La lectura de la Biblia debería ser de obligado cumplimiento en todos los colegios publicos y privados, así como en los centros de trabajo y, por supuesto, en todas las parroquias y lugares de culto o no católicos. Pero no meramente las historietas de la creación, de Abraham, de Moisés, de David y Goliat y poco más, que a los que ya somos mayorcitos nos endilgaban en el colegio como Historia Sagrada, sino toda, libro a libro y capítulo a capítulo. No existe mejor modo de conocer el origen, la realidad y el trasfondo de la religión católica, motivo por el que la Iglesia mantuvo prohibida dicha lectura hasta la aparición de Lutero y al día de hoy no le agrada lo más mínimo que se haga.
Es propósito de este humilde blog proceder poco a poco a tal lectura, procurando situar el texto en la época que le corresponde con los comentarios que estimemos pertinentes, siempre basados en estudios de carácter científico.
Un buen comienzo puede ser Números, cuarto libro del Pentateuco, y de tal texto los versículos once a treinta y uno del capítulo cinco. Resumiendo en parte con el fin de no alargar demasiado la entrada, en tales versículos se dice lo que sigue: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado: ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida, si el marido es atacado de celos y recela de su mujer que, efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado; ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente... El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahvé... El sacerdote tendrá en sus manos las aguas amargas y funestas... conjurará a la mujer y le dirá: "si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado... se inmune a estas aguas amargas y funestas. Pero... si te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido... que Yahvé te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo... Que entren estas aguas de la amargura en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer... ha engañado a su marido... se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer maldita en medio de su pueblo. Pero si la mujer no se ha manchado... estará exenta de toda culpa y tendrá hijos."
Es propósito de este humilde blog proceder poco a poco a tal lectura, procurando situar el texto en la época que le corresponde con los comentarios que estimemos pertinentes, siempre basados en estudios de carácter científico.
Un buen comienzo puede ser Números, cuarto libro del Pentateuco, y de tal texto los versículos once a treinta y uno del capítulo cinco. Resumiendo en parte con el fin de no alargar demasiado la entrada, en tales versículos se dice lo que sigue: Cualquier hombre cuya mujer se haya desviado y le haya engañado: ha dormido un hombre con ella con relación carnal a ocultas del marido; ella se ha manchado en secreto, no hay ningún testigo, no ha sido sorprendida, si el marido es atacado de celos y recela de su mujer que, efectivamente se ha manchado; o bien le atacan los celos y se siente celoso de su mujer, aunque ella no se haya manchado; ese hombre llevará a su mujer ante el sacerdote y presentará por ella la ofrenda correspondiente... El sacerdote presentará a la mujer y la pondrá delante de Yahvé... El sacerdote tendrá en sus manos las aguas amargas y funestas... conjurará a la mujer y le dirá: "si no ha dormido un hombre contigo, si no te has desviado ni manchado... se inmune a estas aguas amargas y funestas. Pero... si te has desviado y te has manchado, durmiendo con un hombre distinto de tu marido... que Yahvé te ponga como maldición y execración en medio de tu pueblo... Que entren estas aguas de la amargura en tus entrañas, para que inflen tu vientre y hagan languidecer tus caderas." Cuando le haga beber de las aguas, si la mujer... ha engañado a su marido... se inflará su vientre, languidecerán sus caderas y será mujer maldita en medio de su pueblo. Pero si la mujer no se ha manchado... estará exenta de toda culpa y tendrá hijos."
Como se ve, estamos ante una ordalía o juicio de Dios, salvaje ritual que ya aparece por primera vez en el código de Hamurabi, del que, con aportaciones propias, lo copiaron los hebreos a través de los babilonios y los hititas y que, más tarde, reaparecería con fuerza en la Edad Media, con la conformidad explícita de la Iglesia Católica.
El texto bíblico es lo suficientemente duro como para acabar con el mito del Dios bondadoso que, según sostiene la Iglesia, lo inspiró. No obstante y a pesar de su dureza, el texto biblico no detalla la realidad del rito que relata, realidad mucho más dura aún. Para empezar, si la mujer se declaraba culpable se la obligaba a firmar la renuncia a la dote que aportó al matrimonio, materializándose el divorcio. Este hecho obligaba a la mujer al abandono del hogar conyugal y de sus hijos, si los tenía, encontrándose, además, con el rechazo de su familia paternal y de su pueblo, circunstancia que la arrastraba a la más absoluta miseria.
Pero si se declaraba inocente, las consecuencias eran aún peores. En efecto, el sacerdote, ayudado por un par de esbirros, la obligaba a beber las menciondas aguas amargas, un brebaje compuesto por azulete o añil, que le daba color, cal viva, carbonato potásico y anhidrido arsenioso, cuya ingestión significaba indefectiblemente una muerte horrenda, con desgarradura de las mucosas del aparato digestivo, calambres, vómitos y deposiciones que concluían en asfixia. El anhídrido arsenioso podía ser sustituido por el veneno de la víbora Gariba, muy abundante en el desierto del Sinaí. Los efectos de esta segunda composición eran semejantes a los de la primera.
Como se sabe, a la hora de contraer matrimonio, las mujeres judías aportaban una dote que podía ser importante. Igualmente, en el judaísmo tradicional existía el repudio de la mujer por parte del marido, lo que era lo mismo que el divorcio. En la Ketubah o contrato matrimonial quedaba especificado que en caso de repudio el marido se obligaba a devolverle a la mujer la dote más una cantidad que, en ocasiones, podía llegar al cien por cien de dicha dote. Se daba la circunstancia de que muchos judíos buscaban casarse con mujeres importantes, cuya dote era cuantiosa, con el único propósito de quedarse con ésta. Para ello, pasado un tiempo prudencial, acusaban a la esposa de adulterio, con el resultado de bien la muerte de la mujer, si se declaraba inocente, o su ostracismo, que venía a ser una muerte en vida, con lo que el esposo conseguía su objetivo.
Claro es que para que la ordalía mantuviera su prestigio era necesario que, de cuando en cuando, la mujer condenada a las aguas amargas no sufriera daño alguno. Esto se conseguía sustituyendo el anhídrido arsenioso o el veneno de la Gariba por una sustancia inocua. Tal cambio pasaba desapercibido para la multitud que solía asistir a este rito, puesto que el brebaje continuaba manteniendo el color azul que le daba el añil. Los sacerdotes tenían, además, de este modo la oportunidad de practicar chantaje sobre la familia paternal de la mujer, circunstancia que debió producirse más de una vez.
Ni que decir tiene que el derecho del hombre a repudiar a su mujer no lo tenían las mujeres con respecto a sus maridos. Igualmente, los hombres podían ponerle a sus conyuges tantos cuernos como desearan, en la seguridad de que jamás serían sometidos a esta ordalía, que se aplicaba sólo a la mujeres y que, a diferencia de sus pueblos vecinos, los judíos solo aplicaron en el caso del adulterio de la mujer, real o supuesto.
Un ejemplo de crueldad, pero también del machismo descarnado que a cada paso aparece en los distintos libros de la Biblia con absoluta naturalidad.
Números, como los otro cuatro libros del Pentateuco, es un libro canónico, es decir, aceptado en su totalidad por la Iglesia Católica, todavía hoy, en el pontíficado de Francisco I.
Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Caballo de Troya 1.- J.J. Benítez
La Biblia y el legado del antiguo Oriente.- García Cordero
Como se sabe, a la hora de contraer matrimonio, las mujeres judías aportaban una dote que podía ser importante. Igualmente, en el judaísmo tradicional existía el repudio de la mujer por parte del marido, lo que era lo mismo que el divorcio. En la Ketubah o contrato matrimonial quedaba especificado que en caso de repudio el marido se obligaba a devolverle a la mujer la dote más una cantidad que, en ocasiones, podía llegar al cien por cien de dicha dote. Se daba la circunstancia de que muchos judíos buscaban casarse con mujeres importantes, cuya dote era cuantiosa, con el único propósito de quedarse con ésta. Para ello, pasado un tiempo prudencial, acusaban a la esposa de adulterio, con el resultado de bien la muerte de la mujer, si se declaraba inocente, o su ostracismo, que venía a ser una muerte en vida, con lo que el esposo conseguía su objetivo.
Claro es que para que la ordalía mantuviera su prestigio era necesario que, de cuando en cuando, la mujer condenada a las aguas amargas no sufriera daño alguno. Esto se conseguía sustituyendo el anhídrido arsenioso o el veneno de la Gariba por una sustancia inocua. Tal cambio pasaba desapercibido para la multitud que solía asistir a este rito, puesto que el brebaje continuaba manteniendo el color azul que le daba el añil. Los sacerdotes tenían, además, de este modo la oportunidad de practicar chantaje sobre la familia paternal de la mujer, circunstancia que debió producirse más de una vez.
Ni que decir tiene que el derecho del hombre a repudiar a su mujer no lo tenían las mujeres con respecto a sus maridos. Igualmente, los hombres podían ponerle a sus conyuges tantos cuernos como desearan, en la seguridad de que jamás serían sometidos a esta ordalía, que se aplicaba sólo a la mujeres y que, a diferencia de sus pueblos vecinos, los judíos solo aplicaron en el caso del adulterio de la mujer, real o supuesto.
Un ejemplo de crueldad, pero también del machismo descarnado que a cada paso aparece en los distintos libros de la Biblia con absoluta naturalidad.
Números, como los otro cuatro libros del Pentateuco, es un libro canónico, es decir, aceptado en su totalidad por la Iglesia Católica, todavía hoy, en el pontíficado de Francisco I.
Fuentes:
Biblia de Jerusalén
Caballo de Troya 1.- J.J. Benítez
La Biblia y el legado del antiguo Oriente.- García Cordero
Las negritas son nuestras