcía en el asiento sin ocultar su ira mientras le pedía a sus señorías de la izquierda que -cito textualmente- dejarán de dar la murga con la Memoria Histórica, y añadió que ya no quedaban fosas que abrir en España, a no ser -vuelvo a citar textualmente- que pretendan ustedes buscar a García Lorca en los cuatro puntos cardinales del país.
El señor senador mentía y lo hacía a sabiendas, se limitaba a defender mediante la consabida técnica del ataque la inclusión por parte del gobierno de cero euros en el presupuesto de 2016 para la ejecución de esta ley. En España quedan todavía más de mil quinientas fosas pendientes de apertura y entrega de los restos correspondientes a sus familiares, que es lo único que vienen reclamando éstos desde hace décadas, como muy bien se expone en el escalofriante documental de Jordi Gordon Dejadme llorar, estrenado recientemente en el Gran Teatro de Córdoba. Restos, por cierto, porque hay muchos españoles que no lo tienen claro, originados no en acciones de guerra, sino en asesinatos indiscriminados no sólo durante la contienda, sino con posterioridad a la misma.
Al mismo tiempo que el señor senador despotricaba a sus anchas, burlándose airadamente de las víctimas del bando perdedor, en Santander, un cardenal de la Iglesia Católica, venido expresamente de Roma, procedía a elevar a los altares, con la categoría de santos, a otro puñado de sacerdotes asesinados en el bando republicano. Tal consagración pone de relieve que cuarenta años después de la muerte del dictador la Iglesia Católica, pregonera de un evangelio de amor, no sólo no está dispuesta a pedir perdón por su participación en el golpe de Estado que dio ocasión a la guerra, así como, lo que es mucho peor, a mi juicio, su respaldo a la represión que se prolongó en el país durante los treinta y seis años que pervivió el tirano, sino que sigue cavando triunfalmente la trinchera que separa a unas víctimas de las otras.
Yo no tengo ningún familiar asesinado ni durante ni después de la guerra, tampoco he tenido ningún represaliado de algún modo durante la interminable posguerra. Es decir, no tengo el más mínimo interés personal en favor de esas víctimas cuyos restos permanecen aún en fosas clandestinas. Más aún, mi padre hizo la guerra en la legión, un cuerpo de choque conocido por su brutalidad, por lo que mi interés personal, si lo tuviera, estaría más bien a favor del bando vencedor, aunque no fuera más que para justificar a mi progenitor. Sin embargo, no soy neutral, no puedo serlo, entiendo que este país no conocerá la reconciliación en tanto los familiares de esas víctimas enterradas, víctimas también, algunos ya en tercera generación, no reciban, al menos, la mísera reparación que piden, que no es otra, repito, que la de dar un entierro digno a los restos de de sus deudos.
Mi padre, murió en el año 2000, a punto de cumplir ochenta y nueve años. Como he dicho, hizo la guerra en la legión. Lo traigo hoy aquí porque creo que debieron ser muchos los que vivieron una experiencia semejante a la suya, como creo que si esa generación se hubiera decidido a contar sencillamente lo que sentían en lugar de emborronar su conciencia con toda clase muletas y de coartadas, quizás este país fuera hoy muy diferente.
Cuando se produjo el golpe militar que, como se sabe, en Córdoba triunfó rápidamente, mi padre era un ebanista autónomo que tenía un taller en la calle Lucano, tenía veinticuatro años y carecía de adscripción política. Rápidamente fue movilizado y enviado a Sevilla, donde, como tenía el servicio militar reciente, fue enrolado en regulares sin instrucción alguna. Él no hablaba nunca de la guerra. Sólo, después de que yo, ya adolescente, hubiera descubierto una fotografía suya conservada por mi madre, contó vagamente que había desertado de su destino pasándose a la legión, porque los legionarios iban mejor equipados que los regulares, siendo así que éstos estaban en la misma línea de combate que aquéllos y, por tanto, expuestos a idéntico riesgo. De ser cierta esta historia y no tengo por que ponerla en duda, debió producirse, y esto sería deducción mía posterior, en pleno avance de los golpistas sobre Extremadura.
En la legión, mi padre llegó a sargento por méritos de guerra, o sea, que no debió ser ningún pusilánime, sino todo lo contrario. Odiaba a los falangistas. El siguiente hecho me lo contó mi abuelo: mi padre, que escribía con decoro y con una letra preciosa, tenía unas cuantas madrinas de guerra, seis o siete, que le mandaban continuos paquetes, principalmente, de comida. Mi padre les tenía dada la dirección de su casa en Córdoba, que era también la de mi abuelo, a la que llegaban los paquetes con pasmosa cadencia. Tanto paquete llamó la atención de los falangistas, quienes se presentaron un día en casa de mi abuelo pidiendo groseramente explicaciones y exigiendo ver el contenido de los paquetes. Poco después, llegó mi padre con un permiso y al enterarse de lo ocurrido no tuvo más que presentarse en el puesto de mando de los falangistas, que entonces estaba en la calle de la Feria, y pistola en mano armar la de Dios, hasta el punto de que mi abuelo no volvió a ser molestado por nadie. No sé cuánto hay de exageración en este relato, pero en la foto antes mencionada, que sigo conservando, con el uniforme de la legión, capote sobre los hombros, un machete en el frontal de la cintura y el pistolón en el costado, la imagen de mi padre resulta ciertamente imponente.
Con el mismo fervor que a los falangistas odiaba a Franco, nunca supe exactamente por qué. Siendo yo adolescente, recuerdo muchos inicios de discusiones con él en las que, paradójicamente y en mi candidez, yo defendía frenéticamente a Franco, mientras él me interrumpía más o menos rápidamente con un tú qué sabes, seca expresión con la que, mucho tiempo después lo advertiría, me señalaba no sólo mi ignorancia, sino también el deseo de que ojalá no tuviera que saberlo nunca.
Desde que yo puedo recordarlo, mi padre bebía. No era el borracho que llega a su casa dando tumbos y va en busca  de la cama. Él se limitaba a colocarse, lo que resultaba peor, porque el alcohol le cambiaba el carácter y se transformaba en un imbécil de cuya boca no salían más que imbecilidades que muchas veces desembocaban en tremendas discusiones con mi madre. Esta circunstancia me hizo sufrir mucho durante mi niñez, pero con quince, con dieciséis, con diecisiete años yo le montaba unas broncas fenomenales con las que conseguía que durante un tiempo, incluso meses, se olvidara de la bebida. Un día, ya bien cumplidos los sesenta años, inesperadamente, dejó de beber. Se convirtió entonces en un hombre, entrañable, cariñoso, desprendido, el hombre que realmente era. Ya era tarde para mí, porque eran demasiados los desencuentros que había tenido con él, además ya me había casado, no vivía en su casa y no sentía la menor necesidad de acercarme a él.
Bastante antes, yo ya había empezado a leer y a enterarme de la realidad del país, descubrí en una caja de zapatos que mi madre guardaba en el altillo de su armario papeles de mi padre de la época de la guerra. Había allí cartas dirigidas a sus padres, copias, sin duda, de cartas dirigidas a sus madrinas de guerra y, lo más sorprendente, algunos poemas dedicados a la unidad con la que había participado en la guerra: la cuarta bandera de la legión. Aquel descubrimiento me llenó a un tiempo de asombro y de ansias de saber.
Investigando por mi cuenta, puesto que él se negaba a hablar del asunto, tanto que ni siquiera le hice partícipe de mi descubrimiento, puede decirse que logré establecer, creo que con bastante exactitud, el itinerario militar que mi padre había hecho durante la contienda. No fue fácil y me llevó su tiempo, tanto que no lograría completarlo hasta bastante después de la muerte del dictador. Así supe que, entre otras muchas acciones, aquella cuarta bandera había protagonizado la toma de Badajoz e imaginé, lleno de horror, que había participado también en la matanza posterior.
Pasó y pasó el tiempo y, poco a poco, el rencor que yo había acumulado contra mi padre se fue suavizando, ya charlábamos con naturalidad, aunque siempre de temas más o menos intrascendentes, de mi trabajo, alguna anécdota del suyo, cuando aún trabajaba, que yo le había oído ya seis o siete veces, de la muerte de algún conocido y cosas así.
Recuerdo muy bien cómo sucedió: un día, en que fui a visitarlo a su casa nos quedamos él y yo sólos en la habitación, él mencionó como de pasada la guerra, lo dura que había sido la vida después de ésta, dijo, y cómo había tenido que empezar de nuevo, porque, cuando regresó, del taller que un día tuvo no quedaba nada. Al oír en sus labios la palabra guerra, el recuerdo de los papeles que yo había descubierto hacía tanto tiempo en aquella caja de zapatos acudió bruscamente a mi memoria. Entonces, sin pensármelo y movido por no sé qué extraño resorte se lo dije: Tú estuviste allí, ¿verdad?, estuviste en Badajoz y participaste en la matanza. Por eso bebías, ¿no es cierto? Y es por eso que también odiabas a Franco. Mi padre se envaró, desvió su mirada de la mía y la dejó extraviada en un rincón de la habitación, de sus ojos brotaron dos lágrimas que rodaron mansamente por sus mejillas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar y yo no sabía qué hacer. El silencio podía cortarse con un cuchillo, tal era su intensidad. Por un momento pasó por mi mente recriminarle que no hubiera hablado nunca de aquello, que no hubiera descargado el peso que, a la vista de sus lágrimas, debía lastrar su conciencia, pero era tan intensa mi emoción que no podía articular palabra. Por fin, después de un tiempo largo, largo, conseguí levantarme de mi asiento, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro y lo besé en la frente. Mi padre tenía ya más de ochenta años y aquel era el primer beso que le daba desde mi lejanísima infancia.


jueves, 22 de octubre de 2015

La última hoguera

Si habéis estado alguna vez en Sevilla, seguro que no habéis dejado de visitar el barrio de Triana, siquiera sea para conocer los talleres en los que se fabrica la bellísima cerámica sevillana. En este barrio, al pie del puente de Isabel II, nombre oficial que todo el mundo cambia por el de Triana, aquel que tanto lucía cuando lo engalanaban con la bandera republicana, se encuentra desde hace algunos años el mercado de abastos. Este mercado se sitúa en el lugar en el que en su tiempo se levantó un castillo almohade, al que, tras la conquista de Sevilla en 1248, los cristianos dieron el nombre de San Jorge. El castillo, de infame recuerdo, fue sede de la Inquisición desde 1541 hasta 1785.
De este lugar, cubierta la cabeza con la coroza o capirote cónico característico con que adornaban a los reos inquisitoriales, saldría camino de la muerte el 24 de agosto de 1781, a las ocho de la mañana, la sevillana María Dolores López, apodada la Beata Ciega, acusada de molinosista, esto es, seguidora del sacerdote, escritor y teólogo Miguel de Molinos (1628-1696), creador del quietismo, doctrina cercana al budismo que proclama la inmovilidad del alma, su quietud, como el mejor medio para acercarse a Dios.
¿Pero quién era esta Beata Ciega? Desde que en la Edad Media se fue generalizando la confesión auricular, o privada, en sustitución de la penitencia pública, han sido incontables los casos de sacerdotes que trataban de conseguir favores carnales de las damas que se acercaban al confesionario, que no sólo los tiernos infantes son del gusto de la clerecía. Tales sacerdotes, a los que se les daba el apelativo de solicitantes, eran repudiados por la jerarquía, siendo perseguidos y castigados con severidad por la Inquisición, una vez que ésta fue creada, aunque, salvo casos excepcionales, sin llegar a la hoguera. En cualquier caso, el pecador era siempre el solicitante, es decir, el sacerdote. Con el paso del tiempo, así como ahora hay obispos que afirman sin el menor rubor que la culpa de los abusos sexuales es de los niños, que provocan al sacerdote que los comete, la culpa de que los confesores pasaran a mayores con sus confesantas se fue inclinando cada vez más hacia las mujeres, terribles colepoterras que se arrodillaban en el confesionario con el único propósito de provocarlos.
María Dolores López, además de ciega, era, por lo que cuentan las crónicas, una mocita extremadamente fea, eso sí, con un cuerpo de verdadera diosa. Lo único que tenía de beata y por lo que recibió este apodo era porque tocaba el órgano, el que produce música, en algunas iglesias de la capital. La lectura de las actas del proceso al que fue sometida por la Inquisición resulta repugnante por las forma en que se detallan los cargos que contra la muchacha se aducen. Todo en ellas gira, prácticamente, alrededor del sexo, y siempre es la mocita la culpable.
Niña aún, de sólo doce años, sus padres le permiten que se vaya a vivir con su confesor, con quien dormía todas las noches -cuentan las actas- por espacio de cuatro años, con el pretexto caritativo, según decía ella, de quitarle el frío, desorden que apreciaría muy bien el confesor cuando, en su lecho de muerte, suplicaba a los circundantes que evitasen que la ciega se acercase a su cama porque mortificaba su conciencia.
Muerto el confesor, un pobre inocente, cuya salud se quebrantaría con los calentones que le provocaba la experta niña, María Dolores ingresó en un convento de Marchena, donde, según las actas, trataba frecuentemente también con su confesor, al que persuadía de que se hallaba en muy elevado estado de santidad (él) y que era voluntad de Dios que él la ayudase a una rara mortificación como su único remedio y camino para el cielo. Tal era el arrojarse ella en tierra y, descubriendo las carnes, le ponía un pie el confesor en la garganta, mientras rezaban maitines. Y él pobre confesor, tan cándido como un pichoncillo de paloma, qué iba a hacer ante aquella expertísima campeona del vicio, pues rezar y rezar maitines hasta que se le despellejaba el alma.
María Dolores, a la que las actas tratan ya de arpía, no se conformaba con seducir a sus confesores, sino que, en el mismo convento, pervirtió a una monja inocente de costumbres, cometiendo con ella muchas indecencias, diciéndole que nada era pecado siendo sana la intención, de modo que la monjita, completamente entregada, agradecía al Altísimo que le diera la posibilidad de ponerse morada sin tener que pasar después por el confesionario.
Todavía en el mismo convento, la ciega se acercó a la cama de otra monja enferma y la acarició con liviandad, de lo que, resentida ésta, le dijo la tal Dolores que no fuera tan esquiva, que Cristo hubiera agradecido que en la Calle de la Amargura le hiciesen un cariño semejante a aquel, con lo que, como es natural, la inocente enferma no tuvo más remedio que entregarse a la malvada pecadora.
La ciega probaría todos los palos de la baraja. De Marchena, pasó a Lucena (Córdoba), donde otro confesor la admitió en su casa, sin duda, con la misericordiosa intención de dar posada al peregrino. Pero la hábil María Dolores volvió a engañar al confesor haciéndole creer que era voluntad divina que él la azotase para que con cada azote sacase un alma del Purgatorio. Y el confesor, que no tenía nada de sádico y todo de inocente, hale, allá que se sacaba el vergajo y se pasaba la noche entera dándole muchos golpes por todo el cuerpo, de lo que resultó mucho escándalo.
Las actas prosiguen narrando hechos de este tenor. Ya con veinticuatro años se asentó en Sevilla, donde con aquel cuerpazo que estaría en su plena sazón, la ciega, cómo no, engañó a otros dos inocentes confesores, y hubiera precipitado a otros muchos de no haberla examinado el último, a quien tuvo reducido por espacio de doce años, porque, claro, con lo que la muchacha tenía detrás el examen debía ser bien concienzudo, no fuera que el cándido varón se precipitara en el juicio. De nuevo en plan masoquista, María Dolores le pedía que la azotara, asegurándole que, aunque vivía en casa de vecindad, Dios, por su hermanito el Ángel de la Guarda, haría que nadie oyese los azotes. Y el confesor, que no tenía nada de lúbrico y sí mucho de examinador meticuloso, pues, hale, azote va y azote viene y, aunque no se oyesen los ayes de la ciega ni los gemidos del confesor, los vecinos pudieron ver estos ejercicios por las rendijas de la puerta, como también las indecencias y posturas provocativas en que se ponía para que la azotasen, de todo lo cual, como queda de manifiesto, no podía culparse al sacerdote, sino, tal y como cuentan las actas, a la rijosa Dolores, ya que en sus declaraciones confesó que había fingido muchas revelaciones para engañar al confesor.
María Dolores sería detenida mucho tiempo después, el 16 de julio de 1779, ya mayor y, al parecer, retirada de sus pecaminosas actividades, pues se dedicaba a la venta de huevos en su domicilio de la actual calle Puente Pellón, de donde sería trasladada de inmediato al castillo de San Jorge. Aquí permanecería veinticinco meses, siendo sometida a continuos interrogatorios, tortura incluida, por supuesto, hasta que el 24 de agosto de 1781, saldría para el lugar de su ejecución. Los seres humanos tenemos tendencia a disfrutar con la desgracia ajena, a hacer leña del árbol caído, a burlarnos del débil y, en fin, a arrojar nuestras miserias a los que se encuentran en inferioridad de condiciones, de modo que aquel día, desde antes de amanecer, una multitud inmensa, venida incluso de los pueblos de los alrededores de Sevilla, abarrotaba el recorrido que debía realizar la condenada. Tal era el gentío que tuvo que intervenir el ejército para impedir que se hundiera el puente de barcas que existía en el lugar antes de la construcción del de Isabel II, primero fijo de los que actualmente tiene la capital andaluza. La comitiva, con toda la parafernalia que con tanta sabiduría organizaba la Inquisición, cruzó el puente, entró por la puerta de Triana y se detuvo en el convento de San Pablo, desaparecido tras su desamortización, del que queda la iglesia, denominada hoy de la Magdalena. Allí se realizó un simulacro de juicio, con el fiscal leyendo detenidamente las acusaciones y el juez, posteriormente, dictando la sentencia, que no podía ser otra que la quema de la hereje en la hoguera. Desde este lugar, María Dolores, emprendió el camino hacia el quemadero, que se encontraba en el Prado de San Sebastián, a espaldas del actual Pabellón de Portugal, levantado para la Exposición Universal de 1929.
La apabullante comitiva, con el público abarrotando las aceras y, sin duda, zahiriendo a grito pelado a la condenada, pasó a la plaza de San Francisco y de ella a la calle Tetúan. Hasta aquí, María Dolores se había mostrado altiva, permitiéndose incluso el lujo de insultar a quienes la condenaban, pero al alcanzar esta calle, se vino abajo, manifestando entre lágrimas su arrepentimiento y solicitando el perdón. Pero ya no había vuelta atrás, si es que en algún momento del proceso existió esa posibilidad, y a lo más que accedieron los jueces fue a proporcionarle la muerte mediante garrote, antes de proceder a la quema de su cuerpo, ofreciéndole también la oportunidad de confesar en la Capilla de la Cárcel Real, situada por entonces en la esquina de la calle Sierpes.
En esta capilla estuvo la condenada durante tres horas y ya a la taurina hora de las cinco de la tarde, cuando más calor hacia en Sevilla y sin que hubiera disminuido el número de los que seguían el cortejo, María Dolores llegó al quemadero tras recorrer las calles Tundidores, Hernando Colón. Alemanes, Mateos Gago y traspasar la Puerta de Jerez. Allí, entre cánticos y rezos, el verdugo, naturalmente, un seglar, le aplicó el garrote, que, como se sabe, consiste en el estrangulamiento producido mediante un aro aplicado al cuello y un torniquete que presiona en la nuca, y, tras comprobar su defunción, sería subida a la pira donde su cuerpo estuvo ardiendo hasta las nueve de la noche.
Ni la condenada, ni quienes llevaron a cabo la bárbara ceremonia, ni nadie de entre el público pudieron imaginar que aquella sería la última hoguera que encendería la Inquisición en Sevilla. Tampoco pudo imaginarlo Blanco White (1775-1841), quien, con sólo seis años, salió tan asqueado del espectáculo, a pesar de su corta edad, que, tiempo después, su recuerdo resultaría pieza importante para su apostasía de la Iglesia Católica, como cuenta en su Autobiografía, un testimonio que nada tiene que ver ni con la narración profesoral de los historiadores, ni con las actas frías y más o menos asquerosas de los procesos.
Reinaba Carlos III. Faltaban sólo nueve años para que en París se produjera la Toma de la Bastilla, con la que se inició la Revolución Francesa.


sábado, 10 de octubre de 2015

Un monasterio protestante

Si viajáis a Sevilla, haced un hueco en vuestras actividades y acercaos a ver el Monasterio de San Isidoro, en Santiponce, donde está también la célebre ciudad romana de Itálica, a unos diez minutos de la capital
Cuéntase que se cuenta, pero Alá es el más sabio, que en tiempos del rey Almutamid, tan buen poeta como rey -célebre fue su matrimonio con la también poeta Rumaikyya-, andaban los cristianos deseosos de hacerse con los restos de las santas Justa y Rufina, al parecer martirizadas en Sevilla en tiempos de los romanos. A tal efecto, Alfonso VI, rey de Castilla y León, le envió a Almutamid una embajada encabezada por el arzobispo de León, Alvito, hombre piadoso, que tenía fama de santo.
Almutamid recibió al embajador con todos los honores, le ofreció alojamiento en el Palacio de la Barqueta, en cuyo solar se levanta hoy el Monasterio de San Clemente, dándole todas las facilidades para el cumplimento de su misión. Durante un año Alvito  buscó con ahínco en los templos de la época visigoda que aún se conservaban en la ciudad y en cuanto lugar le pareció oportuno. Al cabo de este tiempo y no hallando vestigio alguno de las santas, comunicó a Almutamid que regresaría de inmediato a León, no sin antes agradecerle las atenciones que con él había tenido.
No obstante, la noche anterior a su partida, Alvito tuvo un sueño en el que se le apareció nada menos que San Isidoro, arzobispo de Sevilla durante la dominación visigótica, quien le participó el lugar hasta entonces ignorado donde se encontraban sus restos. Alvito comunicó este sueño a Almutamid, quien, de inmediato, se ofreció a acompañar al obispo al lugar señalado por el santo. Una comitiva partió al punto de la ciudad hacia lo que es hoy el pueblo de Santiponce, levantado sobre parte de las ruinas de la ciudad de Itálica, entonces medio enterrada y cubierta de maleza. Rápidamente localizaron el sitio y, en efecto, allí encontraron una lapida bajo la cual hallaron el sepulcro del santo con su cuerpo dicen que incorrupto.
Almutamid dio su autorización para que aquellos restos fueran trasladados a León. Sin embargo, Alvito no llegó a culminar su embajada, pues, tal y como también le había comunicado el santo, murió al tercer día del descubrimiento de su sepulcro.
Sea o no verdadera esta historia, que lo más seguro es que no lo sea, lo cierto es que un par de siglos más tarde poco más o menos, en 1301, Alonso Pérez de Guzmán, el célebre Guzmán el Bueno, y su esposa María Alonso Coronel fundaron aquí un monasterio con el nombre de San Isidoro del Campo que dio albergue sucesivamente a los cirtecienses y a los jerónimos. Muy pronto alcanzó amplia fama, atrayendo, en primer lugar, a numerosos hijos de judíos conversos que pretendían hacer carrera en el medio eclesiástico. Más tarde, en el siglo XVI, ocupado ya por los jerónimos, pasaría a ser uno de los centros del protestantismo más importante de España, naturalmente, clandestino, ya que el protestantismo estaba fieramente perseguido por la Inquisición.
Fue su prior, el doctor García de Arias, apodado el Doctor Blanco por el color de sus cabellos, el introductor de las ideas reformistas patrocinadas por Lutero. García de Arias, que pasaba por devoto católico, siendo un excelente predicador, inició la Reforma en el monasterio suprimiendo lo que consideraba prácticas supersticiosas, como las oraciones en el coro, el culto a los santos, las misas por los difuntos, las penitencias, etc., reformas que los monjes aceptaron con extraordinario entusiasmo. Tal fue su éxito, que la Reforma se extendió al convento de monjas jerónimas de Santa Paula, así como a un considerable número de sevillanos de distintas clases sociales.
El grupo sería desarticulado por la Inquisición gracias, primero, a una delación y, luego, a la mala suerte. La delación la realizó la beata María Gómez, que se había hecho luterana y que por desavenencias, podíamos decir, conyugales, denunció al licenciado Francisco de Zafra, con quien convivía, y a otras trescientas personas. Dado que la beata no andaba muy bien de la cabeza, la Inquisición no le hizo mucho caso, aunque inició una investigación rutinaria que no dio resultado.
El segundo hecho fue más rocambolesco. Vivía en Sevilla un tal Julianillo Hernández, quien, como luterano, había formado parte de las iglesias reformadas de París, Escocia y Francfort. Este buen hombre, haciéndose pasar por buhonero, introducía en Sevilla libros protestantes camuflados en barriles de arenques o en fardos de encajes de Flandes y telas de Cambray, especialmente el Nuevo Testamento, en traducción al castellano de Pérez de Pineda. Por un error en el reparto, uno de estos libros, Imagen del Antichristo, fue entregado en el domicilio de una dama católica, quien inmediatamente lo entregó a la Inquisición. Al darse cuenta de su error, Julianillo huyó a toda prisa, pero fue capturado en Adamuz (Córdoba) y, posteriormente, quemado, junto con otros muchos protestantes en el auto de fe llevado a cabo en el Prado de San Sebastián, donde se alzaba el siniestro quemadero, el 22 de diciembre de 1560.
Varios monjes de San Isidoro que, por otra parte, era un gran centro intelectual, consiguieron poner tierra de por medio y salir del país. Entre los más afamados de los fugitivos se encuentran Casiodoro de la Reina, Cipriano de Valera, Juan Pérez de Pineda y Antonio del Corro. Casiodoro fue el primer traductor de la Biblia completa al castellano. El texto, que sería revisado por de Valera y publicado en Amsterdam en 1602, fue uno de los mejores de su tiempo en lengua vernácula, un trabajo que no alcanzaría parangón en el campo católico hasta cuatrocientos años más tarde. Esta Biblia, denominada del Oso, por la imagen de un oso intentando atrapar un panal de miel que figura en su portada, y también Reina-Valera, conserva hoy su carácter oficial entre los protestantes de habla castellana.
Con una estampa espectacular, el monasterio es una joya del gótico y el mudéjar. Cuenta con dos iglesias, denominadas las gemelas por su enorme parecido, una mandada construir por Guzmán el Bueno y la otra, anexa a la primera, por su hijo Juan Alonso, que cuenta con un impresionante retablo, obra de Martínez Montañez. Junto a esta iglesia se encuentra el sobrecogedor Claustro de los Muertos, así llamado por haber servido de enterramiento a los monjes. Luego está el Patio de los Evangelistas y el Refectorio, antiguo comedor de los monjes cuyas bóvedas aparecen decoradas con primorosas policromías, mientras de sus muros cuelgan hasta catorce pinturas, todas copias del original, salvo la Santa Cena. Visitables son también la Sacristía, la Sala Capitular y el Reservado, las tres igualmente con magníficas policromías.
En 1835, con la Desamortización, el monasterio perdió su carácter religioso. Los monjes regresaron en 1956, permaneciendo en él hasta 1978. Durante unos años estuvo abandonado, hasta que de él se hizo cargo la Junta de Andalucía, gracias a la cual y tras una concienzuda restauración, el conjunto recuperó el esplendor de su mejores tiempos. Actualmente sirve de sede para la realización de numerosas y variadas actividades de carácter cultural, estando incluido en la Red de Espacios Culturales de Andalucía.

viernes, 25 de septiembre de 2015

El nacimiento de la Inquisición

A principios del siglo III, cuando el creciente cristianismo se enfrentaba aún al acoso de los emperadores romanos, el escritor Tertuliano escribía: Es un derecho, un privilegio de la naturaleza, el que cada uno rinda culto según su deseo.
Un siglo más tarde, en medio de la persecución de los emperadores Diocleciano y Maximiano, la más contundente de todas, según los historiadores, el también apologista y gran orador Lactancio afirmaba en su Divinae Institutione: Nada pertenece tanto al reino de la libertad como la religión... Ofrendar a los dioses sin desearlo es una injuria. Nosotros, por el contrario, aunque nuestro Dios es el Dios de todos los hombres, tanto si ello les place como si no, nos abstenemos de forzar a nadie a que le adore, y no nos enfurecemos contra quienes no lo hacen. Y algo más adelante, añadía: Sólo en la religión anida la libertad, pues ante todo atañe al libre albedrío.
A la Iglesia sólo le ha preocupado la libertad cuando se ha visto en una posición de inferioridad; cuando su situación es de preeminencia, la libertad pasa a un segundo plano y lo que se impone es la persecución y el exterminio del disidente, de todo el que por acción un omisión se oponga a los directrices de la jerarquía y se atreva a pensar por su cuenta. El catolicismo no se impuso por la fuerza de los argumentos, sino por la del garrote, un garrote que se empleaba tanto para atacar al paganismo como a los miembros de las facciones opuestas. 
Todavía en el mismo siglo IV, en el marco de la lucha entre el papa Dámaso y su contrincante Ursino, el historiador pagano Amiano Marcelino escribe: Las fieras no son tan enemigas del género humano como lo son los cristianos en el odio mortal que sienten los unos por los otros. Sólo en un día del año 366, el enfrentamiento entre estos dos bandos de cristianos produjo 137 muertos únicamente en la basílica lateranense.
Los pregoneros del amor hasta al enemigo, que hasta poco antes eran las víctimas, se estaban convirtiendo rápidamente en verdugos. Hacia el final del siglo, una vez que el emperador Teodosio, que había nacido en Coca, cerca de Segovia, España, mire usted que casualidad, proclamara al catolicismo como religión oficial del Estado, otro pagano, Símaco, se veía obligado a escribir: Todas las cosas están llenas de Dios. Todos alzamos nuestras miradas a las mismas estrellas; un mismo cielo se extiende sobre nosotros; el mismo universo nos circunda. ¿Qué importa cual sea la forma de buscar la verdad? No es un solo sendero el que nos lleva a tan gran secreto. Para entonces, los católicos, facción cristiana triunfadora en la pugna con las distintas tendencias cristianas, perseguían a los paganos con mayor empeño aún que el que los emperadores habían empleado con ellos.
El pensamiento inquisitorial es casi tan antiguo como el propio cristianismo católico, pero será en este siglo IV cuando haga su aparición de forma explícita, a través, principalmente, de San Agustín, considerado por no pocos historiadores como el verdadero padre de la Inquisición. Tanto en sus sermones como en sus obras, esa enorme eminencia de la ortodoxia católica, se muestra taxativamente partidario de la intervención del Estado contra los no cristianos. Persigo porque soy hijo de la Iglesia, llegó a afirmar en un sermón pronunciado en Cesarea, cuyo tema era la imposibilidad de salvación fuera del catolicismo, un argumento que la Iglesia ha defendido por todos los medios a su alcance hasta prácticamente nuestros días, cuando la realidad social del mundo de hoy la empuja de nuevo a enarbolar la bandera de la libertad. Apoyándose en el Antiguo Testamento e interpretando a su capricho la parábola del banquete que Lucas consigna en su evangelio (14, 1-24), San Agustín sostenía la opinión de que donde fracasaba la persuasión, podría ser eficaz la persecución.
Pero la Inquisición como organización establecida específicamente para perseguir y condenar al disidente tardaría aún bastante en llegar y sería obra del cristianismo occidental, ya que el oriental, denominado ortodoxo, seguiría su propio camino alejado de Roma a partir de 1054. Simoniacos, marcionitas, gnósticos, maniqueos, donatistas, arrianos, son algunos, sólo algunos de los cristianismos considerados heterodoxos a los que la facción católica se fue enfrentando a lo largo de los primeros siglos, pero, aparte hechos puntuales, no por ello menos llamativos, tales disputas, con la Iglesia aún en una posición no suficientemente consolidada, se fueron resolviendo mediante el concurso de los concilios y/o la ayuda del emperador y sus fuerzas coercitivas.
Más adelante, extinto ya el imperio romano y con la Iglesia como su práctica heredera en Europa la jerarquía encontró un arma formidable que le vino de perilla para acallar a los respondones individuales, incluidos príncipes, reyes y emperadores que buscaban con ahínco despojarse de la tutela de una institución que pretendía tener no sólo las llaves del cielo, sino también las de la tierra.  Dicha arma fue la excomunión, que constituía no sólo la expulsión del excomulgado del seno de la Iglesia, sino también su exclusión social y, en el caso de reyes o emperadores, la desafección de sus súbditos.
Sin embargo, con el paso del tiempo, este arma fue quedando obsoleta cuando aquellos que la recibían empezaron a hacer caso omiso de ella, importándoles una higa la condena, apañándose al mismo tiempo para superar sus efectos. De este modo, entre los siglos XII y XIII harán su aparición dos grupos que se oponían frontalmente al dominio absoluto que pretendía ejercer la Iglesia, tanto en el orden puramente religioso como en el moral y hasta en el económico: los valdenses y los cátaros o albigenses, nombre que también recibieron por encontrarse en la ciudad de Albi (Francia) el grupo más numeroso.
Ambos grupos, tachados inmediatamente de sectas por las autoridades religiosas, conocieron un rápido crecimiento, especialmente los cátaros, que no conseguían atajar ni concilios, ni excomuniones ni medidas tan extremas como la proscripción o la pena de muerte. Tanto y tanto crecieron los cátaros que, al final, se organizó contra ellos una cruzada que duró de 1209 a 1229 y que produjo decenas de miles de muertos. Aun así, no se acabó con ellos, de modo que entonces dio comienzo una búsqueda sin tregua de elementos heréticos, con la consiguiente detención de muchos de ellos, seguida de los correspondientes juicio y condena.
En 1228, el papa Lucio III, emitió la bula Ad abolendam mediante la que procedía a la creación de una primera Inquisición, al determinar el procedimiento jurídico para interrogar, enjuiciar y, en su caso, condenar al acusado, un acusado, por otra parte, que tenía escasísimas posibilidades de escapar con bien, pues la misma bula ofrecía una recompensa de dos marcos por cada cátaro capturado. Siguiendo el dictado papal, el concilio de Tolosa de 1229 creó un tribunal eclesiástico controlado por los obispos, nombrando como presidente del mismo al francés y fraile dominico Robert Brugue, que sería el primer inquisidor de la historia. Esta inquisición estuvo limitada a los países en que se había manifestado la herejía con mayor intensidad, Francia e Italia, principalmente.
Los dominicos, cuyo nombre no deriva del de su fundador, santo Domingo de Guzmán, como creen muchos, sino de la expresión latina Domini Canes, que en castellano corriente y moliente significa los Perros del Señor, tendrían un nunca bien ponderado protagonismo en la nueva institución que acababa de nacer, convirtiéndose, efectivamente, en verdaderos perros, pero perros de presa dispuestos siempre a lanzarse al cuello de sus víctimas, con el único propósito, eso sí, de conseguir su salvación eterna.
Las hogueras en que ardían los herejes alcanzaron tal magnitud que en 1231 el papa, en este caso Gregorio IX, en un intento de moderar el celo de los inquisidores, dispuso que cada inquisidor dominico tuviera un colega franciscano, con el fin, afirma el propio papa de que la dulzura de este último temple la demasiado grande severidad del otro. Al mismo tiempo, dio a la institución un carácter general, poniéndola exclusivamente bajo control del papado. Así nació la llamada Inquisición Pontificia.
Los franciscanos debieron poner tanta miel en el interrogatorio de los acusados, a los que no se les permitía tener abogado, que en 1252 Inocencio IV, mediante la bula Ad extirpanda, introdujo el uso de la tortura, que, por supuesto, era ejecutada por elementos seglares, ya que como bien se sabe, porque la Santa Sede y sus teólogos no se han cansado de repetirlo, la Iglesia aborrece la sangre.
El Interrogatorio debía desarrollarse entonces, más o menos, del modo siguiente: un verdugo iría moliendo a vergajazos al acusado, mientras el dominico le iba haciendo preguntas y el franciscano untaba algún menjunje balsámico en sus heridas. Luego, a la hoguera con él, que, quién lo duda, dispondría y encendería el mismo verdugo, sólo o en compañía de otros. Los que se salvaban del fuego no se iban de rositas, sino que solían ir condenados a prisión. En aquellos primeros tiempos hubo tres tipos de condenas: largus, en la que el preso disponía de cierta libertad de movimientos; strictus, en la que el reo era encadenado en un espacio reducido y con poca comida, y strictissimu, que era peor que la hoguera, porque el reo era encadenado en un espacio reducido, sin luz y con un mendrugo que le arrojaba el carcelero cuando se acordaba, de modo que en poco tiempo era presa de la locura, de la que sólo lo libraba la muerte. Todo, como se ve, perfectamente pautado y regulado, que en esto no existe ni ha existido una organización humana que se acerque siquiera a la Iglesia católica.

Para saber más: Historia de la Inquisición española. Joseph Martin Walker
                          Historia Crítica de la Inquisición española. Juan Antonio Llorente
                          Henry Charles Lea. Historia de la Inquisición.
                          Diccionario de los papas. Juan Dacio