lunes, 14 de agosto de 2017

HOGUERAS

La condena al fuego por algún tipo de delito no era corriente en la antigüedad. Los ejércitos incendiaban aldeas, pueblos, ciudades enemigas y, lógicamente, en tales incendios perecían numerosos seres humanos. Pero, en líneas generales, el fuego como condena judicial no existía. La leyenda cuenta el martirio de San Lorenzo (225-258) durante la persecución de Valeriano (200-260), pero el diácono cristiano no fue propiamente quemado, sino asado a la brasa en una parrilla. Al parecer, fue Diocleciano (284-305) quien en su legislación incluyó la pena de fuego para los condenados por maniqueos, pena que tuvo una aplicación mínima durante el mandado de este emperador, siguiendo en desuso después.
Bien puede decirse, pues, que la introducción del fuego como medio para poner fin a la vida de un condenado a muerte se debe a la Iglesia católica y, en concreto, a los papas Inocencio III (1198-1216) y Gregorio IX (1227-1241) El primero, Lotario Conti, conde de Segni, tenía sólo treinta y siete años cuando accedió al trono papal. En la homilía ritual, durante el acto de su coronación, declaró, entre otras lindezas: Dios me ha colocado sobre reinos y pueblos para extirpar y aniquilar, pero también para edificar y plantar. A mí es a quien van dirigidas estas palabras: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo." Me encuentro entre Dios y los hombres; más pequeño que Dios, pero más grande que el hombre... Y para demostrar su capacidad de extirpar y de aniquilar decretó tres cruzadas, una, violentísima, contra los cátaros o olbigenses; otra contra los mulsumanes de Tierra Santa cuyo objetivo era la conquista de Egipto, pero que terminó con el asedio y conquista de Constantinopla, entonces cristiana, y el paso por las armas de sus habitantes; y la tercera contra los musulmanes de España que culminó con la batalla de las Navas de Tolosa en la que los cristianos derrotaron a los almohades. Inocencio creó la Inquisición Legaticia (1198), encomendada a los cistercienses con el propósito de atajar la herejía cátara. Como esta inquisición no consiguió su objetivo, Gregorio IX, de nombre Ugolino Segni, creó la Inquisición monacal (1233), cuya dirección confió a los dominicos. Ambas instituciones gozaron por primera vez de la autorización para condenar al fuego a los herejes como el castigo más idóneo que para su delito. Hubo tres inquisiciones más, la Inquisición episcopal (1184), que fue la primera de todas, creada por Lucio III (1181-1185), encomendada a los obispos; la Inquisición española (1478), creada por Sixto IV (1471-1484) a petición de los Reyes Católicos, y la Inquisición papal (1542), creada por Pablo III (1534-1549), que todavía perdura con el nombre de Santo Oficio, aunque ya sin las extremas y sanguinarias funciones de antaño. Aunque en su configuración tradicional la más duradera fue la española, pues se prolongó hasta 1834, es decir, un total de 356 años, la más tremenda tanto por su intensidad como por su brutalidad fue la de Gregorio IX contra los cátaros. El Languedoc y la Provenza, en Francia, territorios por los que se extendía principalmente el catarismo, se llenaron de hogueras en las que en muy poco tiempo perecieron miles de personas.
La Iglesia no hace nada sin previamente apoyar su acción en algún texto de las llamadas Sagradas Escrituras. En el caso de la condena al fuego, los teólogos católicos encontraron su justificación en el versículo seis del capítulo XV del evangelio de San Juan, que dice lo siguiente: Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego, los recogen, los echan al fuego y arden. Son palabras del propio Cristo, según el evangelista, palabras duras, ciertamente, incluso infames, que los teólogos aprovecharon a la perfección.
Contra los cátaros, la Inquisición fue especialmente sanguinaria. Más adelante, la Inquisición española permitiría ejecutar al reo arrepentido mediante garrote antes de proceder a quemarlo. En bastantes casos también tenían el rasgo piadoso de apilar leña verde para que el reo muriera por asfixia a consecuencia del humo desprendido, antes de que le llegara el calor de las llamas. En el Languedoc, a los cátaros los quemaron siempre vivos. El cumplimiento de la sentencia, dictada en el caso de los cátaros por frailes dominicos (domini cani = perros de Dios), lo llevaba a cabo la autoridad civil, pues, en el colmo de la hipocresía, la Iglesia sostiene que los clérigos jamás se manchan las manos de sangre. Del mismo modo, eran verdugos laicos los que practicaban físicamente la tortura, siempre bajo la dirección de los frailes, quienes procedían a hacerle al reo las preguntas que consideraban pertinentes.
Aunque no existen testimonios directos de cómo se llevaba a cabo el ajusticiamiento (habría que decir asesinato), sí que contamos con la descripción que hace el historiador norteamericano Henry Charles Lea (1825-1909) en su monumental Historia de la Inquisición Española de las ejecuciones en España, similares, salvo en los detalles apuntados más arriba, a las practicadas en el Languedoc. El hereje, cuenta Lea, era atado a un madero lo suficientemente alto como para que sobresaliera por encima del material que iba a ser quemado. Los creyentes (público que masivamente asistía al evento) debían tener la posibilidad de ir siguiendo hasta el final cada uno de los actos de la cruel tragedia. Hasta el último momento estaban junto a él los servidores de la Iglesia a fin -si fuera posible- de arrancar de las garras del demonio su alma. Si no era relapso podía de este modo salvar su vida en el postrer instante. Incluso en este último servicio podemos ver la singular inconsecuencia de una Iglesia que se imaginaba poder eludir su responsabilidad de haber enviado a la muerte a una criatura humana. Los clérigos que acompañaban a la víctima tenían órdenes rigurosas de no exhortarle en absoluto, de contemplar impertérritos la muerte.
Para dar mayor solemnidad a la ejecución se elegía un día festivo, con el propósito de que acudiera gente no sólo del lugar, sino de aldeas y pueblos próximos, aumentando así tanto el clima de temor como la eficacia del escarmiento. Se obligaba además al reo a guardar silencio, con el fin de evitar la aparición entre los asistentes de sentimientos de piedad o de conmiseración.
En su precioso libro Cruzada contra el Grial, Otto Rahn describe la muerte en la hoguera del checo Juan Huss, atraído mediante engaño al Concilio de Constanza y apresado y ejecutado tan pronto como llegó a la ciudad (1415):  Una vez que todo se hubo quemado (la leña), relata Rahn, cogieron el cadáver semicalcinado, lo hicieron pedazos, rompieron sus huesos y arrojaron despojos y entrañas en una nueva hoguera para que no quedara absolutamente nada. Como se temía que iba a suceder con Huss lo mismo que había ocurrido con Arnoldo de Brescia, con algunos franciscanos espirituales como Savoranola y otros, es decir, que iban a coger los restos mortales y guardarlos como reliquias de mártir tuvieron especialísimo cuidado, una vez consumido el fuego, en coger las cenizas del hereje y arrojarlas al río.
¡Y no terminaba todo con un acto tan brutal, execrable y canallesco! Todavía había que pasarles a los familiares del difunto los gastos acarreados por la ejecución. Existe un minucioso cálculo de dichos gastos por la cremación de cuatro cátaros en Carcassonne llevada a cabo el 24 de abril de 1323, que, según Otto Rahn, detallaba en sus relatos Arnaud Assalit (uno de los muchos trovadores que existieron en la bella tierra francesa). Tales gastos fueron los siguientes:

       Madera gruesa................................................  55 soles,  6  denarios
       Sarmientos......................................................  21    "      3       "
       Paja.................................................................    2    "      6       "
       Cuatro postes..................................................  10    "      9       "
       Cuerdas para atar............................................    4    "      7       "
       Verdugos, cada uno 20 soles..........................   80   "
                                                                             
       Total: 8 libras, 14 soles, 7 denarios. Algo más de dos libras por condenado.

Absolutamente bestial. Y todavía hay historiadores que sostienen que a la Inquisición y temas semejantes hay que acercarse objetivamente, es decir, sin tomar partido.

domingo, 6 de agosto de 2017

PEDIR PERDON

Muchas personas excelentemente intencionadas llevan tiempo en España clamando para que la Iglesia pida perdón por su participación en el golpe de Estado que dio lugar a la guerra civil y su posterior connivencia con los crímenes de la dictadura. Vano empeño: ni el Vaticano ni la Iglesia española pedirán perdón por lo menos hasta dentro de quinientos o seiscientos años, cuando, quizás ni la Iglesia ni España existan ya, si es que queda algo de la humanidad en este nuestro maltratado planeta. No lo pedirá porque con su proverbial hipocresía la Iglesia se sigue considerando una víctima.
"El paqueo (así se llamaba en el frente a la actuación de los francotiradores) se producía en las trincheras donde había regimientos de gente muy radicales, como batallones de Anarquistas entre ellos (los republicanos) o de Regulares entre nosotros (los franquistas). Me acuerdo del cura de mi Batallón, que muchas tardes venía a mi trinchera a practicar paqueo, pero de una manera muy particular. Llevaba unos prismáticos y se dedicaba a mirar la trinchera enemiga y en cuanto veía a uno a tiro me llamaba y me pedía que le tirara. Yo le contestaba diciendo que le dejaba el fusil y que le tirara él, pero me respondía que no podía por su condición (de sacerdote), pero que le tirara yo. ¡Que le tirara! Posiblemente tenía sus razones." (Sí, la hipocresía eclesiástica que afirma que los clérigos no se manchan las manos de sangre)
Esto no lo escribió ninguno rojo fanático, sino, en 1937, Eduardo Sánchez de Badajoz, soldado de la segunda compañía de falangistas de Málaga, destinado en el frente de Peñarroya, tal y como relata en su libro EN EL FRENTE DE PEÑARROYA, uno de los textos más ecuánimes sobre el día a día de la guerra que he tenido ocasión de leer, en el que, además de contar las deplorables condiciones de las trincheras (suciedad personal, piojos, ratas, chinches, barro, frío etc.) llega a afirmar: Una guerra es siempre una sinrazón. Es el resultado de la flaqueza humana de dejarnos llevar por las pasiones que nos inculcan los poderosos, los proféticos, los ambiciosos y los fanáticos. Los que castizamente llamamos mangantes."
Mientras tanto, el cardenal Gomá (1869-1940), arzobispo de Toledo y primado de España, iba publicando una serie de furibundas pastorales, así como procedía a la redacción de la famosa CARTA COLECTIVA DEL EPISCOPADO ESPAÑOL, compendio el mayor de embustes y de hipocresía que haya producido nunca la jerarquía española, y ya es decir. Grande y orondo (no se puede negar que estos señores están bien alimentados, desde luego mucho mejor que la mayoría de sus fieles), el señor cardenal produjo un conjunto de extensos y prolijos escritos de los que podrían extraerse, al menos, las tesis que se exponen a continuación, con el comentario de quien esto escribe.
1.- La Iglesia no participó en el complot del golpe militar.- Directamente es posible que no, pero sí indirectamente mediante el rechazo de la República desde el mismo momento de su implantación. Basta recordar la demoledora pastoral del cardenal Segura, entonces arzobispo de Toledo, en contra del régimen recién instaurado, de fecha tan temprana como el 1 de mayo de 1931, o las proclamas del obispo de Vitoria Mateo Múgica, o los sermones desde el púlpito de la mayoría de los párrocos del país.
2.- La Iglesia no tenía culpa alguna de la situación en que se encontraba el país antes de la llegada de la República.- Esta tesis la expone en HORAS GRAVES, el primero de sus escritos tras su ascenso al arzobispado, en el que afirma sin el menor rubor que la nueva situación la han traído, en primer lugar, ¡el demonio!, y luego, la masonería, "el intelectualismo descarriado"; "la falta de convicciones religiosas de la gran masa del pueblo cristiano" (gran contradicción, pues la encargada de inculcar tales convicciones quién era, si no la Iglesia); y, por último, el marxismo y "las huestes socialistas:"
3.- La Iglesia era una víctima.- Y aquí expone con detalle la quema de templos y el asesinato de clérigos y de monjas. Olvidando que la violencia anticlerical ya se había producido en diversas ocasiones a lo largo del siglo XIX y, luego, en la llamada Semana Trágica.
4.- La República recibió una ingente cantidad de ayuda exterior para afrontar la guerra.- Esto es rigurosamente falso y el señor cardenal no podía desconocerlo. Aparte de las brigadas internacionales, voluntarios que llegaban al país sin armas, la República sólo contó con la paupérrima ayuda de Rusia. El señor cardenal calla, además, como una zorra, la ayuda esta sí cuantiosa en armamento y militares recibida por los golpistas de parte de la fascista Italia y la nazi Alemania.
5.- Lo mismo que hoy los obispos callan ante la tremenda corrupción que sufre sobre el país, los contratos basura, los desahucios, etc., el señor cardenal calla en todos sus escritos acerca de la absoluta miseria que sufrían, por ejemplo, los jornaleros andaluces, o la inhumana explotación de los mineros asturianos y, en general, la postración en que se encontraba la clase trabajadora en todo el país.
6.- Y, por supuesto, ni ni el más mínimo asomo de autocrítica, ni siquiera la sombra de la pregunta obligada ante un anticlericalismo que se prolongaba ya casi siglo y medio: ¿por qué las turbas queman templos y casi nada más que templos?, ¿por qué no queman bibliotecas, teatros, cines, casinos, etc. etc.? Nada: la Iglesia es una sociedad perfecta, aseveración que el cardenal repite en más de una ocasión, y, por tanto, son los demás los que se equivocan, ella no puede equivocarse nunca. Y se olvida, qué memoria tan frágil, de la eterna connivencia de esa "sociedad perfecta" con el poder y con los poderosos.
7.- En el fondo de todo los escritos late sólo una preocupación: el mantenimiento de los privilegios de la Iglesia y el temor a perderlos: el catolicismo como una única religión del país, control de la enseñanza, mantenimiento del clero por parte del Estado, inviolabilidad de las propiedades eclesiásticas, etc. Si se leen detenidamente tanto las pastorales como la Carta, uno se da cuenta de que todo lo demás le trae sin cuidado al señor cardenal, se la suda, como diría hoy un castizo. Privilegios que no sólo la Iglesia consiguió mantener, sino que vio aumentados con el triunfo del general Franco, un militar medio ateo hasta que descubrió que el catolicismo le ofrecía carta blanca para sus ansias de poder y para llevar a cabo sus asesinatos, tanto en la guerra, como, luego, en la larga posguerra.
Con estos antecedentes, ¿todavía cabe preguntarse si la Iglesia pedirá perdón? No, no lo pedirá nunca. Todo lo contrario, se revolverá como una rata acosada contra todo aquel que ose siquiera poner en duda sus privilegios que al día de hoy son aún más cuantiosos que en tiempos de la Dictadura. Eso es lo que debemos tener presente.

viernes, 28 de julio de 2017

Trampas

Si los católicos abren esa Biblia que tienen en casa y que nunca han leído por el Deuteronomio, capítulo cinco, verán que entre los versículos siete a veintiuno se relacionan los diez mandamientos que Yahvé entregó a Moisés escritos en dos tablas de piedra.
La Iglesia católica asumió como propia la Biblia judía en la traducción conocida como de los setenta, por el número de sabios que la tradujeron (en realidad fueron setenta y dos.), llegando incluso a dictaminar que se trataba de un conjunto de escritos realizados por hombres, pero inspirados, si es que no dictados, directamente por Dios. A esta Biblia la llamó y la llama Antiguo Testamento, en contraposición al Nuevo Testamento, constituido por los cuatro evangelios, que recogen las enseñanzas de Jesús. 
En esta asunción, la Iglesia reconoció como propios dichos diez mandamientos, que constituyen las normas primordiales que todo fiel está obligado a cumplir bajo pena de pecado mortal. Sin embargo, a la hora de transcribir el texto, la Iglesia cometió dolosamente varias trampas que desvirtúan por completo el sentido de tales de mandamientos. Vamos a detenernos hoy exclusivamente en el primero y el segundo. En la Biblia de Jerusalén, que es la que habitualmente sigo, el primero de los mandamientos dice: No habrá para ti otros dioses delante de mí (otras Biblias traducen: No habrá para ti otros dioses que yo). La Iglesia, sin embargo, anotó para el primer mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas, que, como se ve y no hace falta ser un lince para ello, no tiene nada que ver con el texto bíblico, pues en el mandamiento de Moisés Dios no pide que se le ame, sino únicamente que se le tenga por el único, cosa bien distinta.
Pero es en el segundo mandamiento donde la trampa prueba que el repudio del paganismo por parte de la Iglesia encerraba una feroz ambición de hegemonía y de absolutismo, así como la intención de formar parte de los órganos del Estado, al que aspiraba a controlar por completo una vez que el cristianismo fue declarado por Constantino la religión del imperio. En efecto: tal y como aparece en la Biblia, el segundo mandamiento es más largo que el primero y dice textualmente así: No te harás esculturas ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto. Porque yo, Yahvé tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan los mandamientos. Este fundamental mandamiento, la Iglesia sencillamente lo suprimió.
Durante los primeros tiempos la Iglesia guerreó duramente no sólo contra los dioses paganos, sino también contra las imágenes que los representaban. Basta recordar a Cirilo de Alejandría y sus parabolanos, monjes fanáticos que, entre otras salvajadas, se llevaron por delante la Biblioteca de Alejandría, después de asesinar violentamente a la filósofa Hipatia, o a Ambrosio de Milán apostrofando al emperador por la estatua de la Victoria de Samotracia existente en el senado romano. 
No obstante, una vez liquidado el paganismo, destruidos la práctica totalidad de sus templos y de sus imágenes, la Iglesia, uncida ya al carro del poder y conocedora de como las emociones pueden mover a las masas, dio paso libre a la erección de imágenes cristianas, llegando, con la osadía y el descaro del triunfador, a representar al mismo Yhavé, al que ahora llamaba Dios Padre. Y no solo a erigirlas, sino a pasearlas por las calles en procesión. Incluso se produjo un grave enfrentamiento entre la Iglesia occidental, con centro en Roma, y la Iglesia oriental, con centro en Constatinopla por razón de las imágenes, toda vez que a partir del emperador León III (726) hasta Teodora (843) la Iglesia oriental fue iconoclasta o, lo que es lo mismo, se negaba a admitir imágenes, en cumplimiento de ese segundo mandamiento suprimido por Roma.
Ya en la Edad Media existieron hermandades o cofradías acogidas a la veneración de un Cristo o de un santo que procesionaban sus correspondientes imágenes por las calles de las ciudades cristianas. Pero fue después del Concilio de Trento (1545-1563), convocado contra la Reforma Protestante y por ello conocido como el de la Contrarreforma, cuando tales hermandades se multiplicaron, azuzadas por la jerarquía, así como se institucionalizaron las procesiones callejeras, no sólo en Semana Santa, sino a lo largo de todo el año. ¿No quieres caldo?, vinieron a decir los padres conciliares al rebelde Lutero, pues toma: ¡tres tazas! Y en mayor o menos proporción según qué países, el mundo católico se entregó con pasión a esta proliferación imaginera.
¿Pero, aún con distintas advocaciones, no son tales imágenes ídolos también exactamente iguales a los de los antiguos paganos? Con un cinismo rayano en la altanería, la Iglesia responde que en modo alguno, porque en tanto los paganos adoraban directamente la imagen, a la que, siempre según los doctos varones de la Iglesia, tenían por divina, para los católicos las imágenes no son más que una representación de la santidad o de la divinidad. A tal efecto, inventó tres palabrejas: latría, dulía e hiperdulía, que significan, respectivamente, el culto que se le da a Dios, el que se le da a los santos y el que se le da a la Virgen. Pura falsedad, como tantas cosas en la Iglesia Católica, porque basta ver cómo los fieles que acuden los martes a pedirle algún favor al Rescatado, en Córdoba, no se lo piden a Cristo, sino directamente a la imagen, o mejor, al ídolo de palo que tienen ante los ojos, o el fanatismo con el que se lanzan a por su imagen los mozos de Almonte seguidores de la Virgen del Rocío, por poner sólo dos ejemplos de los miles que pueden aducirse.

lunes, 17 de julio de 2017

EL CASO PERO LÓPEZ

En el siglo XV, los cristianos españoles de toda la vida, también llamados cristianos viejos, los pura sangre del cristianismo, inflamados del amor que tan melodiosamente predica el evangelio, no podían consentir que cristianos nuevos, conversos principalmente judíos que había sido empujados al bautismo tras diferentes progromos y persecuciones, o hijos de éstos, fueran considerados sus iguales y menos aún que muchos de ellos ocuparan puestos de preeminencia en los reinos de Castilla y Aragón. Así, no cesaban de presionar a los monarcas para echar a un lado a estos nuevos cristianos, acusándolos de  judaizar, es decir, de seguir practicando su religión en secreto.
¿Hizo efecto esta presión o tenían los monarcas la misma percepción que los cristianos viejos? Sea como fuere, lo cierto es que en 1478 los Reyes Católicos consiguieron de Sixto IV una bula por la que se creaba la Inquisición Española, dependiente de los monarcas. Sin embargo, aún habrían de pasar dos años antes de que la nueva institución se pusiera en marcha. Cuando por fin arrancó lo hizo con inusitada ferocidad, actuando especialmente en Zaragoza, con el célebre Pedro de Arbués, en Córdoba, en Granada y en Toledo. En un primer momento se trataba de perseguir a los conversos que seguían practicando su religión en la intimidad de sus hogares. Sin embargo, pronto empezaron a caer conversos cuyo único delito consistía en mantener las normas dietéticas del judaísmo, más por la fuerza de la costumbre que por motivos religiosos y, al poco, la persecución se cebó contra todos los conversos independientemente del lugar que ocupaban en la sociedad, así como de si judaizaban  o no, y casi a la par también contra los numerosos profetas que aparecieron por aquellos días y que abogaban por la regeneración de la Iglesia española, carcomida por el acomodamiento y la corrupción.
Hay un aspecto de la Inquisición por el que la práctica totalidad de los historiadores pasan de puntillas. Nuestro país es especial. Como en tantas ocasiones entonces y con posterioridad hasta el momento presente, se creó una institución a la que no se dotó de medios económicos para el ejercicio de su función, sino que se confió en que obtuviera dichos medios mediante la incautación de los bienes de los condenados. Con este condicionante quedaba abierto el camino de la corrupción. Así, en menos de lo que tarda en caer un rayo la Inquisición perseguía ya a sus víctimas no tanto por su supuesta herejía, sino para conseguir los bienes con los que seguir subsistiendo y, ya puestos, no sólo para subsistir, sino también para enriquecerse, de modo que no encontrando herejes, judaizantes o profetas la Inquisición los inventaba. La actuación del célebre Lucero en Córdoba y Granada pone suficientemente de relieve qué cimas de infamia podía escalar la nueva institución para conseguir este objetivo. En este sentido, no importaba que el acusado huyera antes de ser apresado: se le juzgaba en ausencia, se le condenaba e, igualmente, se le incautaban sus bienes, que era lo que de verdad interesaba.
En el camino de la pura economía, la Inquisición alcanzó cotas verdaderamente asombrosas de depravación y de miseria. El caso de Pero López es paradigmático. Una noche, mientras ejercía el sacerdocio en Cabeza de Buey, provincia de Badajoz, Pero López vio una cruz en llamas en el cielo. Fuera aparición real o simple alucinación, el caso es que a partir de aquel momento Pero se dio a profetizar el fin de la Iglesia castellana y su completa renovación, libre de la corrupción y la podredumbre que la corroían. Bien pronto fue detenido por la inquisición, acusado de hereje y condenado a prisión perpetua en las mazmorras inquisitoriales de Toledo. Como era la norma, el condenado no sólo perdía la libertad, sino que debía correr con los gastos de su manutención, así como el pago del salario a sus guardianes. El buen Pero López, un hombre ya de edad avanzada, disponía de escasos caudales, que muy pronto llegaron a su fin. No importa, la Inquisición dispuso que abandonara su encierro tres días en semana con el objeto de que pidiera limosna en la calle para seguir pagando su encarcelamiento y así lo hizo Pero hasta unos días antes de su muerte.
No fueron uno ni dos, sino cientos, miles, los condenados, hombres y mujeres, casados y con hijos en la mayoría de las ocasiones, a los que se les arrebata la totalidad de sus bienes, dejando a la familia en la más absoluta miseria. Un robo legal llevado a cabo por la Iglesia española semejante, aunque mucho peor, porque afectaba directamente a las personas, al que llevado a cabo recientemente apoderándose de miles de edificios y de terrenos que durante siglos han sido públicos, como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba, seguramente el robo más grandioso, famoso y simple llevado a cabo nunca por la peor banda de ladrones.

jueves, 6 de julio de 2017

Coños

Volvamos una vez más al coño. Últimamente no nos están dejando otra salida. Como organización regida por sesudos y patriarcales varones cobijados oficialmente bajo el manto del celibato, la Iglesia Católica no sólo margina a la mujer, sino que la desprecia olímpicamente, considerándola un ser inferior y sin capacidad de iniciativa. Todavía en la Edad Media, es decir, mil doscientos o mil trescientos años después de la muerte de Cristo, eminentes teólogos católicos discutían acerca de si la mujer tenía o no alma y no eran pocos los que se la negaban, olvidados, sin duda, de sus propias madres y lo que resulta peor, en el ámbito de la propia doctrina católica, olvidados de la madre del Nazareno, sin cuya voluntaria aceptación de la maternidad no hubiera podido producirse el nacimiento del Salvador y, por tanto, no hubiera existido la redención, tan cacareada y publicitada por estos mismo teólogos. Todavía hoy, y en la senda de la más pura tradición católica, no son pocos los clérigos que siguen considerando a la mujer un instrumento de Satanás para inducir al pobre e inocente hombre al pecado y a la perdición. Tales clérigos, y con ellos legiones de laicos educados en su doctrina, consideran a la mujer no un ser humano, sino sólo un coño siempre ansioso de atrapar entre sus fauces una solemne y masculina polla (para qué vamos a andarnos con tecnicismos ni refinamientos si el lenguaje soez es el que mejor entienden estos elementos.) Es indudable que para unos y para otros, especialmente para los clérigos, una mujer constituye una maldición del averno, en tanto es una verdadera bendición del cielo, un regalo recibido directamente del propio Dios, el culo lampiño y virginal de un tierno infante. Incluso para los sectores más progresistas de la clerecía el puesto de la mujer en el mundo no es otro que el de esposa sumisa y madre abnegada, madre doliente, con siete espadas clavadas en el corazón, las mismas que atraviesan el pecho de la tres veces virgen: antes del parto, en el parto y después del parto.
En este marco absolutamente real y descrito sin la más mínima exageración, sino más bien al contrario, lo extraño no es lo que piensa el clero católico, sino que todavía haya mujeres que sigan formando parte de una organización machista y misógina y continúen aceptando resignadamente sus directrices. Algunas, ciertamente, abandonan la barca y otras, fuera ya del cotarro, incluso se atreven  a alzar la voz contra una institución omnímoda que no se limita a controlar la vida de sus fieles, sino que sigue pretendiendo controlar la vida y aun hasta el último pensamiento de la totalidad de la sociedad. Como se sabe, porque ha sido ampliamente difundido por la prensa y yo mismo ya he hablado por aquí del asunto, un grupo de estas mujeres, para mí valientes, se atrevió a organizar en Sevilla la Cofradía del Coño Insumiso y a montar una procesión con la imagen de un hermosísimo coño majestuosamente abierto, evocación, sin duda, de la que no puede ser sino la auténtica puerta del paraíso, si es que éste definitivamente existe.
A los españoles nos preocupa mucho el paro, la corrupción, el estado de la economía y los partidos políticos. Últimamente, a muchos les preocupa también Cataluña y a bastantes, a mi juicio más bien hipocondríacos, Venezuela, país del que no tienen ni puñetera idea más allá de que, al parecer, la gobierna un tío maduro. Sin embargo, lo que debería preocuparnos por encima de todo es la Justicia, porque es en sus lóbregos pasadizos, repletos de ratas que conservan sus nidales desde los tiempos de la dictadura, donde cristaliza y encuentra sus vías de escape y, por tanto, su impunidad, la corrupción, raíz y madre nutricia de la que emanan principalmente todos los problemas que sufre hoy el país.
Por otra parte, yo estaba convencido de que los abogados, como cualquiera de los seres humanos, tenían cada uno su propia ideología, de la que, sin embargo, hacían caso omiso a la hora de defender a sus clientes. ¡Jo, pues no estaba yo equivocado ni nada! Resulta que existen manadas de abogados que no abandonan su ideología jamás. Una de estas manadas es la piadosa Asociación de Abogados Cristianos, que me imagino yo que a la hora de defender a un acusado empezarán por el "Yo pecador", con lo que se habrán ganado ipso facto la voluntad de los jueces. Bien pues, como se sabe, esta Asociación se sintió tremendamente ofendida por la citada procesión del Coño Insumiso y no dudó en interponer la correspondiente denuncia ante el juez. Tal denuncia fue archivada en primera instancia, pero ahora la Audiencia Provincial de Sevilla desestima el fallo de la primera jueza y ordena reabrir el caso, con la justificación de que nadie tiene derecho a cuestionar la virginidad de una señora después de un parto, como hicieron las desalmadas de Sevilla.
Con el permiso de la autoridad judicial, yo tengo para mí que el motivo de la denuncia y de su aceptación es otro; tengo para mí que lo que a esta muchachada le ha molestado de verdad no es la procesión en sí, sino que hayan paseado un coño y, más aún, un coño insumiso. Tengo para mí que si hubieran sacado una polla de semejantes dimensiones y la hubieran llamado la Polla Gloriosa, seguro que, aunque hubieran mantenido idénticos eslóganes contra la virginidad, ellos, eran los primeros que iban detrás del paso, deleitándose con el humo del incienso y dándose sin parar piadosos golpes de pecho.

miércoles, 28 de junio de 2017

Equis

Con la proximidad del fin del plazo para la declaración del IRPF, la Conferencia Episcopal Española aumenta la publicidad para que los españoles marquemos con la X la casilla destinada a la Iglesia. En dicha publicidad hay una frase determinante: "No tendrás que pagar más". En efecto, quienes marcan esta casilla, presuntamente católicos, no hacen el más mínimo esfuerzo económico personal para sostener a la Iglesia; o dicho de un modo más preciso: su esfuerzo es exactamente el de la totalidad de los declarantes de dicho impuesto, pues la cantidad que la Iglesia ingresa cada año por este concepto, del orden de doscientos sesenta millones de euros, se detrae de los ingresos del Estado por este impuesto, con lo que, creyente o no, haya marcado o no la casilla, a la hora de la verdad cada español ha contribuido con una parte alícuota de dicho importe, toda vez que el Estado cuenta con esa cantidad de menos para lo que se denomina el gasto público, sanidad, educación, etc.
Esta situación, aparte de sumamente hipócrita, es, cuando menos, también indecente. Si los católicos pretenden sostener a su Iglesia lo que deberían hacer es abonar directamente una cuota, al margen del IRPF y de cualquier otro impuesto establecido por el Estado, exactamente lo mismo que se hace cuanto se pertenece a un club privado, un casino, un club de fútbol, una sociedad gastronómica, etc. ¿Imagina alguien lo que ocurriría si el Estado abriera una casilla para pasarle a los clubes de fútbol una cantidad en función de quienes la marcaran con X?  La Iglesia sabe perfectamente que si sus fieles tuvieran que pagar una cuota específica la cantidad que ingresaría sería realmente irrisoria, de modo que se agarra al Estado como una vulgar y miserable garrapata, dispuesta a succionarle cuanta "sangre" consigan sus formidables tragaderas, nunca satisfechas del todo. De esta manera consigue dos cosas importantes: en primer lugar, una pasta gansa y segura cada año y, en segundo lugar, inocular la enfermedad de la cobardía en los miembros del gobierno para que esta situación no cambie jamás.
Y esto no es todo: La Iglesia española está absolutamente exenta de impuestos. No paga IBI, ni IVA ni ICIO (impuesto sobre construcciones, instalaciones y obras), tanto por los bienes dedicados al culto, como por sus múltiples negocios, incluidos colegios religiosos y hasta pisos en alquiler. Según un estudio llevado a cabo por técnicos de Hacienda, la Iglesia española se ahorra cada año por este concepto entre seiscientos y seiscientos cincuenta millones de euros. Esta circunstancia permite que la Iglesia compita en una situación de privilegio con otras entidades que participen en el mismo tipo de negocio. Por ejemplo, si una orden religiosa construye un colegio no paga el ICIO, mientras que una persona o un grupo laico que pretenda construir un colegio semejante si tiene que pagarlo. Si a todo esto se añaden las entradas para visitar monumentos religiosos, consideradas como donativos, aunque constituyen un fastuoso negocio (por ejemplo, la Mezquita de Córdoba recibe cada año casi un millón y medio de visitantes; a ocho euros la entrada, calcúlese lo que trinca el cabildo cordobés limpio de polvo y paja), y añadimos los numerosos convenios con centros de enseñanza religiosos, el pico aumenta hasta cantidades asombrosas, que algunos sitúan en el orden de los diez mil millones de euros anuales. Todo ello, además, en el más puro hermetismo, puesto que si en España hay una entidad que mantenga sus cuentas en el más absoluto secreto esa es la Iglesia, de modo que nadie, ni tan siquiera los católicos de a pie, saben qué hace con este dineral.
Esto es lo que ocurre cuando un Estado campa a sus anchas dentro de otro Estado, en este caso el minúsculo pero voraz Estado Vaticano y en su nombre la Conferencia Episcopal Española, y, naturalmente, ocurre cuando el primer Estado es débil y sus ciudadanos, antes que ciudadanos, son bueyes, tan a gusto de caminar bien uncidos al yugo eclesiástico. Porque vayan ustedes y pregunten en Alemania, o en Francia, o en Dinamarca, o en Suecia y ya verán, ya verán donde ponen a la Iglesia un Estado con un par. 

P.D. Las imágenes corresponden a los cardenales Blázquez y Cañizares, presidente y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española.

miércoles, 14 de junio de 2017

¿Algo?

Un Estado dentro de otro Estado es como tener un roncha en la mismísima rabadilla: por mucho que te rasques, no sólo no consigues aplacar el picor, sino que la vejiga se te alborota y, si no paras pronto, acabas literalmente meándote encima (podría decir miccionándote encima, pero creo que el verbo mear se entiende mucho mejor y yo, modestamente, aspiro a que todo el mundo entienda mis sermones).
El papa Francisco habla y habla y no para de hablar. Es argentino, no vamos a pretender que sea mudo. Cuando salió elegido y empezó a largar esas cosas tan lógicas y razonables que echaba por su boca, yo me dije: "¡Joder, vaya infarto de miocardio que va a sufrir el buen hombre! Este va a durar menos que Juan Pablo I, al que no tuvieron empacho en infartar a los treinta y tres días de pontificado alarmados por los cambios que se proponía realizar de forma inmediata." Pero mi alarma estaba injustificada: Francisco morirá naturalmente cuando le llegue su hora, porque lo suyo es exclusivamente el verbo o, lo que viene a ser lo mismo, puro humo. Por ejemplo: en más de una ocasión ha zaherido con fuerza el dinero negro: bien, pues ya podía decirle al obispo de Córdoba, por poner un caso, que declare cuánto ingresa al año por la visita de los turistas  a la Mezquita y que pague el correspondiente IVA por el monumental negocio que tiene montado. Porque el obispo cordobés se empeña cada día en borrar el nombre de mezquita y llamar al edificio sólo catedral, aunque con lo que gana una pasta, un mínimo de nueve millones de euros al año, es con la Mezquita, que es lo que vienen a ver los turistas; la catedral, dicho en francés llano para no herir los castos y susceptibles oídos católicos es, a pesar de su grandiosidad, una solemne merde; y no lo digo yo, lo dijo Carlos I de España y V de Alemania cuando descubrió el error que había cometido al autorizar al obispo Manrique la construcción del armatoste catedralicio dentro de la Mezquita: "Habéis destruido una obra única para levantar un edificio de los que hay un follón en toda Europa mucho mejores que ese" (más o menos, porque cito de memoria).
Pero hablábamos de un Estado dentro de otro Estado. El catolicismo puede que sea una religión (hay quien sostiene que es un formidable negocio), pero el Vaticano, del que depende todo el tinglado, es un Estado, minúsculo, el más pequeño de la tierra, pero Estado, cuyo jefe, como bien se sabe, es el papa. Desde muy antiguo, este Estado, que en otro tiempo fue bastante mayor, aunque nunca demasiado grande, siempre ha pretendido no sólo actuar dentro de los demás Estados, sino, además, estar por encima de ellos. En este sentido fue, probablemente, Bonifacio VIII el que más lejos llegó, cuando afirmó sin cortarse que el papa estaba por encima del rey, pues no en vano el papa era el vicario de Dios, es decir, el vicediós, en tanto el rey no pasaba de ser un mandado. La historia ha corrido mucho desde entonces y la mayoría de los Estados occidentales, que es donde el catolicismo ha tenido tradicional y principalmente su adeptos, se sacudieron este auténtico yugo, poniendo a la Iglesia en su sitio. España, sin embargo, prefirió y prefiere seguir uncida a la carreta, como un perfecto buey incapaz de revolverse contra el carretero que no deja de aguijonearlo.
En efecto, entre las muchas pruebas que pueden aportarse para autentificar esta afirmación, hay una que, a mí juicio, resulta sobrecogedora: El Instrumento de Ratificación de España al Acuerdo entre la Santa Sede (tiene guasa llamar Santo al Estado Vaticano) y el Estado Español, firmado ¿en España?, no hombre, no, en el Vaticano, que hasta aquí llega nuestra calidad de bueyes, el 28 de julio de 1976. Según este instrumento, los miembros del Estado Vaticano en España no pueden ser juzgados por jueces españoles, sin contar con la anuencia de las autoridades vaticanas, de modo que si un sacerdote comente un delito, se debe comunicar tal hecho a su obispo, y si es un obispo o un cardenal los que lo cometen, se debe poner en conocimiento del papa. O sea, un Estado campando a sus anchas dentro de otro Estado.
Sin embargo, en honor a la verdad, algo parece estar cambiando últimamente: en este momento hay varios obispos a punto de sentarse en el banquillo de los acusados por diversos supuestos delitos, entre otros, el obispo de Cuenca, José María Yanguas, y el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, por el caso Lumen Dei; el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, por el espionaje a una exnotaria del Tribunal Interdiocesano, y el obispo emérito de Cádiz, Antonio Ceballos, por el caso ERE, sí, también la Iglesia pringada en este caso que mantiene a Andalucía en la división de honor de la corrupción. Y van a ir a juicio, sin más, no porque el Estado Español, bien humillada la testuz, no haya comunicado los presuntos delitos al Vaticano, sino porque éste ha respondido con el silencio, sin hacer uso de sus atribuciones.
 "Algo es algo", dice mi amigo Sancho Dávila, que, entre otras cosas, tiene que soportar el paso por la puerta de su casa de más de cien procesiones al año, "claro que, aunque el silencio se interprete como una afirmación, nada habrá cambiado mientras no se ponga fin a todo este tipo de acuerdos, incluido el Concordato del 78. Pero tengo para mí que al paso que vamos eso no lo vamos a alcanzar por lo menos hasta el siglo XXX. Claro que para entonces a lo mejor ya no existen ni la Iglesia ni España."


P.S.- Las imágenes corresponden, arriba a abajo, al arzobispo de Oviedo, el obispo de Cuenca, el arzobispo de Zaragoza y el obispo emérito de Cádiz.